“Quien desconfía invita a traicionarlo”
Voltaire

Alternancia del poder: ¿Fin de la Transición? Una problematización

Gabriel HenríquezEscrito por Gabriel Henríquez
Publicado en Editorial, Lo más leído el 23rd Jan, 2010

Augusto Pinochet y Patricio AylwinVarios actores políticos, sobre todo de derecha, han planteado que con el logro de la alternancia se puede dar superada la etapa de transición hacia la democracia. Sin embargo, lo primero que asalta a la duda es qué podemos definir como el fin de la transición, si osamos definirla como la instauración de una democracia representativa y moderna en términos de su relación con los ciudadanos varios tenderíamos a dudar de la fácil aseveración hecha. Lo segundo es, ¿cuando comienza la transición? Pues si hablamos de un proceso de democratización que llega finalmente a alcanzar altos estándares, cuando comienza es interesante en virtud de establecer un punto de partida y de fin, de modo que inicio y fin sean fácilmente comparables, caricaturescamente en forma de check-list donde vemos fácilmente lo que hemos mejorado sustancialmente desde aquel punto de partida. En tercer lugar, el tema de la “transición” a la democracia fue un tema bastante discutido a principios de 1990, sin embargo hacia mitad de la década los estudios cesan de prestarle atención y se consolida una visión “oficial” de que Chile ya no se encuentra en “transición” sino en un camino hacia la “modernización” que deja atrás la preocupación primera estableciendo una a futuro. A continuación, una problematización al respecto para comprender mejor este controversial tema.

Sobre la definición de transición, está sujeta a diferentes interpretaciones y forma de abordarse. En el artículo de Alfredo Joignant: “La política de los transitólogos: luchas políticas, juegos teóricos y disputas intelectuales en el curso de la Transición chilena a la Democracia” (2003) se aprecia con mayor claridad que por años la Concertación intentó de ofrecer una voz única y legitima a un asunto que condensa diversos sistemas valóricos y de pensamiento, y por tanto un asunto más complejo que declarar la transición “cerrada”. De aquel artículo extraigo bastantes ideas para mejor entender y complejizar lo que entendemos como transición a la democracia.

Para ser honesto el debate de la “transición” es altamente subjetivo, sobre todo de la forma que fue establecido por la Concertación, donde se mezcla el saber científico en Ciencias Sociales de sus dirigentes con el deseo político de legitimizar la forma en que se pacta la transición y las políticas de gobierno de los primeros gobiernos democráticos. Por otra parte, unos creen que la transición se alcanza con la asunción del Presidente Aylwin, como Manuel Antonio Garretón, mientras otros creen que la idea de la democracia pactada juega en contra de un cierre de la transición por la persistencia de luchas como las reformas constitucionales, como es el caso de Oscar Godoy.  El establishment Concertacionista bajo el liderazgo de Edgardo Boeninger busca académica y políticamente poner fin a la transición, por medio de estos hombres de ciencias sociales ligados al ámbito político “quienes detentan el poder para explicar y justificar las elecciones finalmente escogidas, de modo de realizar acciones públicas con alto contenido normativo. Buscando transformar las luchas políticas hacia un beneficio de conflictos más ligados a un avenir exitoso, menos ideológico, olvidadizo de la historia reciente y más pragmático” (Joignant, 2003). Por esta razón se olvida la palabra transición y surge el término “democracia de los acuerdos o de los consensos”, destinado a ser la consolidación de la transición apoyándose en la categoría de democracia consocional de Lijphart de una manera un tanto ad-hoc y en sintonía con el carácter pactado de la democracia chilena.

Los enclaves autoritarios a mitad de los 1990 fueron vistos más bien como un aspecto al cual resignarse y esperar mejores tiempos, para resolverlos, a pesar de que en teoría y práctica violentaban cualquier concepción de democracia moderna. Sin embargo, interesantemente hubieron marcados episodios que hicieron temblar la noción de que la transición ya había ocurrido: los ejercicios de enlace y boinazo a fines de 1990; en 1998 la asunción de Pinochet como Senador vitalicio, su posterior arresto en Londres y su procesamiento por tribunales chilenos y la muerte de Pinochet el 2006. Sobre todo los sucesos de fines de 1990 abrieron un nuevo periodo de revisión al concepto de transición y que tan verídico era la declaración del fin de esta por parte de la Concertación.

El inicio de la transición también es difícil de establecer, por una parte la aparición de una nueva arquitectura institucional con la Constitución de 1980 parece ser un elemento común a cualquier interpretación, pero ¿es el inicio? También en 1983 surgen las protestas demarcadas como una liberalización del régimen autoritario, ¿esto lo es? Y de no serlo, ¿podemos ignorarlo? Y en 1988 ocurre la derrota de Pinochet en el histórico plebiscito que parece ser la fecha de común acuerdo entre estudiosos para la transición.

De conformarse con una transición finalizada en 1990 avalamos un mero traspaso desde el poder militar al poder civil encarnado por Aylwin, o mejor dicho una alternancia de derecha a izquierda. Por tanto, si Aylwin administró lo pactado con la derecha autoritaria entonces en términos teóricos podemos hablar de una democracia administrada autoritariamente antes de 1990, si el ensamblaje institucional fue el mismo de gobierno a gobierno la Constitución de 1980. Así pues cabe, de todas maneras, la inquietud de concebir democracia una forma más exigente y que apunte justamente a la ilegitimidad del aparataje institucional concebido en dictadura.

Finalmente, sobre el fin de la transición creo que es necesario definir lo que se entiende como democracia, acá mi fin no es plantear acá una discusión amplia al respecto sino otorgar algunas ideas que al lector podrán parecerle bien o mal. Desde lo más básico, podríamos definir democracia como la ejecución de elecciones para distribuir cargos públicos como libres, justas y competitivas, en definitiva una democracia electoral, sin embargo en el punto de “competitivas” encontraríamos luego de observar detenidamente que el sistema electoral chileno no permite competitividad sino es altamente previsible en resultados y ancla dos hegemonías que históricamente son falsas (Ballotage.cl). Si agregamos elementos que darían una concepción un poco más acabada como un sistema en el cual se cumplen las premisas de participación, representatividad y ciudadanía, tenemos aun más argumentos para rechazar un fin actual de la transición. Los derechos y deberes impuestos en nuestra Constitución de 1980 son hasta el día de hoy deficientes en los términos de lo que una Constitución moderna lo es, en participación existen casi nulas oportunidades de expresión política, los partidos son entes cerrados y no existen mecanismos de democracia directa que permitan refrendar o plebiscitar políticas (como si existen en Uruguay); en términos de representatividad claro está que el binominal no favorece a minorías ni tampoco establece proporciones voto/escaño verdaderamente justas, entre otras muchas falencias. En definitiva, el problema es el aparataje institucional respaldado por una Constitución redactada en una dictadura y que no representa las necesidades democráticas de entonces, por su carácter ideológicamente antidemocrático (Ballotage.cl) ni menos las representa hoy 20 años después.

Así ante la proposición de que con la llegada al poder de la derecha se concluye la transición, esto es falso si también creemos que en 1990 no se logra la transición plenamente. En ambos casos ocurre un cambio de administración, si bien en 1990 desde una administración autoritaria a una democrática, pero del mismo aparataje institucional fundado por la primera el cual sólo es reformado en algunos asuntos puntuales, los más flagrantemente antidemocráticos, años después. Los llamados enclaves autoritarios, de los cuales todavía persiste el binominal. Así lo ocurrido a comienzos del 2010 no concluye la transición, de mi punto de vista, pues esto no es ni representa la fundación de una democracia legitima, concebida en democracia y discutida abiertamente por sus ciudadanos.

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