La apoliticidad en el pensamiento conservador chileno
Publicado el 8 Feb, 2010
Chile debe tener mucha suerte por haber elegido a Sebastián Piñera como Presidente de la Nación, ya que es muy difícil encontrar dentro de nuestra historia republicana un ejemplo de político con tantos actos de desprendimiento a favor de lo público. Así el presidente electo renunció a su militancia en Renovación Nacional, obligado por el artículo 77 de los estatutos de aquella colectividad (Rn.cl), lo que se sumaría al desprendimiento de las acciones de Lan, venta que bordaría los 1500 millones de dólares y que mantendría en su poder un 7,3% de acciones (Página12.com.ar) junto con la trasformación en fundación de Chilevisión, con lo cual dejaría de ser un “negocio” para tener un aspecto de institución “sin fines de lucro”, lo cual es dudoso debido al oscuro manejo de una de sus fundaciones emblemáticas, Fundación Futuro (Theclinic.cl), y si sumamos además los llamados del presidente electo a formar un nuevo “gobierno de unidad nacional” y alcanzar una “política de los acuerdos”, nos encontramos con un Sebastián Piñera lleno de buenos deseos e intenciones.
Estos llamados a la unidad y la renuncia al partido son catalogados como gestos de que el Presidente debe estar por sobre las luchas y los intereses particulares de los partidos o de grupos de presión, dando a entender que el Presidente posee ante todo una independencia política: “El Presidente de Chile, es el jefe del Estado no está sujeto a ninguna presión partidaria ni al seguimiento de algún interés en particular. Él encarna la institucionalidad completa del país” según las palabras de Carlos Larraín (Rn.cl). Sin embargo el significado de estos llamados se enmarca en un trasfondo totalmente distinto.
Para el pensamiento conservador la figura del Presidente de la República es la encarnación del “principio de autoridad” que estaría por sobre toda discusión política, democrática y que pudiera impedir o retardar la eficacia del poder ejecutivo. Esta concepción de la autoridad presidencial nace a principios del siglo XX en oposición al régimen parlamentario impuesto en Chile después de la guerra civil de 1891 (Cristi-Ruiz 1992). De esta forma figuras importantes del pensamiento conservador como Alberto Edwards y Francisco Encina ayudaron a formar el “mito portaliano” según el cual la única forma de gobierno adecuada es una autoridad fuerte sin ningún tipo de contrapeso. Es esta concepción portaliana del Estado y de sus instituciones, la misma que adoptó la dictadura militar para justificar su gobierno autoritario: “Conforme a la inspiración portaliana que lo guía, el Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden ejercerá con energía el principio de autoridad, sancionando drásticamente todo brote de indisciplina o anarquía. Despersonalizará el poder, evitando todo caudillismo ajeno a nuestra idiosincrasia” (Declaración de Principios del Gobierno Militar). Esta visión autoritaria del poder se caracteriza por achacar a la política y a los políticos todos los males que provocaron el gobierno de la Unidad Popular y el derrumbe de la democracia chilena, es así que durante 17 años se denostó el ejercicio de la política y de los políticos como los causantes de todos los males que aquejaban al país.
Esta misma actitud se encuentra en la mentalidad de los herederos políticos de la dictadura que buscan hacer de la autoridad una entidad pretendidamente apolítica que se dedique a administrar el gobierno como si éste estuviera ajeno a la discusión política. Por eso no cabe extrañarse cuando la derecha hable da “politiquería” o de “antigua política”, esta actitud de la derecha chilena pretende evitar cualquier discusión democrática, en pos de la estabilidad y de la “independencia” de las instituciones que podría alterar las estructuras políticas y económicas de nuestra sociedad, instituciones que fueron impuestas por la fuerza sin ningún debate democrático y con el apoyo del sector que hoy habla de “democracia de los acuerdos”. Por supuesto que para este sector cualquier referencia a esto es inmediatamente descalificada como una mirada retrógrada hacia el pasado, mientras que ellos poseen una visión de futuro, sin embargo futuro para ellos es continuar con el status quo que ellos mismos ayudaron a edificar.
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