“Por eso nos batimos hasta el final con la crueldad de la antigua raza, el valor de quien nada espera de nadie”
 Íñigo Balboa y Aguirre

ISSN0719-0212

Lo público, la política y la República

Comité EditorialPor
Publicado el 6 Jul, 2010

Asuntos PúblicosLa idea de lo público en distinción a lo privado parece ser difícil de examinar a la luz de la frecuente difusión entre lo público y lo privado en nuestra época, donde los asuntos ‘personales’ parecen tener tanto, y a veces más valor, que lo que es ‘público’. Sobre todo en nuestro país donde lo ‘público’ parece ser sinónimo de mala calidad, precariedad y pobreza. Esta categorización de lo público resulta ser bien peyorativa en nuestro país en contraposición a lo privado, en parte por razones ideológicas, al contrario a lo que sucede en muchos otros países donde la valorización de público es tal que los ‘servicios públicos’ resultan ser de buena calidad y bien mirados por la ciudadanía. Al respecto, lo que define la deseabilidad de una ‘política publica’ muchas veces está más en sintonía con su sentido ‘útil’ (de conveniencia y rentabilidad) antes que dentro de una concepción de promover derechos ciudadanos que tan apropiada, y poco reconocida, es a la vida de un régimen republicano. En efecto, creo que a veces se llega a un extremo donde podemos hablar de un neoutilitarismo en el sentido de que todo costo o beneficio tiene que existir en relación con un todo, que se reduce a un indicador: PIB, crecimiento o alguna variable global sobre la cual se examina la deseabilidad de una política. Esto quiere decir que por el bien de tal totalidad, conviene hacer X o Y, sin importar el impacto o necesidad de un sector de la población.

La problematización anterior ayuda a conceder fuerza a la siguiente reflexión, que parte con la siguiente interrogante ¿qué es lo público? Y, ¿por qué es tan relevante?

En muchas materias o ideas políticas ilumina volver al pasado para aclarar el origen y concepciones originales, en este caso sacaré algunas ideas de lo que pensaban los antiguos griegos, pues son ellos quienes teorizan sobre la importancia y valorización de lo público, de los cuales heredamos además la mayoría del vocabulario que usamos en política y en nuestras relaciones sociales.

Lo público es donde se encuentran en igualdad los ciudadanos, donde pueden desarrollarse en función de los asuntos de su comunidad política, por esta y para esta. Por esta razón diferentes tipos de gobierno por su naturaleza disminuyen, agrandan o eliminan la esfera de lo público. Para la polis, como para cualquier comunidad política, “el gobernante absoluto significa la tiranía, y las principales características del tirano eran que gobernaba por la violencia pura, debía estar protegido del pueblo por una guardia personal y exigía a sus súbditos que se ocupen de sus propios asuntos y que lo dejasen preocuparse del dominio público. Esta última característica, en la opinión pública griega significaba que él destruía completamente el dominio público de la polis – “una polis que pertenece a un sólo hombre no es una polis”- y por ello privaba a los ciudadanos de la facultad política, que consideraban la esencia misma de la libertad.” (Hannah Arendt, 1972). Si hacemos la analogía entre polis y Estado moderno actual, vemos que en un régimen dictatorial, o donde una ideología política pretende que un pequeño grupo se haga cargo del Estado moderno, significa la reducción, y en un régimen totalitario aniquilación, de lo público. En el contexto republicano la pretensión de la reducción del espacio público, de que la política la hagan unos pocos, significa la muerte de la ciudadanía en manos de un grupo determinado.

No obstante, lo público no es sólo igualdad. El extremo del dictador, o el déspota, ilumina sobre cualidades políticas que son importantes en un régimen republicano con características democráticas, pero sobre cuyos valores poco sabemos. En el déspota la violencia es lo que lo legitima, no obstante “su poder coercitivo era incompatible no solamente con la libertad de los otros, pero también con su propia libertad. Donde fuese que él gobernase, habría una sola relación, la del amo y sus esclavos. Y el amo, según la opinión común de los griegos (quienes tenían la gracia de ignorar aun la dialéctica hegeliana) no era libre cuando vivía entre sus esclavos; su libertad consistía en la posibilidad de salir completamente de la esfera del hogar y de evolucionar entre sus iguales, los hombres libres. En consecuencia, ni el déspota ni el tirano, uno desenvolviéndose entre esclavos, y el otro entre sus súbditos, no podían ser llamados hombres libres” (Hannah Arendt, 1972). El valor de la libertad política sólo se da con respecto a los iguales, un déspota es tan esclavo como quienes domina por la fuerza, en el sentido de que no desarrolla una libertad política genuina.

En un régimen republicano no se gobierna ni por la fuerza ni por la persuasión, la autoridad emana de las leyes, la gran herencia romana de nuestra tradición política; a la vez que el ciudadano, miembro activo de la sociedad política, disfruta de un estatus de igualdad con sus similares que lo convierte en hombre libre, justa y exclusivamente en la esfera de lo público. Lo crucial de esto, sobre todo en nuestra era es la tensión con la esfera de lo privado, donde no domina ni la libertad ni la igualdad. El ejemplo más básico es el hogar, donde los roles están asignados y el orden impuesto tradicionalmente por una autoridad masculina, no existe igualdad pues lo que sustenta a un padre o un hijo son naturalezas distintas, a la vez que la capacidad de actuar, su libertad, está condicionada a esta naturaleza (nótese que este tipo de relación es evocada en política algunas veces). Llevado a un ejemplo contemporáneo podemos hablar de la empresa privada o de una variedad de instituciones privadas (como colegios y universidades), que por estar insertas en una sociedad no tienen la misma naturaleza que aquellas instituciones públicas. Un colegio privado no emana de una voluntad de igualdad y libertad en el dominio de la enseñanza, al contrario la desigualdad en términos de acceso se decide por dinero o credo religioso, la libertad no existe en tanto los dueños eligen qué y cómo enseñar, como sucede en escuelas creadas por órdenes religiosas o por empresarios varios. Por tanto es erróneo insistir (Blogs.elmercurio.com), perversamente, en la naturaleza y las consecuencias públicas de instituciones privadas, las cuales por estar inmersos en una sociedad no son públicas bajo las categorías de igualdad  y libertad, sino que son meras instituciones de la sociedad civil, que pueden ser buenas o malas, nada más ni nada menos. Lo público, por su parte, conlleva consigo valorizaciones y responsabilidades muy distintas que las que emanan de la naturaleza privada o, hoy, empresarial.

En el contexto de la educación en un régimen republicano, sobre todo en el contexto democrático actual, la principal problemática se refiere a la formación de nuevas generaciones de ciudadanos bajo el significado de autoridad, de los derechos y deberes de la ciudadanía y del quehacer político para permitir la vida de la república y la permanencia de las instituciones políticas que, emanadas de la voluntad de los ciudadanos, representan los logros y concepción de lo que es bueno desde la generación pasada. Por esta razón la esfera de lo público es importante, sobre todo dadas las desigualdades en términos económicos y de información en nuestras sociedades, donde la actividad Estatal (de la polis de ayer) que encarna concretamente la administración de lo público, ayuda a disminuir tales desigualdades en el nombre de la libertad e igualdad que supone el régimen republicano para todos sus ciudadanos. Por otra parte, desde tal esfera es de donde debe emanar la educación para y por la república, una educación que forme al ciudadano que deberá participar de la política (mediante el voto, aunque es un ejercicio muy limitado del cual hablaré en otra oportunidad) y reconocer la razón de ser de su comunidad política.

Finalmente, como lo pretende la derecha más radical es posible igualar lo privado a lo público, valorizar lo primero y reducir lo último, no obstante ya no hablaríamos de una república y escasamente de un régimen democrático, pues estaríamos en presencia de un régimen que no garantiza la libertad para todos, sino que sólo para quienes pueden costearla, profundizando la desigualdad en términos políticos y económicos, creando ciudadanos de primera, segunda y tercera clase.

*Hannah Arendt, La Crisis de la Cultura, 1972. ¿Qué es la autoridad?

Aclaración: Los editoriales de Ballotage representan nuestro sentir institucional frente a ciertos temas importantes. Más información aquí.

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