“Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento”
 Montesquieu

ISSN0719-0212

La suave estrategia China con Occidente

Gabriel HenríquezPor
Publicado el 17 Aug, 2010

BRICDebido al incremento en el gasto militar de China de 7.5% este 2010 (Online.wsj.com) muchos observadores han acudido a manifestar el carácter potencialmente belicoso de la apuesta china de influencia y poder, tanto en su vecindario del Asia-Pacifico como a nivel mundial. No obstante suele olvidarse que China desde la ofensiva lanzada contra Vietnam en 1979 se ha abstenido del recurso de la guerra, a diferencia del actual líder mundial, los Estados Unidos. En efecto, mientras estos últimos desde el 2003 han iniciado unilateralmente dos guerras que lo comprometen (costosamente) hasta hoy de forma militar y diplomática, en Irán y Afganistán, y que les ha valido notable desprestigio a nivel internacional, los chinos han reconocido rápidamente que el poder militar en el mundo de hoy funciona a lo sumo como disuasor, principalmente debido a que los conflictos militares asimétricos son costosos en términos de mantener una situación de control en territorios conquistados.

En efecto la política exterior china, como proceso de influencia y posicionamiento a nivel internacional, está lejos de contemplar la dominación militar. Hoy los chinos enfocan sus recursos en perseguir una política comercial agresiva hacia occidente, otorgando préstamos de bajo interés a países africanos y latinoamericanos, aplicando presión diplomática a sus socios, oponiéndose a la noción universal de derechos humanos acusando imperialismo cultural, y haciendo disponible el mayor contingente de soldados a las misiones de paz de las Naciones Unidas de todos los miembros del Consejo de Seguridad. Acercando su política a un enfoque de soft power, antes que una política de hard power, del poder y la guerra, como la que caracterizó buena parte del gobierno de George W. Bush a la cabeza de Estados Unidos.

En los últimos años China ha forjado significantes alianzas a nivel internacional en variados contextos, como aquella con India en el contexto de las negociaciones del cambio climático en la ONU y la Ronda de Doha. Mientras que el apoyo de países Africanos, Latinoamericanos y del Asia central ha sido posible por los enormes proyectos de inversión promovidos por Beijing, ciertas regalías y su ‘buena voluntad’.

Países con grandes reservas petroleras o de gas natural han llamado en particular la atención de China, como Venezuela, Kazajistán y Nigeria. A la vez que cultiva buenas relaciones con terceros países que Occidente tiende a ignorar pero que tienen voto en organizaciones internacionales como todo miembro. Hoy China tiene una relación fluida con África. En este sentido, en el contexto de asistencia para el desarrollo ha pedido sólo dos condiciones, que no afectan para nada los intereses de ciertas naciones cuyas prácticas están lejos de considerarse democráticas: que no tengan relaciones oficiales con Taiwán y que apoyen a la República Popular en organizaciones internacionales (Foreignpolicy.com). Esto a diferencia de los Estados Unidos y la mayoría de las democracias europeas, que piden normas de buen gobierno democrático, las cuales evidentemente chocan con los intereses de varios dictadores.

Ciertamente el papel de la estrategia económica es fundamental. China se beneficia de controlar el tipo de cambio para mantener el precio de sus exportaciones a niveles bajos, otorgándole mayor competitividad en el extranjero. Esto se combina con estrategias de negociación agresivas e insistentes al adquirir materias primas o cerrar negocios de gaseoductos. Mientras que cierran el acceso a la explotación externa de sus propios recursos naturales. De hecho recientemente han aplicado estrictas cuotas de exportación a recursos naturales raros, de los cuales depende gran parte de la fabricación de tecnología de punta. Cerca del 95% de metales como lantano y neodimio son extraídos en China, dándole a Beijing un virtual monopolio de estos recursos. La importancia estratégica de estos minerales es tal que varios observadores japoneses los han catalogado como el ‘arma económica del siglo XXI’.

China es miembro de la OMC desde el 2001, organización en la cual sostiene una política ambigua. Por una parte, sigue una campaña para que se le otorgue el estatus privilegiado de ‘economía de mercado’, lo que involucraría evitar molestos procesos de anti-dumping en el futuro. Por otra parte, a pesar de las presiones de los miembros de la OMC, Beijing no ha suscrito el acuerdo plurilateral (suscrito de manera ‘opcional’) sobre  Contratación Pública, el cual es el único acuerdo sobre este tema (adquisiciones y compras por parte de los Estados miembros) jurídicamente vinculante. Al respecto China continua a favorecer oferentes domésticos antes que competidores extranjeros en las compras gubernamentales. Es más, para asegurar un contrato con el Estado en China una empresa extranjera debe revelar datos sensibles como parte de engorrosos procesos de licencias e incluso acceder a transferir su tecnología a China (Spiegel.de).

La estrategia de posicionamiento internacional con los países en desarrollo y menos adelantados, y la política orientada a posicionarse en organizaciones internacionales estratégicas ha rendido frutos hasta ahora. El bloque pro-China liderado por las naciones africanas ha conseguido obstruir cierto progreso en la OMC. Mientras que en el contexto de las Naciones Unidas el éxito es claro: entre el 2000 y el 2008 el apoyo para las posiciones chinas en asuntos de derechos humanos se ha elevado desde el 50% al 75% (Ecfr.3cdn.net). Estados Unidos incluso ha sido marginado de ciertas reuniones clave. No fue invitado a la Cumbre del Este de Asia, y se le negó el status de observador que pidió en la Organización de Cooperación Shanghai, que se espera sea contraparte de la OTAN. No obstante a Irán si se le concedió ese status.

Es improbable que China se vuelva en más que un buen socio, quiero decir en un modelo político y económico a nivel internacional que concilie un control unipartidista del Estado y de la vida política, y una política comercial abierta al mundo; a lo sumo (quizá) será tomado como una etapa de transición desde una economía dirigida a una progresivamente abierta al mercado. Lo que sí es probable, y hasta ahora el éxito diplomático chino así lo ha demostrado, es la pérdida rápida de la influencia sobre Latinoamérica, Asia (desde el pacifico a medio oriente) y África por parte de Occidente, lo que tiene que ver bastante con el liderazgo y la confianza que expresan las principales potencias Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia. Es notable observar, aunque no verificar cabalmente, que buena parte de las nuevas alianzas diplomáticas, que tienen a China como foco central, surgen parcialmente como fruto del desconcierto y desilusión de los países en vías de desarrollo con la militarista y arrogante política norteamericana bajo Bush (y obviamente el apoyo de los aliados), y otros síntomas de malestar que podríamos trazar desde la década de los 90.

En este sentido, el surgimiento de alianzas que rodean a China, Brasil, Rusia, Turquía e India si bien versan sobre intereses comunes de naciones con niveles similares de desarrollo, en general, tienen bastante que ver con el poco interés político (excepto en caso de conflictos) de europeos y norteamericanos con las regiones en desarrollo. Quizá el proceso de introspección de ambos, debido notablemente a la crisis económica, ha desalentado una reflexión política hacia el mundo (aquel en vías de desarrollo o con bajo desarrollo), lo que generaría una suerte de revitalización del tradicional universalismo europeo (y norteamericano), que particularmente no creo inapropiada, pero que considerase la dinámica y naturaleza del mundo multipolar actual.

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