“A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”
 Edgar Allan Poe

ISSN0719-0212

Los Estados Unidos y su nuevo posicionamiento global

P. A. Valenzuela-GutiérrezPor
Publicado el 30 Jan, 2012

Barack ObamaNo es primera vez en la historia que oímos hablar de la decadencia de los Estados Unidos frente a otras potencias desafiantes. A fines de los años 80 y producto de una situación económica débil y un contexto mundial inestable, parecía que los Estados Unidos serían desafiados por Japón, la –en ese entonces– Comunidad Europea y China. Los dos primeros desafiantes quedaron en el camino, Japón económicamente estancado durante los 90 y la Unión Europea sumergida en su propio proceso de integración el que hoy, aparentemente, se encuentra en una coyuntura crítica de continuidad producto de las graves crisis fiscales y financieras que han invado al viejo mundo.

A China se le han sumado otros países emergentes de alcance regional que aspiran a tener algún impacto global: Brasil, Rusia e India; aunque de los BRIC’s probablemente sólo China tenga la capacidad para seguir en carrera por la hegemonía mundial. No obstante, como señala Joseph Nye en varias publicaciones (1991, 2011, 2011) pareciera ser un error evaluar la declinación de la posición norteamericana sólo a la luz de una dimensión del poder, en este caso, la fortaleza económica, olvidando otros matices, como la posibilidad de la expansión cultural –el american way of life– y la posición militar, menos importante que en los años del apogeo de la guerra fría, pero no por ello insignificante cuando se trata de actores con alcance global.

De ahí que a pesar de la potencia económica China, su posición pareciera ser aún secundaria frente al poderío norteamericano. Con todo, debemos convenir dos cosas. La primera es que en términos militares hoy los conflictos armados tienen características diferentes y tienden a ser menos entre Estados enemigos y más con grupos no estatales, como terroristas, organizaciones de crimen organizado, narcotraficantes y grupos guerrilleros; se deriva de esto la necesidad fundamental de darle un giro al rol que las fuerzas armadas ocupan en el mundo. Lo segundo, el centro de poder global ha transitado de manera gradual desde el mediterráneo, pasando por el atlántico y empieza a asentarse en el pacífico. Estados Unidos, frente a esto, ha empezado a acusar recibo.

Y es que históricamente los Estados Unidos han puesto sus ojos en Medio Oriente y Europa. Durante la guerra de Corea, a principios de los años 50, el gobierno de Truman se debatió entre la ayuda a Europa occidental para contener la expansión soviética o la contención comunista en el sudeste asiático. La elección hoy la conocemos bien y fue en Asia donde se vio probablemente el mayor fracaso en la historia militar de los Estados Unidos: Viet Nam. El foco principal nunca ha estado en el pacífico… hasta hoy.

Hace algunas semanas, el presidente Obama presentó desde el Pentágono una nueva estrategia de defensa para los Estados Unidos. En dicho documento se fijan los más importantes lineamientos para, en palabras del presidente, actualizar el rol de las fuerzas armadas norteamericanas frente a las necesidades del siglo XXI. Lo relevante de todo esto es que sobre Estados Unidos se ciernen un grupo de desafíos nuevos que aparecen luego de un ínterin en el que dominaron el escenario global y por ello hay que actualizar estrategias no sólo de defensa y seguridad, sino también de posicionamiento internacional en un mundo en el que su supremacía, aunque presente, tiene un peso relativo mucho menor que hace 10 o 15 años. Ni hablar de aquel Estados Unidos que emergió de la segunda guerra mundial con una industria pesada renovada, una economía intacta y con su destino manifiesto por delante: construir, o intentar construir, un orden mundial a su antojo y gusto con tal de mantener su propia seguridad nacional. De eso quedan vestigios en instituciones arcaicas que han dejado de cumplir un rol importante o bien han tenido que reinventarse, tales como la OEA o la OTAN. Otros elementos como la SEATO o el TIAR hoy no son más que fósiles de un pasado bipolar del cual quedan pocos rastros.

Lo significativo de esta nueva estrategia es que busca quebrar con dos paradigmas. El primero, más antiguo, que obligaba a los países a tener grandes y costosos ejércitos que permitieran sostener conflictos entre Estados. El segundo, de data reciente, es aquel que pone al terrorismo como enemigo etéreo de la seguridad norteamericana pero, a la vez, los “estataliza”. Bajo este punto aparece la idea del “eje del mal” de George W. Bush: Pyong-Yang, Teheran y Bagdad; más tarde Trípoli, Damasco y La Habana y, finalmente, Minsk, Naypyidaw y Harare [1]. Es decir, el enemigo de los Estados Unidos era el terrorismo, sin embargo, aquellos grupos terroristas actúan amparados bajo la figura del algún Estado. En realidad, pareciera ser que el terrorismo es más una amenaza transnacional que no necesariamente convive al alero de Estados.

El escenario que se configura, en consecuencia, está precedido por una década costosa y dura de guerras de ocupación sustentadas en principios tradicionales de combate en Afganistán e Irak, que han desangrado el presupuesto del departamento de defensa norteamericano y cuyos resultados, en el mejor de los casos, son magros, pese al derrocamiento de Sadam Hussein, y su posterior ejecución, y al asesinato de Osama Bin Laden. Ambas cosas no han llevado a configurar un mundo más seguro ni pacífico y menos significa el fin de la guerra (Ballotage.cl, 2010). Como resultado de esta década, dos terminan siendo los elementos catalizadores de un cambio en el foco de la defensa norteamericana. El primero es el presupuesto y el déficit que hoy vive Estados Unidos y que obliga a ajustar los gastos para mantener la solvencia del gobierno federal y la sostenibilidad de la deuda pública. El segundo, el cambio en la gravitación del poder global, la ascendencia constante de China y la ineficacia de las estrategias tradicionales de seguridad para enfrentar las amenazas del mundo actual.

El resultado es la primera reducción de las fuerzas armadas de los Estados Unidos después de más de 10 años de conflicto armado, un ajuste significativo al presupuesto del departamento de defensa y un cambio de los objetivos y las prioridades de la estrategia de seguridad liderada por el pentágono. El documento presentado por el presidente reconoce explícitamente la necesidad de controlar en conjunto con los aliados territorios sin gobierno y dominados por grupos no estatales, asumiendo la existencia de estos actores transnacionales que se aprovechan de la debilidad de ciertos Estados para ocupar sus territorios como plataformas terroristas. Adicionalmente, busca aumentar la presencia de Estados Unidos en el sudeste asiático, fortaleciendo las alianzas existentes para la defensa de intereses comunes en la región. Sin embargo, resulta evidente –y reconocido– que el énfasis en Asia se explica por el peso regional de China y su fortalecimiento militar. En el documento se señala que si bien Estados Unidos desea construir una relación bilateral cooperativa con China, es necesario que el crecimiento militar chino vaya acompañado de la claridad de las intenciones estratégicas, para así evitar fuentes de fricción entre los países de la región. Ante esto, el gobierno de Pekin no tardó en responder que ellos no representan una amenaza para la seguridad regional y que las acusaciones hechas por el departamento de defensa respecto a la falta de apertura de la política militar china son infundadas y poco confiables.

Medio Oriente tiene otra importancia estratégica, esencialmente por los recursos energéticos. Los Estados Unidos se están convirtiendo de manera creciente en importadores de petróleo frente al agotamiento progresivo de sus reservas internas y la búsqueda de estabilidad en las regiones proveedoras termina siendo un objetivo de importancia vital para ayudar a sostener la recuperación de la economía estadounidense. Potenciales conflictos en la zona, el recrudecimiento de los existentes y el endurecimiento o la asunción de gobiernos hostiles hacia la política norteamericana pueden terminar perjudicando de manera creciente la estabilidad energética del país. Lo paradójico de esto es que mientras más petróleo compre Estados Unidos a los gobiernos de Medio Oriente, más divisas les traspasa y fortalece las posiciones económicas de gobiernos que, según el lenguaje del departamento de defensa, pueden terminar siendo una amenaza a la seguridad.

El resto del mundo para Estados Unidos va dejando lentamente de ser una prioridad. La nueva estrategia no dedica más que un par de líneas al rol de Estados Unidos en América Latina, y África es considerado únicamente por la incertidumbre que se ha generado en los países del norte y por la situación en el cuerno de África. Europa, donde están los aliados más antiguos de los Estados Unidos, tampoco recibe mucha atención. De ahí a que, en general, todo el documento que sintetiza este nuevo acercamiento a las políticas de seguridad norteamericanas sea un resumen del cambio en la gravitación del poder global, en una prueba de que es el pacífico la cuna de los liderazgos globales del futuro y de la ineficacia reconocida de las tradicionales estrategias militares.

Lo que se extraña en esto es alguna política clara respecto a la situación de América Central y México. Las redes de narcotráfico y de crimen organizado que usan todo el istmo entre Panamá y Guatemala como ruta de paso y lugar para el blanqueamiento de las ganancias provenientes de actividades ilícitas no está dentro de la prioridad gubernamental norteamericana, aun cuando gran parte de la droga que circula por América Central termina en los Estados Unidos o en Europa (United Nations, 2007). La Unión Europea, en conjunto con el SICA, ha buscado generar mecanismos de cooperación para reducir el impacto del crimen organizado en los países centroamericanos, no obstante, el rol de Estados Unidos, como vecino más próximo y como mercado más grande debería también estar presente.

En resumen, Estados Unidos, quien ya no tiene posibilidad de renunciar a su vocación internacionalista, sigue moviéndose entre sus objetivos idealistas que recuerdan el discurso wilsoniano de principios del siglo XX, como líderes en un mundo libre y adalides de la seguridad y la paz global –objetivos que han dirigido la política exterior de presidentes tan distintos como John Kennedy y George W. Bush– y las ideas propias del mundo de postguerra al que se enfrentó la administración de Truman, en la que la construcción y mantención de un orden mundial determinado debía hacerse en función de los principales objetivos de seguridad internos de los Estados Unidos. Lo peculiar de esto, incrementando la pendiente a la que Washington se enfrenta, es que hoy el mundo no es el de los grandes imperios decadentes de las primeras décadas del siglo XX ni aquel en el que la supremacía norteamericana era una máxima indiscutible en el mundo bipolar de postguerra. Hoy es central, más que ser adalid de algún ideal, buscar la complementariedad con actores regionales cada vez más poderosos, asunto que hoy tiene más valor que nunca antes en la política mundial.

PUBLICADO EN POLÍTICA INTERNACIONAL

Referencias:

  • Nye, J. J. (1991). La naturaleza cambiante del poder norteamericano. Buenos Aires: Grupo Editorial Latinoamericano.
  • Nye, J. J. (2011). The future of power. Cambridge: PublicAffairs.

Nota al pie:

  • [1] Los países señalados por sus ciudades capitales son: Corea del Norte, Irán, Irak, Libia, Siria, Cuba, Bielorrusia, Birmania y Zimbawe, respectivamente.