“La forma más pérfida de dañar una causa consiste en defenderla deliberadamente con argumentos falaces”
 Friedrich Nietzsche

ISSN0719-0212

La democracia chilena como deuda perpetua

Sebastián Bastías AriasPor
Publicado el 6 May, 2012

PresidentesEs probable que existan ciertas preguntas jamás cuestionadas como sociedad política; porque esta “ya existe”, como sociedad, a partir de ciertos hechos fundantes que le dan cierta identidad y cierto reconocimiento sobre su existencia. No cuestionamos demasiado a nuestros héroes patrios sobre “si realmente hicieron esta hazaña o esta otra”, como tampoco cuestionamos nuestras fronteras “históricas” y jamás nos preguntamos sobre la relación con la “identidad chilena” presente en un pascuense, un mapuche o un habitante de Punta Arenas entre sí. Simplemente las cosas son así. Así, de esta manera, es menos probable que pongamos en tela de juicio nuestra tradición republicana, preguntemos por “los errores del pasado” o plantear que la transición a la democracia en Chile se podría haber llevado a cabo de otra forma, menos, con otros actores. Inventamos “actos fundacionales” en cada período histórico y así hacemos “nacer o renacer”, por medio de un acto o proceso, aquello que queremos definir como “nuevo período en la historia”; diferenciándolo del anterior. No se cuestiona la identidad chilena, como tampoco se cuestiona la unidad de Chile, como menos se debe de cuestionar la herencia política que hemos recibido. Es decir, construimos la sociedad política en torno a ciertas “cosas dadas” que a la vez eran “imposibles de haber sido hechas mejor”. De la misma manera como tenemos una deuda perpetua con nuestro pasado, tenemos una deuda perpetua con todos aquellos que permitieron, en el pasado, la construcción de tan maravilloso presente, y es así en la medida en que “este presente” sea percibido como maravilloso o completo; como sucede con nuestra “transición” y la “democracia consolidada”. Frente a la deslegitimidad política en que han caído los partidos e instituciones pareciera que sólo ellos se consideran legítimos, y no sólo eso, sino irremplazables… al igual como –supuestamente- fueron en el pasado, que forjó tan democrático y estable presente.

Lo que quiero señalar con respecto a esta “deuda perpetua” que se ha instalado en el inconsciente de nuestra clase política, es que las cosas están bien: siempre y cuando se mantenga un nivel de status quo con respecto a entregar esas cuotas históricas del acta fundacional una y otra vez. ¿Qué cuotas históricas? El que a ojos de la Concertación ellos representan quienes derrotaron democráticamente a la dictadura, y que a ojos de la Alianza son ellos quienes no permitieron que Chile se convirtiera en un “satélite soviético”. Situación de deuda, situación que en situaciones límites –marxismo o dictadura militar– sólo pudimos sortear como Chile gracias a estos “hombres y mujeres de servicio público”, hombres y mujeres que, a la altura de las circunstancias contingentes, actuaron como héroes. No existe lugar alguno para que las instituciones, los partidos políticos o incluso los medios hagan un masivo mea culpa por algún error cometido. Esos errores “no existen”, son parte del pasado y de un imaginario social que no se toca. No es casual pero, a menos cantidad de horas de Historia en el colegio, menos son los cuestionamientos históricos de futuras generaciones. Es mejor dejar la historia silenciada, ahí donde vive con sus mitos y leyendas, es una historia feliz; hay que dejarla así.

El filósofo argentino Tomás Abraham ha señalado –grosso modo– que la sociedad argentina contemporánea vive en “deuda constante con los soldados de Las Malvinas”. Esto se debería a, su juicio, que la caída de la dictadura argentina se debió, en gran medida, a la derrota que sufrieron en Las Malvinas y las desastrosas operaciones militares que provocaron la muerte de niños-soldados inexpertos. Argentina y el tema de Las Malvinas se convierten, entonces, en un tema que no sólo provoca sentimientos nacionalistas sino que, a la vez, recuerdan que muchos jóvenes murieron creyendo perder una guerra pero, sin saberlo, “ganando la democracia”. Si Argentina le debe a sus jóvenes soldados muertos en Las Malvinas la democracia, y su presente, entonces no es descabellado pensar que sus conceptos de identidad busquen una y otra vez más en periodos de crisis, ese “algo” perdido en esas islas que es superior al orgullo, la nación o la patria misma, algo que es necesario recuperar, en nombre de esos jóvenes mártires de la democracia. Argentina construye su realidad a partir de esos cuestionamientos históricos que la llevan una y otra vez al acta fundacional de su presente: la caída de la dictadura y Las Malvinas. Nosotros cuando volvemos a nuestro “acto fundacional”, como sociedad política, nos encontramos con un plebiscito, la “franja del Si y del No”, un dedo acusador, una frase como “en la medida de los posible”, “ejercicios de enlace”, reformas constitucionales, “vote por el cambio”, fin de los senadores designados, alternancia en el poder, detención de Pinochet, etc, etc, etc. Tras cada acto, emplazamiento, batalla democrática, defensa de los derechos que hoy gozamos, lucha en pos de la libertad y defensa de los valores que decimos respetar, etc, etc, etc. existe un héroe o un grupo de héroes que están ahí para ser venerados como “mitos vivientes”, ya sea a nivel individual o colectivo. Cuando Foxley dijo que Chile era “el jaguar de Latinoamérica” decía, a la vez, que en una posición tan privilegiada en el escenario latinoamericano sería “ridículo cuestionarse el pasado que construyó tan maravilloso presente”. ¿Quién en sus cabales se podría cuestionar las malas decisiones pasadas cuando goza del mejor de los presentes posibles? Cada uno de los supuestos “actos fallidos” del pasado no eran realmente “fallidos”, sino la preparación para las condiciones propicias de tan espectacular presente como sociedad.

Si Argentina vive en una situación de deuda silenciosa y perpetua con “héroes anónimos”, nosotros vivimos en la situación contraria; una deuda existente sólo en la mente de quienes creen ser “héroes públicos”. Tras cada cuota de democracia en Argentina existe un “héroe anónimo”, un verdadero “mártir de la democracia”; tras cada cuota de nuestra democracia, en cambio, existe un rostro, un partido, una institución; ellos sienten que Chile les debe mucho, mal que mal el “desarrollado” Chile actual es su obra. En Argentina el retorno a la democracia es impensable sin Las Malvinas, y su imaginario, en Chile ese retorno es impensable sin figuras, partidos e instituciones totalmente tangibles, de ahí nuestra deuda de fidelidad hacia ellos –según ellos mismos– y de ahí la fidelidad hacia un intangible, un “sentir nacional”, como el representado en la muerte de jóvenes argentinos en una guerra irracional y sin posibilidad alguna. La fidelidad constante que nos exigen los muertos nace desde los vivos, la fidelidad constante –y sin cuestionamientos– que nos “exigen los vivos” nos mata como sociedad, no nos permite crear nuestros propios héroes como “imaginarios colectivos”. Héroes vivos que exigen adoración es propio de sociedades democráticamente cuestionables que con falsos héroes pretender ocultar la verdad bajo un manto de ilusión, en pos de sus intereses, que, como nuestra supuesta “deuda” hacia ellos, se mantiene perpetua e infinita.

Chile no recuperó la democracia, sino que “ellos” –esa clase política tan cuestionada– fue quien lo hizo. De ahí nace la deuda. De ahí nacería nuestra supuesta deuda; y todos aquellos que nos consideramos “demócratas” somos deudores perpetuos de este sistema político y, por ende, de “estos políticos”. Argentina construyó “su deuda” a partir de un imaginario que recordaba una y otra vez a héroes anónimos que dieron su vida en pos de ciertos ideales que no apelaban al mero nacionalismo, sino que decían a la vez “nunca más” a la dictadura, la necesidad de mirar y evaluar ese pasado por doloroso que fuera. Nosotros no tenemos pasado, no necesitamos interrogarlo –podría erosionar la democracia misma– y no hay nada que podamos aprender de él, toda la labor fue hecha, porque tenemos héroes vivientes, que crearon el mejor país y la mejor democracia en la medida de lo posible; y a ellos les debemos este presente, este maravilloso presente como país frente a un mundo que se derrumba. Esto nos obliga a recordar constantemente que somos deudores de héroes de la democracia; que nos exigen y obligan a una “fidelidad perpetua”; o ellos o el Apocalipsis parece ser la amenaza.

PUBLICADO EN POLÍTICA NACIONAL

  • http://ballotage.cl/author/bastian/ Bastián González Bustamante

    Un paralelo interesante que da para pensar. Por otra parte, efectivamente en Chile se evidencia una suerte de proceso coalicional en la Concertación donde pequeños grupos dentro de la élite política son los que han liderado transversalmente a toda la coalición. La vieja tesis del partido transversal planteada en la década de 1990 fue algo muy persistente. Es en esos pequeños grupos o cliques que encontramos a los héroes vivos que señala el autor del presente artículo.

    Me gustó mucho esta frase: “Héroes vivos que exigen adoración es propio de sociedades
    democráticamente cuestionables que con falsos héroes pretender ocultar
    la verdad bajo un manto de ilusión, en pos de sus intereses, que, como
    nuestra supuesta “deuda” hacia ellos, se mantiene perpetua e infinita.” Da para reflexionar bastante.

    Felicitaciones por un gran artículo, en la misma línea de tus últimas entregas.

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