“Presta el oído a todos y a pocos la voz”
 Hamlet

ISSN0719-0212

La muerte como redención en Borges

Valentina Carrasco J.Por
Publicado el 18 May, 2012

English Spanish

Jorge Luis BorgesEs bien sabido dentro del ámbito de las letras que la literatura de Jorge Luis Borges se caracteriza por ser algo confusa para el lector ante una primera lectura o una lectura “por encima”. Pero resulta interesante preguntarse cuál es la razón de que Borges haga un entramado cultural y simbólico tan profundo y complejo en sus textos; al indagar un poco, es posible ver cómo Borges intenta de este modo plasmar en sus escritos su propia visión de mundo, al cual define principalmente como algo caótico, sin posibilidad certera de un orden más que el que artificialmente le da el hombre. Dentro de esta visión de mundo, destaca el significado que Borges le da a un acontecimiento tan crucial en la existencia humana como es la muerte; ésta sería la instancia mediante la cual el hombre encuentra redención, salvación y puede liberarse al fin de aquello que le aqueja a causa del mundo caótico y complejo en el cual se ha desenvuelto toda su vida. Esto se extrae del análisis de tres cuentos de Borges: “El sur”, “La casa de Asterión” y “El inmortal”.

Antes de comenzar con el análisis, es necesario aclarar el significado de algunos elementos importantes presentes en la literatura de Borges. En primer lugar, está el fundamento de la concepción que Borges tiene del mundo. Clemens Franken, en su artículo “Borges y su lector-detective”, señala que durante las primeras décadas del siglo XX, y sobre todo, durante la segunda guerra mundial y después de ella,  “Borges, al igual que muchos autores europeos y latinoamericanos contemporáneos, llegó al convencimiento de que el mundo exterior ya no se puede representar ni comprender” (95). Ante el vacío existencial que el horror de la guerra produce en el espíritu de las personas, Borges concibe la idea de que el hombre ya no puede contar con un dios que ordene su mundo, pues “el sujeto y el objeto, el hombre y el mundo, son dos ámbitos absolutamente separados el uno del otro, y ya no forman un todo armónico al que el hombre podría conferir la necesaria unidad mediante su conocimiento. El mundo exterior se convierte para Borges, por lo tanto, en algo irreal, una nada y un caos impenetrable” (Franken, 96). Según lo anterior, una parte de la idea del mundo como un ente caótico estaría justamente en esa imposibilidad de ordenación, que se acentúa ante la ausencia de un dios; el hombre no comprende el por qué de su existencia y tampoco puede confiar en un ser superior que le dé la clave para entenderla, por lo tanto el hombre se ve en medio de un mundo en el que suceden cosas injustas y terribles cuya razón no puede entender, es decir, el hombre ya se siente capaz de dar “unidad” al mundo a través de lo que sabe, su conocimiento se hace insuficiente para explicar todo ese horror que le rodea. Esta irrealidad e imposibilidad de comprensión del mundo en el cual se encuentra inserto el hombre es la primera aproximación que se puede encontrar en torno a la concepción caótica que tiene Borges del mundo.

En este mismo sentido, Borges comienza a buscar imágenes o símbolos que puedan representar esa irrepresentabilidad e inaprehensibilidad del mundo. Lo primero que aparece en esta búsqueda es la difusión que se presenta entre sueño y realidad, conceptos que para Borges serían homólogos e intercambiables; él concibe al sueño como la forma en la que el hombre percibe y trata de ordenar ese mundo caótico que le rodea:

El sueño convierte al mundo en una experiencia personal y la suma de todos los sueños sería, pues, según él, lo que se llama realidad; la realidad, entonces, como un sueño colectivo que la humanidad sueña como un todo. De especial importancia para esta interpretación borgiana del mundo como sueño es, sin duda, la capacidad del sueño de crear una unidad y un orden muy personal a base de una realidad caótica. […] Como es sueño crea a través de sus asociaciones aparentemente arbitrarias un orden secreto que significa, al mismo tiempo, una interpretación del mundo que nos rodea y en que vivimos, el resultado de este sueño es, para el idealista Borges, el mundo. El mundo aparece aquí, entonces, no solamente como producto de la imaginación humana consciente sino también inconsciente. (97-98).

Siguiendo esta misma línea, el laberinto aparece también como una imagen capaz de reflejar ese caos que es el mundo. El laberinto es para cualquiera una confusión de caminos, pero se sabe que de todos esos caminos hay uno que llevará al centro, o a la salida; el laberinto tiene su propia lógica, pero quien entra allí no la conoce, y por eso se confunde y no puede encontrar a la primera el camino certero:

“De la misma forma como el sueño alude a un mundo caótico y, al mismo tiempo, a un orden secreto, también la metáfora del laberinto simboliza la interpretación borgiana del mundo como un caos que, sin embargo, se halla ordenado según principios generalmente desconocidos. [...] la estructura laberíntica del mundo parece reflejarse también en su interior y manifestar su desamparo, su angustia, su temor a la muerte y su secreta esperanza” (98)

Se tiene entonces que el hombre, ante los ojos de Borges, no sólo está rodeado de un mundo caótico e imposible de comprender mediante un orden procedente de la lógica de pensamiento humana, sino que también su interior es un caos que él mismo no puede entender ni ordenar más que tentativa y artificialmente. De esto se puede extraer entonces que el hombre viviría constantemente tratando de encontrar una forma de comprensión de sí mismo y del mundo, y, como se verá en el análisis de los cuentos mencionados, es de ese caos y de esa imposibilidad de comprensión que el hombre es salvado al momento de encontrar la  muerte.

En “El Sur” nos encontramos ante Juan Dahlmann, un hombre descendiente de un pastor evangélico germánico y un soldado que murió “en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel” (Borges, 263). Se dice entonces que Dahlmann sentía una gran admiración por su raíz argentina, por su carácter romántico ─que el narrador atribuye a la “muerte romántica” del abuelo─ razón por la cual se presenta a la estancia que éste posee en el sur casi como un tesoro: “Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura” (264). Dahlmann sufre un accidente y se salva de morir de una septicemia en un sanatorio de Buenos Aires, episodio que para Dahlmann resulta tremendamente doloroso: “[después de la operación] Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno” (265). Según el relato, al pasar el período de gravedad, Dahlmann tiene la posibilidad de viajar a su estancia en el sur a recuperarse. Es ahí cuando comienzan a dibujarse los elementos que reflejan el pensamiento y la visión de mundo de Borges: en primer lugar, desde el momento en que Dahlmann deja el sanatorio para ir a la estancia: “A la realidad le gustan las simetrías y los anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución” (266). En la constante repetición se ve esa cualidad de inmortalidad que tiene la realidad que rodea al hombre, donde todo ocurre una y otra vez de forma interminable. Luego, cuando se habla de la escena en que Dahlmann acaricia al gato del café, el narrador señala que éste “pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante” (267). Sería entonces el hombre quien se da a sí mismo la cualidad de mortal, la cual necesita ante ese mundo que le rodea y que se presenta como simultáneo e interminable, el cual se encuentra representado en ese gato eterno, que desconoce el tiempo y por lo tanto desconoce también que puede morir algún día, él sólo vive en el momento presente pues es todo lo que su intuición conoce; el hombre necesita su cualidad de mortal, porque una de las cosas que su entendimiento no tolera es la repetición continua de las cosas, el hombre necesita sentir la unicidad de cada elemento de su vida. Es al llegar al sur, cuando se ve enfrentado a un duelo en el cual sabe que morirá, que Dahlmann comprende que esa muerte hubiese sido una redención para él, ahorrarse el sufrimiento casi indigno de un enfermo de sanatorio para morir de una vez como un gaucho, como murió aquel antepasado romántico por el cual él sentía tanta admiración; una muerte romántica como esa le habría salvado de todo el dolor vivido en el sanatorio, y Dahlmann prefiere esa muerte casi heróica antes que haberse salvado a costa de un dolor tan mundano como es una enfermedad: “Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado” (273). Una enfermedad es un hecho que puede repetirse, un hombre puede estar muchas veces en un sanatorio internado de gravedad por diversas enfermedades; pero un hombre ─según como podría entenderlo Dahlmann─ puede sólo una vez enfrentarse a muerte en una pelea a cuchillo, ese acercamiento a la muerte es único, y esa muerte “única” es la que le hubiese salvado del dolor que podría repetirse una y otra vez en el sanatorio.

Por otra parte, en “La casa de Asterión” resulta mucho más evidente la idea de que la muerte salva al hombre del caos del mundo. Asterión no se siente encerrado en el laberinto, pues las puertas infinitas de su casa “están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales” (Borges, 99), y es él quien siente temor de la gente y de su aspecto, sobre todo porque la gente también parece temerle. Lo que a Asterión le aqueja seriamente es la soledad, lo cual se puede desprender del juego de “el otro Asterión”: “Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa” (101). Además, él está solo en ese lugar que es un caos, pues “todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. […] La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” (101); Asterión está solo en medio de un mundo caótico que parece no tener fin; este personaje es la representación de un hombre solo en medio de la imposibilidad de comprensión del mundo. En medio de esta soledad, Asterión recibe cada nueve años la visita de nueve hombres que “entran en la casa para que [él] los libere de todo mal” (102), aunque en realidad ─según lo que se sabe de la leyenda del Minotauro, en la cual está inspirado este relato─ estos hombres condenados al laberinto. Y aunque todos mueren con sólo ver a Asterión, uno de esos hombres alguna vez profetiza, según lo que entiende Asterión, la llegada de un redentor, ante lo cual nuestro personaje señala: “Desde entonces ya no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y que al fin se levantará sobre el polvo. […] Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas” (102). A quien Asterión espera es a ese hombre que se cree que alguna vez dará muerte al Minotauro, que finalmente es Teseo. Resulta ser éste último el redentor de Asterión, al matarlo y salvarlo de ese mundo caótico y sin final; Asterión estuvo esperando toda su vida esta salvación, que para él no es muerte sino un paso a otro sitio mejor, menos confuso, pues él conserva la esperanza de que este lugar no tenga tantas repeticiones infinitas que él no entiende y que son las que representan ese orden incomprensible para el hombre que es el mundo. En el fondo, Asterión esperaba salvarse de estar solo en ese mundo lleno de elementos que él no puede comprender.

Por último, en “El Inmortal” se puede ver cuál es el valor final que Borges le da a la mortalidad de los hombres, y que se relaciona con la dicotomía unicidad/repetición planteada someramente en “El Sur”. El personaje del relato busca la Ciudad de los Inmortales casi por curiosidad, al enterarse por otro hombre de su existencia. Una definición importante que aquí se presenta es la del concepto de laberinto, el cual se explica como “una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a este fin” (Borges, 18). Si sabemos que Borges concibe al mundo como un laberinto, entonces el mundo estaría hecho justamente para confundir a los hombres que habitan en él, y, como se verá más adelante, es la muerte la que salva a los hombres de vivir esta confusión eternamente. Al encontrar la inmortalidad, el personaje se da cuenta de que “ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas los son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal” (24). La inmortalidad significaría, según Borges, la pérdida del valor de la unicidad en los actos de los hombres: “la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. […] Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso” (27). Y pese a que son inmortales, la concepción que éstos tienen del mundo como un “sistema de precisas compensaciones” (26) les da la esperanza de recuperar el valor de lo irrecuperable, de las cosas irrepetibles: “Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren” (27). Lo terrible de la inmortalidad, según lo que se plantea en el relato, es justamente el saber que se vivirá por siempre en un mundo de constantes repeticiones, donde todo ocurre una y otra vez, y donde todo es caótico, pues no se puede entender pese a que los hechos se repiten de forma interminable; el hombre inmortal estaría condenado a vivir eternamente en el caos que no puede comprender, y a estar eternamente tratando de comprenderlo sin un sentido. El personaje pasa de buscar la inmortalidad por mera curiosidad a buscar la mortalidad por necesidad, porque es parte de la naturaleza humana esa búsqueda de lo único, es esa conciencia de que la vida es algo irrepetible, y que la búsqueda de comprensión e intento de ordenación del mundo no es vano, sino que es lo que le da sentido a la existencia del hombre. Por eso es que para este inmortal la muerte resulta ser una liberación, una redención, pues la muerte lo salva de la constante y eterna repetición del mundo y le da la esperanza de recuperar su humanidad y el sentido de vivir.

A través del análisis de los relatos de Borges fue posible ver cómo, de distintas maneras, la muerte es concebida por este autor como una redención; el hombre, a través de la muerte, encuentra la salida del laberinto, el despertar del sueño, la comprensión de este mundo incomprensible, pues todo eso está fuera del mundo, fuera de la vida, y la única forma de salir de este mundo y de esta vida es a través de la muerte. La muerte puede ser vista entonces como la esperanza que tiene el hombre de salvarse del caos, y de no vivir eternamente en la confusión, pues sabe que todo lo que haga en su vida pasará sólo una vez; al saberse mortal, el hombre refleja esa linealidad ficticia con la que intenta ordenar el mundo, y tiene la esperanza de que el caos algún día terminará, la muerte lo liberará de él.

PUBLICADO EN LITERATURA

Bibliografía:

  • Borges, Jorge Luis. “El Inmortal” y “La casa de Asterión”. El Aleph. Buenos Aires: Emecé, 2006.
  • Borges, Jorge Luis. “El sur”. Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 2006.
  • Franken, Clemens. “Jorge Luis Borges y su detective-lector”. Literatura y lingüística, n°14, 2003, pp. 93-111