“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”
 Lord Acton

ISSN0719-0212

El chiripero de Michelle Bachelet

P. A. Valenzuela-GutiérrezPor
Publicado el 27 Aug, 2012

Chiripero fue el nombre que recibió de manera coloquial la coalición de partidos que apoyó a Rafael Caldera en 1992-1993. Esto, pues convergieron en torno a su figura actores políticos de izquierda, centro y derecha. También se puede entender como “algo o alguien que obtiene las cosas por chiripa” o sin mucha preparación o habilidad.

Michelle BacheletDesde hace  algún tiempo que vengo dedicando mi estudios al análisis de los procesos políticos en Argentina, Uruguay y Venezuela y, producto de ello, he terminado concluyendo que el paralelismo que podemos construir entre la situación chilena actual y la venezolana de fines de los 80 y principios de los 90 es realmente llamativo y muy ilustrativo. A fines de los 80, la democracia venezolana llevaba casi 30 años desde que cayera la dictadura de Marcos Pérez-Jiménez  y surgiera el pacto de punto fijo entre AD, COPEI y URD que permitió canalizar, de manera controlada, la democratización del país.

En Chile pareciera que a fines de la dictadura de Pinochet, en 1989, vimos nacer nuestro propio pacto cuando la naciente Concertación y los partidos oficialistas llegaron a un acuerdo para reformar la Constitución y generar una especie de pacto de gobernabilidad. Varias cosas quedaron el limbo de lo intocable de manera formal, debido a las quórums y a los senadores designados, o a causas informales, debido al temor del gobierno entrante a alterar a los militares, a la sazón, garantes de la institucionalidad. Se conformaba así una especie de programa mínimo que nos permitía entrar de forma relativamente segura por los portales de la democratización.

En un famoso estudio (Mainwaring & Scully, 1995) se relevaba el rol de los partidos políticos para sostener la democracia. Era una época donde la ciencia política dedicada a América Latina intentaba buscar algún mecanismo para no repetir las experiencias autoritarias y una de las formas defendidas era promover la institucionalización de los sistemas de partidos. De ahí que los países de la región debían aspirar a formas partidarias como las que sostenían Venezuela o Costa Rica. Un sistema bipartidario con un alto grado de institucionalización. Es decir, una baja volatilidad electoral con poco espacio para que outsiders llegaran al poder. Sin embargo, tres años después de la publicación del trabajo de Mainwaring y Scully, triunfa en Venezuela Hugo Chávez y el modelo de democracia que la región debía seguir se ve revolucionado desde sus bases, el sistema de partidos se derrumba y atomiza y la calidad de las instituciones democráticas cae brutalmente en un contexto de liderazgo personalista y carismático.

En Chile se ha escrito mucho sobre lo ejemplar de nuestra transición democrática, lo fuerte que son nuestros partidos políticos, lo competitivas que son las elecciones y la fuerza de nuestras instituciones. Aún con un sistema electoral que incentiva el bipactismo –pero que no lo genera automáticamente– tenemos varios partidos políticos que, en teoría, representan a un espectro particular de la sociedad, casi tal como lo era hasta 1973. Chile es un modelo de democracia y especialistas recientemente han dicho que desde el extranjero la calidad de nuestra forma de gobierno es altamente valorada [1].

Probablemente se decía lo mismo de Venezuela a principios de los 90 cuando el Caracazo, en febrero de 1989 y los intentos de golpe de Estado en 1992 fueron resueltos por la vía democrática. El optimismo lleva a decir que la democracia resistió esos embates y canalizó adecuadamente el conflicto. Sin embargo, el pesimismo –o el realismo informado– permite ver que esos hechos no serían en realidad reflejo de una democracia estable y robusta, sino que se trataría más bien de síntomas del creciente debilitamiento de las instituciones democráticas y la indiferencia de la ciudadanía frente a los partidos tradicionales. Para Chile existe una literatura variada que nos dice que históricamente las preferencias del electorado han cambiado lentamente y por lo tanto es probable que en el futuro también los cambios sean graduales (Scully, 1992; Scully & Valenzuela, 1993). Incluso en los últimos 22 años hemos visto lentos cambios en las preferencias, los que han terminado afectando fundamentalmente a la UDI, RN y la DC.

La pregunta es ¿podríamos decir que esta estabilidad es fruto de la salud de nuestra democracia?  Me atrevería a pensar que no. Pareciera ser más que la estabilidad de las preferencias se debe a la estabilidad de la oferta de partidos. La barrera que el sistema electoral impone para que nuevos partidos se incorporen a la competencia electoral impide que la oferta de partidos pueda mutar. Hoy nos enfrentamos prácticamente a los mismos actores principales que en 1990 vieron el ascenso de la democracia. Eso no es sano, porque las sociedades cambian, más todavía aquellas que se ven sometidas a procesos rápidos de desarrollo. Incluso en las democracias avanzadas, hace décadas, hubo partidos que decrecieron, como los liberales en Inglaterra que vieron como los laboristas ocupanban su sitio.

Quizás sea que en la región le tememos a los cambios o a las convulsiones. Pensamos que es mejor buscar algún mecanismos de congelamiento para el sistema político en el que todos los actores queden felices, evitando cambiar mucho o muy rápido. Por eso nace el pacto de punto fijo en Venezuela, por el temor que AD volviera a gobernar de forma solitaria y abusiva, como lo hizo entre 1945 y 1948, desencadenando una nueva dictadura. Por eso mismo en Chile la Concertación asume el gobierno haciendo un cúmulo de concesiones que hicieron que la democracia protegida fuera una realidad más allá del texto original de la Constitución de 1980. Por eso Argentina y Uruguay en 1912 y 1918 respectivamente impulsan sus propias formas para “cambiar en la medida de los posible”. Es algo siempre presente en la región, evitar la revolución violenta pero tampoco impulsar algún tipo de revolución pacífica, sino que buscar algún gatopardo subóptimo con el que todos estén satisfechos, al menos por algún tiempo.

En Chile no es reciente la evidencia que muestra que la brecha entre la ciudadanía y los partidos políticos crece año a año. Exste cada vez menos adhesión a los partidos y las personas que dicen no ser de izquierda, centro o derecha también han ido en aumento. Eso, más allá de la estabilidad de la democracia, es señal de que nuestro sistema político está enfermo. Eso, en Venezuela, se expresó con una creciente abstención en las elecciones y con la aparición de movimientos políticos de carácter subnacional. En Chile hemos visto algunos proyectos locales, particularmente en las elecciones municipales y la posibilidad de un crecimiento de la abstención es algo que está por verse a partir de las próximas elecciones.

Lo que sí da lugar a menos especulación es la posición que tiene Michelle Bachelet en la actual situación política. Su triunfo en 2013 parece hasta ahora incontrarrestable, su irresponsable silencio ha hecho que su figura actúe como un tapón para que la Concertación consolide algún liderazgo nuevo que permita o fuerce la jubilación de aquellos que lideraron la transición a la democracia.

Pero es todavía más interesante seguir con el paralelo frente a Venezuela. Hacia las elecciones de 1993, después de los intentos de golpe de febrero y noviembre 1992 y los escándalos de corrupción que pusieron fin anticipado al gobierno de Carlos Andrés Pérez, la discusión era respecto a las reformas necesarias a la institucionalidad venezolana para permitir una mayor y mejor participación que mejorara la democracia, casi lo mismo que en Chile hoy. Es decir, esa supuesta estabilidad que vivía Venezuela no era señal de salud, sino que eran causas de un deterioro creciente que se manifestó con dos intentos fallidos de golpe que, sin ser aprobados por la opinión pública, tampoco fueron rechazados abiertamente, como ocurrió, por ejemplo, en la semana de santa de 1987 en la Argentina, en donde el presidente Alfonsín recibió un apoyo cerrado de las fuerzas políticas para terminar con la asonada.

De ese discurso se apropió Rafael Caldera y, separándose de “los mismos de siempre”, alcanzó el poder en 1993 con poco más del 30% de los votos. Ninguna de las reformas prometidas se pudo llevar a cabo, no hubo nueva Constitución y ni siquiera pudo gobernar de manera autónoma porque adecos y copeyanos seguían dominando el congreso. Inevitablemente tuvo que tender puentes con ellos. ¿Irá a encarnar Bachelet al “Rafael Caldera chileno”? No es tan claro. Bachelet es una militante disciplinada del PS, nunca ha dicho que gobernará con personas distintas o que intentará estructur alguna coalición diferente, mucho menos que formará algún partido nuevo. La Concertación volvería al poder, pero con los años la Concertación democrática y prometedora que impulsó la democracia se transformó en un chiripero con candidata, pero sin proyecto político. Y ojo, que en el congreso es altamente probable que sigan estando casi los mismos que están hoy.  ¿Qué haría que un nuevo gobierno de Bachelet, más allá del discurso, pueda llegar a ser una fuente de respiro para la política chilena, tal como lo prometía Caldera y su chiripero en Venezuela en 1993?

Osvaldo Andrade, en una entrevista en el canal 24 horas, señaló que Bachelet es la única esperanza que tienen los chilenos para cambiar el país. Yo lo diría de otra forma, y parafraseando a Kornblith (2003: 169) respecto al gobierno de Caldera en Venezuela, el triunfo de Michelle Bachelet en 2013 se podría entender como el último intento por mantener vivas las instituciones que rigen el juego político chileno desde 1989 y como la última oportunidad que el electorado le dé a la dirigencia tradicional para liderar el país.

Ciertamente, y para no enojar a los puristas, Bachelet no es Caldera ni Chile es Venezuela, la comparación no tiene por qué seguir los mismos senderos pues las cosas no están determinadas. Lo que sí es cierto es que Venezuela es un caso muy interesante para estudiar la desinstitucionalización de los sistemas políticos, su desarraigo social y su derrumbe por vías no militares. Chile parece encontrarse en ese punto. La amenaza militar no parece cierta –aunque algunos nostálgicos crean que sí– pero sí el populismo y el personalismo parecen asomarse por el horizonte. Bachelet bien puede terminar siendo ese puente entre dos momentos o incluso llegar a ser ella misma el liderazgo personalista y carismático que en Chile parece tener cada vez más espacio. Y eso, a decir verdad, no sé cuán bien le puede hacer a la democracia.

PUBLICADO EN POLÍTICA NACIONAL

Nota al pie:

Referencias:

  • Kornblith, M., 2003. Del puntofijismo a la quinta república: Elecciones y democracia en Venezuela. Colombia Internacional N.58, pp. 160-194.
  • Mainwaring, S. & Scully, T., 1995. Party Systems in Latin America. In: S. Mainwaring & T. Scully, eds. Building democratic institutions: Party systems in Latin American. Standford: Standford University Press, pp. 1-34.
  • Scully, T., 1992. Los partidos de centro y la evolución política chilena. Santiago de Chile: CIEPLAN.
  • Scully, T. & Valenzuela, J. S., 1993. De la democracia a la democracia: Continuidad y variaciones en las preferencias en el electorado y en el sistema de partidos en Chile. Estudios públicos, pp. 195-228.