Martes 25 de Julio de 2017

Antecesor o Introducción a la Paleoarqueología (Parte 2) [1]

Por: Miguel Villalobos Martínez - 14-07-2017

En la entrega anterior, asistimos a un proceso de exploración entre las páginas de Antecesor [2] que dio como resultado el hallazgo de una serie de historias pobladas de personajes que sobrellevaban vidas bastante fracturadas, pero que, a pesar de ello, mantenían una misa voluntad: buscar los fragmentos perdidos para reunirlos, componerlos e intentar recomenzar. En esta segunda entrega, completaremos el análisis yendo al encuentro de los relatos que faltaron y que encontraremos bajo tierra, al fondo de esta “Segunda Excavación”.

Segunda Excavación: Actos evasivos

            En determinado momento de nuestras vidas, más tarde o más temprano, el pasado se hace presente y demanda que nos hagamos cargo de él. Sin embargo, no siempre la “reparación” será una alternativa; una segunda opción, “la huida”, también se evidencia como un camino válido. Pero no entendida como un mero escape, como un simple movimiento evasivo, sino que, por sobre ello: entendida como una búsqueda de opciones, de soluciones que permitan -aunque sea en teoría- mantener estables los cimientos de nuestra existencia.

            En esta línea se mueve 17 de octubre. Santiago y Sandra son una pareja de rockeros maduros que no han sabido sobrellevar el desgaste del tiempo y que se mantienen juntos por inercia. Tienen una pequeña hija llamada María Belén a la que quieren mucho y que representa el único vínculo que los mantiene juntos (aunque no unidos). Ambos están conscientes de la precariedad que afecta su relación, pero no son capaces de revertirla por sí solos. Entonces el fantasma de la infidelidad comienza a rondarlos con fuerza: la posibilidad de  encontrar en “otro” lo que hace rato no han podido encontrar entre ellos. En vez de repararse deciden escaparse. Bastará entonces con decir que Santiago intenta serle infiel a Sandra con la Parvularia a cargo de su hija y que Sandra hace lo mismo con un tipo joven que trabaja en un almacén cercano. Él fracasa rotundamente; ella, no obstante, lo consigue. Es más: al regresar a casa, Santiago descubre a su esposa en pleno acto sexual, aunque es incapaz de encararla. Y mientras camina solo, por la calle, de noche, se aleja moviendo la cabeza sin saber bien qué hacer. Es en este punto de la historia que el título cobra absoluta relevancia, pues es la fecha en que ambos, tiempo después de todo lo anteriormente referido, asisten a un concierto de Rush en el Estadio Nacional. Un nuevo recuerdo se convierte en  la plataforma ideal para alejarse, otra vez, del triste y oscuro presente:

“Santiago no puede creer lo que ve, se gira hacia Sandra y de sus ojos emanan un par de lágrimas. La abraza y la primera canción suena de fondo. Sandra cierra los ojos y recuerda esa juventud cuando (…) hacían el amor sin pensar en deudas ni créditos. Santiago mira a los ojos a Sandra. Le da un beso, un beso largo (…) Casi al borde del llanto, le musita al oído: -¿Qué fue lo que nos pasó?”. [3]

            La atmósfera de ternura con la que concluye este relato contrasta con la que Rodrigo Torres urde en La Entrevista, una narración excepcional que sienta sus bases sobre un humor negro de espíritu bastante crítico. El punto de partida es sencillo: un hombre sin grandes pretensiones laborales -José- acude a una entrevista de trabajo. Es un tipo promedio, un ser promedio que vive una vida promedio, con todo lo que ello implica. Espera a que lo llamen en una sala junto a otros postulantes; y, aunque necesita el trabajo, en el fondo no quiere estar allí. Las cosas no mejoran cuando comienza la entrevista: el jefe resulta ser es el símbolo por excelencia del “joven-profesional-emprendedor” que tiene puesta la camiseta de la empresa de forma total y absoluta. Su discurso, de hecho, es el discurso del progreso; su visión de mundo, por tanto, sigue la misma línea, lo que se ve plasmado en dos momentos especpificos: el primero, cuando cuestiona el hecho de que José haya estudiado Literatura cuatro años; segundo, cuando afuera, en la calle, mientras va terminando la entrevista, comienza una manifestación:

“-¿Por qué crees que salen a la calle?- dijo Mena de pronto.

-Antes creía saberlo- dijo José.

-Míralos, peleándose como monos. Criticando al sistema. Pidiendo y pidiendo. No saben hacer otra cosa- dijo Mena-. Dime tú, ¿dónde crees que terminará mañana la mayoría de ellos?

-No lo sé- dijo José.

-¿Sabes quién es el sistema?- dijo Mena e inmediatamente se llevó el índice al pecho-. ¿Lo entiendes?”. [4]

           Inmediatamente luego de este segmento en que se aprecia una clara relación entre el poder y quien se somete a él (o postula para someterse a él), viene otro que remite a una situación anterior en el que vemos a José en una entrevista grupal. El jefe en esta oportunidad es un empresario español con un perfil muy similar al anterior. Ahí, José conoce a Pablo, el personaje que lleva la dimensión patética del relato al siguiente nivel, introduciendo el elemento cómico y crítico. Básicamente, Pablo -también llamado el Poeta- es un hombre que gusta de  ir a entrevistas de trabajo para sembrar el caos, quebrando la rigidez formal de la situación a través de su discurso: vestimenta informal, falta de higiene y respuestas directas, políticamente incorrectas y/o derechamente vulgares. Al momento de ser increpado por su falta de decoro y respeto, el Poeta responde:

“-Oiga, mire, yo también necesito trabajo y mucho. Pero ustedes preguntan puras huevadas. ¿Qué les importa mi vida? Si aquí venimos a convertirnos en esclavos y no en amigos. ¿Quieren conocerme? ¡Que la masquen!

El español se levantó furibundo de su asiento. Se puso enfrente del hombre y con un vozarrón violento le ordenó que se marchara. El tipo [Pablo] dejó su puesto y caminó bailando graciosamente hasta la puerta. Una vez afuera, eructó.” [5]

            Como es lógico, la aparición de este hombre que solo acude a entrevistas para insolentarse, deja pensando a José, quien en el fondo quisiera ser como el Poeta, aunque no tiene la convicción para serlo. Y es que el absurdo comportamiento de Pablo es en realidad una explosión de sentido: lo que parece una locura, en realidad es una ventana hacia la cordura, pues lo que de verdad queda en evidencia es lo infinitamente estúpido que resulta el hecho de ir a solicitar un trabajo que no deseamos. Dicho de otro modo: Pablo representa aquel escape que José desea y anhela con mucha fuerza, pero que a su vez es incapaz de asumir, es decir, de realizar lo que verdaderamente es. El final del relato logra mezclar de forma notable lo emotivo y lo cómico, dejando entrever que ambos personajes, José y Pablo, seguirán existiendo inmutablemente: el primero aceptará la vacante mientras el segundo la despreciará con ímpetu.

            Esta misma dicotomía se aprecia en el relato Malas Juntas. Aunque la historia aquí tiene otro enfoque (amoroso), básicamente se erige una estructura similar. El protagonista se encuentra con Andrea, una ex compañera y novia universitaria que en otro tiempo fue rebelde, pero que ahora se ha convertido en una gran intelectual. De alguna manera él todavía siente algo por ella, pero el sentimiento no es recíproco. Sin duda representan mundos diferentes: él se estanca y vive en lo que fue; ella ha evolucionado, es dinámica, aunque ha tenido que sacrificar gran parte de sus ideales para conseguirlo (léase: de lo que era y ya no es).

            Finalmente, Antecesor concluye con un cuento, a mi juicio, extraordinario, titulado Carnotauro. Un paleontólogo de edad avanzada viaja en compañía de su mujer (que es más joven y tiene un problema de salud que le impide caminar) y su aprendiz, Fabián, un joven lleno de vida que los acompaña en la búsqueda de los restos óseos de un dinosaurio (de ahí el título). Los detalles en este relato abundan y resultan absolutamente necesarios, pues le conceden textura y verosimilitud a la narración. Sin ir más lejos, de ellos se desprenden los aspectos más interesantes de este “triángulo amoroso”: aquellos relacionados con la tensión sexual que se percibe entre la mujer del viejo y el joven aprendiz. Por su puesto, el viejo paleontólogo lo intuye también, pero la relación culposa que mantiene con su mujer le impide transparentar el hecho y se transforma en un mero espectador: el joven es todo lo que él no es; y, por lo tanto, le puede dar lo que él no puede. Cabe señalar, a propósito de este punto, que Torres logra configurar un  interesantísimo paralelo entre la extinción de los dinosaurios y la extinción del hombre.

“¿Sabe, profesor?-dijo Fabián, incorporándose y quedando frente a frente con Hernández-, he llegado a pensar que se extinguieron por una razón muy simple: Nunca estuvieron conscientes de lo que pasaba a su alrededor”. [6]

            De esta manera, con este último cuento, se marca un giro hacia el inicio, hacia el primer relato, en el que también se nos hablaba sobre dinosaurios. Personalmente, creo que este hecho no es aleatorio: acaso para el autor seres humanos y dinosaurios son, en alguna medida, lo mismo; seres complejos, tan diversos como misteriosos, que luchan por su supervivencia a pesar de estar condenados a la extinción. Así, la obra se completa y un solo tono unifica todas las historias. El simbolismo que podemos encontrar en estas páginas no es menor, porque el trabajo que realizan arqueólogos y paleontólogos no dista demasiado  de lo que significa leer Antecesor: primero la extinción, luego los huesos, posteriormente el descubrimiento y finalmente la revalorización de los restos; proceso que permite comprender, a fin de cuentas, quiénes eran realmente los que estuvieron antes que nosotros. La reconstrucción del ser se hace por piezas, desenterrando vestigios, aunque -y esto es lo importante- no para exhibirlos en un museo, sino para que sirvan como lección viva de lo que somos. De eso Rodrigo Torres tuvo mucha claridad.

 Notas al pie de página

  • [1]  A propósito de esta reseña, cabe señalar dos cosas: 1) Utilizo aquí el término Paleoarqueología de forma más o menos arbitraria, pues no lo hago con fines científicos, sino más bien lo empleo por la gran carga simbólica que sugiere: la unión de dos disciplinas que, aunque poseen objetos de estudio distintos (humano/animal), proceden de forma similar; 2) Dada su extensión, el artículo se ha dividido en dos partes que se publicarán suscesivamente. Esta es la segunda.
  • [2] Rodrigo Torres. (2014). Antecesor. Santiago: Librosdementira.
  • [3] p.34
  • [4] p.43
  • [5] p.45
  • [6] p.129


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