Miércoles 23 de Mayo de 2018

Autoficción y autorepetición (parte 1)

Por: Miguel Villalobos Martínez - 21-03-2018

Sin duda, estamos en un punto interesante en lo que a literatura nacional se refiere. Básicamente, porque ya hace un tiempo que la manera tradicional de escribir –sobre todo de narrar– ha ido acomodándose, en su gran mayoría, entre formas probadas que tienden a repetirse, haciendo que el panorama pierda un poco la frescura de innovar y experimentar. Quizás una de los formatos más utilizados por nuestros escritores sea, precisamente, el de la autoficción, el cual ha permitido dar un cuerpo sólido y consistente a gran parte de los cuentos y novelas escritos después de la dictadura; gozando de una creciente popularidad entre el público y creando un nicho de lectura que se mantiene absolutamente vigente en la actualidad. Sin embargo, a pesar de su éxito editorial y de la notable aceptación que tiene hasta hoy, este gran caudal de obras escritas a través de un “yo” acusa cierto agotamiento artístico que es necesario revisar.

En esta primera parte problematizaremos el concepto en cuestión y enunciaremos algunos aspectos críticos de él.

Realidad y ficción

A estas alturas, resulta sencillo comprender que el arte, aunque tenga su punto de partida en la realidad, no es la realidad en sí misma (aunque sí otra, una alterna). Esta separación metodológica nos permite trazar aquella línea imaginaria entre lo que denominamos realidad, por una parte, y ficción, por otra. Así, por ejemplo, podemos distinguir con relativa facilidad que María Luisa Bombal, en su calidad de escritora (creadora), pertenece a la esfera de lo real; mientras que Ana María, en su calidad de personaje (creación), solo existe en el plano de la ficción. Y aunque mucho de lo que es Ana María se encuentre en deuda con en el espíritu de su creadora, lo cierto es que ambas se vinculan únicamente a través de estos dos polos. Algo similar sucede con Jorge Luis Borges y sus múltiples desdoblamientos en el plano ficticio. No obstante, esta distinción tan elemental se torna particularmente confusa cuando se introducen en el análisis nociones que desafían la dicotomía básica “arte/realidad”; tal es el caso del concepto de autoficción en Literatura.

La autoficción como modalidad discursiva

Toda novela podría situarse, como artesanía, en el ámbito artístico; del mismo modo que toda autobiografía podría situarse en el plano de lo no literario, es decir, de lo real. Pero cuando una obra se sitúa en medio de ambas, en el límite, se considera “autoficcional”, término acuñado por primera vez en 1977 por Serge Doubrovsky a propósito de su novela Fils, aunque su uso como formato de escritura es anterior. En términos simples, se trataría de una síntesis entre lo autobiográfico y lo puramente novelesco que, aunque parezca contradictoria, se hace posible gracias a la plurivalencia del lenguaje: no hablamos de una recopilación de datos con fines documentales ni tampoco de una invención completamente imaginaria, sino más bien de un tercer tipo de creación:

Aunque la autoficción es un relato que se presenta como novela, es decir como ficción, o sin determinación genérica (nunca como autobiografía o memorias), se caracteriza por tener una apariencia autobiográfica, ratificada por la identidad nominal de autor, narrador y personaje. Es precisamente este cruce de géneros lo que configura un espacio narrativo de perfiles contradictorios, pues transgrede o al menos contraviene por igual el principio de distanciamiento de autor y personaje que rige el pacto novelesco y el principio de veracidad del pacto autobiográfico. [1]

Ahora bien, teniendo en cuenta las cualidades particulares de la creación autoficcional, es necesario establecer que su análisis se torna imposible desde cualquier vereda analítica que no sea la discursiva. La obra escrita, en cuanto construcción de lenguaje, queda sujeta a la relación lengua-discurso-ideología y, por lo tanto, esta nueva categoría solo es posible al considerar el fenómeno literario como una unidad dentro de la cual se implican autor y obra:

Tomando al hombre en su historia, el Análisis de Discurso considera los procesos y las condiciones de producción del lenguaje, por el análisis de la relación establecida entre lengua y los sujetos que la hablan y las situaciones en las que se produce el decir. De ese modo, para encontrar las regularidades del lenguaje en su producción, el analista de discurso relaciona el lenguaje con su exterioridad. [2]

Por esta razón, más que un género literario propiamente tal, la autoficción debe ser considerada como un recurso de creación y a la vez como una forma de lectura, puesto que los límites que separan la autobiografía de la novela autobiográfica se construyen sobre la base de la perspectiva (léase: del pacto de lectura) a través de la cual, como lectores, decidimos conectarnos con la obra en cuestión.

Autoficción en Chile: ¿el yo en dictadura o la dictadura del yo?

Escribir en primera persona constituye una forma entre muchas de narrar. Por supuesto, hacerlo de esta manera tiene sus ventajas particulares; entre ellas, que el escritor o escritora tiene la posibilidad de asumir como propios los actos y vivencias que se encarnan en la fábula. En nuestro país, esta forma se ha utilizado de diversas maneras y en obras de distinta naturaleza. Sin embargo, no es de extrañar que se muestre con especial fuerza en todo el corpus novelesco que se ha ido construyendo a partir de la dictadura. Dicho de otro modo: si revisamos con detención la producción literaria chilena de los últimos treinta años podremos verificar que, sobre todo en su dimensión narrativa, la escritura testimonial ha encontrado su forma preferida en la autoficción.

Ahora bien, aunque lo anterior no sea particularmente significativo, sí resulta interesante notar que entre la forma autoficcional y cualquier temática relacionada con la dictadura parece existir una implicación casi total; es decir, que mientras la historia se enmarque en el ya mencionado contexto histórico, la narración tiende a utilizar recursos que se instalan en el límite de la autobiografía y lo puramente novelesco. Las obras literarias que se desprenden de esta dinámica abundan.

No nos corresponde aquí cuestionar la validez de este recurso, debido a que, como ya dijimos, constituye una posibilidad más entre muchas que ofrece el mundo de la escritura. No obstante, sí podemos criticar su uso sistemático y, hasta cierto punto, automático. ¿Cuándo es auténtico utilizar la forma autoficcional para contar una historia íntima y cuándo es una simple estrategia de marketing?, ¿cuándo una narración sirve para recuperar las terribles experiencias vividas y cuándo se utilizan los recuerdos de un periodo oscuro como una excusa para hablar del yo? Quizás, la respuesta a estas preguntas trace una línea entre las obras que aportan a la recuperación de la memoria y las que solo usufructúan de ella.

En la segunda parte de esta entrega intentaremos dilucidar este asunto.

Notas al pie de página

  • [1] Alberca, M.. (2005-2006). ¿Existe la autoficción hispanoamericana?. Marzo 18, 2017, de CILHA Sitio web: http://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/1095/albercacilha78
  • [2] Orlandi, E.. (2012). Análisis de Discurso. Principios y Procedimientos (Elba Soto, trad.). Santiago de Chile: LOM Ediciones. pp. 22-23


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