Lunes 29 de Mayo de 2017

Baudelaire: Réquiem incondicional de un Maldito

Por: Paula Muñoz Hornig - 12-10-2015

“Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte.” (Blaise Pascal, un no-maldito)

Karl Jaspers, en su libro La Filosofía [1], señala que hay hombres capaces de reducir su vida a mera materia sujeta a una idea superior de carácter incondicional. La existencia se transforma, entonces, en un vivir para morir, en un vivir para saber morir, en un vivir que acepta (no que asume) el tortuoso castigo de la muerte como un acontecer indiferente con tal de salvar aquella convicción que, paradójicamente, lo ha llevado o lo llevará al fin de su accionar en el mundo. Un ejemplo claro es nuestro nunca mal recordado Sócrates, quien conservó inquebrantable su talante al beber la cicuta que lo condenaba al campo mortuorio. Su filosofía era su requerimiento incondicional.

Para Albert Camus, “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio” [2]. Creo que Camus roza la verdad (si es que ella existe). El suicidio es un hecho, pero que proviene de una idea; en parte se asume por ser la realización de la muerte por el propio individuo (al contrario de las otras muertes donde es imposible asumir el ocaso, pues cuando éste ocurre ya no hay nadie que pueda “autoasumirlo”). Pero la muerte en sí, como posibilidad de todas las posibilidades (al estilo heideggeriano), es la manifestación más pura y universal del robo a la capacidad misma de seguir amando la sabiduría, esto eso, de hacer filosofía, de construir filosofía tanto en la academia como en la calle. La muerte, en todo su esplendor, es el verdadero problema.

Si tomamos la muerte como una maldición, para seguir la línea, debemos tomar a alguien que haya sido maldito en vida, y qué mejor modelo que Charles Baudelaire. ¿Qué era la muerte para Baudelaire? ¿Tuvo él un requerimiento incondicional del tipo jasperiano?

Baudelaire es uno de los que llaman, que nos llaman, con más firmeza para pedir que (re)conozcamos su banquete fúnebre. Hijo maldito de París, amargado como sólo los poetas, los amamantes de las letras pueden amargarse, irreverente en su estilo, procura ya, en los primeros versos de Las Flores del Mal, alertarnos del monstruo vital que más nos hace (o debería hacernos) reflexionar sobre la muerte: el tedio, aquel espécimen  que “se tragaría al mundo de un bostezo infinito” [3].Este tedio, este aburrimiento del que es presa el hombre (cualquier hombre en cualquier tiempo) se configura como la manifestación más nítida del temor a morir. Baudelaire dice, en La Mala Suerte, que “el Tiempo es corto y el Arte es largo” [4]. El tedio es el presentimiento del pánico a no hacer-me, a no construirme, proyectarme, promoverme y dejar huella. El tedio es estar en el tiempo como ya muerto, temiendo que el último día llegue sin avisar y sin haber justificado mi existencia. La actitud de Baudelaire es la de un sudoroso vértigo. La muerte es desesperación.

Sin embargo, Baudelaire también tranquiliza su poesía con un poco de esperanza. Y es la misma muerte la que nos da esta esperanza. En La Muerte de los Pobres, se refiere a la muerte como la que “nos consuela y nos hace vivir” [5]. La conciencia de muerte (haciendo hermenéutica desde Heidegger) nos convierte en seres auténticos que la aceptan, la asumen -en la medida de lo posible- y luchan por derrocar la quietud, el tedio. El tedio es, como indicaba, el monstruo del hombre que, al ser distinguido, se convierte en el enemigo que puede ser vencido por la siempre presente presión que ejerce la muerte.

Hasta ahora se ha visto al tedio como actitud y característica propia de la naturaleza del hombre en tanto infructuosidad de obras. Pero el Maldito Baudelaire también hace suyo el concepto al identificarlo ya no sólo con la conciencia de mi propia mi vida, sino que con la conciencia de las otras vidas. Mi tedio se ve potenciado por el tedio de los otros, la sumisión de los otros. En El Viaje pide a los verdaderos viajeros sus relatos de remotos lugares conocidos en las travesías: “Para que el negro tedio estos muros remonte, haced vuestros hermosos recuerdos desfilar como lienzos que tengan un marco de horizonte” [6]. Charles quiere saber más, experimentar más, vivir más; y quién vive más que el viajero. A pesar de ello,  pronto se da cuenta que el tedio que le produce la humanidad banal se reproduce por doquier. La decadencia del Otro es inagotable y, como fenómeno, imparable. El tedio ya no sólo me desgarra por mi propia culpa, sino que me golpea por la culpa de los otros. Y es aquí que, nuevamente, la muerte se descubre como salvación. Antes de proponer el por qué de esta sentencia, es importante hacer alusión a otra constante en la poesía baudelaireana: el tiempo. El tiempo es “el enemigo más ruin que nadie vio” [7], pues ¿qué importaría sentir el tedio un par de veces al día si fuéramos seres infinitos capaces de retomar cierta empresa en cualquier momento? Tanto el tedio como el tiempo son hijos de la vida; por lo tanto, solo se los derroca muriendo.

La muerte es salvación: nos motiva a salir de la pasividad o, más radicalmente, nos libra de la banalidad mortal. Sin embargo, en el primer caso, aunque aplaquemos el tedio, aunque nos proyectemos, el deseo siempre pide más, nunca termina de saciarse. El individuo es en esencia un ente sin fondo. Es por esto que la muerte, el morir lisa y llanamente,  nos lleva a nuevos parajes, nos saca del hastío humano, de la hipocresía, de la impotencia, del goce y la gloria pasajera, del tedio y del tiempo. “Cielo o infierno, ¡es lo mismo! ¡A lo desconocido para encontrar lo nuevo!”[8], dirá Charles. No es una mera tendencia suicida, es un despertar del sueño, un dejar atrás las ilusiones en que viven los que no toman razón de la finitud humana, un dejar atrás las ilusiones que produce el no vislumbrar la enfermedad del tedio. La idea de morir nos puede ayudar en el complejo escenario del día a día, pero el hecho de morir es el que nos libera. Mientras tanto, mientras ella llega, habrá que seguir viviendo, habrá que seguir embriagándose de poesía. No deja de ser paradójico, en todo caso, que la tendencia propia del hombre sea no querer pensar, ni menos hablar, sobre su salvación.

Jaspers puede estar, en conclusión, contento. Baudelaire sí tenía un requerimiento incondicional; sólo que su requerimiento no lo llevaba heroicamente a la muerte, como en el caso de Sócrates, sino que era la muerte. Parafraseando a Camus, hay que imaginarse a Baudelaire feliz. Feliz en su maldición.

Nota del editor: Esta columna es una reedición actualizada de una entrega similar publicada el año 2013 en este mismo sitio, debido a que, a la luz de las problemáticas del ser humano actual, resulta particularmente interesante y mantiene absoluta vigencia.

Notas al pie

  • [1] Jaspers, Karl.La Filosofía. Fondo de Cultura Económica,  1993, Madrid.
  • [2] Camus, Albert.El Mito de Sísifo.Editorial Losada, 1982, Buenos Aires, pág. 13.
  • [3] Baudelaire, Charles. Las Flores del Mal, Editorial EDAF, 1985, Madrid, pág. 24.
  • [4] Ibídem. pág. 44.
  • [5] Ibídem. pág. 242.
  • [6] Ibídem. pág. 248.
  • [7] Ibídem. pág. 251.
  • [8] Ibídem. pág. 352.


Comentarios

comments powered by Disqus
Newsletter
Redes Sociales
Sitios Amigos