Domingo 24 de Septiembre de 2017

CALÍGULA O la tragedia de la lucidez

Por: Paula Muñoz Hornig - 29-03-2016

Lo más simple, lo más a la vista, lo más constitutivo: lo que menos tenemos. Lo más visceral, lo más bello y lo más genuino de la realidad se nos oculta bajo eufemismos, dioses y un poco de falsa poesía.

Pero quizás baste una sutil intuición, dada una experiencia concreta, para obtener lucidez. Una lucidez metafísica sobre lo que ocurre, lo que está ahí. Una lucidez nada fácil de verificar o evaluar objetivamente (para aquellos que les interese lo irrefutable), que arroje al ser humano a los cimientos de su condición. No se trata de una lucidez exenta de dudas, de trabajo, que pudiera brindar solución a los enigmas de la existencia, sino de una lucidez que nos devuelva tales enigmas como punto de partida. Una lucidez que casi nunca es grata, una lucidez que no garantiza el paraíso, una lucidez que se vive como tragedia.

Calígula es una pieza teatral en cuatro actos escrita en 1938 por el francés Albert Camus, no llevada a las tablas hasta el año 1945 dadas las vicisitudes de la guerra. En ella, tal y como en El Extranjero o La Peste, Camus no es nada condescendiente: los personajes son interpelados, arrojados a las paradojas del bien y del mal, a los márgenes de la vida, a la colina de Sísifo.

En lo que sigue realizaré un breve análisis del Acto I de la aludida pieza, interpretando su trama desde la propuesta filosófica de Camus y desde la voz que resuena en los dos primeros párrafos de este escrito y que señala la tragedia de la lucidez.

El drama comienza con el nerviosismo que se vive en palacio luego de la desaparición de Calígula, joven emperador de Roma. La última vez que fue visto se encontraba reflexionando junto al cuerpo ya muerto de Drusila, su hermana y amante. Hasta ahora sólo sabemos de Calígula lo que de él se dice: escrupuloso, inexperto, idealista. Se le reprocha, claro está, su conducta, la que se atribuye al desvarío amoroso por el que pasa. Un patricio alega: “La razón de Estado no puede admitir un incesto que adopta visos de tragedia. Pase el incesto, pero discreto” (2005, 1. 2. p. 100), mientras que Quereas señala: “Un emperador artista es inconcebible. Tuvimos uno o dos, por supuesto. En todas partes hay ovejas sarnosas. Pero los otros tuvieron el buen gusto de limitarse a ser funcionarios” (ibíd. 1. 3. p. 102).

Calígula regresará a palacio recién en la quinta escena, abatido y ofuscado. En conversación con Helicón, Cayo aclara que su desaparición no obedeció a motivos amorosos, sino a razones de un orden más primario y simple. La muerte de Drusila no le afecta en tanto pérdida de un ser querido, sino en tanto muerte, en tanto hecho bruto y constituyente. Como el mismo Calígula declara:

 “Sólo es la señal de una verdad muy simple y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar […] los hombres mueren y no son felices” (ibíd. 1. 5. p. 107).

La muerte es un acontecimiento común e irremediable; incluso cotidiano para un emperador. Sin embargo, la muerte de Drusila (¡y quién sabe por qué precisamente esta muerte!) tiene un poder revelador para Calígula. Cayo comenzará a intuir que las cosas no son como debieran ser, que hay incompletud de sentido en la realidad, que hay un divorcio entre el hombre y el mundo, que hay muerte y no dicha. Tomará conciencia del absurdo de la existencia, apropiándose así de una lucidez que lo volcará a lo más simple del existir: a la tragedia de ser hombre.

Desde la óptica de Camus, varias actitudes son posibles luego de la adquisición de la mencionada lucidez metafísica-existencial. Podemos no hacer nada, seguir actuando según la costumbre, conformarnos, olvidarlo, ocultarlo. Podemos también suicidarnos. Podemos mantener la esperanza de sentido y salvación adhiriendo a alguna fe. O podemos comprometernos con ideales de completitud políticos. Sin embargo, en todas estas actitudes subyace un rechazo a vivir bajo la tragedia de la lucidez, pues se busca algún tipo de sistematización –dada por el hábito, la nada, dios o el partido- que pueda vencer al absurdo (lo que de hecho es imposible). Finalmente, nos queda la opción más difícil pero más genuina: rebelarnos. Sólo los lúcidos se rebelan, en un movimiento que reconoce la condición absurda de la existencia, pero que a la vez afirma la libertad humana.

La angustia de Calígula no es paralizante. Desde la octava escena, tal angustia lo incita a un accionar que al parecer es rebelde. Dado que el mundo le parece ahora insoportable, insostenible, se valdrá del poder que como emperador puede ejercer para construir un Imperio donde lo imposible sea rey. Exaltado dirá:

“De qué me sirve este asombroso poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el sol se ponga por el este, que el sufrimiento decrezca y que los que nacen no mueran” (ibíd. 1. 12. p.119).

Calígula intentará tomar en sus manos el destino de Roma. No elegirá la religión ni la política para ello, sino que se valdrá del crimen. Al asesinar, humillar y socavar las relaciones humanas, Cayo practicará un tipo de nihilismo activo: negará arbitrariamente la vida y la dignidad para así afirmar su poder e influencia sobre el orden de las cosas. Su proceder tiene un fin pedagógico: mostrar a los hombres que el mundo carece de sentido y que quien así lo comprenda se hará de su libertad.

Algunas consideraciones. Si bien Cayo opta por el crimen, no podemos decir que haya enloquecido; por el contrario, está más lúcido que nunca. La lucidez metafísica no tiene por qué conducir a la lucidez ética. Aclarador al respecto es el siguiente pasaje en que Camus explica la inspiración de su obra:

 “Calígula me pareció un tirano de una especie relativamente escasa, quiero decir un tirano ‹inteligente›, cuyos móviles parecían a la vez singulares y profundos. En particular, es el único, a mi conocer, que ‹haya puesto en ridículo al poder mismo›" (1985, p.1749).

Y es precisamente por estar cuerdo y no loco que podemos condenar al joven emperador.

En sentido estrictísimo, Calígula nunca se rebela. Para Camus, la rebeldía es una “especie de solidaridad que nace entre cadenas” (Camus, 2011, p.25). En su tiranía, Cayo olvida los orígenes de su acción, olvida esa constatación del absurdo que lo hacía desesperar, pues existía en él una pasión por la vida. La rebeldía no es un movimiento egoísta-individualista, sino que se trata de una lucha por el hombre y para el hombre. A pesar de todo, es posible advertir en Calígula cierta actitud de cuidado para con el resto de los mortales. Al asesinar arbitrariamente, Cayo busca crear conciencia del absurdo, busca hacer lúcidos a los hombres. ¡El problema es que asesina, es que niega a la humanidad!

Ahora bien, es posible entender el accionar de Calígula sin caer en la justificación de la tiranía. Su maldad no es una maldad a la Nerón, sino una maldad que proviene de la tragedia de la lucidez. Aquí la sangre derramada es señal de egoísmo y de embriaguez de poder, lo que a su vez es señal de angustia existencial. Cayo se encuentra de pronto y sin previo aviso con el absurdo. Y lo encara. Mas se enfrenta a lo absurdo, a lo que por ser simple se nos escapa y que, si llega a cogerse, de seguro es con la mano equivocada.

Calígula nos muestra, en consecuencia, que lo más simple y llano de la existencia se encuentra olvidado, y que cuando por una sutil intuición logramos adquirir una lucidez metafísica sobre aquello, adviene la tragedia. Y es el qué hacemos con esa tragedia lo que diferencia al tirano del rebelde.

Bibliografía

  • Camus, Albert (1985). Théâtre, récits, nouvelles. París: Gallimard.
  • Camus, Albert (2004). Calígula. Buenos Aires: Losada.
  • Camus, Albert (2011). El Hombre Rebelde, Madrid, Alianza. 
  • Heidegger, Martin (2005). Desde la experiencia del pensar. Madrid: Abada.


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