Lunes 20 de Noviembre de 2017

Catástrofe y riesgo: una (re)definición

Por: Alejandro de Coss Corzo - 28-11-2013

La catástrofe se ha convertido en un evento cotidiano. Baste leer displicentemente cualquier diario o mirar de reojo cualquier noticiero para comprobarlo. Aquélla tiene muchos rostros. Un tifón arrasando las Filipinas, la conjunción de dos tormentas azotando México, la filtración de desecho radioactivo al mar en Japón, el colapso de los mercados financieros a nivel global, la lista sigue. La cotidianeidad del desastre implica su permanente amenaza. La acechante sombra del riesgo se cierne sobre la humanidad. Esta es, según Ulrich Beck (1998) la condición que define a la segunda modernidad, la que se mira a sí misma, reflexivamente, como problema de estudio.

Riesgo es “una situación de auto-amenaza civilizatoria, provocada por el pleno desarrollo de las fuerzas productivas de la modernidad capitalista” (De Coss, 2013). Es, más que el suceso, la permanente amenaza del mismo. El riesgo existe social y mediáticamente, antes incluso que físicamente. Esta presencia determina los alcances y enfoques de la política. Hablando desde Alemania, Beck (1989) se centra en la discusión sobre el riesgo de la catástrofe nuclear. Años después, tras Fukushima, se persiguió, bajo la presión de la sociedad civil, una política de desmantelamiento de las plantas de energía atómica.

Ciencia, organización social, difusión mediática y acción política se conjuntan en la política del riesgo. Beck observa que son estas comunidades del riesgo las que determinarán el futuro de la humanidad. Los riesgos, al estar difundidos a nivel global, además abren la posibilidad de que estas comunidades sean de la misma magnitud. La esperanza de Beck es que, a través de esta nueva situación, un verdadero cosmopolitismo pueda ser construido. A través de éste, viejas diferencias entre razas, clases y géneros serían sorteadas, pues el riesgo de la extinción de la especie es suficiente para impulsar esta transformación.

Esta visión tiene límites claros. El propio Beck lo advierte, si bien renuentemente. Apenas menciona que los riesgos están distribuidos desigualmente. Las viejas líneas de clase aún importarían, aunque cada vez menos: el fin del mundo sería para todos. Sin embargo, en tanto el fin es hipotético, es posible mostrar lo contrario. El riesgo se distribuye desigualmente a lo largo de líneas marcadas por el desarrollo interrelacionado del colonialismo y la modernidad. A continuación expondré estas ideas. Al final, espero dejar en claro que la misma idea del riesgo como un proceso novedoso, propio de la segunda modernidad, es, al menos, cuestionable.

Modernidad, colonialismo y riesgo

La noción de modernidad desarrollada por Beck (1998, 2009) tiene dos momentos. El primero es el de la modernidad lineal: un proceso evolutivo y a la vez dual. Éste se fundamenta, por un lado, en la idea de progreso, teniendo a Europa como el referente único. Por otro, en las nociones dualistas de hombre/naturaleza, desarrollo/atraso, y un largo etcétera. Esta modernidad, de acuerdo a su planteamiento, llega a un límite con la emergencia de los riesgos. Es en ese momento cuando se toma a sí misma como problema de estudio y espacio de acción. La segunda modernidad, reflexiva, lo es en tanto reflexiona sobre sí misma y se refleja en sus acciones pasadas. La ruptura de la modernidad lineal es la cúspide paradójica de su evolución naturalizada. Permanece como un producto europeo que se exporta. Las comunidades del riesgo y su prometido cosmopolitismo se construyen en torno de la experiencia de la metrópoli.

Mirar desde los supuestos márgenes de la modernidad otorga herramientas útiles para la comprensión del riesgo y la catástrofe. Para ello, es necesario reconsiderar qué es la modernidad y cómo ha sido configurada geohistóricamente. Quijano (2000) argumenta con fuerza y claridad que la narrativa de la modernidad como producto europeo, en una línea recta desde la Antigua Grecia hasta el día de hoy, no es sino un mito. En primer lugar, es necesario considerar las interacciones del mundo mediterráneo, en las que egipcios, sumerios, griegos y múltiples pueblos crearon, a través de encuentros e intercambios, culturas heterogéneas y cambiantes. La idea del origen único es una construcción social que crea el pasado en función del presente.

El presente al que este mito responde nace con el encuentro entre América y Europa. Es más, las ideas mismas de América y Europa surgen ahí. La modernidad,  no es pues un proceso que inicia en Europa y se difunde, Es uno que se construye a partir de la transformación de los mundos que se descubren y crean mutuamente y que redunda en la creación de una nueva narrativa performática que es individualista, eurocéntrica, capitalista y patriarcal. Es la construcción social del primer sistema-mundo (Quijano, 2000; Wallerstein, 2003). De la América dominada – y de la inferioridad socialmente construida de sus habitantes – nace la noción y la materialidad de la Europa dominante y la superioridad naturalizada de su civilización. “La modernidad fue también colonial desde su punto de partida.” (Quijano, 2000, p. 548)

Así, la narrativa de la modernidad lineal queda trunca. No son sólo las contradicciones que Marx (1976) argumenta las que la caracterizan: al componente capitalista se suma el colonial. Por lo demás, aquellas contradicciones también reproducen las nociones de evolución y dualidad que antes mencioné. En ellas, la historia del mundo continúa ordenándose en torno del devenir europeo y el progreso sigue siendo una prerrogativa londinense. La heterogeneidad de la modernidad es mucho más profunda que ello. Se encuentra debajo de las categorías que buscan igualarlo todo. Detrás del indio o el negro hay una historia y práctica de diversidades que conforman al sistema-mundo capitalista.

La idea del riesgo como una diferencia cualitativa de una teórica segunda modernidad es disputada profundamente por la noción de colonialidad. La cuestión no es sólo, como David Harvey (2010) sugiere, que los riesgos no son sino la expresión de las contradicciones económicas y geográficas inherentes al capitalismo. La colonialidad del poder y de la modernidad implica que estos riesgos no son una promesa del futuro o una situación inédita. El progreso no es sino una serie de catástrofes (Benjamin, 1973). El riesgo nuevo de Beck es la condición de vida de las configuraciones raciales/de clase sobre las cuales la modernidad construyó su idea de linealidad evolutiva y dialéctica como historia y futuro. El riesgo y la catástrofe fueron cotidianos para muchos antes de su transformación en un producto mediático.

No es sólo que el riesgo se distribuya desigualmente entre líneas de clase. Las divisorias clase y raza, mutuamente determinantes, establecen la distribución geohistórica de la catástrofe y el riesgo. La auto-amenaza civilizatoria de Beck antes fue una amenaza cumplida frente a otras civilizaciones. Hoy los márgenes e intersticios del proyecto hegemónico de la modernidad dan cuenta de la continuidad de la historia. Los poblados establecidos a orillas de los ríos en el estado de Guerrero, México, devastados por tormentas de tiempo en tiempo, dan cuenta de ello. Poblaciones mestizas, indígenas y afromexicanas coexisten ahí. La cotidianeidad de la catástrofe no se configura como un riesgo, sino como normalidad. Las políticas públicas, o su ausencia, así lo consideran. Esto se justifica en función de su subordinación estructural; la colonialidad del poder persiste.

Más allá del riesgo y sus comunidades

Al menos tres cuestiones surgen de esta reflexión. Uno: la catástrofe y el riesgo no son propios de una segunda modernidad, sino características contradictorias intrínsecas a la modernidad en sí. Dos: la modernidad no es un proceso evolutivo, sino un ensamblaje de procesos que se origina en el encuentro violentísimo entre América y Europa, dándoles origen a ellas mismas. Tres: la existencia y distribución desigual de catástrofes y riesgos refuerza y recrea las condiciones coloniales del poder. Fundamentar una teoría sociológica y una práctica política en torno a los riesgos que acríticamente omita estas cuestiones refuerza al sistema que les produce.

Así, las ideas mismas de riesgo y catástrofe se ponen en duda. Ello no quiere decir que no exista la amenaza casi permanente de un evento fatal, como resultado del desenvolvimiento normal de la producción capitalista. Tampoco implica que estas amenazas no puedan cumplirse en cualquier momento. Significa reconsiderar su función como explicación y guía práctica del mundo. Una noción de riesgo que destierra su historicidad y desigual distribución no es únicamente errónea en la teoría, sino perjudicial en la política que de ella surge. Al pensar al riesgo como una característica propia de la segunda modernidad, perdemos de vista que ha constituido a la única modernidad, a la que es un binomio con la colonialidad.

Esta distorsión reproduce las prácticas que le dieron origen. El concepto de riesgo y la práctica que con él se constituye crean al riesgo y lo convierten en el eje explicativo de la sociedad. Esta visión continúa centrándose en Europa: se subordinan las experiencias históricas de riesgo del mundo a las suyas. De ahí surgen propuestas políticas como el crecimiento verde. Se busca sostener el ritmo de producción y consumo que existen hoy, haciéndolos sustentables. La sustentabilidad hegemónica suele reducirse a una disminución en el uso de combustibles fósiles y otros contaminantes. Pocos pueden acceder a esta transformación y ergo, las desigualdades se reproducen. No todos pueden protegerse del riesgo (De Coss, 2013). Quienes no pueden hacerlo son los oprimidos históricos del sistema-mundo. La división de clase y de raza continúa, escondida debajo del supuesto del riesgo universal.

A la par de este ocultamiento de la desigualdad que implica el concepto de riesgo se acallan también visiones alternativas sobre el mundo. Aceptando que el riesgo no es sólo eso, sino la expresión de las contradicciones productivas y raciales de la modernidad/colonialidad, lo que se silencia es la posibilidad de construir saberes distintos sobre el devenir del mundo. La política que busca sostener los presupuestos del desarrollo pleno de la modernidad, corrigiendo su paso sobre una reflexividad limitada, es una que reproduce la colonialidad del saber. Es decir, se asume que la única posición epistemológica válida es la que forma parte de la historia mítica de Europa. Las soluciones propuestas a las catástrofes cotidianas que no rompen con esta posición terminan, de nueva cuenta, reproduciéndolas.

Ello es precisamente lo que sucede con la idea de las comunidades de riesgo. La visión eurocéntrica sobre éstas omite que antes han existido muchas, y que otras tantas surgen cotidianamente. La acción política que se conforma en torno de la amenaza sobre la forma de vida propia, o sobre la vida misma, no es ajena a los márgenes de la modernidad, a sus subalternos. Clara prueba es la acción frente a la explotación de recursos mineros en Colombia, la oposición a la explotación forestal en Cherán, México, entre tantos otros ejemplos, presentes y pasados.

Estas experiencias de organización no sólo son acciones políticas, sino nociones y prácticas alternativas sobre la forma de conocer y ser en el mundo. Entendiendo que la producción de riesgos es consustancial al desarrollo de la modernidad/colonialidad, dichas posiciones geohistóricas se ofrecen como alternativas reales a este proceso. Dotan de conocimientos complementarios sobre los orígenes del riesgo, trascendiendo los límites de la razón eurocéntrica, al considerar como centrales los conceptos de equilibrio, solidaridad e interconexión entre sujetos y comunidades. Se configuran como posturas epistemológicas válidas, capaces de entrar en diálogo con los muchos saberes que sobre el mundo y su devenir existen. Forman parte integral, de esta forma, de la construcción de una ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos, 2009).

En esta ecología, la ciencia occidental pierde la posición de primacía que se fundamenta en la colonialidad del saber. Ingresa en un diálogo horizontal con aquellos a los que antes denominó inferiores. Esta reivindicación abre puertas a ideas alternativas sobre cómo construir un mundo más equitativo, en el que no sólo la distribución de riesgos y catástrofes cambie, sino su misma producción. Como fundamento de una política horizontal, democrática y participativa, la ecología de saberes es un contrapunto necesario a la hegemonía de una teoría y una política del riesgo que se perpetúan inconscientemente.

Referencias 

  • Beck, Ulrich (1998). La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Madrid: Paidós.
  • Beck, Ulrich (2009). La sociedad del riesgo global. Madrid: Siglo XXI.
  • Benjamin, Walter (1973) Tesis de Filosofía de la Historia. Madrid: Taurus.
  • De Coss Corzo, Alejandro (2013). El estudio de los riesgos globales y la aportación de las Relaciones Internacionales. En Arroyo Pichardo, Graciela (Ed.), Lo global y lo local en las Relaciones Internacionales: riesgos mundiales, problemas locales y complejidad: una visión desde el Sur (45-60).México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México – Editorial Cenzontle.
  • De Sousa Santos, Boaventura (2009). Una epistemología del Sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social. México, D.F.: CLACSO-Siglo XXI.
  • Harvey, David (1982). The enigma of capital and the crises of capitalism. London: Profile.
  • Marx, Karl (1976). Capital: a critique of political economy, vol. 1. London: Penguin Books.
  • Quijano, Aníbal (2000). Coloniality of Power, Eurocentrism and Latin America. Nepentla: Views from the South, 1(3), 533-580.
  • Wallerstein, Immanuel (2003). El capitalismo histórico. México: Siglo XXI.


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