Domingo 24 de Septiembre de 2017

Chile: de vuelta al clivaje liberal-conservador

Por: Editorial - 22-04-2013

Entender la razón de que la Concertación genere hoy en día cada vez menos confianza y la derecha creciente decepción va más allá de la apatía política y la quijotesca búsqueda de identificación política de unos pocos. Como muchos fenómenos sociales, todo es aproximable si entendemos el origen y funcionamiento de las instituciones actuales. Como veremos, hoy el espectro político, a diferencia de otros periodos históricos previos a 1973, está desplazado fuertemente hacia la derecha y, como sabemos, está dividido en sólo dos “fuerzas” políticas. El resultado es la inexistencia de la social-democracia, mientras la lucha política ha sido reducida, de cierto modo, a conservadores, en la Alianza, y liberales en la Concertación.

Hablar de la transición y la dictadura parece muchas veces un lugar común, pero es necesario toda vez que el país sufrió un shock institucional y social que cambiaría absolutamente toda la forma de concebir la política y la economía. Efectivamente, el colapso institucional no se efectúa en el gobierno de Allende, dentro de sus turbulentos y cortos tres años de gobierno. Más aún, el gobierno hasta 1973 era democrático y controlado por instituciones relativamente apegadas al Estado de derecho, lo que impedía cambios radicales.

El colapso y redefinición institucional se realiza, sin embargo, por 17 años. Un largo proceso de derrumbe, redefinición, socialización y coerción a aceptar una nueva realidad política y económica. La constitución de 1980 se agrega a otros momentos fundacionales de la historia de Chile en 1925 y 1833, por eso es simbólicamente importante. El shock institucional al cual se hace referencia termina por pervertir las fundaciones políticas y económicas del país –aquella que permitía la heterogeneidad política en alianzas movibles y el Estado de bienestar e industrial de postguerra– y lo hacen virar violentamente hacia las preferencias de la derecha.

A fin de cuentas el gran pacto de la transición se resume en lo siguiente: la aceptación de instituciones políticas, económicas y sociales fundadas por la dictadura a condición de que las libertades políticas y civiles fuesen recuperadas. ( si desea leer más http://ballotage.cl/2013/02/la-trastienda-del-pacto/)

Más importante para estos tiempos y entender, al menos políticamente, por qué nadie confía en nadie. Todo el espectro político se distorsiona hacia la derecha, lo que permite dos cosas: la existencia de un partido de ultraderecha, como la UDI, que sobre-representa un ideal corporativista, neoliberal y neoconservador; y la aniquilación en la izquierda de las opciones políticas desde la social-democracia a la izquierda más dura. Si en la década de 1960 teníamos liberales, conservadores, la DC-PR, PS, PC, y otras agrupaciones, Chile pasa a prácticamente eliminar la afirmación política desde el centro a la izquierda. La realidad de hoy es que sólo existen efectivamente conservadores y liberales. O si se quiere conservadores más un híbrido de liberales de derecha y de izquierda. Lo que vuelve loco a cada genuino liberal es que estar con los de derecha los pone junto a la UDI, y los de izquierda tienen que conformar coalición con el PS, y prontamente con el PC en el contexto de las próximas presidenciales.

Chile nunca fue un país de derecha. El único gobierno “conservador” fue el de Jorge Alessandri, e incluso la segunda mitad del mandato estuvo marcada por inclinaciones de centro-izquierda dada la derrota de liberales y conservadores en las legislativas de 1961 y la victoria de los radicales que componían su coalición de gobierno.

Existe una falacia respecto a la “corrección” de la revolución a medio camino de Allende, o de regresar las cosas a un estado “normal”, o de “defender la institucionalidad”. La realidad es que en 17 años se hizo más por distorsionar la realidad nacional que en los cortos 3 años de Allende. En el contexto democrático chileno, controlando varios factores, un gobierno de centro hubiese sucedido a Allende brindando equilibrio a los profundos cambios proyectados por la Unidad Popular. La caída de Allende se debe a factores internos y externos particulares del contexto histórico de la Guerra Fría. Chile fue simplemente uno más de los países latinoamericanos que sucumbieron a la contención comunista norteamericana apoyada por poderosos sectores internos que veían gobiernos hostiles a sus intereses. Chile fue una pieza más del sombrío ajedrez de la Guerra Fría, nada particularmente excepcional. Toda exaltación es un mero recurso para legitimarse y pintar los sucesos como “inevitables” para beneficio propio.

Por eso es tan extraño hacer comparaciones entre el Chile de la década de 1960 y el Chile de hoy. El Chile donde lo público era sinónimo de un grado de bienestar bastante mayor al actual, donde la educación fue gratuita para muchos políticos que hoy se cruzan de brazos ante irrisorios aranceles por calidad mediocre de enseñanza. Que se beneficiaron de un Estado benefactor, herencia de la postguerra, y hoy se conforman con un mezquino Estado subsidiario para las nuevas generaciones. Unos dirán “los tiempos cambian”, pero no comprender el “por qué” y convertirse esclavo de una burda interpretación lineal de la política es nefasto. Mientras en Uruguay los militares conservaron el Estado de bienestar, en Chile los neoliberales, de la mano de los Chicago Boys, tuvieron rienda suelta y lo desmantelaron.

Económicamente el Chile de la pequeña industria que ya no existe. Las ventajas comparativas ordenan a exportar los recursos abundantes, principalmente extractivos y una que otra innovación en vinos, y salmones; e importar los que no “podemos” producir.  No hay actividades que generen acoples ni clusters productivos, la economía extractiva rara vez las provee, sobretodo sin dirección estatal. De vomitar ríos de tinta alabando las economías pequeñas del Este de Asia, donde el Estado si tuvo un rol económico promotor, Chile se quedó contento con lo que había –eso fue a principios de los 1990s–. Tal como políticamente Chile se quedó estancado, sin ideas, con políticos que parecen esperar las migajas del gran colapso.

Microchips, IT, componentes de computadoras y un sinnúmero de otras oportunidades se abrían para dirigir la economía chilena a sustantivos cambios en la estructura productiva, particularmente en esta industria del futuro: que es ligera y tiene rendimientos relativamente altos. Lo “dirigir” se supeditó a “lo que el mercado quiere”, que es en la práctica lo que hace rentar a quienes se benefician con la actual estructura productiva. Reorientar factores productivos tiene la consecuencia de extraer recursos donde otros están obteniendo beneficios y, como se trata de actividades innovadoras, alguien que pague el riesgo del emprendimiento para crear un sector nuevo. Obviamente hoy, el Estado constitucionalmente no puede, ni el privado se interesa. Las apuestas a futuro generan costos adicionales y probablemente fracasos en el camino, mientras unos pocos salen a la luz y son exitosos. La aversión al riesgo fue la regla, y el confort transversal con el status quo. Que el Ministerio de Planificación y Cooperación se haya renombrado de Desarrollo Social quiere decir que la estructura productiva quedará como está, nada de generar industrias. La única actividad directora del Estado es subsidiar a los más pobres, ni más ni menos. Burda caridad.

¿Y dónde iremos a poner a tanto profesional que va a especializarse fuera de nuestro país?

El hecho de que la máquina económica haya caminado establemente desde la década de 1990 ha sido el mejor placebo para evitar la discusión económica. Todos esperando el largo plazo, sostenidos en el 7% de los noventa, como si todavía fuese Chile una excepción. Como si nadie en ese periodo hubiese logrado algo similar.

Muchos economistas y sociólogos han examinado la estructura económica actual y cómo esta ha incentivado mayores niveles de desigualdad. Cómo los dueños de las AFP rentan groseramente con el dinero de chilenos que recibirán jubilaciones miserables, cómo estafas millonarias son encubiertas por instituciones que benefician las conexiones. Sólo hace pocos años se ha hecho insostenible la arquitectura de la dictadura y la pasiva administración de la Concertación. Por ejemplo, muchos adultos que aceptaron las reformas previsionales en la década de 1980 recién se jubilan por estos años para encontrar una mísera reciprocidad por el trabajo entregado.

La actual configuración partidaria, como sabemos, ha incentivado la perpetuación de dos bloques. El amarre institucional se explica porque altos quórums para reformas estructurales rara vez podrán alcanzarse cuando, debido a los resultados del binominal, Alianza y Concertación alcanzan porcentajes similares en la Cámara y el Senado. La estructura política ingeniada en la dictadura ha sido eficaz para hacer perdurar el status quo, y entregar rentas millonarias a los beneficiados del sistema, con el costo de desangrar la credibilidad en los partidos y la confianza en lo público.

Los bloques fueron volcados a una afinidad tal que hoy Chile es el país con menos confianza en los partidos políticos en toda la América Latina, tal como lo muestran encuestas de opinión regionales como Latinobarómetro o LAPOP. El sistema electoral ha tendido a subsidiar fuertemente a la derecha y particularmente a un partido de ultra-derecha, como la UDI, del cual ninguna noción competitiva políticamente existió antes de 1973. El eje ideológico está corrido a la derecha, por eso es que el ciudadano encuentra que entre ambas coaliciones en el fondo hay matices, en la forma probablemente estén las únicas diferencias. La afinidad entre ambas coaliciones es mecánica, por los efectos del binominal (que obliga dos bloques) e ideológica, pues DC y PS se han anulado y hoy lo que los engloba es una coalición meramente “de centro”. Chile se convirtió política e institucionalmente en un país de derecha a la fuerza, volvimos al clivaje liberal-conservador.

¿Y por qué todo parece tan mal hoy? Bueno, el asunto es que mucha gente pensó que lo que no podía hacer la Concertación lo iba a lograr la derecha. El anquilosamiento de la Concertación en el Estado (nunca una coalición había estado más de 19 años en el poder en Chile) entendiblemente generó las esperanzas de algún tipo de cambio, o al menos que no fuesen electos los mismos de siempre (que sí permite un sistema de alianzas flexibles, en otro sistema electoral). Eso probablemente ha de ser lo que ahora tiene a la Concertación en la ruina de la confianza política que sólo Bachelet puede remediar. Sin competencia para construir coaliciones afines, con el incentivo de “sobrevivir” y “llevar a cabo ‘el’ programa de gobierno”, la Concertación se transformó en un ente pasivo, cuya petrificada configuración provoca cero pérdidas para sus miembros. Nadie compite, nadie negocia demasiado, no hay re-generación partidaria e importa más la lealtad con los patriarcas que el talento. Para qué talento si el rendimiento electoral está prácticamente asegurado. Mejor aún si es familiar de algún patriarca, empleo asegurado. La supervivencia de la Concertación, y sus beneficios, está ligado al sistema electoral, por eso pocos desean cambiarlo. Competencia, búsqueda de nuevas alianzas, calibración programática, genera demasiada incertidumbre.

¿Y la derecha? La derecha no ha demostrado ninguna innovación respecto a la Concertación. Si se deja llevar por cifras de crecimiento y empleo el análisis parece ignorar la crisis del 2007, la segunda más grande desde 1929, y los efectos en un país tan abierto como Chile. Recién en 2009 la economía internacional se estabiliza ligeramente por los estímulos de los países más grandes, particularmente de China, principal socio comercial chileno. Volviendo al tema. El pecado de la Alianza fue prometer demasiado en campaña y cumplir poco, por un asunto de tiempo –eso sí cuatro años es absurdo–, y por supuesto porque muchas demandas fueron infladas para convencer al incauto público.

Lamentablemente ese fue el golpe de gracia a la confianza política. Excepto unas pocas políticas extraordinarias, que tenían que ver directamente con la base electoral que llevó a la derecha al poder, particularmente el pequeño núcleo liberal en RN que presionó fuertemente por el acuerdo de vida en común.  Del resto, aspectos que tocaban a todo el país y no a un grupo minoritario, como educación, salud, seguridad social, sólo quedó en palabras. Piñera, recordemos, llegó incluso a prometer educación gratuita.

¿Y en quién confiamos hoy? En nadie. Cuando se tienen 150 mil estudiantes y ciudadanos en la concentración más grande desde 1990 los partidos deberían estar peleando por la identificación con lo que “quiere” un segmento importante de electores. La derecha sólo porque es año electoral no critica duramente la movilización estudiantil, mientras que los patriarcas de la Concertación hacen las maletas para recuperar el gobierno de la mano de Bachelet. Todos están en otra porque el sistema es predecible y genera beneficios compartidos, en coaliciones desviadas a la derecha, una comodidad liberal-conservadora.

Una de las fuentes históricas de la estabilidad democrática en Chile era la no-perduración ideológica o partidaria en el gobierno, las alianzas móviles, y la competencia programática e ideológica. El actual sistema no lo permite, por eso nadie confía en partido o político alguno. Cuando se lee sobre Chile como modelo democrático, se lee sobre Chile desde 1933 a 1973. Considérese el mérito de la estabilidad en ese periodo, cuando desde 1990 toda América Latina se ha vuelto democrática.



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