Domingo 22 de Octubre de 2017

Cincuenta sombras de Guzmán

Por: - 17-01-2013

La proclamación de Laurence Golborne en el Consejo General de la Unión Demócrata Independiente puso en escena el presente de la derecha. El ex ministro de obras públicas apeló a su procedencia social y al rescate de los mineros en la mina San José. Su mensaje es claro: tal como rescató a esos 33 hombres, hoy le promete a Chile la salvación del país completo, esta vez de las garras de la Concertación.  Su proclamación fue precedida por una serie de especulaciones respecto al abordaje de Pablo Longueira, quien se encargó de bajarse personalmente ante el Consejo General.

Estas semanas, además, se ha reflotado una vieja constante del sector: hay algo de masoquismo en la derecha chilena. Un gusto hereditario por flagelarse y azotarse en nombre de un bien superior. Luego de presentarse la encuesta CEP, este signo de masoquismo volvió a emerger. El clima de derrota está instalado en las huestes de ambos partidos y el prólogo de la primaria ha tenido poco que ver con los candidatos. Lo que ha estado en juego son dos orgánicas políticas que se la llevan como el perro y el gato desde hace más de veinte años. Desde que Jaime Guzmán y sus boys se retiraron enfurecidos de la sede de Antonio Varas, la UDI y RN se han pisado la cola mutuamente y se han anotado poquísimos triunfos, quizás solamente uno. Y, más encima, triunfaron con un hombre que votó NO en 1988.  

Ante el complejo panorama que se les avecina, Manuel José Ossandón, el díscolo que le pega latigazos a La Moneda, ha ofrecido una “primaria más amplia”  que convoque a más candidaturas que la dupla actual. El diagnóstico del ex Alcalde de Puente Alto es que la derecha no logra establecer un canal de comunicación lo suficientemente amplio con estos candidatos. Su plan es aplicar el modelo norteamericano mediante el cual todos corren y van saliendo del camino a medida que sus fuerzas se agotan. Ossandón percibe que esta primaria, lejos de ampliar los márgenes de la Alianza, achica el referente político-cultural de la derecha chilena.  

Ese es el drama que se observa en las huestes de ambos partidos. Más todavía después del episodio de Carlos Larraín que renunció a la presidencia del partido porque en La Moneda no lo escuchan. El candidato de RN debió intervenir en la escena para desactivar un conflicto que la UDI supo aprovechar con disciplina. Melero declaró en La Tercera que el gremialismo era “el eje del gobierno” y con eso repasó al candidato rival, al presidente del otro partido y reclamó para sí el legado de Piñera.  La política pequeña, la del tira y afloja rutinario, volvió a emerger a ojos vista de toda la opinión pública.

En su mejor versión, esto es, pasando por alto lo maqueteado y ensayado del asunto, en estas primarias hay dos tesis enfrentándose. La tesis del comando de Andrés Allamand ha sido llamar, constantemente, a un “debate de ideas” al candidato de la UDI. Pretenden, de esta manera, imponer la trayectoria política de su abanderado y posicionarlo como el mejor dotado para “defender las ideas del sector”. En línea con su tesis política, el comando de Allamand lanzó PROA, la instancia programática de la candidatura a cargo de Juan Carlos Jobet.

La tesis del comando de Laurence Golborne, en cambio, no pasa por llevar la primaria hacia un debate conceptual, como quisiera Allamand. El candidato de la UDI pretende “popularizar” la elección y apuntar a los segmento C y D con énfasis en las mujeres. La estrategia busca mostrar fortalezas a la hora de competir con Bachelet: empatía, cercanía y espontaneidad. Algo muy similar al camino seguido por Joaquín Lavin en 1999 cuando Ricardo Lagos lo instaba a discutir sobre los grandes temas-país.  La cuestión programática, así, es alentada de un lado como el centro de la primaria, mientras que del otro responden con una táctica enfocada en lo comunicacional. De ahí que Allamand y su comando insistan en sostener que es “la política” lo importante, mientras que Golborne apela a “escuchar a la gente”.  En RN piensan que deben exhibir altura intelectual, profundidad programática y altura de estadista. En la UDI, en cambio, creen que deben llegar a las poblaciones y enfrentar a la ex Presidenta en su propio nicho: el carisma.

El diagnóstico de ambos comandos coincide con las debilidades que perciben en su contendor. En RN perciben superficialidad y falta de sustancia en Golborne, mientras que en la UDI quieren sacarle partido al gesto adusto y distante de Allamand.

Los resultados de la encuesta CEP mostraron que el ex ministro de Obras Públicas supera al ex titular de Defensa en los segmentos C y D y fuertemente en mujeres. Pese a que es derrotado en todos los nichos, el candidato de RN muestra una tendencia al alza, pero que difícilmente le alcanzará para ganar en Junio.  Sin embargo, en la CEP Allamand gana en un nicho clave: la elite. Esto no puede ser pasado por alto y debe ser puesto en juego en conjunto a la estrategia de cada comando. El escenario más probable hoy es que Golborne se imponga en la primaria de Junio, pero Allamand conquistará más adeptos en las filas intelectuales y académicas de la derecha. Esta parece la lectura de fondo detrás de los fichajes de cada comando.  ¿Cuál será el resultado de este binomio? ¿Será una derecha más amplia y convocante, con mayor vocación de mayoría? ¿O será un bloque atrincherado en determinadas verdades repetidas hasta el cansancio? ¿Qué resultará de este “debate de ideas” que propone Allamand?

Estas preguntas son la clave para comprender el proceso que vive la derecha. Durante 20 años acumuló fuerzas para llegar a La Moneda. Hoy, en que se bate por defender un legado y posicionar un candidato, la derecha parece atrapada en sus propias sombras. El debate de ideas que plantea Allamand bien puede resultar contradictorio. El ideario de la derecha parece girar de regreso a los años 80, al paradigma de Chicago y al tronco conservador en materia de libertades individuales. El proyecto intelectual de Guzmán, antes resistido en RN y por el mismo Allamand, puede terminar siendo la trinchera ideológica para una derrota aplastante. Es probable que Golborne gane la primaria, pero al día siguiente deberá sumar a los cuadros programáticos de su contendor quienes terminarán definiendo la carta de navegación de la candidatura. Golborne pondrá el rostro y Allamand pondrá los contenidos.

Pero, a todo esto, ¿Cuáles son esas ideas que propone el candidato de RN? Es difícil saberlo pues su trayectoria política está marcada por un sino: ofrecer debate intelectual, pero nunca llegar a consumarlo. Allamand, recordemos, luchó por construir un proyecto político “liberal” dentro de la derecha, hasta que fue derrotado por Bombal en 1997. Luego vino una travesía por el desierto, relatada en un larguísimo libro que no contiene ideas, sino un relato en primera persona de varias derrotas políticas. El regreso de Allamand fue como “samurai” de Joaquín Lavin, el padre de “solucionar los problemas de la gente”, cuestión bastante lejana a “la defensa de las ideas” de la que se habla hoy. Luego de eso, Allamand tranzó con la UDI y consiguió un escaño en el Senado sin competencia. Veinte años después, de su proyecto liberal no queda nada y ha sido asimilado y sumado al proyecto histórico del sector más conservador de la derecha. Es la sombra de Guzmán que se aparece en la trayectoria de Allamand,  lo sacude de sus ímpetus juveniles y lo convierte en uno de sus defensores más férreos. Todo esto agregado, además, a un pacto funcional con Carlos Larraín Peña, la nueva versión del caudillo al mando de RN, continuación histórica de Sergio Onofre Jarpa y sus métodos. El Allamand de los noventa es incompatible con este Allamand del 2013, por eso es que una referencia biográfica puede no convenirle del todo al candidato de Renovación.

La cuestión de la trayectoria personal puede ser una de las claves de esta primaria. El comando de Antonio Varas se empeñará en mostrar a Golborne como un gerente venido a la política por sorpresa y aparecido en la carrera presidencial por casualidad. Intentarán mostrar a Allamand como un político de fuste, con trayectoria y con background suficiente como para enfrentar las demandas sociales. Golborne, ya sabemos, dirá que la gente está cansada de la antigua política signada por liderazgos como el de su rival. Se la jugará por mostrarse como un candidato ajeno al establishment e hijo del rigor, del Instituto Nacional y el sacrificio diario. Una arista interesante puede desatarse si Golborne se decide a golpear a Allamand con su propia medicina. Nadie, hasta hoy, le ha preguntado al ex ministro de Defensa por sus actividades privadas. Por ejemplo: ¿A qué se dedicaba y qué clientes tenía el estudio jurídico Allamand & Schaulsohn?

 En el equipo programático de Allamand destaca Pablo Ortúzar, co-autor de uno de los libros más difundidos en la derecha durante el 2012. En “Gobernar con Principios”, Ortúzar y Francisco Urbina fustigan el “pragmatismo” y pretenden establecer una columna vertebral que articule intelectualmente a la derecha mediante una tesis curiosa que a Allamand debería espantarlo: no hay conservadores y liberales, sino, meramente, derechistas. Pese a que el libro no contiene referencias bibliográficas, las señas intelectuales de este trabajo son Cristóbal Orrego, John Finnis, Robert George, Michael Novak y el mismo Jaime Guzmán. Es decir: representantes del tronco católico-conservador que prima en la derecha desde hace décadas. Pero el libro olvida temas como el aborto, el matrimonio gay, las drogas, la reforma a las instituciones, los tributos, etc.  Solamente en un mundo sin esos problemas podría no haber liberales y conservadores en la derecha. Así las cosas: ¿Qué pueden hacer los relativistas, ateos, agnósticos comecuras, masones, escépticos y pecadores en esa derecha?  ¿Irse? ¿Callarse? ¿Convertirse?

 La sombra de Guzmán aparece en la derecha por diversas aristas. En su nicho más fecundo, su nido por antonomasia que es la Universidad Católica, el gremialismo es desafiado por “Solidaridad”, un proyecto político que, como recuerda la revista Qué Pasa, se asemeja a las convicciones del joven Guzmán, aquel que se sentía atraído por el franquismo y el corporativismo.  El segundo Guzmán, en cambio, aquel que acordó un pacto de convivencia con los Chicago Boys, se ha vuelto hegemónico ya en todo el espectro de ambos partidos. Cualquiera que se aleja de los mantras sagrados es castigado y enviado a la periferia, cuando no fuera de los límites del bloque. No hay espacio para criticar el legado de Guzmán ni de los Chicago Boys, no hay espacio para replantearse ninguno de los dogmas que iluminan al sector hace treinta años. Solo hay espacio para repetir “las ideas” que ya se saben de memoria. El supuesto debate al que invita Allamand, entonces, podría convertirse en un concurso por ver quién es capaz de enumerar dogmas sin repetir ni equivocarse. La primaria, así, puede arrojar una derecha más pequeña, más ochentera y más apegada a los dogmas de Chicago. Una derecha, al fin, gobernada de punta a rabo por la sombra del ideólogo máximo de la Dictadura de Pinochet. 



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