Domingo 24 de Septiembre de 2017

De la Libertad y la (In)capacidad del Derecho. Camus y La Peste.

Por: Paula Muñoz Hornig - 09-09-2014

Babilonia, año 1760 a.C. El rey Hammurabi decide inscribir su código de leyes en una piedra y ordena que ésta sea exhibida públicamente para el común conocimiento de los ciudadanos. Este hito histórico marca un paso decisivo en lo que podría llamarse la “normalización de la vida” a través de la historia. Mas hoy no tenemos piedra; la Constitución política de los Estados está escrita en papel, lo que no significa que no pueda tener las mismas asperezas que una roca.

El ser humano, en su esfera más espiritual e íntima, en lo que tiene propiamente de humano, se distingue del animal y de la animalidad  por participar incansablemente del juego de la razón y la voluntad; se define, por tanto, en la conjugación de ambos factores. Esto es, por su conciencia moral que le permite ser libre. Es a este hombre al que le afecta la rugosidad de la piedra. Sin embargo, pareciera que la normalización de la vida no se detiene. Entonces, y a razón de este vínculo cada vez más estrecho entre el derecho y la condición ética humana, de esta aparente necesidad que el hombre tiene para con la norma legal y suponiendo que como individuos tendemos al bien, ¿Es la ley capaz de garantizar la satisfacción de la conciencia moral?

En lo que sigue intentaré dar luces sobre el problema desde la perspectiva de la filosofía del Absurdo de Albert Camus. Trataré ciertas nociones referentes a la posibilidad del derecho de ofrecer caminos para el ejercicio de la libertad humana, y haré notar que, siguiendo el caso paradigmático de Jean Tarrou en la novela La Peste, el conflicto entre ética y derecho como la incapacidad de este último de dar respuesta a las demandas de la primera es irresoluble, pero necesario.

En La Peste, Tarrou, uno de los personajes centrales, comienza a relatar su vida. De familia de clase media, vivió sus primero dieciséis años en la inocencia, en la calma, en complacencia y comodidad, material y espiritual. Todo esto lo cuenta para advertir que, lo que sucedió el día de sus cumpleaños número diecisiete, echó a la basura todo pasado y se constituyó como el verdadero punto de partida. Su padre, abogado general, lo invita a ir a la corte a oírle. Tarrou acepta más que nada por curiosidad. Pero, dirá: “No conservo de ese día más que una sola imagen: la del culpable” (Camus, 2005:133). Con el pensamiento completamente fuera de sí, abocado únicamente a contemplar a aquel hombre que recibiría el “peso de la justicia”, Tarrou vuelve a la realidad sólo al escuchar a su padre pedir la pena de muerte. De ahí en más, el sosiego dejó paso a la reflexión. Dice Jean: “A partir de ese día empecé a interesarme con horror por la justicia, por las sentencias de muerte, por las ejecuciones” (Camus, 2005:134). El culpable, aquél culpable, no abandonará más la cabeza de Tarrou. Decide dejar su hogar, dejar a sus padres y comenzar a saldar cuentas para no ser un apestado [1]. En palabras simples, comenzó a hacer política.

Tarrou se integra a un grupo que podríamos llamar rebelde, incluso anarquista. Se da aquí la primera confrontación: a falta de un derecho justo basado en la propia humanidad del hombre con miras a su integridad, la conciencia moral de Tarrou no puede ejecutar su ser libre dentro del marco de lo legal. No hay cabida para su moralidad en el derecho normativo. Es más, este derecho lo traiciona, no le responde. ¿Qué significa vivir bajo dictámenes que van en contra de mis principios, de mis ideales, que vuelven vano ese no sé qué del que se aferra mi existencia?

Desde el punto de vista legal, Hans Kelsen, jurista austriaco defensor del iuspositivismo, señaló en uno de sus libros:

Las opiniones de los hombres divergen en cuanto a los valores que han de considerarse como evidentes y no es posible realizar todos estos valores en el mismo  orden social. Es necesario, entonces, elegir entre la libertad individual y la seguridad  social” (Kelsen, 1990:46).

Como señala también el inglés Herbert Hart, filósofo del derecho:

 “En verdad, no hay razón por la cual quienes aceptan la autoridad del sistema deberían no examinar su conciencia y decidir que, moralmente, no debería aceptarla; sin embargo, por una variedad de razones, continúan haciéndolo” (Hart, 1992:198).

Tarrou eligió su libertad. A pesar de todo, sucede algo terrible para él, genial para nosotros. Toma razón de que él mismo, en su lucha contra los apestados, caía en la misma inmundicia que trataba de combatir. Él también declaraba sentencias. ¿Por qué? Tarrou dirá: “Me aseguraban que esas muertes eran necesarias para llegar a un mundo donde no se matase a nadie” (Camus, 2005:135).

Estamos frente a la segunda confrontación: ni lo legal ni lo ilegal satisfacen al individuo moralmente. Ahora entra en escena el Absurdo camusiano.

Cuando la conciencia reflexiona y el pensamiento se vuelve sobre sí, el hombre descubre que su confrontación con el mundo es pura contradicción. Yo deseo ver, saber y comprender, pero el mundo está en silencio. Yo quiero justicia y el mundo no me la da. El Absurdo surge de esta necesidad de orden, de unidad, de razón, propia del hombre, enfrentada a la irracionalidad del mundo.

Tarrou desecha la vía legal; le repele, le asquea el sabotaje de su libertad. No puede encontrar ni un ápice de satisfacción moral ni en la corte, ni en los dictámenes, ni en el inciso número cinco, ni en la toga del juez. Sin embargo, tampoco logrará desatar sus nudos morales en el plano de lo ilegal o, mejor dicho, de lo no legal. Ergo, este mundo que se le escapa entre las manos no le otorga salida.

Sin embargo, el hombre imbuido de la conciencia del Absurdo no opta ni por la resignación ni por la tiranía moral. Dirá Camus lo siguiente:

Y llevando hasta su término esta lógica absurda, debo reconocer que esta lucha supone la ausencia total de esperanza (que nada tiene que ver con la desesperación), el rechazo continuo (que no se debe confundir con la renunciación) y la insatisfacción consciente (que no se debería confundir tampoco con la inquietud juvenil)” (Camus, 1982:41).

Volviendo a nuestra pregunta inicial, respondemos entonces que no, la norma legal no garantiza la satisfacción de la conciencia moral. ¿Es entonces el no seguimiento de la ley la solución para los dilemas morales? Tampoco. Es imposible negar el Absurdo, la contradicción está siempre presente. No hay solución en ningún lugar para el problema de la libertad. Pero precisamente por no haber solución es que se hace posible ejercer actos libres. De lo contrario, el hombre o caería en la sumisión de su moral bajo los decretos de otros, o en el nihilismo más fatal sobre su realidad. “La conclusión final del razonamiento del absurdo es […] el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo” (Camus, 2011:12).

Finalmente, Tarrou comprende que lo que le queda por hacer es atenerse a ser lo que es. Dentro de toda esta confrontación, de las imposibilidades, de las contradicciones, alcanzar la sencillez de la acción anclada en el puro amor por el hombre.

El relato de Tarrou acaba con lo siguiente: “En este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar […] El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie es el que tiene el menor número de posibles distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! […] Trato de ser un asesino inocente” (Camus, 2005:136).

Su moral: la comprensión. Pretender, dentro de la medida de lo posible, no ser enemigo de nadie, no ser un apestado.

La peste no golpea la puerta de los tribunales. Simplemente entra. El derecho se declara incompetente. El Absurdo no es su jurisdicción.

Nota al pie

  • [1] Entendiendo el término “apestado” como condición propia de quienes cometen injusticias y crímenes en nombre de una implícita arbitrariedad contra el hombre.

Referencias

  • Camus, Albert (1982). El Mito de Sísifo, Buenos Aires, Argentina: Ed. Losada.
  • Camus, Albert (2005). La Peste, Santiago, Chile: Ed. Alba.
  • Camus, Albert (2011). El Hombre Rebelde, Madrid, España: Ed. Alianza.
  • Hart, H.L.A. (1992). El Concepto de Derecho, Buenos Aires, Argentina: Ed. Perrot.
  • Kelsen, Hans (1990). Teoría Pura del Derecho, Buenos Aires, Argentina: Ed. Eudeba.


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