Domingo 24 de Septiembre de 2017

¿Dónde está la belleza de la literatura? Apuntes estéticos-metafísicos I

Por: Paula Muñoz Hornig - 07-08-2015

«Dime, oh Dios, si mis ojos, realmente, la fiel verdad de la belleza miran; o si es que la belleza está en mi mente, y mis ojos la ven doquier que giran»

Michelangelo Buonarroti

 

La afirmación ‘hay cosas bellas’ parece ser una verdad de perogrullo. Sin embargo, filosóficamente, esta sentencia es crítica, está al filo de la duda. En este escrito no problematizaré la cuestión de si hay o no cosas que sean bellas (lo que en todo caso reviste un exquisito interés). Daré por sentado dicho hecho para así inclinar el interés hacia las siguientes preguntas: ¿en qué consiste la belleza de una obra literaria? ¿Qué rol juega el lector/receptor? ¿Es la belleza del libro una propiedad autónoma, extra-humana?

Supongamos que los señores A y B leen (por separado) el La divina comedia, de Dante. Ambos entienden y sienten el texto. Posteriormente, el Señor A comenta a su hijo lo bello que le pareció el libro. Por su parte, el Señor B no comenta con nadie su lectura. ¿A comenta la belleza porque el libro es bello o el libro es bello en virtud del comentario de A? ¿Es bello el libro aún cuando B no dijo nada al respecto?

A la hora de plantearnos la cuestión estética y metafísica de la belleza, es preciso tener en cuenta ciertas notas en torno al concepto (de belleza) que aquí manejaré. La belleza no es una propiedad física, sino que es ante todo un valor. Axiológicamente, sólo hay valores allí donde hay hombres. Por lo tanto, la belleza puede ser entendida como una construcción simbólica que los individuos han hecho y rehecho a lo largo de la historia. Todos las textos escritos presentan espacios de indeterminación (Ingarden, 1989). En un libro podemos distinguir lo que el escritor dijo (sus palabras propiamente tal), lo que no dijo (todo el resto de palabras y significaciones que no se cruzaron por su mente) y, finalmente, lo que quiso no decir (lo que no escribió, pero que puede ser leído). A partir de este último elemento será el lector quien concrete la obra. Así, “dada la participación del receptor al determinar lo que está indeterminado en la obra, su concreción constituye una creación puesto que aporta algo nuevo, que no ha sido aportado por el autor” (Sánchez, 2004, p.23).

 La belleza de un texto es producto de lo que el hombre piensa –predica- de él luego de concretarlo. Es el Sr. A quien hace bello el libro al hacer el comentario a su hijo. En el mundo del  Sr. B, el texto no puede ser bello ya que nada se dice o piensa de él. No es que B sea ignorante o incauto, es que simplemente no pensó a La divina comedia como siendo bella; para él, el libro es un libro. Esto no quiere decir que el mero gusto subjetivo guíe la crítica estética. En la concreción de la obra por parte del receptor también influyen las propiedades artísticas puestas en el papel por el artista-escritor. Los juicios respecto a la belleza de una obra pueden variar, pero esto no imposibilita un cierto consenso que permite, entre otras cosas, algo tan básico como que haya bibliotecas, librerías e historia de la literatura. Además, no es un problema que el mismo texto sea bello y feo al mismo tiempo, pues será así para distintos individuos. Aplicar la propiedad de bello a algo, no convierte a ese algo en una sustancia-bella imperturbable. Como señala Umberto Eco en La definición del arte, “por honesto y total que sea el compromiso de fidelidad con respecto a la obra que ha de gustarse, todo deleite será inevitablemente personal y captará la obra en uno de sus aspectos posibles” (2002, p. 158), ya que “la obra vive sólo en las interpretaciones que de ella se hacen” (Ibíd., p.33).

Así, en su indeterminación, el libro requiere de la predicación del hombre para lograr sus concreciones (sean favorables o no). Son los lectores quienes hacen nacer del libro una serie de propiedades, como la belleza, definiendo así el estatuto ontológico de éstas.

Ahora bien, suponiendo que es cierto que las propiedades que un libro posee depende de la recepción humana, ¿es una y la misma belleza, como ente universal, la que se instancializa en distintos objetos gracias a mi predicación? Decíamos anteriormente que ningún texto está cabalmente determinado, de modo que sólo pasa a ser obra cuando un sujeto agrega y completa en él las propiedades estéticas. Al ser creaciones humanas, ningún libro es igual a otro (pues ningún hombre es igual a otro). La tarea del receptor es así siempre distinta. Por lo tanto, si el Sr. A lee La máquina de follar de Bukowski  y luego vuelve a comentar con su hijo lo bello que le pareció este libro, la belleza de la que habla no puede ser la misma que la del caso anterior. El concepto se aplica a distintas cosas, pero no en virtud del mismo proceso de aplicación, ni teniendo el mismo sentido, ya que surge a partir de distintas concreciones que se hacen de distintas indeterminaciones. ¿Por qué entonces se usa la misma palabra? Por una especie de convención lingüística. El predicado belleza asume la diversidad. Los libros de Dante a Bukowski, de Shakespeare a Dostoyevski, no pueden instancializar la misma belleza; si así fuera, bastaría con solo un libro para saciar la sed de belleza de la humanidad. Pero los artistas siguen escribiendo. El arte, a diferencia de la artesanía u otros productos, no busca la reproducción de lo mismo; por el contrario, es siempre un acto original y creador. Si entendemos que el fin o el fundamento del arte es la búsqueda de la belleza, no tendría sentido escribir diez, cincuenta, cien libros. Si el primero ya instancializa la propiedad ‘ser bello’, que es idénticamente numérica y cualitativamente igual a la que otro libro pudiera instancializar, todo lo que el escritor lograra hacer de aquí en más sería mera repetición. Si la belleza fuera un universal, la creación humana se acabaría.

Un realista dirá que la belleza es una propiedad intrínseca que puede muy bien existir aunque nadie la note, con lo que pregunto: ¿para qué existir entonces? La belleza es un constructo humano que no puede darse en nada a menos que el hombre la vea/lea en algo. Sin espectador no hay espectáculo. Sin lector no hay literatura.

En virtud de lo anterior, creo en la belleza como propiedad que depende del receptor (estéticamente) y que no puede ser entendida como ente universal, único y autosuficiente (ontológicamente).

Sin embargo, nada está zanjado.

Notas

  1. Seguiré la línea de una estética de la recepción (véase R. Ingarden, W. Benjamin, H.R. Jauss, H.G. Gadamer, J.P. Sartre entro otros).

Bibliografía

  • Eco, U. (2002). La definición del arte. Barcelona: Destino.
  • Ingarden, R. (1989). Estética de la recepción. Madrid: Visor.
  • Sánchez, A. (2004). La estética de la recepción I. Ciclo de conferencias "De la estética de la recepción a una estética de la participación”. México: UNAM.


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