Domingo 24 de Septiembre de 2017

El Chile de la post-transición

Por: Editorial - 18-02-2012

El fenómeno de la transición chilena fue objeto de un nutrido, y a veces algo absurdo, debate académico-intelectual. Por una parte se puede apreciar a quienes señalan que la transición termina en marzo de 1990, cuando asume el primer gobierno electo democráticamente después del régimen militar o dictadura, otros aventuran que termina el año 2005 con las reformas constitucionales de Ricardo Lagos, algunos, más atrevidos en lo que a sus teorías respecta, señalan que termina con la alternancia en el poder de la coalición gobernante, es decir, el año 2010, cuando asume Sebastián Piñera. Ni hablar sobre la discusión de enclaves, fisuras y clivajes, la cual es mucho más variada y sin duda alguna genera un debate mucho más enriquecedor. Sin embargo, más allá de cualquier consideración académica-intelectual –con lo rimbombante que suena dicho término–, pareciera que no existe claridad con respecto a la etapa en que nos encontramos hoy, es decir, no hay claridad sobre la situación política en que se encuentra este Chile de la post-transición o de la post-post-dictadura.

Es en este contexto que entra en escena Caszely. Carlos Humberto Caszely, también conocido como “el rey del metro cuadrado”, fue un conocido jugador de fútbol en Chile durante la década de 1980, además es el autor de una absurda frase que pasa a ser una fiel representación de la política chilena post-post-dictadura: “no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”. Lamentablemente dicha frase no solo es una representación del Chile post-post-dictadura, sino que además es una representación de la transición hacia la democracia. Es la transición precisamente el meollo del asunto. Esa transición revestida de una suerte de amoralidad (Ballotage, 2011).

La transición hacia la democracia en Chile fue absolutamente pactada como lo describe ampliamente la literatura especializada. Dicha transición pactada significó la existencia de ciertos acuerdos tácitos –y otros no tan tácitos– que apuntaban a preservar el status quoen determinados temas. Particularmente se pactó en torno a dos temas específicos: cierta intocabilidad para las Fuerzas Armadas y garantías de estabilidad para el sistema político y el sistema económico-productivo. Evidentemente nuestros paladines de la democracia no estaban de acuerdo con aquellos temas, pero el consenso pesó más, finalmente imperó la premisa de que no hay porque estar de acuerdo con lo que se piensa.

Dichos pactos generaron que ciertos elementos propios del régimen anterior persistieran en el régimen democrático, lo cual Garretón describió como enclaves autoritarios, clasificándolos como institucionales (leyes y Constitución), socio-culturales (valores autoritarios, etc.), basados en actores (actores con veto como las Fuerzas Armadas), y ético-simbólicos (temas no resueltos en materia de Derechos Humanos principalmente). Seguramente los enclaves provocaron molestia en ciertas sectores de la Concertación, pero el consenso pesó más. El no estar de acuerdo con lo que se piensa se volvió un código de conducta recurrente en nuestra élite. Se convirtió en su leitmotiv.

Hay cosas que se pueden explicar y entender, por ejemplo si el ex dictador aún está al mando del Ejército, es difícil no tender al consenso y al acuerdo como norma, pues resulta evidente que sentarse a negociar con una contraparte que literalmente tiene un fusil en las manos condiciona todo el proceso. El problema es que los noventa fueron eso, una década que pasó, pero la política de los acuerdos no pasó, siguió siendo la norma y el transar las convicciones se volvió una costumbre, el no estar de acuerdo con lo que se piensa y obrar en consecuencia a ese principio, fueron fundamentos importantes para el proceso de institucionalización de los partidos políticos en Chile.

Estamos orgullos de la estabilidad y del sistema político, de la baja volatilidad electoral y de la institucionalización, en definitiva estamos orgullosos de la gobernabilidad política. Recién el año pasado con las movilizaciones estudiantiles se cuestionó el orden político y social que tenemos, sin  embargo, solo el tiempo nos dirá de qué manera se cristalizará todo aquello. Pero el precio de aquel orgullo que sentimos –algo cuestionado hoy por hoy–  es no estar de acuerdo con lo que piensa, lo que significa dejar de luchar por cambiar un sistema educacional con rasgos de apartheid, dejar de luchar contra los abusos sistemáticos de una élite empresarial que está demasiada cómoda a costa de trabajadores y consumidores abusados, significa dejar de luchar por tantas otras injusticias. ¿Vale la pena todo eso por la estabilidad? Esto parece una burbuja que en cualquier momento estallará. Ayer fue la educación, mañana quizás sea otra cosa, pues tanto status quo nos ha hecho perder el foco del asunto. La idea arraigada de que la confrontación política y de ideas –basadas en el natural desacuerdo sobre el destino de los quehaceres públicos en una democracia- es mala, quizás nos lleve a un abismo insondable.

Hay una molestia, una repulsa hacia lo político, de aquello todo el mundo está consciente. Algunos “analistas” opinan que la molestia  no es con el gobierno, que no es con los políticos, que es con el sistema. Pues esos “analistas” se equivocan, la molestia también es con los políticos que han dejado de hacer su trabajo, pues han dejado de pensar en el futuro y han dejado de movilizar voluntades, ese rol no es ocupado por nadie. Quizás lo ocuparon por un breve tiempo los estudiantes durante el 2012, pero cuando lo hicieron se les apunto con el dedo acusándolos de “ideologizados”, como si aquello estuviera mal. ¿Tan hondo ha calado el discurso “anti-político” gremialista? Resulta entre patético e hilarante ver a políticos diciendo que la ideología es nociva, es una paradoja escucharlos decir que hacer política es malo.

Por su parte, la clase política chilena se divide en dos espectros, entre quienes apuntan con el dedo a los “ideologizados” por atreverse a hacer política –un verdadero absurdo en democracia– y entre quienes simplemente no están de acuerdo con lo que piensan, puesapoyan todo tipo de reivindicaciones sociales, como apoyaron en su minuto las movilizaciones estudiantiles del 2011, pero en realidad no hacen mucho para hacer cambios, y lo peor es que tampoco hicieron mucho cuando tuvieron la oportunidad real estando en el poder.

Las reivindicaciones políticas y sociales son necesarias en este Chile post-post-dictadura. Es necesario cambiar el modelo educacional, no solo dar más becas, es necesario cambiar el sistema de pensiones que tenemos, mejorar la distribución del ingreso y por supuesto cambiar nuestro sistema electoral, entre tantas otras cosas. Pero no lo aceptamos, sólo parchamos y no hacemos nada por impulsar cambios profundos, en definitiva pensamos una cosa y hacemos otra.

Tristemente la absurda frase de un futbolista de décadas pasadas ha logrado resumir la política en el Chile post-post-dictadura y particularmente ha logrado describir el comportamiento de quienes hoy quieren hacer oposición.

** Garretón, Manuel Antonio. 2003. Incomplete Democracy. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

Aclaración: Los editoriales de Ballotage representan nuestro sentir institucional frente a ciertos temas importantes. Más información aquí.



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