Miércoles 29 de Marzo de 2017

El espacio público y la ciudad: una reflexión en torno a los límites de la política urbana

Por: Alejandro de Coss Corzo - 23-03-2015

En el centro de la Ciudad de México se encuentra la Plaza Garibaldi. Es famosa por ser el lugar en el que los mariachis se reúnen y el tequila fluye para hordas de turistas y locales. En 2008, una remodelación del espacio comenzó. El Gobierno de la ciudad le llamó “rehabilitación”. El cambio incluyó la sustitución del pavimento, el alumbrado y la jardinería y la construcción del Museo del Tequila y el Mezcal (Gobierno del Distrito Federal, 2015)

Hace poco visité la Plaza. Mi último recuerdo era embriagado con mezcal barato en su explanada, acompañado de un par de indigentes que habitaban el lugar. Hablamos toda la noche sobre la educación, las drogas, la desigualdad y otros tantos temas. Al final, caminé al metro que apenas había abierto, cargando en la bolsa un poco de crack que me habían regalado y nunca fumé.

Las cosas fueron muy diferentes esta vez.

En la Plaza no hay indigentes. El consumo de alcohol y drogas, si bien sigue sucediendo, ahora está más regulado tanto formal como informalmente. El nuevo Museo introduce una obra de marcado aire contemporáneo a una plaza que había permanecido sin cambios por décadas. La distribución del espacio y la iluminación también privilegia un discurso arquitectónico de pulcritud por encima de uno de desorden.

El lugar había sido rescatado. Se había convertido en un espacio público, de acuerdo al discurso oficial.

¿Cuál es la noción de público que el discurso urbanista despliega y cuáles son sus límites?

En este breve texto buscaré dar respuestas tentativas a esta pregunta.

El lugar de lo público en el discurso y la práctica urbana en América Latina

Medellín, Colombia, se ha vuelto un referente continental en políticas urbanas. En 2013, la ciudad fue nombrada “la más innovadora del mundo” (Urna de Cristal, 2013). El modelo colombiano es referido en los círculos académicos, en los de expertos, en los de los tomadores de decisiones y los de los apasionados de lo urbano. Una ciudad que se caracterizaba por discursos en torno a la violencia se convirtió en un ejemplo de intervenciones público-privadas consideradas exitosas.

Las intervenciones llevadas a cabo en Medellín responden a la práctica y discurso del Urbanismo Social (US). Éste es una forma de recuperar el control y la presencia estatal en espacios que habían sido tomados por actores paralegales e ilegales, al tiempo que se construyen espacios de inclusión social (Montoya Restrepo, 2014). El US es una práctica que, a través de intervenciones puntuales, busca apuntalar la presencia del Estado y crear espacios públicos que favorezcan una convivencia armónica (Brand, 2010).

La noción de espacio público desplegada por el US y por otras intervenciones urbanas contemporáneas no es neutral. Mucho menos cuando:

“En la actualidad, el espacio público está monopolizado por profesionales del espacio, es decir, por todos aquellos arquitectos, urbanistas o diseñadores que, junto a los gestores, entienden este concepto como una panoplia de territorios de libre acceso donde se desarrolla una forma concreta de relación de la sociedad entre sí y el poder” (Mansilla & Uriarte López, 2012, págs. 155-156).

Esta relación concreta de la sociedad entre sí y el poder es regida por la idea de civilidad. Ésta rige el comportamiento ideal del ciudadano: respeta las reglas del orden, la limpieza, la decencia y el saber-estar (Delgado, 2010; Delgado & Malet, s/f). El espacio público se convierte en un lugar físico y simbólico en el que los ciudadanos ingresan como usuarios y consumidores, despojados de la posibilidad de conflicto, con las diferencias desdibujadas, con la idea de lograr intercambios que no estén mediados por la clase, la raza o el género.

Esta ideología, bautizada por Delgado (2010) como ciudadanismo, es la de elección de la socialdemocracia, que busca armonizar el espacio público y el capitalismo, con el fin de alcanzar la paz social y la estabilidad que permita conservar el modelo de explotación, sin efectos negativos que repercutan en el gobierno (Delgado & Malet, s/f). Esta ideología plantea que la exclusión y el abuso no son factores estructurales, sino accidentes que pueden ser superados a través de una reforma ética y estética del sistema de dominación.

Esta reforma, en el caso de Medellín, da pie a una transformación arquitectónica. Los metrocables, teleféricos que suben a los barrios marginales de la ciudad, son una de sus imágenes más representativas. También lo son los parques-biblioteca y otras obras de monumentalización de la periferia (Duque Franco, 2014). Éstas buscan afianzar la presencia del Estado, convertirse en un mecanismo de ciudadanización y en un vehículo para materializar la idea del espacio público como lugar de encuentro y de superación de la diferencia.

Así, la ciudad se va convirtiendo un espacio higiénico, a-histórico y sin clases. El espacio público sustituye a la vivienda como preocupación de los gobiernos locales. Se convierte en destino preferente de inversión. La vivienda, espacio en el que tradicionalmente se ha manifestado la lucha por la transformación y el control sobre la reproducción de la vida urbana (Harvey, 2013) queda relegada. Lo público se convierte en un discurso y en un lugar en el que la lucha ha sido expulsada en pos de la igualdad en el consumo.

El espacio público, construido como un mecanismo de inclusión, no puede ocultar la persistencia de la desigualdad. En 2013, cinco comunas representaron el 47% del total de homicidios en Medellín. Las mismas cinco (Aranjuez, Robledo, La Candelaria, Villa Hermosa y San Javier) tuvieron una tasa de 63 homicidios por cada 100 mil habitantes. La de la ciudad fue de 38.1 (Gutiérrez Zuluaga, y otros, 2014). En 2012, 9,941 personas fueron desplazadas por conflictos violentos o por la amenaza de violencia. Las comunas que registran mayor número de desplazados son las mismas que han sido objeto de más inversión en la última década (Duque Franco, 2014).

Las cifras refuerzan la idea de que, a pesar de las loables intenciones del discurso, la desigualdad estructural no se resuelve a través del diseño.

Los espacios de vivienda ya comienzan a ser buscados por desarrolladores comerciales. La llegada de clases sociales con mayor poder adquisitivo es inevitable ante la mejora de los espacios en las comunas. Las familias marginadas que las habitaban ahora deberán buscar un nuevo lugar para vivir (McGuirk, 2014). Esta gentrificación cristaliza las tensiones entre el deseo estético y ético de mejorar la ciudad y las dinámicas económicas que forman el espacio urbano.

El caso de Medellín ofrece otra consideración relevante: la contracara del US es la promoción de la ciudad como un destino competitivo (Montoya Restrepo, 2014). El discurso de inclusión es parte de un movimiento para incrementar la competitividad de la ciudad (Harvey, 1989). La competitividad tiene consecuencias directas para la inversión de capitales. Las obras que se dan en el marco del discurso de igualdad son, a su vez, vehículos para la producción de espacios urbanos de acuerdo a los requerimientos de la reproducción del capital (Jauhanien, 2006). 

Esta dialéctica merece ser explorada brevemente.

La producción del espacio: capital y el derecho a la ciudad

El espacio urbano puede ser pensado como un lugar físico en el que cual el capital se reproduce. A través de las fábricas, las viviendas y las vías de comunicación el capital, la fuerza de trabajo y las mercancías circulan, se acumulan, se consumen y, cuando el momento es propicio, se destruyen para dar pie a nuevos espacios que permitan cristalizar la lógica de acumulación imperante en momento dado en el tiempo y el espacio.

Este ciclo de construcción, producción y consumo, y posterior destrucción ha sido profundamente analizado desde la geografía urbana crítica (Smith, 1996; Harvey, 1982; 1985; Jauhanien, 2006). El capital – en perpetuo movimiento, una fuerza de destrucción creativa – no puede reproducirse en un espacio que no se transforma. La gran remodelación de París en el siglo XIX de la mano de Haussmann y la suburbanización de Nueva York en la década de 1970, obra de Robert Moses, son ejemplos clásicos de este proceso (Harvey, 2013). En México, la producción de los suburbios en la misma década de los 70 y la presente fiebre por la densificación de la ciudad central son ejemplos de la búsqueda del capital por nuevos espacios para reproducirse.

Sin embargo, estas transformaciones no siguen un rumbo determinado. Si bien la economía política del capital marca la naturaleza de sus grandes ciclos, “la transformación urbana siempre es un proceso altamente político, más que natural” (Jauhanien, 2006, pág. 179). Es decir, hay espacios para que las clases sociales, los grupos políticos y las corrientes ideológicas luchen por la forma específica del espacio, siempre marcados por la necesidad de producirlo.

La práctica del US en particular, y de la producción de espacio público en general, no están fuera de esta lógica. Representan la materialización de un discurso de inclusión a través de flujos de capital que implican la existencia de desigualdad. Atrapados en una contradicción, desplazan la respuesta a otro lado. Se enfocan en la generación de momentos efímeros de igualdad. Reducen la desigualdad al saber-estar. Anulan la diferencia. Privilegian una normatividad que busca asumirse como pública a pesar de ser dictada desde un lugar: la burguesía liberal (Delgado & Malet, s/f). “Este es un mundo en el que la ética neoliberal de individualismo intensamente posesivo se puede convertir en el molde para la socialización de la personalidad humana” (Harvey, 2013, pág. 14).

Los derechos sobre el espacio están entonces cargados de ideología. Son un mecanismo normativo y de control que indica cómo comportarse. Los espacios públicos se convierten en mercancías que hablan de un buen vivir y un saber-estar a partir de una visión particular del mundo. El ciudadano se vuelve un usuario/consumidor del modelo. Éste, además, es una mercancía en sí mismo. El espacio público higiénico y libre de conflicto es una herramienta clave para la producción y promoción de la ciudad como un espacio de competitividad a través de la buena convivencia.

La tensión entre ciudades más justas y la reproducción del capital es palpable. La producción de infraestructura que permita la existencia de espacios públicos de igualdad efímera parece deseable. Sin embargo, detrás de esta fachada, se siguen ocultando las desigualdades que son la marca de nuestros tiempos.

“Los lugares en los que la enfermedad se cultiva, los infames agujeros y sótanos en los que el sistema capitalista de producción confina a nuestros trabajadores noche tras noche no son abolidos, simplemente son desplazados a otro lugar. La misma necesidad económica que los produjo en el primer lugar, los produce también en el siguiente.” (Engels, 1872 [1935], págs. 74-77)

Además, el mismo espacio excluye al universalizar una particularidad al que no todo el mundo desea y puede acceder. El conflicto, marca de una sociedad contradictoria y desigual, es expulsado. La alteridad radical queda vedada del supuesto espacio democrático. La noción de que únicamente el buen ciudadano puede ingresar efectivamente constituye al comportamiento normado por la élite en un mecanismo de control.

Conclusión: la inevitable contradicción en las políticas urbanas

En una utopía la ciudad sería construida a través de la colaboración de sus habitantes, que serían no solamente ciudadanos sino productores de bienes y de espacios. Ahí, el desplazamiento de la miseria no existiría, porque ésta sería abatida. El espacio urbano, hoy alienante, podría volverse un lugar en el que comunidades se construyan de forma duradera y creativa.

El sistema que hoy habitamos excluye la implementación radical de estas opciones. Nos obliga, en muchos casos, a optar por el pragmatismo. De esta clase es la solución del espacio público que, ante la búsqueda de igualdad efímera en un mundo de desigualdad, termina por ocultar aquello que causa lo que busca combatir. El espacio público como ideología puede convertirse en una característica más de la ciudad desigual.

Sin embargo, las cosas rara vez son blanco y negro, para pesar del materialista ortodoxo que habita en algún rincón de mi cabeza. Como mencioné antes, el espacio urbano, constreñido en su producción por grandes procesos económicos que le sobrepasan y le requieren, no carece de conflicto político.

El urbanismo social y otros discursos de producción de espacio público son, bajo esta óptica, paradójicos. Simultáneamente muestran cómo la disputa política puede encausar la producción del espacio urbano y cómo éste puede ser un lugar en el que aquélla queda excluida.

La trampa del espacio público es que puede convertirse en un discurso político que busca terminar con la política. Puede convertirse en una práctica urbana que busca la igualdad al tiempo que asegura la reproducción invisibilizada de su opuesto.

Referencias

  • Brand, P. (2010). El 'urbanismo social' en Medellín, Colombia. Arquitectura COAM, 99-104.
  • Delgado, M. (2010). El espacio público como ideología. Barcelona: Libros de la Catarata.
  • Delgado, M., & Malet, D. (s/f). El espacio público como ideología. UrbanDoc.1, 57-64.
  • Duque Franco, I. (2014). Políticas públicas, urbanismo y froteras invisibles. Las disputas por el control espacial en Medellín. XIII Coloquio Internacional de Geocrítica. El control del espacio y los espacios de control. Barcelona: Universitat de Barcelona.
  • Engels, F. (1872 [1935]). The Housing Question. Nueva York: International Publishers .
  • Gutiérrez Zuluaga, F., Villa Mejía, M., Zapata Hincapié, D. F., Gómez Meneses, M. F., Jímenez, D. M., & Flórez Jaramillo, L. F. (2014). Investigación, análisis e informe sobre la seguridad de la ciudad en el año 2013 - Medellín. Medellín.
  • Harvey, D. (1982). The Limits to Capital. Londres: Routledge.
  • Harvey, D. (1985). The urbanisation of Capital.
  • Harvey, D. (1989). From Managerialism to Entreprenurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism. Geografiska Annaler. Series B, Human Geography, 3-17.
  • Harvey, D. (2013). Rebel Cities. From the Right to the City to the Urban Revolution. Londres: Verso.
  • Jauhanien, J. (2006). Urbanisation, Capital and Land-Use in Cities. En V. Sarapik, & J. Tomberg, Place and Location. Studies in Environmental Aesthethics and Semiotcs (págs. 179-193). Tallin: Estonian Academy of Arts.
  • Mansilla, J., & Uriarte López, E. (2012). Ocupando las calles: el espacio público como ideología. Ankulegi, 155-158.
  • McGuirk, J. (2014). Radical Cities: Across Latin America in Search of a New Architecture. Londres: Verso Books.
  • Montoya Restrepo, N. (2014). Urbanismo social en Medellín: una aproximación a partir de la utilización estratégica de los derechos. Estudios políticos, 205-222.
  • Smith, N. (1996). The New Urban Frontier: Gentrification and the Revanchist City. Routledge.


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