Miércoles 29 de Marzo de 2017

El milagro de la relectura

Por: Miguel Villalobos Martínez - 18-07-2016

El milagro de la relectura:  notas sobre “Un milagro minúsculo” de Carlos Franz

Un gran profesor me dijo una vez: “una cosa es leer y otra, releer; a mí me gusta más lo segundo”. No lo entendí en su momento, pero ahora me hace pleno sentido. Apenas tuve acceso a los ocho cuentos que conforman La Prisionera de Carlos Franz [1], un sentimiento de voracidad lectora invadió mis expectativas; básicamente, porque los resabios actualizados de un Rulfo que se asomaba sobre la aridez del desierto chileno era la perfecta promesa de una experiencia memorable. Y en cierta medida lo fue. Sin embargo, tiempo después, al abordar por segunda vez aquellas historias, pude comprender un poco mejor el potencial inagotable que subyace en la literatura: me refiero a ese potencial que la convierte en una oportunidad para el lector de desclasificar su entorno y también de descubrirse a sí mismo. Por esto hoy quiero rescatar una de aquellas historias y releer (no leer) aquel prodigio narrativo titulado “Un milagro minúsculo”.

La historia comienza en los extramuros polvorientos de Pampa Hundida. La protagonista -una mujer llamada Marta- lleva en sus espaldas (o mejor dicho en su vientre) una pesada carga: está embarazada. Y no es que estarlo sea algo de por sí trágico, lo verdaderamente complicado son, como siempre, las circunstancias: hasta hace muy poco, Marta era monja, con toca y hábito incluido. Tal cual como se describe en el relato, su fe destacó por ser siempre llana y sin fisuras. O al menos así fue hasta que llegó a cumplir su misión al Hogar Correccional de Menores. Este hito es importante, porque aquí hace su aparición el padre de la criatura, que es la otra mitad de la historia. Y no es el Director del hogar, ni uno de los regentes, ni uno de los proveedores, ni siquiera es un adulto: en efecto, Marta termina manteniendo relaciones sexuales con uno de los menores sin techo. Este es el oscuro núcleo de los acontecimientos. ¿Cómo salir ileso de esta historia? Creo que no se puede. Pero lo que sí podemos hacer es intentar sumergirnos en la complejidad absoluta de las relaciones humanas. Porque esto, como es de esperar, no se trata de una superficial e insustancial perversión.

Ser contra deber ser

Decíamos que los cimientos de la fe que profesaba la hermana Marta eran de una solidez admirable. No obstante, solo bastó que conociera la realidad del Hogar Correccional de Menores para que éstos se tambalearan al punto de derrumbarse. Su corazón se debatía entre dos extremos: el deber ser y el ser. Por un lado, encontramos a la “hermanita”, la funcionaria de Dios, aquella alma devota y pura que estaba llamada a hacer el bien sin miramientos; por otro, estaba Marta, solo Marta, la mujer sin hábito que veía a los niños como entes ajenos, motivo de asco y repulsión:

«Intentabas forzarte a ver en ellos al cordero, el hijo de Dios. Lavabas sus ropas harapientas, curabas sus heridas, aliviabas sus fiebres. Lo hacías porque sabías que eso era lo que se suponía que la bondad debía hacer. Pero no sentías esa bondad en ti (…) Sentías ganas de vomitar cuando rapabas y teñías con yodo las cabezas sarnosas, hirvientes de piojos» [2].

Por ello, el servicio asistencial que prestaba la hermana por orden de la Iglesia adquiere, de pronto, otro tono: pasa de ser un conjunto de acciones humanitarias que refuerzan la fe y las creencias a ser un conjunto de acciones que configuran un espacio de incomodidad y autocuestionamiento constante. Dicho de otra forma: suscita la crisis interna de Marta, quien se debate forzosamente entre lo que debe hacer y lo que desea hacer en realidad. En este estado de plena confusión, Marta busca reorientar sus acciones, llenarlas nuevamente de sentido para, de paso, reafirmar su fe. Por ello, la aparición de uno de los muchachos -el más maltratado de todos- parece ser la oportunidad perfecta para demostrarse a sí misma que sus convicciones se mantienen intactas.

El muchacho como objeto

 En el otro extremo se encuentra el muchacho. Lo primero que corresponde decir sobre él es que, a todas luces, tenía más edad que el resto de los niños. Según cuenta el relato, había ido a parar la Correccional por un error burocrático que lo mantenía ahí, lo que enfatiza su calidad de marginado. Lo segundo es que su condición física y mental era tan deplorable, tan paupérrima, que su humanidad se encuentra reducida a la más mínima expresión; a saber: se encuentra degradada y convertida en mera corporalidad, en carne, en animal.

«El muchacho no hablaba, gruñía, más bien. Tuvieron que encadenarlo para que siguiera a los policías (…) El informe decía que, cuando la Brigada de Menores lo encontró, el recto se le caía por el esfínter. Las marcas de quemaduras eran a todas luces intencionales, eran más antiguas y, por eso mismo, peores: databan de la primera infancia» [3].

Así, impulsada por la ansiedad que le causa comprender que ha entregado su vida a Dios sin estar convencida de ello y descubrir que su versión religiosa es en realidad una máscara impostora, Marta asume el cuidado especial de este adolescente -devenido en animal- en un último intento por demostrarse a sí misma y al resto que su deber ser y su ser son (y han sido siempre) una misma cosa.

«Te empeñaste en protegerlo, en consolarlo después de sus peleas, en practicarle las curaciones en el ano que había que hacerle cada noche. Soportabas el aliento agridulce de su boca de dientes cariados, mientras le dabas de comer. E insistías en ser tú la única que podía bañarlo y lavarle el pelo largo, de bestia, que no se dejaba cortar» [4].

En el siguiente punto, sin embargo, comprobaremos que está profundamente equivocada y que la unidad que pretende instaurar es solo ilusoria.

Sexo, lucha, comunión y revelación

Lo adelantamos al comienzo. Lo que empezó como una prueba de fe personal se convirtió en la ruptura de los límites de la intimidad. Esto no podría haber sido posible si es que el muchacho se hubiera mantenido indiferente a los cuidados especiales que le brindaba la hermana Marta (aunque esencialmente no fueran para él, sino que para sí misma); de hecho, fue una consecuencia casi natural que, pasado un tiempo, el adolescente comenzara a dar muestras positivas similares al agradecimiento. Son estas mismas respuestas, de hecho, las que se aglutinan y estallan en un solo acto cúspide: el encuentro sexual.

Luego de que el muchacho se viera involucrado en una pelea y quedara malherido, Marta decidió curar sus heridas y hacerle compañía. En un determinado momento, producto del cansancio, el sueño la venció y se durmió junto a él en una cama contigua a la camilla donde la bestia reposaba. El escenario queda así preparado para el contacto. A mitad de la noche, la hermana Marta despierta sintiendo un calor húmedo en la oreja y es entonces cuando se da cuenta que el niño se había metido en su cama. Acurrucado a un costado, le lamía el cuello, la oreja y una parte de la cabeza. La lucha entre la Marta religiosa y la Marta sin hábito se desata:

«Tu primera sensación fue de arcada (…) Pero, casi al mismo tiempo (…) concebiste la infinita y viscosa soledad que te mojaba con esa lengua. La soledad del mundo te lamía. El dolor sin atenuantes, sin paliativos te lamía. ¿Cómo expresar tu repugnancia sin rechazar ese dolor?, ¿Cómo dejar sitio a tu aversión sin desdeñar esa saliva que, en cierto modo, te bautizaba de nuevo?» [5].

Ante la situación límite (sexo), los opuestos se revelan, manifestándose con mayor agresividad. La confusión y el caos interior, por tanto, aumentan. La hermana Marta desea escapar de esta incómoda situación. Marta despojada de su hábito, en cambio, no está segura de querer hacerlo. Conforme la situación progresa y la tensión sexual aumenta, la mujer va descubriendo lo que verdaderamente es. Los límites de ambos protagonistas se desdibujan y los contornos de lo previamente establecido parecen difuminarse: el muchacho no es tan animal y Marta no es tan humana, después de todo. Ambos seres humanos, embebidos en ese espacio limítrofe recién forjado, se reconfiguran estableciendo nuevos límites que atentan contra su propia definición canónica. Su relación ahora es absolutamente simétrica, como también lo es la doble personalidad de la mujer. Por miedo, la hermana Marta renuncia a luchar para liberarse, pues teme que el muchacho le haga daño. Por placer, en cambio, Marta está dispuesta a no poner límites y a monitorear atentamente las reacciones de su cuerpo. En un punto de equilibrio ambas posturas comulgan y entonces la interacción pasa al siguiente nivel.

«Así que lo dejaste que siguiera lamiéndote, que siguiera agradeciéndote. Y lo que vino después fue algo para lo que no tenías palabras. Tus pechos se pusieron duros, tus labios se hincharon, tu sexo latió entre tus muslos. Fue como si tu cuerpo experimentara por ti la caridad que nunca pudiste sentir (…) Intentaste resistirte, de nuevo. Pero al hacerlo notaste que luchabas, ahora, contra una fuerza doble: la nervuda energía del muchacho, que te aferraba por las caderas. Y la desconocida piedad de tu cuerpo, esa caridad carnal, animal, que no quería rechazarlo. Que agradecía su agradecimiento» [6].

Así, Marta termina por arrojarse al ser, a su propio ser, y comienza a comprender, fruto de esta unión, que lo que siempre consideró como verdadero (su deber ser) en realidad no era más que un simulacro de vida. La hermana Marta siempre fue una mentira; la nueva versión de sí misma (o, quizás, la versión oculta que siempre había sido) se revela ante sus ojos con la forma de una nueva identidad.

 «Y fue con esas manos extrañas -pero tuyas- que lo ayudaste a empujarte, a cabalgarte y penetrarte. Hasta que acabó. Se vino sobre ti. Se vino sobre ti el dolor del mundo, Marta (…) Y todo eso se hundió en ti, te clavó hasta el blanco de los ojos, en sucesivos espasmos que te encorvaban y te doblaban, recogiendo todos tus nervios para soltarlos de un solo golpe de látigo ardiente, y dulce, en tus entrañas» [7].

Vuelta al seno materno: la secularización de lo sagrado

Una vez consumada la relación sexual, la transición se completa. El resultado material de aquel proceso, por cierto, es el embarazo. Cuando anteriormente nos referimos a que este hecho es una carga, lo hacíamos pensando en que Marta, aunque ya ha descubierto quien es en realidad, aún mantiene su “disfraz” de monja consigo hasta que finalmente es excomulgada de la Iglesia. Prueba de ello es que intenta abortar sin tener éxito y que, a pesar de todo, en medio de este aturdimiento que genera la revelación de una verdad, busca consuelo en su antigua esfera: al caer la noche, Marta regresa a su iglesia. Sin embargo, encuentra solo miradas acusadoras, tanto humanas (fieles) como divinas (la Virgen).

«En lo alto de su torno, diminuta, aplastada por el peso de su propia aureola de plata, la figurilla de la Dolorosa alargaba una manito de la que pendía un escapulario. Era un gesto de acogida para todos, aunque tú sabías que ya no lo era para ti» [8].

Interesante resulta aquí reparar en la frialdad con que actúa la Iglesia. Tal cual como ella fue una vez, el padre Valdés se acerca al lado de Marta para preguntarle si ha venido a confesarse. Uniformado con su impecable sotana negra, Valdés se comporta como un funcionario eclesiástico, es decir, como un agente del poder regocijado en su deber ser: a toda costa quiere confesar a la mujer, sin que ella necesariamente lo busque. Más aún, utiliza la confesión como un mecanismo de hostigamiento, persiguiendo una verdad esquiva que jamás le será revelada (no de boca de Marta, al menos). Por ello, luego de una conversación hostil, el cura deja ver los límites de la institución cuando termina diciendo: «Tiene razón, mientras no se confiese está fuera del seno de la Madre Iglesia, Marta. Donde no puedo ayudarla» [9].

La iglesia, en pleno uso de todas sus facultades institucionales, no solo margina oficialmente a Marta, sino que también articula los mecanismos necesarios para mantenerla al margen a través de sus funcionarios. Parafraseando a Foucault, podemos decir que, una vez que se ha transgredido el límite y se ha vulnerado el equilibrio del orden general, entonces ya no es posible dar marcha atrás. El seno se derrumba y entonces la transformación de Marta está completa, pues se da cuenta de que la realidad eclesiástica también es una ilusión; un mero simulacro, una mentira. 

«La iglesia se había vaciado. Tu fe humeaba con un olor a sebo quemado; y en su lugar un amor, que nunca antes habías conocido, te invadía. A pesar tuyo. Pensaste que era una broma cruel, Marta. Tu fe de niña trocada por el amor de un niño. El amor te expulsaba del seno de esa madre dolorosa» [10].

 Fuera del seno materno: la sacralización de lo secular

En el tramo final de esta historia, ocurre un hecho altamente simbólico que merece ser mencionado: Marta ya no soporta más las acusaciones y la falta de soporte, por lo que huye corriendo hacia fuera de la iglesia y, apoyada en uno de sus muros laterales, vomita. Este acto degradante debe ser tomado como todo lo contrario: dada las circunstancias, adquiere un valor de purificación y expiación.

«Experimentaste un nuevo acceso de náuseas, pero ahora te pareció la sensación más lógica en el mundo que empezabas a habitar (…) Vaciaste tu estómago vacío. En algún momento te preguntaste qué estabas devolviendo. No habías comido -ni dormido- nada en veinticuatro horas. Esta bilis negruzca que te resbalaba por la barbilla podía ser la sustancia misma de ese amor tuyo, nacido de la repugnancia» [11].

Una sola pregunta queda aparentemente sin contestar: ¿dónde podría Marta encontrar consuelo?, ¿cómo podría cerrar su proceso de autoconocimiento? Franz nos entrega algunas señales al respecto. Entre los árboles, lejos ya de la iglesia y sus imposiciones, la mujer encuentra una animita [12] que, a juzgar por su decoración e iluminación, parece ser el recuerdo de un niño; altar que se encuentra custodiado, además, por tres perros callejeros. Marta se acerca a ella y, luego de contemplarla por unos momentos, comienza a tener una serie de visiones sobre futuros virtuales y manifestaciones sobrenaturales específicas.

«Una ráfaga helada hizo temblar las llamas de las velas. Y entonces, Marta, sin extrañeza ninguna, entre las sombras que bailaban en el fondo de la casita viste pasar una mujer (…) No era un fantasma, te dijiste, no era un ánima. Era algo real, aunque no estuviera realmente ahí, ni fuera un recuerdo. Parecía un alma que viniera del futuro» [13].

Esta alusión al futuro no es gratuita. Ella, efectivamente, se ve como aquella mujer envuelta en una serie de acciones cotidianas, pero altamente significativas como recibir a su hijo del colegio, verlo jugar, etc. Como vemos, Marta encuentra consuelo en aquella casita, símbolo de una de una religiosidad sin religión. Los límites vuelven a trastocarse al convertirse lo sagrado en profano y viceversa. No podemos obviar el hecho de que esta pequeña casita en la calle puede albergar más humanidad que la gran iglesia acusadora, del mismo modo que una mujer excomulgada puede ser más piadosa que la misma madre de Dios. Todo es cuestión de confrontar y analizar perspectivas.

Queda en evidencia, eso sí, la importancia de dejar siempre abierta la puerta a una segunda lectura que trascienda la anécdota literaria. Dejar al descubierto que lo que se cuenta es una mera excusa para poner en evidencia los rincones más intrincados del ser humano. Cosas como éstas se escapan en una primera instancia de lectura, pero jamás podrían hacerlo a la luz de una experiencia de relectura.

Pequeños milagros suelen suceder así.

Notas al pie de página

  • [1] Carlos Franz. (2008). La Prisionera. Santiago: Alfaguara.
  • [2] Ibíd., p.102
  • [3] Ibíd., p.102-103
  • [4] Ibíd., p.103
  • [5] Ibíd., p.104
  • [6] Ibíd., p.106
  • [7] Ibíd., p.106-107
  • [8] Ibíd., p.99
  • [9] Ibíd., p.100
  • [10] Ibíd., p.108
  • [11] Ibíd., p.109
  • [12] Las animitas son manifestaciones folclóricas que funcionan como espacio de encuentro entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Generalmente tienen forma de casa pequeña y se erigen en honor a seres queridos fallecidos. Ahí los deudos acuden a rezar, encender velas y dejar ofrendas conmemorativas.
  • [13] Carlos Franz. (2008). La Prisionera. Santiago: Alfaguara., p.109


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