Lunes 20 de Noviembre de 2017

Elipsis

Por: Cristóbal Hasbún - 16-02-2016

La literatura en un sentido plásticamente formal —como estudio de la letra— permite observar que lo escrito es un correlato de estados mentales; encontrándose éstos compuestos por pensamientos, sentimientos, sensaciones, intuiciones, etc. La lectura del otro, entonces (o la de uno mismo) es la observancia de sus estados mentales, más o menos corregidos y depurados, pero éstos al fin y al cabo.

Contrario a lo que uno podría haber especulado en lo que respecta a la relación entre la masificación de artefactos digitales comunicacionales —celulares, internet, redes sociales—la literatura no ha sido, ni cercanamente, mermada. Las voces melancólicas de quienes sostienen que el exceso de mecanismos de entretención tecnológica ha minado este arte como si estuviésemos viviendo algo tan agresivo como la invasión de los bárbaros, me parece, se resisten a observar que la ramificación de la comunicación electrónica no ha sido otra cosa que el triunfo de las letras (aunque de lo anterior no se desprenda, claro, que la comunicación que permiten sea más veraz, certera o humana). Ha sido un triunfo de las letras porque, contrario a todo pronóstico, hoy leemos y escribimos más. Tanto es así, que generaciones anteriores a las nuestras se lamentan —no sin cierta razón— que hoy la mayor parte del tiempo la gente está mandando mensajes. Y los mensajes a los que se refieren en su mayoría son, por cierto, escritos. Y eso importa —si se me permite la extensión— una suerte de desarrollo de un género epistolar cotidiano, instantáneo y sumamente fragmentado. Nadie mandaría una carta por correo o un correo electrónico de dos páginas (siempre hay algo de deferencia en precaver no ser tedioso) contando que ha vivido tales o cuales eventos, pero ese mismo mensaje se encuentra diariamente enviado de forma dividida en decenas o cientos de pequeños párrafos, oraciones, palabras.

En este sentido, literaturizamos los artefactos que creamos; o los artefactos que creamos son a la imagen y semejanza de nuestras necesidades literarias.

El modo en que se ha desarrollado esta literaturización no sólo ha sido fragmentado, sino inauditamente expresivo de nuestra capacidad de abstracción e imaginación. Pasamos buena parte del tiempo del día leyendo(nos) los unos a los otros, intentando descifrar la sensibilidad mensajera que cada cual tiene al momento de redactar mensajes, esperar en la respuesta, utilizar cuadros con emociones, etc. Eso requiere un trabajo de abstracción. Por otro lado, estos mismos mensajes muchas veces relatan situaciones que el emisor está viviendo en aquel minuto —narraciones de viajes, vacaciones o eventos sociales—, lo cual demanda que el receptor recree esa escena en su mente, para generar una conexión. Ese es un trabajo de imaginación. Este es un desafío de interpretación del otro que no resulta trivial a la hora de entender cómo se está desarrollando el arte de las letras.

La tendencia a la especificación de la edad moderna (o postmoderna, siendo esta discusión harina de otro costal) se ha expresado literariamente. A mediados del siglo pasado quien quería transmitir algo sustantivo —sea de conocimiento científico, humanista o de arte en general— escribía un libro. Algunas décadas después hubo una tendencia a escribir monografías. Luego comenzaron a escribirse extensos papers (mis disculpas, son las limitaciones del lenguaje). Años después se empezaron a escribir comentarios o reseñas. Y hoy, de vez en cuando, se escucha en un pasillo: que no sea más de cuatro páginas, si no nadie los lee.  

En este sentido, no sólo el conocimiento se ha ido especificando al punto de crear disciplinas completas genuinamente nuevas, sino que también se ha trastocado la forma en que éste se expresa. Ello es observable en la literatura: cada autor ha tendido a especificarse en un género, y dentro de ese género, se dedica a tratar tales o cuales temas. Y en cuanto a la forma, ésta tiene que ver con la división de la prosa: de párrafos extensos a párrafos breves, de párrafos breves a oraciones, de oraciones a palabras. Sin llegar a letras, espero.

El proceso mental al que me referí anteriormente se llama elipsis, palabra que designa una omisión en el discurso (en este caso, escrito) sea por economía de lenguaje, sea para causar una determinada sensación en el lector. Por supuesto, en nuestra comunicación epistolar fragmentada de la cotidianeidad las razones de su utilización obedecen a una optimización del tiempo: llegando a casa, Cómo va?, nosotros partimos, llegando en cinco, etc.

Siendo la elipsis una técnica de economía del lenguaje, esto es, de la comunicación, importa que emisor como receptor se entiendan bajo la misma forma (naturalmente, hay algo de condescendencia en evitar aburrir con párrafos digitales extensos). Eso genera que nos entendamos con menos palabras.

Ahora bien, lo interesante para efectos de esta columna no es si la comunicación humana resulta hoy más o menos profunda o acabada —si hubiera que tomar una fantasiosa tesis respecto a ésta, bien me parece que se mantiene y proyecta indeleble; la afinidad es infrecuente y requiere tiempo— sino cómo influye en la literatura (en el sentido de obra a conciencia creativa): de qué forma se ha modificado, por ejemplo, la prosa en las novelas escritas en las últimas décadas o cómo ha permeado en los versos la influencia de la mensajería instantánea (sobre todo considerando que en la forma—hoy a punta de Enviar— son bastante parecidos).

Naturalmente, lo que se puede observar, al menos en la prosa, es en términos generales un estilo significativamente más sucinto, de puntos muy seguidos y a veces golpeados; una cierta reticencia al párrafo extenso, a las descripciones minuciosas. (¿Estaremos conversando personalmente también de modo más comprimido, evitando intervenciones extensas y detalladas, como correlato de la forma en que electrónicamente nos epistolamos (como pistoleros)?

Pareciera ser que estamos ante una suerte de reforzamiento del minimalismo de Cormac McCarthy o Richard Ford en literatura, de Philip Glass en música o del portentoso Edward Hopper en pintura. ¿Ante qué estaremos cuando esta forma de comunicación se exacerbe? ¿Qué tan mínimo puede ser el minimalismo? ¿Cuántas letras quedarán de la palabra elipsis?



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