Domingo 24 de Septiembre de 2017

Estados Unidos y la crisis de la globalización

Por: Gabriel Henríquez - 10-11-2016

A principios de la década del 2000 se derramaron ríos de tinta para declarar la inevitable y positiva expansión de la globalización, en términos económicos, informáticos y culturales. Por entonces, se les llamó hiperglobalistas a quienes argumentaron con una fe casi dogmática el inminente fin de barreras a nivel internacional. Mantra según el cual, quienes más rápidamente eliminasen obstáculos a flujos económicos y culturales saldrían beneficiados. Al final del proceso se vislumbraba una convergencia política y económica entre estados, opacando las identidades y diferencias locales inter e intra nacionales.

En concreto, el hiperglobalista argumentaba que la globalización “requiere la extensión de las instituciones democráticas liberales (incluyendo el estado de derecho e instituciones representativas) a un nivel transnacional” (Stanford Encyclopedia of Philosophy). Aquello obviamente tocaba la normativización de la liberalización y de la democracia como un modelo trasplantable.

El ataque más notorio al comunitarismo (o no-cosmopolitanismo), quienes criticaban el establecimiento de un único modelo y cultura, fue que “la tendencia comunitaria a favor de obligaciones morales hacia miembros del estado-nación representa una nostalgia reaccionaria a la constelación de rápidamente decadentes practicas e instituciones políticas” (Stanford Encyclopedia of Philosophy). En resumen, la política identitaria era cosa del pasado. Hoy es difícil no ver los efectos de tal concepción fanática del proceso de globalización, mientras los desafectados en Estados Unidos y el Reino Unido se aferran al nacionalismo ante la incapacidad del estado nacional de prestar atención a los efectos distributivos del orden económico.

Paralelamente en finanzas, el periodo desde principios de los 1990s se denominó “the Great Moderation”, caracterizado por un ciclo económico alejado de la volatilidad de los 1980s, gracias a (se creía) cambios institucionales e innovaciones financieras que minimizaban el riesgo (instrumentos derivados y nuevas formas de medir el riesgo). Se había dominado la fluctuación financiera y, por ende, hecho de la globalización un vehículo de prosperidad. Republicanos y Demócratas confiaban en que la Reserva Federal (el Banco Central estadounidense) podía estabilizar la economía a discreción, dejando de ser preocupación política la demanda o la inversión, poniendo exclusiva atención en un presupuesto balanceado. Los mercados laborales se creían funcionales para quienes sí querían trabajar y tenían ciertas habilidades, de modo que el pobre crecimiento de salarios medios respondía solamente a gente que no tenía la educación apropiada o no buscaba trabajo. (Vox, 2016).

En ese contexto, las crisis financieras en los países en desarrollo entre 1994 y 1998 fueron vistas como consecuencias del capitalismo clientelista (crony capitalism). Ello quería decir que las causas de estas crisis fueron los lazos económicos entre el sector público y el privado, tanto en el modelo industrial de las chaebols coreanas como en las variantes de política industrial claves en el desarrollo del Este de Asia. Sólo hacia fines de los 1990s se comenzó a reconocer que los flujos de capital sin barreras podrían ser perniciosos y que la liberalización financiera requería grados de moderación. Probablemente el colapso ruso en 1998 fue la peor demostración del grado de experimentación económica en la post-guerra fría, plantando la semilla de la alienación que seguiría Rusia vis-à-vis occidente sólo años más tarde.

Llegó entonces el 2008 y una crisis exponencialmente más grave se gestó en Estados Unidos. Una cuyo impacto económico se transmitiría el 2016 al sistema político.

  • Año 2008-09. Explotó la crisis financiera global más grande desde la gran depresión, desde la cual aún no hay una clara salida. El costo de salir de la crisis fue principalmente distribuido hacia los contribuyentes nacionales, encontrando los bancos amplia ayuda estatal a través de la nacionalización y gigantescas transferencias desde el erario nacional. Sólo en Estados Unidos se gastaron cerca de US$1 trillón en rescates y estímulos económicos. Los bancos, sin embargo, gastaron la mayor parte del capital en inversiones en mercados emergentes y divisas extrangeras, buscando altos retornos por dinero a cero costo.
  • Año 2016. Casi una década después de la crisis descrita, analistas ven un estancamiento y potencial retroceso en la globalización. Reflejado esto en un auge importante de líderes populistas anti-globalización, como Donald Trump, que han capitalizado el voto de aquella gran masa de trabajadores desplazados por la competencia internacional e ignorados por una élite irreflexivamente pro-globalización. Revelando un sistema económico local no diseñado para intervenciones sociales y re-entrenamiento laboral, que dejó al arbitrio de la demanda y oferta a millones de trabajadores que no se pudieron integrar a la nueva economía.

La crisis económica se transmitió al sistema político en 8 años y se coronó con la elección de Trump en el país más poderoso del mundo. Hoy, puede hablarse, sin dudar demasiado, de notorias grietas en el orden liberal y, ciertamente, en la economía mainstream.

El momento crítico de la globalización ayer y hoy

No obstante, como sucede con frecuencia en historia, no hay nada necesariamente nuevo en lo anterior. La globalización, y su retroceso, donde el malestar económico provoca respuestas radicales a nivel político, ha ocurrido en otros periodos históricos.

La globalización del siglo XIX fue mayor que la actual y los flujos de capital eran mayores que en los 1990s. Para ilustrar, entre 1870 y 1890, medidos por producto nacional bruto (PNB), las entradas de capital en Argentina abarcaban un 18,7% del PNB, en contraste con 2,2% en los 1990s; para Australia esa cifra era 8,2% comparado con un 4%, en los mismos periodos. En aquella época, en la zona translatántica, el 70% de la convergencia de salarios, según O’Rourke y Williamson (2001), se explica por la integración de los mercados laborales a través de la migración, el resto por el crecimiento del comercio internacional. Ello es bastante similar a lo ocurrido luego del 2000 a nivel global.

Harold James en “The End of Capitalism: Lessons from the Great Depression” (2001; sí del 2001), un texto dedicado a cómo se destruyó el orden internacional en el periodo de entreguerra, menciona dos factores clave que llevan al sistema al abismo [1]: uno, las fallas inherentes de aquél (el diseño); y dos, las reacciones sociales y políticas de rechazo al grado de apertura del sistema internacional, mediante políticas nacionalistas.

Sobre esto último menciona inquietantemente que “el miedo perturba a la globalización”. La política del miedo apela a la identidad nacional contra el extrangero, como inmigrante o estado-nación, culpando al sistema internacional de los efectos redistributivos percibidos internamente.

El declive del capitalismo anglo-americano

Quizá no haya evento más trágico para la democracia que la elección de este 2016 en EE.UU. De ser un estándar de gobernabilidad, venerado y respetado, se transformó en un enfrentamiento de polémicas acusaciones. Esta campaña se volvió un reality show particularmente entretenido y conveniente para líderes autoritarios en Moscú, Beijing, Teherán y en otros rincones del mundo. Con Trump como presidente queda la duda si la democracia capitalista efectivamente ha tocado fondo, o aún no.

Se creó incertidumbre y polémica en el enfrentamiento entre un oportunista billonario, proveniente de la farándula y con negocios carentes de efectiva reputación; versus una fiel representante del establishment norteamericano, astuta, moderada, pero cuyas espaldas cargan con las consecuencias de casi tres décadas de estancamiento de salarios reales de la masa trabajadora, exacerbado por efectos distribucionales abandonados a la marea del mercado. (Foreign Affairs, 2016)

Lo anterior no hubiese sido posible sin fisuras en el sistema político norteamericano, las que reforzaron una lógica económica en extremo consensual. El abrazo bi-partisanismo de la globalización y del liberalismo económico no necesariamente prestó atención al elemento distributivo inherente a cualquier práctica económica. Trump fue electo a pesar de su campaña, más bien mediante el voto protesta.

Y es que el consenso desde los 1990s fue tal que “complacientes demócratas, sin importar los desacuerdos con sus colegas Republicanos, tendían a estar de acuerdo con ellos en que la economía era ampliamente auto-correctiva. La FED poseía los instrumentos para llevar a la economía al pleno empleo, pensaban. Aún más, los programas públicos, aunque eran un mal necesario, eran más bien un peso ineficiente comparado con el mercado. La desigualdad era algo de lo cual preocuparse, por supuesto, pero difícilmente una crisis, y las políticas al respecto eran tímidas y enfocadas al mercado” (Vox, 2016).

En ese sentido, parte del partido demócrata ha internalizado tal error, aunque claramente de forma muy tardía. Mediante reflexiones en torno a las temáticas referentes al pleno empleo como objetivo en política económica (ibid.). Esta “nueva economía liberal” estima que las reglas de la economía, el marco regulatorio, legal e institucional profundizan la desigualdad. Desde los 1980 estas reglas han sido modificadas en desmedro de la clase trabajadora y las pequeñas empresas. Entre otros aspectos, la proporción superior de los ingresos ha estado alimentada por cambios en las tasas de impuestos, mientras que el crecimiento de los ingresos del sector financiero se correlaciona con la desregulación financiera. Sobre estos aspectos la compilación en Reich (2015) es reveladora.

La membresía en sindicatos, 30% en 1960, es 11% hoy. Esto es sólo síntoma más de cambios en la estructura de los mercados. Los CEO tienen salarios millonarios, los accionistas tienen más poder para presionar por utilidades cortoplacistas y las empresas han mutado para evitar la legislación laboral (Vox, 2016).

El castigo tardío pero decisivo a la situación económica de la clase media y baja norteamericana se ve complementado por la aproximación económica post-2008. Además de los millonarios rescates a la banca, los costos distribucionales de la política monetaria de los bancos centrales para escapar a la recesión y prevenir la deflación han sido el golpe de gracia. Durante los tiempos buenos, los beneficios fueron acaparados principalmente por el capital, en desmedro de la masa laboral (como menciona Piketty). En los tiempos difíciles, quantitative easing (el aumento de la oferta de dinero a través del sistema bancario) y tasas de interés cercanas a cero han estimulado los precios de activos, lo cual sólo ha beneficiado a sus propietarios (Bloomberg, 2016).

Adicionalmente, la regulación ha incrementado la desigualdad mediante la preponderancia del lobby en Estados Unidos. La influencia a favor de diversas empresas ha distorsionado la labor legislativa mediante contribuciones a campañas, la puerta giratoria entre sector público y privado, el bloqueo de legislación a través de legisladores simpatizantes de alguna industria, debilitando así los alcances de leyes o reduciendo del financiamiento de instituciones fiscalizadoras. Esto ha impactado notoriamente en beneficios regulatorios para el capital, en detrimento del trabajador.

Sin embargo, estas perniciosas consecuencias no han sido tampoco imprevistas. En 1874, la Corte Suprema de EE.UU. en Trist vs. Child, identificó el lobby con el ejercicio de corrupción en el legislativo, prohibiéndolo dada la influencia desplegada por las corporaciones ferroviarias y financieras, bajo el siguiente criterio: “si alguna de las grandes corporaciones del país fueran a contratar aventureros que se hicieran un negocio de este modo, procurando la aprobación de una ley general con el objetivo de promover sus intereses privados… el sentido moral de cada hombre correcto instintivamente denunciaría al empleador y al empleado como impregnado de corrupción, y de tal empleo como infame” (Reich, 2015:51). Ochenta y seis años después, sin embargo, la Corte Suprema concedería a las corporaciones el carácter de personas, de acuerdo a la Primera Enmienda de la constitución, abriendo las puertas al billonario negocio del lobby, cimentando la asimetría entre corporaciones y ciudadanos en el seno del legislativo.

La crisis democrática y la globalización

Son momentos difíciles para los partidos tradicionales. El ascenso de Donald Trump, el Brexit, los avances de la ultraderecha en Europa, incluso en Alemania, son los ejemplos más lúcidos de una crisis política, caracterizada por el rechazo de izquierda y derecha. En la mayoría del globo, de todos modos, el desencanto y baja participación electoral incremental tienden a advertir de una crisis entre representados y representantes.

El ciudadano norteamericano furioso sabe del ajuste que están pagando predominantemente las clases medias y bajas, pero frecuentemente no sabe las causas. Para los populistas las razones son “obvias”: los inmigrantes, la regulación negociada con terceras partes, la competencia internacional, pero no, por supuesto, la política económica doméstica.

La forma en la cual ha sido concebida la globalización, su diseño, ha hecho converger las preferencias económicas y culturales entre quienes se benefician de la economía internacional, en contraste con los que no tienen las habilidades o los recursos para hacerlo. La globalización ha ido demasiado lejos en la medida en que los costos distribucionales han sido ignorados, en particular por ese grupo de hiperglobalistas y liberalizadores a ultranza que tuvieron amplio acceso al establishment político por décadas.

La eliminación de barreras al comercio y finanzas se han vuelto un fin en vez de un medio para el progreso económico y social – principalmente resaltando el mayor “crecimiento”, sin aparejar mejoras distribucionales. Por ejemplo, a través de la firma de acuerdos de inversión que privilegian a las compañías extranjeras – donde medidas de seguridad social pueden perfectamente identificarse como barreras a la inversión – y mediante la reducción de impuestos a las empresas e individuos más opulentos para atraer inversión (Dani Rodrik, New York Times, 2016).

Entre sus sugerencias para moderar la globalización, Rodrik indica que la autonomía política debe valorarse. Países ricos y pobres deben tener más espacio para ejecutar sus políticas, siendo innecesario un único modelo para todos. Unos deben prestar atención a la desigualdad y justicia distributiva; otros a restructurar sus economías y promover nuevas industrias. Eso requeriría, por ejemplo, permitir el subsidio a industrias en países en desarrollo, en retorno por permitir el uso de dumping de productos producidos bajo estándares laborales y medioambientales. En fin, una globalización con consideración a objetivos nacionales heterogéneos.

El mundo en los 1930 se quebró por el apego enfermizo a las consecuencias deflacionarias del sistema del patrón oro y sucumbió al éxito de partidos nacionalistas. Estados Unidos, sin el New Deal de Roosevelt, probablemente hubiese transitado a un modelo autoritario.

Los factores críticos ya están. El diseño de la globalización ha relegado por más de tres décadas a trabajadores con salario estancados, desplazados por la competencia internacional, incrementando la apatía y el apego a la política identitaria. Mientras las reacciones políticas y sociales de rechazo al orden internacional se han inaugurado con Trump – y probablemente se consoliden con Le Pen y otros populistas europeos.

El equilibrio entre capitalismo y democracia es delicado. Debe moderarse el componente igualizador democrático con el individualismo propio del capitalismo. De otro modo, ante la destrucción del tejido social, “[s]i la economía cae, la mayoría podría escoger el autoritarismo, como en los 1930s. Si los resultados económicos son muy desiguales, los ricos pueden convertir a la democracia en una plutocracia”.  (Financial Times, 2016).

Hoy, Estados Unidos parece navegar entre estos dos resultados.

Notas al pie

[1] En realidad, menciona un tercer factor que es la gobernanza internacional a través de instituciones insuficientes o débiles. Factor que ignoraremos esta vez.

Referencias

  •  James, Harold. 2001. The End of Globalization. Lessons from the Great Depression. Harvard University Press.
  • Reich, Robert B. 2015. Saving Capitalism. For the Many and not for the Few. Vintage Books.
  • O’Rourke, Kevin y Williamson, Jeffrey. 2001. Globalization and History. The Evolution of Nineteenth Century Atlantic Economy. MIT Press.


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