Lunes 20 de Noviembre de 2017

Europa en el filo del populismo nacionalista

Por: Pablo A. Valenzuela - 09-05-2017

Macron ha ganado en Francia derrotando a la ultraderechista Le Pen. Su elección se suma a otras varias que hemos visto en el último tiempo en Europa en las que se enfrentan dos posturas sobre el futuro de la Unión Europea: una a favor del proceso de integración y otra que busca revertirlo. Una configuración tan simple como peligrosa para la integración política del continente. Y es que el quiebre de la alianza entre las clases medias y obreras, que ha agudizado desde fines de la década pasada el profundo debilitamiento de la izquierda socialdemócrata europea ha traído, como contraparte, el fortalecimiento de los movimientos de extrema derecha caracterizados por su euroescepticismo y por despertar antiguos fantasmas nacionalistas que la UE. Algo que los poderosos Estados de bienestar habían logrado apaciguar, pero a la luz de los resultados actuales, no eliminar.

Cada elección en los países europeos ha mostrado como estos partidos, marginales, despreciados, han ido creciendo a costa de una izquierda que perdió su camino entre la tercera vía y la crisis económica. Los electores que antes daban fuerza a la socialdemocracia hoy le dan fuerza a la extrema derecha y a sus posiciones programáticas. Asistimos así a una reconfiguración partidaria en la mayoría de los países europeos que ven cómo los partidos tradicionales, que lideraron Europa por décadas después de la segunda guerra mundial, decaen frente a actores nuevos. El propio Macron abandonó el gobierno de Hollande –donde ejerció como ministro de economía hasta agosto de 2016– y formó su propio movimiento En Marché!

Elección tras elección estamos viendo en un freno al fantasma de la extrema derecha que hoy recorre el viejo mundo, pero el nacionalismo sigue allí. Europa hoy vive en el filo del populismo de derecha que amenaza con dinamitar un proceso de integración que tiene más de 60 años.

La sombra del euroescepticismo se ha instalado incluso en las instituciones comunitarias. Después de las elecciones al parlamento europeo del 2014, los europarlamentarios contrarios al proyecto Europeo llegaron a 140 y provienen de partidos como el derrotado Front National francés, el UKIP inglés o los neonazis griegos y alemanes (El País, 2014). Si bien los viejos partidos europeos siguen a la cabeza, sumando los Populares y los Socialdemócratas en 2014 el 54,86% de los escaños del parlamento comunitario, esta cifra es menor en 6,5 puntos al 61,36% que ambos bloques sumaban en la elección de 2009.  Incluso en Francia, en 2014, el Front National obtuvo la primera mayoría a nivel nacional con un 24,86% de los votos en ese país, situación similar a la del UKIP inglés, que obtuvo en Reino Unido un 26,77% de los votos, superando a laboristas y conservadores.

La situación en elecciones nacionales viene siendo equivalente en varios países, con grupos de extrema derecha en crecimiento o ya consolidados. En la pasada elección general en los Países Bajos el Party for Freedom liderado por Geert Wilders obtuvo la segunda mayoría con un 13,1% de los votos y el titular fue ‘Holanda frena a la ultra derecha’. En las elecciones presidenciales en Austria del año pasado, el Partido por la Libertad de Austria (FPÖ) liderado por Norbert Hofer obtuvo un 46,2% de los votos frente a Alexander Van der Bellen, de los Verdes, que obtuvo el 53,8% y ambos dejaron fuera de la competencia a la socialdemocracia austriaca (SPÖ) y al Partido Popular de Austria (ÖVP). El titular de la prensa al día siguiente fue similar: ‘Austria frena al populismo de derecha’. Los medios del mundo, en tanto, titularon en sus ediciones del 8 de mayo: ‘Francia frena al populismo de derecha de Le Pen’. Cada elección se está transformando en un freno a partidos populistas de derecha cada vez más competitivos y en un desafío para los triunfadores. Una mala gestión en los cargos ejecutivos que han ganado puede llevar a que el nacionalismo se fortalezca aún más y ponga en peligro el proyecto europeo. El desafío de Macron en Francia recién comienza, pues si su desempeño es como el de Hollande, en la próxima elección de 2022 volveremos a ver a Le Pen competir por la presidencia, aproximarse más al Elíseo. Para derrotar al nacionalismo el nuevo gobierno francés tiene que lograr un gobierno sobresaliente, muy por sobre la media de los últimos que ha tenido Francia.

En Grecia los neonazis de “Sol Naciente” se han mantenido desde 2012 en torno al 7% de las preferencias en las elecciones al parlamento helénico y en 2014 llegaron por primera vez al parlamento europeo con 3 de los 21 europarlamentarios provenientes de Grecia.

En el caso alemán –el país más grande de la UE y con el mayor peso en el Parlamento Europeo– se celebrarán elecciones federales el próximo 24 de septiembre. Los ultraderechistas de Alternativa para Alemania (AfD) obtendrían según las encuestas alrededor de un 10%. Vinculados con varios grupos neonazis (DW, 2016), el AfD ha tenido un desempeño positivo en las elecciones regionales que se han estado llevando a cabo. En las elecciones de Schleswig-Holstein, en el norte alemán, realizadas este domingo 7 de mayo y que dieron como ganador a la Democracia Cristiana, AfD obtuvo un 5,7% y es probable que entren en el parlamento del Estado (DW, 7/05/2017). En 2014 AfD ganó 14 escaños en el parlamento de Sajonia y 11 escaños en los parlamentos de Thuringian y Brandemburgo; en 2015 obtuvo 8 escaños en el parlamento de Hamburgo y 5 en el de Bremen.

Pero fue el año 2016 cuando el AfD creció. En Sajonia-Anhalt obtuvo un 24,4%, ganando 24 escaños, solo detrás de la CDU que lideró las preferencias y obtuvo 30 puestos; en Renania-Palatinado el resultado para la extrema derecha fue de 12,6%, obteniendo 14 escaños; mientras que en Baden-Württemberg el resultado fue de un 15,1% con 23 escaños, por detrás de los Verdes y la CDU. El buen desempeño del partido continuo en Mecklenburg-Vorpommen (20,8%) y Berlín (14,6%). Como agravante se tiene que el mejor desempeño de AfD se ha dado en los Länders de la antigua RDA (Der Spiegel, 2017).

El caso alemán y francés, con partidos de ultraderecha en camino de consolidarse o ya consolidados es una muestra de la sombra que existe hoy sobre la idea de Europa. Pero como ya los hemos señalado en artículos anteriores (Ballotage, 2017) no son los únicos países donde la derecha extrema muestra su fuerza a costa de los votos de los partidos tradicionales, especialmente de los socialdemócratas y, en menor medida, de la derecha tradicional democratacristiana.

Optimistas o realistas

El optimismo nos lleva a pensar que las ideas pro-Europa siguen siendo mayoritarias. No por nada los movimientos nacionalistas han sido frenados en la mayoría de las elecciones, ya sea por los partidos históricos o por nuevas formaciones políticas, como el caso de ‘En Marche!’, de Emmanuelle Macron.

Sin embargo, una visión realista nos debe poner en alerta pues los partidos de ultraderecha, identificados con el nacionalismo y contrarios a la profundización del proyecto europeo, han ido creciendo en la mayoría de los países y, lo que es peor, las ideas contrarias a la UE también se han fortalecido, especialmente en los países más grandes. Un estudio del Pew Research Center mostró a mediados de 2016 (The Independent, 2016) que más del 60% de los franceses tiene una visión negativa de la Unión Europea, mientras alrededor de la mitad del electorado de Alemania, España y Países Bajos tiene una posición euroescéptica. En Grecia ese porcentaje llegó el 71%.

En 2004 los resultados eran inversos, pues todos los países mostraban posiciones favorables a la Unión. El euroescepticismo no solo está compuesto de una visión negativa de la Unión Europea, sino que además trae consigo la negativa de delegar más poder en los organismos comunitarios o bien la aspiración de que muchas de las facultades ya delegadas sean devueltas a los Estados. De ahí que entre los partidos que a nivel nacional recogen estas ideas se expresen dos posiciones: una radical que busca sacar a los países de la UE y, en el largo plazo, destruir el proyecto de Europa; mientras que hay otra, que podríamos llamar más soft que aboga por revisar la relación de los países con las instituciones comunitarias y modificarlas, reduciendo el poder y alcance de la supranacionalidad en favor de las instituciones nacionales.

Ciertamente el auge de los movimientos de derecha puede encontrar dos causas principales. La primera de ellas es el fracaso de los partidos tradicionales para satisfacer demandas nuevas o atender problemas emergentes en momentos de gran incertidumbre económica y política. Ese vacío programático está siendo ocupado por la extrema derecha que propone soluciones aparentemente simples ante problemas de gran complejidad, tales como la construcción de muros para frenar los flujos migratorios.

La segunda causa es la desconfianza hacia las instituciones comunitarias de la UE, percibidas como lejanas y poco representativas de la voluntad popular. Adicionalmente hay un desconocimiento latente del funcionamiento del entramado institucional europeo, calificado por el populismo como una enorme red de burocracia que ahoga las iniciativas nacionales por atender los problemas más próximos a la ciudadanía local. La ironía es que en muchos países son precisamente fondos comunitarios los que permiten realizar inversiones en zonas reatrasadas en indicadores sociales o de infraestructura.

Frente a esto, la UE ha propuesto algunos cambios en su proceso de toma de decisiones. Por ejemplo, en febrero de este año la Comisión Europea propuso modificar el sistema de votación en algunos asuntos, pasando de una mayoría calificada, que requiere más del 50% de los Estados y que en caso de abstención obliga a Bruselas a tomar medidas con poca aceptación en la opinión pública europea, a una mayoría simple que hace la abstención irrelevante, de manera que los Estados miembros se hagan cargo de las decisiones que se toman y no se culpe únicamente a Bruselas por ellas (Reuters, 14/02/2017).

Europa tiene hoy un problema de representación democrática que probablemente es resultado del propio proceso de consolidación de los organismos comunitarios. El diseño de la gobernanza europea responde a una necesidad por dirigir un complicado camino de integración política y económica en el que las ciudadanías nacionales de cada Estado no se sienten plenamente incorporadas porque originalmente fueron incluidas de forma muy marginal en la toma de decisiones. Incluso más, pues es en los procesos de mayor inclusión popular cuando el proyecto europeo es sometido a mayores niveles de incertidumbre, como aconteció con el rechazo a la Constitución Europea y, más recientemente, con la aprobación del Brexit en Reino Unido. Basta ver también la participación en las elecciones al parlamento europeo, que en 2014 apenas superó el 42%.

La Unión Europea es hoy, no cabe duda, un sujeto político y económico de gran relevancia a nivel internacional, pero mantiene falencias en cuando a convertirse en un sujeto social, especialmente para las comunidades nacionales. La “nación europea”, que convive con los sentimientos nacionales de cada país, aún no ha permeado completamente en todas las capas de la sociedad y es allí donde cobran fuerza los partidos nacionalistas que proponen menos Europa y más poder de regreso a sus esferas nacionales. Este problema responde a que el proceso de toma de decisiones en la Unión sigue siendo de arriba hacia abajo y la burocracia comunitaria sigue estando diseñada para dirigir el proceso de integración y vagamente incorporando a la ciudadanía. La solución, en todo caso, no pareciera ser retrotraer el proyecto europeo restando facultades y poder a los organismos comunitarios, sino que mejorando los canales de representación de la ciudadanía y haciendo más fluida la relación entre las dos nacionalidades: la específica de cada país miembro de la unión, y la comunitaria, percibida aún como lejana por vastos sectores de la población del continente.

La experiencia que se derivará del Brexit en Reino Unido, proceso que llevará al país a asumir enormes costos económicos, políticos y sociales, puede constituirse en un freno a las aspiraciones ultraderechistas y nacionalistas en otros países europeos. Se evidenciará que el costo de abandona la UE es mucho más alto que el esfuerzo que significa el proceso integrador.

Quizás solo así se puedan frenar definitivamente los movimientos populistas y nacionalistas. Construyendo una Europa mucho más democrática, menos de los Estados y mucho más de los ciudadanos europeos. 



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