Domingo 24 de Septiembre de 2017

Grecia: el ritual y el chivo expiatorio

Por: Alejandro de Coss Corzo - 23-08-2015

Grecia está atrapada en una repetición continua de su propio sacrificio, en la lógica circular del tiempo ritual.

En las páginas de esta revista digital, Marcos González Hernando nos ha recordado que, antes de las conversaciones para el actual rescate griego, habían ocurrido ya numerosas rondas de negociaciones. Una y otra vez el gobierno griego, se autodefiniera como izquierda o derecha, había acudido a solicitar una extensión de su línea de crédito. El país parece existir en una repetición que no representa una salida de la crisis. Una y otra vez aparece en el centro de “ritos que no están diseñados para ser superados y hacerse innecesarios, sino para repetirse periódicamente” (G. Hernando, 2015).

Estos rescates griegos se constituyen como una historia de sacrificio. El cordero entregándose y siendo entregado al verdugo para apaciguar la ira de los dioses. Los ciudadanos griegos obligados a soportar estoicamente la losa de la deuda que les recuerda que habían estado viviendo fuera de sus medios. Los mismos castigados cada vez que intentan abandonar el pretendido estoicismo a través de la acción. El hospital de Ikaria, que el mismo G. Hernando menciona, siendo clausurado, dejando a sus habitantes sin acceso a una salud que no merecen, ni pueden tener. Un atrevimiento que es afronta al orden establecido y debe ser prontamente castigado.

La ira divina que debe ser aplacada es múltiple. Es la que se desata cuando se desafían las estrictas normas de la zona euro, del ordoliberalismo que impera en los ministerios financieros de Alemania y los países nórdicos. Es la victoria de Syriza, con un discurso de perdón de la deuda y de recuperación de las capacidades de hacer política económica –y economía política– de un gobierno que se asume abiertamente de izquierda.

En esta fase del sacrificio, el lenguaje financiero cancela el político, como nos recuerda Aldo Bravo (2015). Las medidas de austeridad serían un resultado lógico del dispendio griego. No habría espacio para condonar o negociar la deuda. Sólo hay una alternativa: pagar, cueste lo que cueste.

Esta estrecha interpretación de las finanzas, preferida por el ministro alemán Wolfgang Schäuble, se olvida de la historia. Se torna en dogma. La ruptura del orden –solicitar cambios en las condiciones del préstamo–  se vuelve pecado. El dinero deja de ser una reivindicación social sobre las condiciones de la reproducción de la vida cotidiana, convirtiéndose en una cruel divinidad, implacable.

Aquí, el castigo es el mensaje verdadero: hay que poner de rodillas al gobierno anti-austeridad de Grecia. Este es un mensaje que debe extenderse a España y a otros países europeos en donde surjan movimientos que aún sostengan que es posible atar al caprichoso dios a través de la democracia. Aquí, la política también debe ser reducida a un apéndice ritual, a la elección de emisarios que no cuestionan la voluntad de los sumos sacerdotes del orden inmutable de las cosas.

Así, unos deben caer para que otros conozcan su lugar. La condena material de generaciones de griegos a la servidumbre forzada a través de la deuda; la acumulación por despojo que la subasta de todos los bienes públicos, y la cancelación de una opción democrática de izquierda anti-austeridad, son los duros mensajes emitidos desde el púlpito en el que el espectro de Margaret Thatcher sigue habitando.

Hay otra fase, sin embargo. Una que se oculta a través del sacrificio tangible de los griegos. Una que encontramos repitiéndose en la historia y el mito.

En la fábula “Los animales con peste”, La Fontaine (De Calzada, 1787) cuenta que un día una terrible plaga azotó al reino animal. El león, sentado en su legítimo trono, se preguntaba qué hacer. El mono le recomendó que llamara a todos los animales. Estos debían confesar aquellos actos que podrían haber desatado la furia de los dioses. Así encontrarían un culpable y podrían, con su sacrificio, devolver el orden a las cosas.

Uno a uno los animales fueron pasando. Primero, el león aceptó ser un sanguinario cazador: animales, campesinos y niños asesinados por él. La culpa debía ser suya, dijo, pero el zorro le convenció de lo contrario. Morir en las garras de un rey era, para esos indignos seres, un verdadero premio. El león se convenció y así todos los demás que fueron pasando; todos hallando razones para justificar aquello que, a primera vista, les parecía podría haber causado el castigo celestial que sufrían.

Al final, llegó el más débil de todos: el burro. Después de pensarlo un rato, recordó haber pasado por el jardín de unos monjes y, hambriento, haberse comido un manojo de trigo. Presto, el zorro lo señaló como el culpable. El burro reclamó: “fue apenas un poco”, dijo. De nada sirvió. Pronto fue sacrificado. No sabemos si la peste desapareció, pero el orden, a los ojos de los otros, había vuelto.

Quien recuerda esta fábula es René Girard, en su texto “El chivo expiatorio” (1986), el cual comienza con un análisis del texto de un escritor medieval francés, Guillaume de Machaut. En “La muerte del Rey de Navarra”, de Machaut describe cómo, en el indefinido lugar en el que escribe, los judíos habían sido sistemáticamente perseguidos y asesinados. Estaban acusados de ser los causantes de la plaga –seguramente la fuente de inspiración de La Fontaine–, habiendo arrojado veneno al agua. La persecución se intensifica, los judíos son asesinados, pero la peste sigue sin ser nombrada. No deja de ser un castigo. El discurso médico, dice Girard, no llega. La lógica sacrificial se impone. El más débil, como el burro, es el señalado. Esto garantiza la reproducción de la crisis innombrable bajo la ilusión del orden que se recupera.

En el caso de los griegos, el más débil de los Estados que componen la Unión Europea, la situación se replica. Su sacrificio no solventa la crisis. La razón teológica reina y el chivo expiatorio oculta el lugar de donde el caos proviene: el rescate bancario a costa de la vida y el futuro de la gente. De poco sirven los discursos que, en el campo de disputa política, así lo señalen. Varoufakis termina fuera del gobierno y con posibilidades de pisar la cárcel. Piketty, Krugman y Sachs siguen gritándole al aire.

El culpable ha sido señalado. Vivió fuera de sus medios. El acceso a la salud que tenía no era merecido. Ahora debe pagar. No, no podemos hablar del rol de los bancos y sus millonarios rescates. No podemos analizar cómo el dinero de previos rescates griegos acabó en las arcas de bancos alemanes y europeos. El culpable ha sido el griego de a pie que ha comido el manojo de trigo que el banquero le ofreció cuando estaba hambriento.

En la narrativa sacrificial, la transgresión original que desencadena de la crisis es el atrevimiento de los marginados a salir de su situación a través de la deuda que, se omite, fue manufacturada como producto financiero por núcleos de decisión bancaria que están siendo rescatados a través del sacrificio de los mismos marginados. ´

La narrativa misma es espacio de disputa. En donde Schäuble y los ministros de la eurozona miran una transgresión del orden que exige un sacrificio que le repare, otros miramos una la medida sacrificial no resuelve el conflicto, sino que lo prolonga. El sacrificio es una paradójica estrategia ritual desplegada por los sacerdotes del dinero: mantengamos la crisis a través de la persecución. Asegurémonos que el chivo expiatorio no muera.

Esta multiplicidad de explicaciones surge del hecho que la crisis se nos presenta en capas: la de la vida cotidiana, la del empleo, la Grecia, la de Europa, la del capitalismo. Del nodo que tomemos para dar inteligibilidad a la crisis, depende nuestra interpretación de su ruta e historia (G. Hernando, 2015).

Afirmar que hay un sacrificio fatuo, que restaura un orden que es austeridad, pobreza y desigualdad, es politizar abiertamente la construcción de la narrativa de la crisis. Esta fue la bandera que Syriza enarboló, la que buscó ser acallada, y la que ofrece una salida para quienes no deseamos ser arrastrados en el remolino del tiránico dominio de la deuda, el orden, el sacrificio y la expiación.

Nuestra narrativa implicaría, eso sí, otro sacrificio: el de quienes hoy sostienen la daga sobre el cuello griego. El de los bancos, los fondos de alto riesgo y las hipotecas subprime. El del dinero como cruel divinidad y la ortodoxia financiera como obscuro dogma. Sería la vuelta de la política a la economía y la revitalización de las palabras democracia y bienestar. Una expiación subalterna.

Referencias

  • Bravo, A. (2015). Vuelta a Grecia: el triunfo de la tecnocracia. Horizontal.
  • De Calzada, B. M. (1787). Fábulas morales escogidas de Juan de la Fontaine. Madrid: Imprenta Real.
  • G. Hernando, M. (2015). Grecia: El hospital de Ikaria y el “Nein!” del Bild. Ballotage.
  • Girard, R. (1986). The Scapegoat. Baltimore, MA: The Johns Hopkins University Press.


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