Martes 25 de Julio de 2017

Iraq - A merced del radicalismo islámico de ISIS

Por: Gabriel Henríquez - 19-07-2014

Hace más de 10 años de declarada la guerra contra el terrorismo por Estados Unidos, que lo llevó a invadir Irak y Afganistán, el radicalismo islámico está lejos de ser contenido o incluso reducido. La guerra ha causado más impacto en el fisco norteamericano, más que servir efectivamente a los fines invocados en su declaración y ha provocado miles de víctimas civiles. Sus costos impactaron las finanzas norteamericanas a través de los años contribuyendo al dramático abismo fiscal en 2013, el polémico deadlock entre Demócratas y Republicanos sobre el alza del techo de la deuda pública y el vencimiento de rebajas tributarias – complicada más aún por el déficit fiscal y de cuenta corriente.

El techo se subió luego de arduas negociaciones, pero la debilidad por el exceso de la deuda implicó, en parte,  el repliegue norteamericano de los escenarios bélicos en Medio Oriente, abandonando paulatinamente la ocupación en Afganistán, con plazo de fines del 2016 para la retirada total, y en Iraq esto se concluyó a fines del 2011. La desocupación paulatina ha dado paso a la tarea de consolidación y fortalecimiento de gobiernos débiles, agobiados por los costos humanos de civiles, infraestructura mermada e incapacidad para dominar  sus territorios de manera absoluta. Si Afganistán tenía características de estado débil antes de la invasión, hoy se puede catalogar como un Estado cuasi-fallido, mientras que Iraq pasó de ser un Estado relativamente fuerte a nivel regional, a estar a merced de luchas sectarias. Ambos gobiernos hoy no pueden sostenerse sin apoyo económico y militar externo.

De este escenario se desprende como consecuencia más crucial hoy, paradojalmente contra las razones que llevaron a Estados Unidos a declarar la guerra contra el terrorismo, que hace pocas semanas uno de los principales grupos beligerantes en Siria e Iraq, ISIS, Islamic State of Iraq and Levant (Greater Syria) –una milicia radical sunita que busca formar un estado islámico en Iraq y Siria– derrotó al ejército iraquí en varias ciudades del país, sorprendiendo con la captura de Mosul y Tikrit en el norte. El avance de ISIS ha sido cruento, sometiendo a su control buena parte del país bajo un régimen de brutalidad amparado en la Sharia, incluyendo crucifixiones, decapitaciones y amputaciones.

Más brutal que Al-Qaeda

ISIS es una agrupación que se escinde de Al-Qaeda en 2013 y se genera luego de la invasión liderada por Estados Unidos el 2003. Esta es lejos más radical que el grupo liderado por el fallecido Osama Bin Laden. Se destaca por bombardear indiscriminadamente áreas civiles y la imposición de una dura y ultraconservadora interpretación del islam. A pesar de que hoy Al-Qaeda, ISIS y Jabhat al-Nusra (otra escisión de la primera, de la cual hablaremos más adelante) parecen competir entre ellas, comparten objetivos similares: la creación de un Estado islámico en Siria e Iraq y el regreso al califato islámico sin fronteras que existió antes de 1924, luego de la caída del imperio otomano. (The Guardian, 16 de junio)

Los últimos reportes señalan que ISIS se financia con contribuciones de privados de países sunitas (Slate, 16 de junio), principalmente Arabia Saudita y Qatar, que se oponen a la rama shiita del islam: los actuales gobiernos en Siria e Iraq. En efecto, según el Primer Ministro Iraquí, Nouri al-Maliki, estos dos países activamente contribuyen directamente al financiamiento de milicias sunitas con el objetivo de debilitar a regímenes opuestos y ganar influencia regional (Reuters, 9 de marzo). Del mismo modo, Maliki ha acusado a ambos regímenes de hacer en Syria una guerra periférica a través de milicias vinculadas a al-Qaeda que hoy operan en ambos bordes de la frontera iraquí y siria.

El avance del radicalismo islámico en la región, mediante esta política de apoyo o dejar hacer, ha llevado a los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin a distanciarse de Qatar, retirando su embajador, dejando ver un quiebre entre los aliados sunitas en el Golfo.

La guerra en Siria y la batalla sectaria

La guerra en Siria ha sido el principal campo de batalla de las facciones sunies y shiitas. Arabia Saudita y Qatar han sido fuertemente apoyados por Estados Unidos y Turquía, en términos políticos y logísticos. Mientras Irán, la potencia regional shiita, ha recibido apoyo ruso ante los intentos norteamericanos de intervenir en Siria. EE.UU. desea satisfacer los deseos de dominación de sus aliados, con los cuales tiene lucrativas ventajas en recursos naturales (petróleo), y Rusia desea preservar el equilibrio regional y coartar la influencia norteamericana que podría complicar su influencia en Asia Central.

El apoyo norteamericano ha sido fuerte y constante. En enero de este año John McCain, representante republicano y ex candidato a la presidencia, apoyaba fervientemente los esfuerzos del ex jefe de inteligencia saudí, el príncipe Bandar bin Sultan, para apoyar a los combatientes anti-Assad en Siria – sin  mayor discriminación en quienes fuesen. McCain y la senadora Lindsay Graham se reunieron previamente en varias ocasiones para alentar a los saudíes a armar a las fuerzas rebeldes. (The Atlantic, 23 de junio).

Si bien, entre  los rebeldes sirios, el Ejército de Liberación Sirio (Free Syrian Army) ha recibido notoria atención desde el inicio de hostilidades, por ser el grupo más moderado de oposición, las dos facciones más exitosas han sido grupos islamistas extremos: Jabhat al-Busra y el Estado Islámico de Iraq y Siria. El notorio éxito territorial de este último sin duda se debe al enorme apoyo recibido de las potencias sunitas. Mientras Qatar ha apoyado principalmente a Jabhat al-Busra, ISIS es un proyecto saudita, según fuentes de inteligencia qataríes sugieren (The Atlantic, 23 de junio)

Arabia Saudita ha negado apoyar directamente al grupo extremista, aunque sólo hace poco tiempo puede observarse la redirección de la asistencia provista por el régimen hacia sectores moderados. Esto ha sido en parte bajo presión de Estados Unidos, quien junto con  Francia y Turquía han apoyado desde el inicio al débil Ejército de Liberación Siria  y,  ante el crecimiento de Jabhat al-Busra e ISIS, han buscado convencer a las potencias suníes de apoyar únicamente al Ejército de Liberación Sirio, con quien Occidente tiene sus mayores vínculos.

Sin embargo, el alzamiento del grupo extremista en Iraq fue tolerado por las agencias de inteligencia norteamericana y británica. La CIA y el MI6 ignoraron advertencias de inteligencia kurda del peligroso avance de ISIS en Iraq, así como el gran número de musulmanes nacidos en el extranjero que pelean con ISIS, hoy cerca de 4.000 –de aquellos 400-450 nacidos en Reino Unido. Del mismo modo se desecharon advertencias que una alianza entre ISIS y ex Baatistas, el grupo que concentraba el poder con Saddam Hussein, estaba pronta a concretarse y que atacarían Mosul y otras ciudades del norte de Iraq. Los Baatistas habían sido expulsados del gobierno por el primer pro-Cónsul norteamericano, Paul Bremer, ayudando a alimentar el descontento sunita (Slate, 16 de junio).

Desde principios de junio sucedió lo que la inteligencia kurda había temido, el avance rebelde en el norte del país y la pérdida de posesión del ejército iraquí (The Telegraph, 22 de junio). Así se alienó a otro actor que había apoyado fuertemente los esfuerzos de Occidente para brindar estabilidad en el país.  (RT, 23 de junio).

Internamente, muchos sunitas se han unido a las organizaciones extremistas en protesta por la falta de inclusividad del gobierno central ante las notorias divisiones sectarias, uno de los puntos bajos del gobierno del Premier Maliki.

La hesitación de EE.UU. a actuar, si bien proviene de la sorpresa del avance radical, también responde al deseo de que Maliki renuncie, de modo que se establezca un equilibrio de fuerzas en Iraq. En otras palabras, mayor influencia suní. Sin embargo, Maliki de seguro no renunciará ante las señales de apoyo externo a los beligerantes suníes y la presión norteamericana sobre la política iraquí.

La forzosa y necesaria cooperación EE.UU. - Irán

Si el fin de los estados sunitas era debilitar a los regímenes shiitas, el des-control sobre los grupos radicales (divididos e incluso enemistados) y la creciente importancia de Irán para traer estabilidad al conflicto sirio e iraquí han jugado claramente en contra de tal política exterior.

Hoy incluso se visualiza una fría cooperación entre Irán y Estados Unidos, al menos para contener la situación que amenaza la supervivencia del gobierno de Iraq (Wall Street Journal, 17 de junio). Situación que está lejos de complacer a saudíes o qataríes, sobre todo luego del exacerbado antagonismo regional como resultado del conflicto en Siria.

Expertos militares señalan que cualquier ataque aéreo de EE.UU. estaría limitado por falta de inteligencia en la superficie. Una ofensiva iraní, en contraste, involucraría fuerzas de infantería de élite que entrarían en combate directo con milicianos de ISIS, generando conocimiento detallado de las líneas de batalla (The Guardian, 17 de junio). Sin embargo el problema en EE.UU. es la odiosidad de sectores políticos, particularmente en el republicanismo, con Irán, y la lealtad con los aliados tradicionales saudíes y qataríes.

El dilema para EE.UU. es que intervenir en Iraq contradice la política de repliegue de escenarios bélicos en Medio Oriente y potencialmente puede dañar activos saudíes o qataríes en el país. Una inconsistencia que vendría a validar erróneas políticas desplegadas por EE.UU. desde la invasión, pasando por el periodo de ocupación hasta la forma del repliegue diseñado (y prometido) por Obama. No intervenir, implicaría ceder terreno a Irán, genuinamente preocupado por la situación en la frontera e interesado en avanzar estratégicamente como potencia shiita.

Por otra parte, la presión en el gobierno Iraquí parece un intento de alterar la política del gobierno shiita por influencia o por la fuerza. Lo primero, respecto a las declaraciones de autoridades norteamericanas que culpan el sectarismo del gobierno iraquí  como causa del avance de ISIS, insinuando la dimisión de Maliki. Por las malas, no brindando ayuda al gobierno iraquí y que ISIS haga caer el gobierno, provocando un cambio dramático en la dirección del país.

La historia parece repetirse para el apoyo de milicias externas para apoyar fines de política exterior. Cabe recordar el arme indiscriminado de los “enemigos de mi enemigo”, que sucedió en la década de 1980, cuando los muyahidín se beneficiaron de apoyo financiero y militar norteamericano durante la invasión soviética en Afganistán. Luego, en la década de 1990, algunos se radicalizaron y rebelaron contra Occidente mediante al-Qaeda y otras organizaciones. Hoy ISIS y otras milicias radicales lograron desarrollarse y crecer, por más de una década, gracias al apoyo de potencias sunitas del golfo, con la venia norteamericana, para convertirse hoy en una amenaza más radical e indomable.

PUBLICADO EN POLÍTICA INTERNACIONAL



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