Domingo 24 de Septiembre de 2017

La autonomía y las perspectivas de un Estado más allá de la nación en América Latina

Por: Alejandro de Coss Corzo - 18-02-2014

Introducción

En una entrega anterior (Ballotage, 2014) argumenté que el zapatismo puede ser comprendido como una materialización de la noción de praxis: es una síntesis de filosofía y acción que busca transformar a la sociedad. Lo hace, de forma fundamental, a través de una práctica de liberación que se refleja materialmente en la provisión de los elementos mínimos que permiten la existencia de una vida digna. Esta vida digna implica, sobre la base de la autosuficiencia alimentaria, la posibilidad para los zapatistas de definir en diálogo democrático y de forma autónoma sus formas de organización política y socioeconómica. Éstas, a su vez, responden a prácticas milenarias de resistencia, a visiones religiosas y espirituales sobre la realidad y la pobreza y a postulados teóricos y prácticos que emergen de la teoría crítica occidental.

Más allá de la síntesis histórica y geográfica que el zapatismo representa, su experiencia de autonomía y autodeterminación señala la existencia de procesos sociales, culturales y políticos más amplios. En este texto abordaré uno de ellos: la relación entre autonomía y Estado en el marco de la autodeterminación de los pueblos indígenas. En primer lugar, daré una breve introducción teórica a la problemática, haciendo énfasis en la construcción colonial del Estado-nación. En segundo lugar, me referiré a las experiencias concretas de creación de autonomías y el derecho a la autodeterminación de los pueblos originarios de América Latina, centrándome en los casos de los pueblos mayas del Sur de México y de los mapuches del Sur de Chile. Finalmente, daré algunas perspectivas teóricas y prácticas de las vías por las cuales el Estado latinoamericano podría ser refundado más allá de la nación. En este tema seguiré las importantísimas aportaciones de Boaventura de Sousa Santos (2010) y, por supuesto, las de los pueblos que forjan la historia.

El Estado-Nación: una herencia colonial

Aníbal Quijano argumenta, en su ensayo seminal La colonialidad del poder (2000), que las estructuras coloniales no persisten sólo en las prácticas económicas contemporáneas, sino que son un componente esencial de éstas y de las instituciones políticas, sociales, ideológicas y culturales que se asumen como garantes de una modernidad monolítica. Así, la modernidad, en su concepción y práctica acríticas y hegemónicas, cuenta con elementos de colonialidad en sus patrones de poder y dominación.

Desde la epistemología hasta la ética, el poder y la dominación es posible encontrar diversos componentes coloniales. En cuanto a la construcción del conocimiento, De Sousa (2009) ha argumentado que las prácticas de los pueblos originarios en, por ejemplo, medicina y sanación, fueron determinadas primitivas y por tanto inferiores a la práctica occidental de la ciencia. A la par, mediante procesos de acumulación por desposesión (Harvey, 2004), los conocimientos en los que la práctica se fundamentaba fueron incorporados a la práctica capitalista y al discurso de la modernidad científica. Así, las propiedades curativas de una planta dada se convirtieron en sujeto de patente [1]. Este proceso sigue expandiéndose hasta hoy (SubVersiones, 2013).

Estas prácticas de desposesión requieren de la institucionalización de la desigualdad y la normalización de la diferencia subalterna. Dicho de otra forma, la colonialidad del poder existe en no sólo en las prácticas económicas que explotan los recursos de quienes son negados como sujetos con derechos, sino también en las entidades políticas y jurídicas que les normalizan y promueven y en las ideologías que les justifican y orientan. De ellas, la más notable en América Latina es el Estado-nación. Fundado a imagen y semejanza del europeo, reprodujo de forma velada las desigualdades del periodo colonial (Quijano, 2000). El mismo concepto que le define implica ya la relación colonial. La idea de una sola nación como componente identitario y cultural del Estado, al ser parte central del proyecto independentista primero, y modernizador después, negó la posibilidad de la existencia del Otro. Esta estructura normalizó el colonialismo interno (González Casanova, 2003). En la práctica, ello implica la profundización y continuación de los procesos de dominación sociocultural y explotación económica organizadas en torno a la etnicidad, transformada en raza naturalmente inferior.

Así, la identidad mexicana (por ejemplo), el componente “nación” del Estado, se construyó en torno a identidades disímbolas y contradictorias, en un acto de alquimia ideológica. Sin poder agotar aquí la complejidad del tema, vale señalar dos ejemplos que ilustran bien el problema:

  1. La identidad indígena: la narrativa oficial, sostenida desde la independencia y fortalecida con el estado posrevolucionario, le construyó en torno a principalmente dos figuras: la primera, la primacía de lo azteca y maya como culturas originarias superiores e imágenes idealizadas de lo indígena; la segunda, la cultura indígena existente como moribunda y primitiva. Los mayas y aztecas, exterminados, fueron la cúspide de lo indígena. Lo que hoy existe no es sino atraso y remanente.
  2. La mexicaneidad: supuesta amalgama de las culturas que componían a México, fue la identidad nacional construida con ahínco después de la revolución mexicana. El charro a caballo, el mariachi, el tequila y tantos otros clichés provienen de mestizajes particulares que no son generales ni comunes para el país. Esta visión continúa alimentando imaginarios colectivos tanto en México como fuera del país.

En breve: la identificación del Estado con una única nación forzosamente implica la negación de identidades subalternas, que quedan relegadas a la condición folclórica de indígenas o a la humillante de pinches indios. Al mismo tiempo, el Estado-nación es la primacía de los idearios europeos de modernidad, progreso y desarrollo. Éstos han sido, así, guía de acción para Latinoamérica, hoy sumida en la desigualdad y en la persistencia de las estructurales coloniales que normalizan la miseria de unos y la opulencia de otros.

Reclamando el derecho a la identidad y la autodeterminación: experiencias desde el Sur de América

Es necesario aquí hacer una primera aclaración: una visión del Estado poscolonial y desde lo subalterno no puede proveer fórmulas fijas. Así, las prácticas colectivas que hoy reclaman derechos a la libre determinación desde la identidad y materialidad de la vida de los pueblos originarios no pueden ser ordenadas de forma jerárquica. La postura del académico o intelectual que les acompaña no puede ser sino de retaguardia (De Sousa, 2010). No se trata ya de decirles a los pueblos cuál es la ruta a tomar, sino de seguir la que ya han elegido, siendo críticos tan férreos como solidarios. En esta solidaridad media una elección ética: la de defender la vida digna por encima de un sistema que trafica con muerte (Dussel, 1998).

A continuación describiré de forma breve y somera las demandas y prácticas autonómicas de los pueblos mayas agrupados bajo el zapatismo y de los pueblos mapuches del Sur de Chile. Mi objetivo es mostrar la confluencia en la búsqueda de espacios de autodeterminación y de construcción de un Estado plurinacional. Concluiré refiriéndome a las perspectivas de este segundo proceso, siguiendo a los pueblos que practican la transformación social y a los pensadores que les siguen y critican.

El zapatismo: autonomía para la vida

Como he mencionado anteriormente (Ballotage, 2014), el zapatismo difiere de otros movimientos subversivos en el mundo en lo referente a la búsqueda del poder. En lugar de pretender tomar el Estado para transformar la sociedad, busca transformar las prácticas sociales para cambiar la naturaleza misma del poder y, por lo tanto, la estructura del Estado. De esta forma, no es sólo una rebelión armada o un movimiento de resistencia de los pueblos mayas del sureste mexicano. Es, ante todo, una propuesta que critica desde la práctica los elementos coloniales que subsisten en las estructuras modernas del poder, institucionalizadas en el Estado-nación y en la homogeneización de las prácticas culturales y  en la ideología.

El zapatismo no busca escindirse de México: no es un movimiento separatista. Busca redefinir su relación con el Estado mexicano y, en ese proceso, reformular las estructuras que dan forma al Estado en sí. En los Acuerdos de San Andrés Sakamch’en, que sintetizan las demandas zapatistas, se pueden encontrar partes centrales de esta redefinición. En concreto, la propuesta de ley que de ahí emergió dota de autonomía a los pueblos indígenas, estableciendo su derecho a la libre determinación. Ello da a los pueblos la libertad de decidir las prioridades para su desarrollo, siendo consultados en relación a temas que podrían afectarles. Todo ello está plasmado en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La materialización de los acuerdos, aun hoy demanda de los pueblos indígenas de México, significa repensar la relación de los pueblos con el territorio, la posibilidad de explotación de estos y la forma de tomar decisiones en la búsqueda de una democracia participativa, como la que en los territorios zapatistas ya se está construyendo.

Sin embargo, la experiencia zapatista no es generalizable al resto de México. En todo el país los recursos que se encuentran en los territorios de los pueblos indígenas están siendo explotados sin mediar consultas, contraviniendo el Convenio 169 de la OIT. A menudo, estos territorios son las últimas grandes reservas de recursos naturales, muy atractivas para los intereses capitalistas. Los pueblos son desposeídos con el fin de mantener el ciclo de acumulación andando. En la costa de Oaxaca, es la construcción de miles de aerogeneradores de energía eléctrica; en Michoacán, es el desarrollo de enormes complejos mineros; en Sonora, es el desvío de recursos acuíferos para abastecer ciudades y desecar pueblos. En todos los casos se modifica el ambiente, se alteran prácticas milenarias de vida, se privatizan los recursos y, en última instancia, se continúa con el largo proceso de desaparición de la otredad en el marco de una modernidad hegemónica, institucionalizada en el Estado-nación.

Los pueblos mapuches: la lucha por el reconocimiento y la autodeterminación

La constante zozobra en el Sur chileno no puede ser interpretada sin considerar la historia de la nación mapuche y la centenaria lucha por su autodeterminación y reconocimiento. Tras resistir los embates de los colonizadores ibéricos, fue al fin régimen del Estado-nación independiente el que logró, parcialmente, dominarles. Esta dominación fue, al igual que en México, institucionalizada y normalizada. En Chile, “lo jurídico ha consolidado la existencia de un modelo de sociedad y de una forma de Estado hegemónica, homogénea y uniforme, generando entre la nación dominante y las naciones indígenas una relación político jurídica de similares características.” (Cayuqueo, 1999). La ley sancionó el sometimiento mapuche al tiempo que ha buscado asimilarlos e integrarlos históricamente, reduciéndolos a una diferencia residual que está en el camino de la modernidad.

La historia mapuche difiere profundamente de la zapatista. Los pueblos mayas fueron subsumidos por la Colonia. Algunos fueron perseguidos hasta la erradicación, otros se refugiaron en los Altos y la selva, muchos más fueron asimilados culturalmente. Los mapuches, en cambio, se mantuvieron como una nación soberana, terriblemente incómoda, a lo largo de la historia (Cayuqueo, 2014). Fue hasta 1888 cuando, “pacificados”, fueron confinados a espacios reducidos y entonces perseguidos por políticas de homogeneización cultural bajo la idea de “un Estado, una nación” y por abiertas tácticas de represión, persecución y desplazamiento (Stuchlik, 1985).

La abundancia de recursos naturales, al igual que en el caso mexicano, ha sido un poderoso imán para empresas transnacionales. Interesadas en explotar los recursos hídricos y forestales, entre otros, han sido aliados cercanos de los gobiernos chilenos contemporáneos en la búsqueda de una modernidad que no puede jamás, bajo esta lógica, desprenderse de su colonialidad. Ello es patente en la concepción del territorio como recurso explotable y dispensable, que contraviene las cosmovisiones originarias que le ven como un sujeto simbiótico. La apropiación del territorio requiere e implica la desaparición de modos de practicar y concebir relaciones distintas entre colectividades humanas, tierras y recursos.

Apuntes para la refundación del Estado en América Latina

De ninguna forma este breve texto ha sido exhaustivo. Los dos casos que he mencionado son de enorme complejidad y no podrían ser aquí agotados. Además, hay muchísimos otros procesos de resistencia y búsqueda de autodeterminación en la región que no han sido mencionados. A pesar de ello, es posible señalar la existencia de demandas comunes, fundamentadas en la ruptura de la relación colonial y, por tanto, en una crítica profunda a la modernidad como proceso e idea.

Las demandas de autonomía y libre determinación implican repensar varios procesos que son consustanciales al Estado-nación liberal moderno. La primera, la ruptura del mismo binomio que le nombra. La cuestión es pasar de un Estado nacional a uno plurinacional. Bolivia ha tomado ya esa dirección, no sin conflictos propios que merecen ser explorados. Esto implica reconocer y fomentar el desarrollo libre de los pueblos originarios, redefiniendo los conceptos y prácticas de democracia y ciudadanía (De Sousa, 2010).

En segundo lugar, la libre determinación puede plantear alternativas realmente existentes al modelo económico imperante cuando se empata con cosmovisiones vivas que, desde la historia, el diálogo y la pluralidad, construyen prácticas y discursos alternativos frente a la explotación de los recursos y el trabajo. Este punto es sin duda conflictivo, pues no es sólo un sistema capitalista abstracto al que se contrapone, sino a los intereses reales de comunidades amplias que trascienden a la clase capitalista. Es decir, el cuestionamiento que hace la libre determinación de los pueblos originarios a la colonialidad del poder y a las estructuras económicas dominantes rompe con su normalidad institucionalizada. Obliga, por tanto, al diálogo horizontal y abierto sobre las alternativas para un futuro equitativo, creado en común.

Sin embargo, los pueblos no son entes estáticos. Son estructuras vivas, compuestas de individualidades en diálogo y conflicto. Hay múltiples procesos que les transforman. Entre ellos destaca, en América Latina, la migración. La pobreza, la persecución y la seducción de las grandes ciudades influyen en este proceso de movilidad. Las identidades de los individuos que se reconocen como indígenas cambian históricamente. La migración rural-urbana, acompañada del componente indígena, plantea cuestiones interesantes para el desarrollo local, la democracia urbana y el Derecho a la Ciudad. Éste será el tema que aborde en la próxima entrega.

Nota al pie

  • [1] El tema de las patentes en medicamentos es de suma complejidad. Sin duda, muchos de los avances científicos, ligados a las concepciones modernas de conocimiento y desarrollo, hoy benefician a amplias capas de la población. En muchos casos, lo hacen de acuerdo a lógicas de distribución que no representan ganancias sustanciales para empresas capitalistas. Tal es el caso de los medicamentos genéricos. Sin embargo, es importante notar que tratados comerciales de “última generación”, como el Acuerdo Transpacífico (TPP), buscan reinsertar estos medicamentos al control de la propiedad intelectual y a la posibilidad de beneficios mayores, obtenidos a través del control sobre la producción que esto implica.

Referencias

  • Cayuqueo, Pedro (1999) La autodeterminación mapuche en el marco de un Estado multinacional. Ponencia presentada en el Foro “Estado y Pueblo Mapuche: Derecho Indígena, Territorio, Autonomía” en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago, Chile.
  • De Sousa, Boaventura (2009) Una Epistemología del Sur. La reinvención del Conocimiento y la Emancipación Social. Buenos Aires: Siglo XXI/CLACSO
  • De Sousa, Boaventura (2010) Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una Epistemología del Sur. Lima: Instituto Internacional de Derecho y Sociedad
  • Dussel, Enrique (1998) Ética de la Liberación en la edad de la Globalización y la Exclusión. Madrid: Editorial Trotta
  • Harvey, David (2004) The ‘New’ Imperialism: Accumulation by Dispossession. Socialist Register, 40
  • González Casanova, Pablo (2003) Colonialismo interno (una redefinición). Rebeldía, 12
  • Quijano, Aníbal (2000) The coloniality of power. Nepanlta: Views from the South, 3
  • Stuchlik, Milan (1985) Las políticas indígenas en Chile y la imagen de los mapuches. Cultura, hombre, sociedad, 2:2


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