Sabado 16 de Diciembre de 2017

La bomba, el miedo y el interés

Por: Editorial - 12-09-2014

La detonación de una bomba del metro Escuela Militar, el pasado lunes 8, más que afectar el rumbo del gobierno, como rápidamente pretendían algunos, ha revelado las pasiones y paranoias más febriles en un contexto completamente incoherente con la realidad. Lo más preocupante es que, al parecer, muchos ruegan que una crisis suceda prontamente, sea política o económica (recordemos los mal intencionados pronósticos de recesión), para que el gobierno desvíe su camino o se hagan realidad las apocalípticas “advertencias” hechas desde la derecha durante la campaña presidencial pasada.

Probablemente la analogía más escuchada y febril sea el equiparar el gobierno de Bachelet y sus reformas con el gobierno de Allende. Obviamente, hoy el escenario es radicalmente distinto – asunto que no haría falta recalcarlo si el sentido común fuese tan común –. Sin embargo, hay quienes no cesan de defender mezquinas ventajas mediante declaraciones absurdas, como el presidente de La Polar – la misma multitienda que estafó a sus clientes con renegociaciones unilaterales de deuda – quién hace unos días declaró que las reformas planeadas por el Ejecutivo tienen “un tinte a UP” y no se extrañaría que resurgiese “Patria y Libertad”, la agrupación de ultraderecha que planeó varios atentados durante el gobierno de Salvador Allende, entre los que se encuentra el asesinato del comandante en jefe del Ejército René Schneider, y ayudó en su caída. En ese contexto el miedo se ha ido sembrando mucho antes del “bombazo”.

Hoy no existe polarización política ni de la opinión pública ni de los partidos políticos. Los polarizados parecen provenir de un pequeño grupo de trasnochados que han surgido vociferantes luego del atentado explosivo de Escuela Militar, claramente molestos desde hace tiempo por las iniciativas gubernamentales de tinte progresista. Es lamentable observar que varios todavía disfrutan de la impunidad de declaraciones abiertamente fascistas y odiosas, legisladores o comentaristas de redes sociales por igual. Declaraciones que la transición se encargó de tolerar y no de condenar, y que en otro país serían foco de críticas transversales.

¿Inestabilidad, dónde? El Partido Comunista hoy comparte coalición con la Democracia Cristiana, y hace más de 14 años existe una coalición de centro izquierda que reúne a socialistas con democratacristianos. En la derecha, los dos partidos siguen vinculados pero el desgaste es notorio a lo largo de los años y ante el hecho de haber perdido el único gobierno en 20 años de democracia. Se han desarrollado  escisiones, notablemente desde RN, contra un estilo de política que se asemeja demasiado a su compañero de la derecha. Más aún, si alguna vez RN se quiso auto-denominar liberal, esa aspiración está hoy más sepultada que nunca.

En ese contexto partidario, se podría sugerir que el carácter estático de las coaliciones ha permitido la erosión interna de algunos partidos, generando pérdida de identidad y dinamismo programático. En consecuencia, se percibe, más bien un ambiente político demasiado estático.  

Mientras tanto, en el gobierno ha existido algo de hesitación política y falta de habilidad comunicacional al introducir las emblemáticas reformas al proceso legislativo. Manejar una coalición más grande que en otros periodos ha complicado las negociaciones, tanto a la izquierda como a la derecha, alterando la ecuación a la que se han enfrentado otros gobiernos de la Concertación. Lo anterior, sumado a una campaña de miedo desde la derecha y parte del empresariado sobre los efectos de la reforma tributaria y educacional, sin duda ha sembrado un clima de incertidumbre sobre el contenido de las medidas y sus efectos potenciales.

Económicamente, el país, abierto al mundo, avanza relativamente bien en las aguas de la globalización. La desaceleración actual se explica en gran parte por fenómenos externos. La apertura de mercados de bienes y servicios (financieros, en particular), ha significado beneficios, pero los riesgos acechan. Chile, junto con otros países emergentes, se benefició de más de una década de crecimiento sostenido que para el conjunto de los mercados emergentes, según el FMI, fue 4.5% en promedio entre 2000-2012. Pero esa época ha terminado.

Si bien China impulsó gran parte del crecimiento del comercio internacional que afecta directamente a nuestro país, hoy esto es menos acentuado debido a su actual desaceleración. Ésta se debe, principalmente, al cambio de política económica desde el crecimiento basado en la demanda externa a la demanda interna (se estima que  el gigante asiático crecerá alrededor del 7% este año, lejos de los dos dígitos de años pasados). Esto también ha impactado el precio de los commodities, incluyendo el cobre. De modo más relevante, luego del masivo fortalecimiento del financiamiento interno en EE.UU. y el Reino Unido – mediante la flexibilización cuantitativa (QE en inglés), para relanzar las economías desde el 2011 – el capital abundó en los mercados emergentes, recalentando varias economías, provocando alzas en las tasas de interés y obligando a establecer mecanismos de control de capitales. Hoy el escenario es justamente el opuesto: el financiamiento externo es más escaso y los países emergentes bajan sus tasas para hacer frente a la disminución de QE y una eventual alza de tasas de interés en Estados Unidos.

Las reformas de Bachelet a lo más han preocupado a inversores de corto plazo, buscando diferenciales impositivos o inversiones en negocios como la educación.  Desde el Banco Mundial al  FMI ha existido apoyo por reformas estructurales que permitan a largo plazo aumentar la productividad, recalcando que en educación estas son más que necesarias.

Y a pesar de lo anterior, algunos han tratado de interpretar la actual desaceleración como consecuencia del plan de gobierno de Bachelet, aun cuando ésta comenzó el 2012 durante el gobierno de Piñera. Del mismo modo, otros, más odiosamente, han anticipado una “recesión”,  contribuyendo así a bajar las expectativas de los actores del mercado. Sin embargo, el último IMACEC de Julio de 0,9%, respecto a doce meses, sorprendió a quienes esperaban un crecimiento bastante más bajo en concordancia con el pesimismo infundido notoriamente desde economistas y comentaristas de derecha.

Este miedo insuflado ante el futuro económico, pues no es más que eso, nos lleva a la pregunta  ¿cuánto se perdería en potencial productividad o consumo en estos meses fruto de la planificación de inversiones basada en escenarios negativos que se han sugerido a lo largo del año? (en particular para empresas nacionales, si estimamos que las multinacionales se basan en pronósticos de consultoras externas). Varios economistas atribuyen correctamente esas expectativas negativas al actual clima político, mas lo peor es que tales intentos podrían bien convertirse en profecías auto-cumplidas.

En estos días la palabra “miedo” ha resonado en declaraciones públicas y, notoriamente, en el periódico vespertino La Segunda, inescrupulosamente buscando causar inseguridad e incertidumbre. Para instalar el miedo no es necesario colocar una bomba ni amenazar; un aspecto fundamental está en cómo se percibe el hecho que causa impacto, como lo interpretan los medios y líderes de opinión. Por suerte, a pesar de esta amplificación del terror y varias intervenciones policiales en estaciones de metro, la agitación está lejos de cundir en la población.

Otros países han sufrido atentados de mucha mayor envergadura atribuidos a poderosas redes transnacionales, y han sido amenazados públicamente con eventuales nuevos ataques. A fines de agosto el Reino Unido incrementó su nivel de amenaza terrorista a “severo” ante los acontecimientos en Siria y las amenazas de ISIS. Aún en ese contexto es difícil encontrar algún diario respetable que siembre el miedo abiertamente. Menos aún, los gobiernos en aquél país y en el continente europeo han dejado de lado sus quehaceres políticos y económicos, como implantación de reformas estructurales y estímulos económicos, para poner el terrorismo en primer lugar. En nuestro país, se trata de un atentado pequeño (lamentablemente con heridos), muy lejos de la magnitud de cualquier ataque terrorista reciente, sin ningún responsable identificado.

Ciertamente, la falta de sospechosos ha incrementado la facilidad con la que se especula respecto a esta “amenaza” terrorista. El miedo infundido de ese modo logra exactamente el mismo efecto que organizaciones terroristas como ISIS o Al-Qaeda han buscado en otros países: generar intranquilidad y no dejar vivir en paz a los ciudadanos de los países que amenazan, dando lugar a una nueva agenda que en algunas partes se ha vuelto xenófoba o ha restringido libertades substancialmente. Si otros, con problemas aún más grandes, han sabido convivir con amenazas mucho más ciertas e identificables que la nuestra, ¿qué nos impide a nosotros desechar las vociferaciones de los clérigos del miedo?

Es clave identificar el motivo de los perpetradores del ataque, pero también hay que prestar atención a quienes aprovechan de la desgracia para movilizar sigilosamente sus intereses.



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