Martes 25 de Julio de 2017

La crisis brasileña: el nuevo fracaso del país del futuro

Por: Pablo A. Valenzuela - 21-09-2016

En junio de 1940 el escritor judío-austriaco Stefan Zweig se radicó en Brasil huyendo del nazismo que avanzaba sobre Europa. Allí escribió la obra “Brasil, país del futuro”, publicado en 1941, seis meses antes que el escritor se suicidara el 23 de febrero de 1942 en la ciudad de Petrópolis. El ensayo se transformó en una especie de profecía para el porvenir de Brasil. Años antes, en la década de los 30, Zweig ya había estado en Brasil y había conocido también Argentina. La convulsión política argentina, que había transformado a Buenos Aires en un hervidero de debates en torno al fascismo europeo que se instalaba en Italia, Alemania y avanzaba sobre España dañaron la percepción que el escritor tenía de ese país (La Nación, 2012). Llegado el momento de la huida definitiva de Europa, cuando Francia caía ante los nazis, su destino fue Brasil, que desde el primer momento lo había deslumbrado: un crisol de razas diversas, que terminó idealizado en su obra como el país del futuro.

El fin del boom económico

El año 2001 Goldman Sachs publicó un informe en el que señalaba que los mercados emergentes que dominaría la economía global en el futuro serían Brasil, Rusia, India y China. Nacía así el concepto de BRIC, al que luego se sumaría Sudáfrica. Se reeditaba así la permanente promesa brasileña sobre su prominencia en el futuro del mundo, que lo llevó a involucrarse directamente en la II Guerra Mundial –y aun así quedar excluido del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

El economista Ricardo Amorim (2016) señala que el concepto de BRIC esconde grandes desequilibrios. Por un lado, China e India son países que han emergido a la economía global en las décadas recientes, con un gran potencial de crecimiento en el futuro, transformándose en responsables por las mayores transformaciones de la economía mundial. Brasil y Rusia, en cambio, son solo beneficiarios del crecimiento de China e India, proveyéndoles de alimentos, combustibles y energía en un contexto de acelerada industrialización y urbanización.

Los efectos del boom económico del cual se benefició Brasil son notorios no solo por las políticas que se adoptaron durante el primer gobierno de Lula Da Silva, sino además por el plan de estabilización lanzado en la segunda mitad de los 90 durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Desde el año 2005 el PIB de Brasil empezó a crecer exponencialmente y se desacopló de las otras economías importantes de América Latina: Argentina y México. En 1980 el PIB de Brasil equivalía al 60,8% del PIB de Argentina y al 64,9% del PIB de México, siendo aún un país económicamente atrasado en el contexto regional. Diez años después la economía brasileña ya había superado ampliamente a Argentina y México. En 1990 el PIB de Brasil casi triplicaba al de Argentina y era un 59% superior al de México.

El año 2000 el PIB brasileño era equivalente al 96% del PIB de México y casi doblaba al argentino, superándolo en un 92%. Cuando se inició el ciclo favorable de las materias primas a mediados de la década del 2000 el PIB de Brasil era 4 veces el PIB de Argentina y superaba levemente, por un 2%, al PIB mexicano. Desde ese año y hasta el 2012, Brasil consolidó una posición económica muy favorable a nivel latinoamericano. Desde el 2010 el PIB brasileño duplicó al de México y casi era 5 veces mayor al de Argentina. Sin embargo, a medida que el impulso de las materias primas se agotaba, el panorama de Brasil empezó a decaer. El año 2015 según los datos de octubre de ese año del IMF World Economic Outlook, la economía brasileña es apenas 3 veces más grande que la de Argentina –que vive su propio proceso de estancamiento– y supera a México por un 54%. Se proyecta que para este año 2016 la situación sea aún peor y la economía de Brasil supere a México solo en un 40% y la proporción respecto de Argentina también se reduzca, a pesar del lento crecimiento que se proyecta la economía trasandina.

Fuente: Elaboración a partir de datos de IMF World Economic Outlook octubre 2015.

El deterioro económico de Brasil respecto de las otras dos economías principales de la región ha llevado también a que su posición relativa a nivel latinoamericano se vea mermada.

Desde el año 2001 la economía de Brasil empezó rápidamente a ocupar una porción mayor de la economía latinoamericana. Ese año el PIB de Brasil equivalía al 26% del PIB de la región, mientras que en el año 2011 equivalía al 43,8% del PIB de toda América Latina. Sin embargo, a partir de entonces, esta ratio ha empezado a decaer y en 2014 el tamaño de la economía brasileña equivalía al 37,5% del PIB regional.

El hecho es que la economía brasileña se encuentra hoy en una posición relativa similar a la del año 2008 y 1998, y con perspectivas muy desmejoradas para los años venideros. La variación de la inflación en los últimos 12 meses en mayo de 2016 alcanzó un 9,32%, indicador que ha venido lentamente desacelerándose como resultado de la menor actividad económica del país, con una proyección de 6,9% en 2016, 4,7% en 2017 y 4,2 en el segundo trimestre de 2018; la tasa de interés ha alcanzado el 14,25% y el real se devaluó un 48,3% durante 2015.

Un punto débil en la estructura económica brasileña que ya venía presente en la agenda política desde la primera campaña electoral de Dilma Rousseff, es la enorme carencia de infraestructura, especialmente puertos de aguas profundas, carreteras, ferrocarriles y energía (La Nación, 2013). Esta situación encarece los costos logísticos del país y daña la competitividad de los productos brasileños, generando un cuello de botella para el desarrollo. A los problemas de infraestructura se suman los costos que genera la compleja estructura burocrática y tributaria brasileña, lo cual actúa como un incentivo a la corrupción.

La destitución de Rousseff y el chivo expiatorio del PT

El Partido de los Trabajadores se transformó a principios de los 2000 en una promesa renovada para la izquierda latinoamericana. El triunfo de Lula sitúo al partido entre el discurso clásico de los partidos de izquierda de la región (especialmente aquellos que se inspiran en Fidel Castro, el Che Guevara o, más recientemente, Hugo Chávez) y aquellos partidos de izquierda renovada, que se entendían cómodamente con sus pares europeos del PSOE de Felipe González o el New Labour de Tony Blair, como Ricardo Lagos y el mismo Fernando Henrique Cardoso. Una socialdemocracia con estilo latinoamericano nacida de las ruinas de esa izquierda que había sido arrinconada por las dictaduras militares.

La posición política y económica que fue ganando Brasil tanto a nivel latinoamericano como en el contexto de los países emergentes fue notoria. Brasil empezó a articular un discurso que aunó las expectativas que los países en desarrollo tienen hacia el sistema financiero y político internacional. Brasil ha liderado la posición de los países emergentes en torno a la liberalización de los mercados agrícolas en el marco de la OMC y los perjuicios que para las naciones del sur generan los ingentes subsidios que entregan los países industriales a su agricultura; promovió la creación de un consejo de defensa sudamericano y de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR); además, se ha vinculado con países africanos generando canales de cooperación sur-sur, especialmente con las antiguas colonias portuguesas de África. En fin, durante varios años Brasil quiso liderar un proceso de reorganización no solo económica, sino también política en el sistema internacional, partiendo desde la histórica demanda por reformar el consejo de seguridad de naciones unidas, hasta formas más novedosas de organizar a los países en desarrollo.

Pero las aspiraciones globales de Brasil se fueron debilitando y si bien gran parte de la culpa de este deterioro relativo lo tiene la situación económica ralentizada del país, no se debe exculpar al caos político que dio como resultado suspensión y posterior destitución de Dilma Rousseff de la presidencia. Irónicamente los principales cargos que pesan sobre Rousseff y que la condujeron al juicio político no son por corrupción, por enriquecimiento ilícito o por apropiación de fondos públicos, sino que se trata de maniobras para maquillar el abultado déficit fiscal del país, dando así la impresión que la situación de las cuentas públicas era más saludable.

De este modo, la acusación contra Rousseff permitió poner en un plano equivalente acusaciones de todo tipo sobre la mala gestión del PT, lo cual arrastró al país a la actual crisis económica y política. La destitución de Rousseff no resuelve nada en un país agobiado por la corrupción, la crisis económica y la debilidad de las instituciones políticas. Su salida es solo un chivo expiatorio momentáneo y contraproducente, pues desvió la discusión política brasileña de problemas estructurales más profundos que seguramente volverán a aflorar.

Dicho de otro modo, la destitución de la Presidenta Dilma Rousseff fue una fusible que permitió quitar algo de presión a un sistema muy tensionado, pero que no garantiza que la nueva configuración política, con Michel Temer a la cabeza, resuelva los problemas económicos y de corrupción que aquejan al país. Sin ir más lejos, el propio Eduardo Cunha, promotor de la acusación contra Rousseff perdió su escaño hace pocas semanas por cargos de corrupción.

Por el contrario, un audio revelado antes de la suspensión de Rousseff ocurrida en mayo de este año, entre el ministro de planeación Romero Jucá y el ex presidente de Transpetro (la rama de transporte de Petrobrás) Sergio Machado, revelaría que la destitución de la presidenta sería una estrategia para formar un pacto nacional entre una gran coalición de políticos que buscan protegerse a sí mismo de la madeja de corrupción. Rousseff no habría estado dispuesta a defenderlos ni a protegerlos, por lo que aprovechando la debilidad del gobierno y refugiados en un resquicio legal, la apartaron del gobierno federal (Folha Sao Paulo, abril 2016).

La política brasileña: riña de gatos

La política en Brasil históricamente ha sido una confusa riña de gatos. Con un sistema de partidos extremadamente débil, con partidos de corta duración y poco enraizamiento en la sociedad. El proceso de institucionalización partidaria del sistema brasileño ha tenido rupturas notables después del inicio de la política de masas en Brasil, hacia 1945. Eso ha generado un legado de partidos heterogéneos, débiles, con bajos niveles de lealtad y disciplina partidaria y poco reconocimiento a nivel social.

Solo como ejemplo, en 1965 y en 1979 la dictadura disolvió los partidos existentes y permitiendo la creación de partidos nuevos. Al hacer esto interrumpió la sedimentación de las identidades partidarias que constituyen un factor clave de la institucionalización de un sistema de partidos (Mainwaring, 1996: 300). Con el triunfo del PT y su consolidación como partido de gobierno, el sistema de partidos brasileño pareció iniciar un camino más claro de institucionalización. Asimismo hubo intentos por regular el fenómeno del transfuguismo político [1] que distorsiona los resultados de las elecciones y que es fruto de los bajos niveles de disciplina y lealtad partidaria.

El congreso brasileño es una panoplia de partidos heterogénos y debilmente cohesionados. El quiebre entre los dos partidos principales de la coalición que servía de soporte al gobierno de Rousseff: El PT de la destituida presidenta y el PMDB del actual mandatario Michel Temer, solo es una muestra de lo fluido del sistema. Temer conspiró abiertamente para que la Presidenta fuese destituida y pudiera él asumir el cargo, a la vez que intentaba formar una nueva coalición. Claramente en un sistema de partidos institucionalizado el vicepresidente no hubiese iniciado la ruptura de la coalición presidencial.

Temer no goza de apoyo popular y el proceso de impeachment ha dado lugar a la polarización de la sociedad brasileña entre quienes apoyan a la expresidenta Rousseff y quienes no lo hacen. La presidencia de Temer no está sustentada en la legitimidad electoral ni el movimiento de masas. El rechazo llega al 68%, similar al que tenía la presidenta Rouseff en diciembre de 2015, antes que se iniciara formalmente el proceso de impeachment (BBC, agosto 2016).

No todo está perdido en el país del futuro

Claramente esta no será la última crisis política de importancia que sufra Brasil. El proceso de democratización tiene muchos obstáculos y es responsabilidad de cada sociedad encontrar las formas de resolver los dilemas que la política genera. Ya a principios de los 90 Brasil vivió el trauma de la renuncia y destitución de un presidente y años después se inició un plan de estabilización que permitió aprovechar gran parte del ciclo favorables de las materias primas y desarrollar muchas de las políticas sociales que permitieron que millones de brasileños saliesen de la pobreza durante los año del PT, especialmente en los gobiernos de Lula Da Silva.

La movilización social contra la corrupción –más relevantes que aquellas a favor o en contra de Rousseff– y las investigaciones que se están haciendo puede derivar en una mirada menos tolerante a la corrupción en un país que tiene historial de este fenómeno. Dejar de tolerar la corrupción es el primer paso para movilizar esfuerzos en instituciones que la eviten y la prevengan.

Adicionalmente, Brasil tiene un potencial económico de gran alcance. No solo es el país con la industria más avanzada de América Latina, exportador de trenes (en Sao Paulo hay una planta de Alstom) y de aviones (Embraer es la tercera compañía aeronáutica detrás de Boeing y Airbus). Tambén tiene un potencial agroalimentario enorme. Es el mayor exportador de café, azúcar, carne bovina y avícola, jugo de naranja y tabaco. Es el segundo exportador de soja, el tercero de cacao y algodón y el cuarto en carne de cerdo. Las dos empresas del sector alimentario más valiosas del mundo son brasileñas: JBS Friboi y Brasil Foods. Finalmente, dispone de la mayor cantidad de tierra arable aún no cultivada, llegando a cerca de 350 millones de hectáreas (Amorim, 2016: 59-60). La tecnificación de la industria agrícola podría transformar a Brasil en el granero del mundo, y con las grandes economías emergentes –China e India– en un rápido proceso de urbanización, cada vez requerirán una mayor importación de alimentos.

Más difícil parece el cambio en el sistema de partidos, que es resultado de legados más que centenarios. En el futuro, como lo ha sido en el pasado, este obstáculo será probablemente el más difícil de resolver para Brasil. Mientras tanto, seguirá siendo el país del futuro.

Notas al pie

  • [1] El transfuguismo político es la estrategia mediante la cual un congresista electo por un partido se cambia a otro partido durante la legislatura, haciendo que las mayorías parlamentarias varían sin que medien elecciones.

Bibliografía

  • Amorim, R. (2016). Depois da tesmpestade. Sao Paulo: Prata Editora.
  • Mainwaring, S. (1996). Brasil: partidos débiles, democracia indolente. En S. Mainwaring, & T. Scully, La construcción de instituciones democráticas: Partidos y sistemas de partidos (págs. 289-325). Santiago: CIEPLAN.


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