Viernes 28 de Abril de 2017

La era del charlatán

Por: Editorial - 28-08-2016

Los protagonistas de los dos terremotos políticos más relevantes de la década: Donald Trump y Nigel Farage, Michael Gove y Boris Johnson, en común tienen haber convertido a la mentira en elemento central de la persuasión política. Nadie duda que Trump miente a diario, ni que la campaña del Brexit se basó en un conjunto de mentiras respecto a la relación del Reino Unido con la Unión Europea (The New York Times, julio 2016)

Si bien la mentira siempre ha sido parte de la actividad política, principalmente destinada a adornar un discurso y/o política, hoy es un instrumento primordial para la persuasión. La mentira es el centro del mensaje político, fundamentada en un diagnóstico distorsionado y en propuestas programáticas irreales ( The Guardian, agosto 2016) tales como el muro con México o los 350 millones de libras destinados semanalmente la UE que el Ukip prometió iban a ser destinados a fortalecer el National Health Service (NHS) y que no los serán.

Hoy la realidad y los hechos resultan incómodos, de ahí que se les desechen para generar constructos falsos que hacen sintonía con una agenda particular. Tal fue la tónica de la campaña del Brexit y ha sido en la de Trump. En ambos casos el diagnóstico falso de la situación económica y causas de exclusión y desigualdad han servido para incrementar el apoyo a ambas campañas (el inmigrante polaco, los musulmanes, la UE, etc.)

La emergencia del demagogo ha estado acompañada de frecuentes ataques al experto, aquel cuya tarea es identificar hechos y patrones y proponer soluciones basadas en una disciplina profesional en particular. El tecnócrata que reinó libremente durante los 1990s hoy es visto como desconectado con la democracia y, por tanto, de lo que la “gente quiere”, volviéndose presa fácil del populista.

El “Make America Great Again” refleja bastante bien ese deseo de Trump de sembrar la imagen de que todo está mal y que Estados Unidos es un país que ha caído en desgracia. Efectivamente en el país del norte hay muchos ciudadanos a los cuales el sistema económico no beneficia  ( The Atlantic, septiembre 2016) De hecho es el país industrial más desigual del mundo, con un Gini de 41.1 en 2013. Ante esto, no sorprende el éxito de Trump y Sanders, quienes han abogado por algún tipo de alternativa, aunque ambas sean opciones radicalmente distintas.

En Estados Unidos hoy la situación está lejos de ser paupérrima. Trump indicaba hacia fines del 2015 que el desempleo era de un 42%, sin embargo, las últimas cifras de agosto siguen una trayectoria que hace meses dan razón al optimismo de los expertos respecto a una fuerte recuperación de la economía norteamericana (The New York Times, agosto 2016). Los salarios han aumentado un 2,6% en los últimos 12 meses y el desempleo se sitúa cercano al 4,9%.

El fracaso del (neo) liberalismo

Esta es una época donde la democracia capitalista ha creado, particularmente en Estados Unidos y Reino Unido, en lo que se conoce frecuentemente como capitalismo angloamericano, una masa de desencantados, a quienes el sistema económico y político no ha beneficiado; algo que se complementa peligrosamente con ciudadanos caracterizados por bajos niveles educacionales. Tales disparidades entre los beneficiados y los desfavorecidos se visibilizó crudamente luego de que la burbuja sub-prime, o el crecimiento en base a la deuda, estallase, revelando los límites del proceso liberalizador iniciado en los 1990s [1]. Mientras Estados Unidos se vio impactado por iniciales bajos índices de crecimiento, una lenta recuperación de salarios y ejecuciones hipotecarias masivas; en Reino Unido los dos gobiernos conservadores de David Cameron sumieron al país en innecesarias dosis de austeridad, agravando aún más el estado de la economía y recortando asistencia a los británicos más necesitados. Las políticas para remediar la crisis fueron explícitamente diseñadas para distribuir el costo del ajuste hacia los menos favorecidos.

Convengamos que las comparaciones con Adolf Hitler y los populistas de los años 30 son inexactas por las diferencias estructurales y funcionales de la crisis. Mientras los 30 trajeron consigo revanchismos originados en los años posteriores a la primera guerra mundial y la guerra monetaria de principios de la década de los 30, hoy lo que alimenta a Trump y los Brexiters es el fracaso del discurso económico liberal acuñado al unísono por partidos de derecha e izquierda. Si la diferencia entre izquierda y derecha es que los primeros son más sensibles socialmente, ¿cuál es la diferencia que efectivamente puede ver el elector promedio? Luego de décadas de estancamiento de salarios del trabajador de cuello azul, relocalización de puestos de trabajo a países donde la mano de obra es más barata y un incremento en la desigualdad en los últimos 30 años, ¿qué puede el New Labour o el Partido Demócrata argumentar creíblemente a aquel electorado? Bastante poco.

Roger Cohen en el New York Times, apunta a los tiempos actuales como interludio de la época de prosperidad iniciada en 1945 (The New York Times, julio 2016). Para Cohen la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 significó el retorno de la mentira y engaño a la política. Sin embargo, el retorno de la mentira se inició en los 1980s cuando se prometió que la liberalización comercial y financiera traería beneficios tanto para el sector empresarial como para los hogares. Todo aquello terminó en el 2007, dejando atrás una era que, si bien generó importantes niveles de crecimiento, particularmente en los mercados emergentes, también distribuyó los beneficios solo entre los mejores adaptados para la globalización, producto de las reglas del juego del capitalismo angloamericano..¡ El sector financiero y quienes pudieron beneficiarse de bajos costos de mano de obra, fueron los ganadores; en desmedro de una clase trabajadora cuyos salarios se estancaron históricamente. En Estados Unidos, entre 1973 y el 2013, el salario del 1% más rico creció 138%, mientras que el salario del 90% más pobre creció apenas 15% en el mismo periodo (Economic Policy Institute, enero 2015)

A nivel global se redujo de forma importante la pobreza, pero la brecha entre ricos y clase media se incrementó sustancialmente.

En este contexto, Trump y Farage et al. representan realmente una crisis de legitimidad de cómo funciona el sistema.  Ambos populistas no abogan por un cambio radical a nivel de las reglas del juego en política doméstica e internacional, sino que abogan por medidas facilistas que, según ellos, remediarían la situación de sus ciudadanos más precarizados o desencantados, como detener la inmigración o escapar a la regulación de la UE.

Así, al entender la irrupción populista como consecuencia de la erosión de la confianza política revelamos el aspecto más grave y difícil de resolver de la actual crisis.

Los charlatanes no llegan al poder por azares del destino. De Trump se argumenta que es la evolución natural del Partido Republicano, que por años coqueteó con el racismo, la xenofobia y la demagogia – vale recordar a Sarah Pailin y la mentira de la Guerra de Iraq. En Reino Unido, David Cameron coqueteó con la idea del referendo desde la campaña por el Ejecutivo, su gobierno castigó profundamente a la inmigración,  y económicamente creó las circunstancias materiales inmediatas que los “brexiters” esgrimieron como bandera de lucha.

En el referendo, la Unión Europea (UE) fue el villano a derrotar por los “brexiters”. Nigel Farage et al. se dedicaron a culpar a la UE de todos los males que aquejaban al Reino Unido. La Unión fue culpable de la situación económica empeorada y prolongada por la innecesaria austeridad impuesta por el gobierno conservador; agravada por flujos de inmigrantes de la UE, vistos como parásitos del estado de bienestar británico por el UKIP. Mientras la realidad es que gracias a los inmigrantes de la UE  se ha reforzado el número de funcionarios del NHS (National Health Service) y se ha incrementado los intercambios académicos, científicos y comerciales con el continente. Sin contar transferencias de la UE a las regiones más pobres del Reino Unido (DW, julio 2016).

En el London Review of Books, John Lanchester en un largo e interesante artículo titulado Brexit Blues, indica que “no ha habido una era en la política británica donde tanta gente en asuntos públicos destinase tanto tiempo para declarar cosas que sabían no eran verdad” (London, Review of Books, julio 2016)

Si los populistas progresistas o fascistas de otras épocas dependieron fuertemente en la oratoria para convencer, el mensaje corto y desarticulado es el estándar comunicacional que basta hoy. Educacionalmente la base electoral del populista no requiere mayor sofisticación. Es de hecho, el lenguaje educado y técnico de políticos y burócratas el que es visto con incredulidad y desprecio.

Charlatanes de ayer y hoy

En rincones remotos donde se emuló con entusiasmo la liberalización económica – o neoliberalismo– hoy se viven crisis de legitimidad similares. En los primeros años de iniciadas profundas reformas es difícil palpar las consecuencias económicas y sociales de largo plazo, sobretodo en áreas como salud, pensiones, educación, etc. Usualmente toma una generación ver los resultados de políticas educacionales, así como una generación entera de pensionados para ver cuán bien funciona la seguridad social.

Hoy la situación en Chile es de riqueza ganada y repartida desigualmente, de las decepcionantes consecuencias de la sobre-mercantilización de las provisiones históricas del estado de bienestar – notoriamente hoy en pensiones –, y de una pérdida de legitimidad de las dos históricas coaliciones (o macro-partidos). No es un problema del gobierno de turno, sino de instituciones aceptadas con entusiasmo en el corto-plazo pero que luego de 20 años han creado fuertes tensiones sociales.  (Bloomberg, septiembre 2015)

A diferencia de Trump o Farage et al., el discurso respecto a instituciones con resultados económicamente desiguales (Brexit, el discurso anti-globalizador, o los inmigrantes que han robado salarios) en países como Chile, es defensivo, destinado a proteger el status quo. Los beneficiados por cómo se configuraron las reglas del mercado, tanto en la derecha como en la cómplice ex Concertación, rápidamente culpan a progresistas de desestabilizar el idílico status quo. Se esmeran en describir una crisis económica que no existe. Como solución argumentan que se necesitan políticas que sólo pueden provenir de un gran acuerdo, obviamente entre cúpulas de izquierda y derecha. La era de los acuerdos de los 1990s se añora por su estabilidad y amable convivencia entre elites partidarias, esto en chocante contraste con la sociedad del 2016, más informada y proactiva, en la que el existe menos miedo al disenso y al conflicto.

Por allá en los 1980s, el engaño fue prometer un bienestar que llegaría de la mano de la desregulación y la privatización [2]. Se persuadió que la experimentación era lo mejor, que el Estado debía achicarse lo más posible, que cualquier cosa era preferible al comunismo (definido como cualquier cosa que no fuese la opinión del economista fiel y devoto de la dictadura). La mentira, en aquel entonces fue plasmada como reglas del juego, sin la más mínima discusión pública o sanción legislativa. Ideología pura.

En este contexto, el inventor de las AFP, José Piñera, quien retomó protagonismo en el país ante las críticas hacia el sistema, representa perfectamente la charlatanería aplicada en los 1980s, sin debate, sin derecho a protesta y anclada en el miedo, últimamente sin legitimidad.

Su mediática defensa del sistema se basó ampliamente en tautologías bastante mejor articuladas que Trump o Farage, adornadas con información amputada para adornar magras estadísticas. Piñera argumentó que según una administradora, la AFP Habitat, “los hombres que cotizaron 30 años o más tienen pensiones promedio de $650.000, con una tasa de reemplazo neta de 77.2%”, ocultando que el mismo caso para mujeres es “$327.000 con una tasa de reemplazo del 41.5%”.

La realidad es bastante peor. En 2014, la tasa de reemplazo neta de hombres en Chile fue de 38%, mientras la de mujeres un 33%, según datos de la OECD (OCDE, 2014).

La característica más remarcable del sistema, y por lo cual es destacado a nivel internacional como uno de los mejores sistemas de pensiones del mundo, es que es financiable a perpetuidad, ya que el costo recae siempre en el cotizante; las utilidades de las empresas son repartidas generosamente entre sus directivos; y premia con “buenas” pensiones a quienes pueden ahorrar complementariamente, es decir premia mayor ingreso disponible e instrucción financiera.

Los beneficiados del capitalismo angloamericano, desde los 1980, han sido quienes se han beneficiado de las reglas escritas por el gobierno. Esas reglas se han modificado lenta o rápidamente, en un contexto democrático o en uno de dictadura.

El mercado no existe como entidad auto-reguladora, pues siempre hay un criterio político que moldea límites y obligaciones. El debate entre “más Estado o menos mercado” es una buena excusa para no examinar quienes se benefician o no de ciertas reglas y cómo se pueden corregir para el beneficio de todos y no de unos pocos.

El charlatán de hoy se alimenta de aquella masa de desfavorecidos que no ven distinción entre derecha e izquierda, que han quedado relegados en términos educacionales con perspectivas oscuras del futuro. El voto Brexit fue una revuelta contra la “elite”, aquella que parece defender y proponer soluciones parecidas. De aquellos que no les importa estar peor económicamente, porque ven que su situación no puede mejorar.

Cuando la élite política descansa plácidamente en la comodidad de la transversalidad, ignorando latentes fisuras sociales, se pavimenta rápidamente el camino para la llegada del charlatán.

Notas al pie

  • [1] Convengamos que fruto de la excesiva liberalización financiera ya en los 1990s varias crisis golpearon a los mercados emergentes desde Brasil, transitando por Tailandia hasta Rusia. A la desregulación y el crédito blando necesitó menos de 10 años desde el tumultuoso 1998 para golpear el credo del despreocupado occidente.
  • [2] Su padre o madre recordará la campaña para convencer a trabajadores de firmar por su cambio al sistema de AFP, y los enormes beneficios que traería.


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