Domingo 24 de Septiembre de 2017

La Guerra de Seis Días: De la Contrainsurgencia a la Reconfiguración de Oriente Medio

Por: Beatriz Gutiérrez - 20-06-2017

El entorno y la configuración de Oriente Medio es un fruto deliberado y caprichoso de la Historia, vista como proceso, del principio de Incertidumbre de Heisenberg, del carisma de los líderes que señalaba Weber en la construcción de los Estados y, entre otros motivos, del devenir de las sociedades. En este proceso histórico se aúnan, como veremos, elementos como la construcción del Estado de Israel, el auge del panarabismo, la cuestión palestina, y una serie de modificaciones territoriales cuyo impacto se ha prolongado hasta nuestros días. Sin embargo, es la guerra de Seis Días, en junio de 1967, la que tuvo un impacto más decisivo tanto en la territorialidad de Israel y Palestina como en la propia reconfiguración geopolítica de la región de Oriente Medio.

Israel y Palestina: el reparto territorial y el movimiento fedayyen.

La formación del Estado de Israel responde a un proceso continuado de inmigración judía desde Europa a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, incrementando una base social que se verá ampliada conforme la hostilidad hacia las comunidades judías europeas se incrementaba en Europa Occidental. El aumento de la población judía en Palestina comenzó a generar fricciones con su población árabe secular –musulmana o cristiana- y a generar los primeros enfrentamientos, si bien se estableció una dinámica de ampliación territorial en la que organizaciones como la Agencia Judía compraban tierras y bienes inmuebles a las grandes fortunas terratenientes palestinas, propietarios absentistas que en muchos casos residían en capitales como Beirut o Damasco, posibilitando la consolidación de la población judía en la zona. Para cuando, tras el fin de la I Guerra Mundial se produce el reparto de Oriente Medio en el marco de la Sociedad de Naciones a través de los Mandatos, el gobierno británico ya encuentra en 1922 una sólida estructura político-administrativa judía, frente a una emergente clase intelectual o religiosa palestina con una limitada capacidad de articulación política cohesionada. La consecuencia directa es que a falta de interlocutores políticos, pronto ambas comunidades se vieron inmersas en frecuentes altercados y una situación de inestabilidad que, en 1947 y ya tras el fin de la II Guerra Mundial, derivó en el fin del Mandato Británico y el inicio del proceso de partición de Palestina (Segev, 2001).

La primera guerra árabe-israelí da comienzo conforme el nuevo Estado de Israel proclama su independencia, coincidiendo con el fin del Mandato Británico en mayo de 1948. Tras más de medio año en que los Estados árabes circundantes pretendían liberar la totalidad de Palestina, finalmente Israel logra una victoria relativa en la que incrementa su territorio a la totalidad de ambas entidades, si bien de la parte palestina la Franja de Gaza quedará bajo administración egipcia, mientras que Cisjordania se integrará al también nuevo reino de Jordania. Es en el seno de ambos territorios donde en 1954 se inician los primeros conatos de resistencia palestina que buscaban la liberación del territorio de lo que consideraban una ocupación ilegal judía, es lo que se conoce como el movimiento “fedayeen” (Sayigh, 1997). Siguiendo tácticas de guerra de guerrillas, los fedayyen se infiltraban en Israel desde Cisjordania y Gaza, atacando objetivos tales como infraestructuras críticas o kibutz. La invasión israelí de la Península de Sinaí durante la crisis del Canal de Suez (1956) fue un primer intento fallido de neutralizar la amenaza fedayyen en su vertiente gazatí. El segundo intento, once años después, aparejaría el éxito israelí y cambiaría las normas del juego regional.

El auge del panarabismo: buscando la continuidad territorial.

En paralelo a la formación del Estado de Israel, Oriente Medio vive un periodo de efervescencia nacionalista tras los años 40, en que la época de los Mandatos da paso a los nuevos Estados independientes que hoy conocemos. En este sentido y retomando la idea de la Gran Siria, surge en la misma época el partido Baath, movimiento político “atrapatodo”, laico, nacionalista con tintes socialistas y basado en el sentimiento panárabe que pronto tendrá su influencia en toda la región, aunando bajo un mismo marco ideológico Estados tan dispares como Siria, Iraq y Egipto (Cleveland, 2009).

Es en Egipto, bajo el gobierno de los Oficiales Libres instaurado en 1952 y el acceso de Abdel Gamal Nasser al poder, cuando comienza una nueva escalada de tensión regional que derivará en la crisis del Canal de Suez, tras el intento de Nasser de nacionalizar el Canal como mecanismo de respuesta hostil a Estados Unidos y al Banco Mundial por denegar ulteriores ayudas en la construcción de la presa de Assuan, en respuesta al acercamiento egipcio a la órbita soviética. La participación israelí en la entente franco-británica por la apertura de Suez tenía, sin embargo como finalidad tanto la protección de los estrechos de Tirán, claves para el desarrollo económico del Negev y del puerto de Eilat, como la neutralización del movimiento fedayyeen en Gaza.

Pese a que la crisis se neutralizó por la presión estadounidense y soviética sobre ambas partes, Israel ocupó en apenas 48 horas la península de Sinaí y fue necesaria la interposición de una fuerza de mantenimiento de la paz –UNEF- para prevenir la reactivación del conflicto entre Israel, que hubo de replegarse, y el régimen nasserista. En cualquier caso, Suez mostró la debilidad de facto del ejército egipcio y la necesidad de fortalecimiento del ideal panarabista (Kurz, 2005), hecho este último que se produciría a través de la creación de la RAU en 1958, aunando las fuerzas de Egipto y Siria con la doble intención tanto de expandir el ideal panarabista como de liberar Palestina de la ocupación israelí. Si bien esta unión tan sólo se prolongó hasta 1961, el vínculo entre ambos Estados les aproximó de forma conjunta al escenario de 1967. Efectivamente, con la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas desplegada en Sinaí, el movimiento fedayyeen hubo de cambiar su área de operaciones a otra con mejores oportunidades de acción sobre Israel, retomando el lanzamiento de ataques desde la frontera norte, a través de los Altos de Golán sirios.

De los prolegómenos al conflicto: la Guerra de Seis Días.

Así pues, a lo largo de la década que media entre 1956 y 1967, las tensiones en el espacio árabe-israelí giraban en torno a tres ejes: en primer lugar, el problema de los acuíferos del río Jordán, situados en los Altos de Golán y cuyo curso Israel trataba de divertir para irrigar el Negev. En segundo lugar, el control de las áreas desmilitarizadas tras la guerra de 1948, que Israel trataba de recuperar, provocando en consecuencia frecuentes enfrentamientos con las fuerzas armadas sirias; y, en tercer lugar, el apoyo tácito a los diversos grupos armados palestinos que operaban desde Siria infiltrándose a través de su frontera para perpetrar ataques de diversa índole en suelo israelí.

Sin embargo, fue un falso informe que la inteligencia soviética hizo llegar a Egipto y Siria acerca de una supuesta concentración de fuerzas israelíes en el noreste (frontera con Siria) lo que desató la escalada de tensión que condujo en junio de 1967 al conflicto regional conocido como la Guerra de Seis Días. La orden de Nasser de que Naciones Unidas retiraran a las tropas de interposición de la península de Sinaí para poder volver a bloquear los estrechos de Tirán desató todas las alarmas en Israel, a lo cual se unía la preocupación por la alianza panarabista entre Egipto, Siria y Jordania.

La respuesta israelí frente a una posible escalada fue la provocación de la misma, para de este modo mantener la iniciativa y el control de los acontecimientos en todo momento. Para ello llevó a cabo un ataque preventivo por sorpresa el 5 de junio que destruyó en cuestión de horas la práctica totalidad de la fuerza aérea egipcia, pasando a continuación al ataque terrestre, reocupando la Franja de Gaza y nuevamente la península de Sinaí, con la consiguiente liberación de los estrechos de Tirán. Dos horas más tarde Israel abrió fuego contra el frente jordano, destruyendo sus dos principales bases aéreas y ocupando Jerusalén Este y Cisjordania. Finalmente, el 8 de junio la guerra se movió al frente sirio, que había permanecido congelado hasta el momento, ocupando los Altos de Golán mientras las tropas del régimen de Damasco se batían en práctica retirada tras la derrota tanto de Jordania como de Egipto. Tras seis días de guerra, las tropas israelíes quedaban a menos de cincuenta kilómetros de Ammán, sesenta de Damasco y 110 de El Cairo y controlaban 20.250 kilómetros cuadrados más que antes del inicio de la guerra (Bregman, 2010).

La ocupación y control de los Altos de Golán, el desierto de Sinaí, la Franja de Gaza, donde casi un noventa por ciento de la población era refugiada, y Cisjordania, cambiarían la perspectiva securitaria del Estado de Israel, actuando como un hinterland defensivo respecto a las ciudades israelíes y reduciendo la sensación de inseguridad frente a una invasión árabe generalizada que provocase la destrucción del país. Pero todavía había un elemento más importante, especialmente en el aspecto identitario: la reconquista de Jerusalén Este por las fuerzas israelíes, hasta la fecha integrado en Jordania, y que contenía tanto los principales lugares santos del judaísmo como del cristianismo, así como los lugares de culto musulmanes de mayor importancia tras La Meca y Medina, como son la Cúpula de la Roca y la mezquita de al-Aqsa.

Sin embargo, la ocupación de estos territorios constituyó un nuevo problema para Israel, pues los ataques de los emergentes grupos insurgentes, crecientemente consolidados tras esta guerra, se convirtieron en una quinta columna dentro del propio suelo israelí, trasladándose la problemática de seguridad tanto al interior como a fronteras tradicionalmente pacificadas como la jordana entre 1967 y 1970, con hechos que van de la batalla de Karameh (Yaari, 1970) a los episodios de Dawson’s Field (Snow, 1970).

La guerra civil jordana y la guerra civil libanesa se hallan vinculadas a los cambios territoriales derivados de la guerra de 1967 con el movimiento y estructuración de los fedayyeen en el seno de la OLP, y el consecuente movimiento de sus bases al perímetro del nuevo Estado ampliado de Israel, pasando de llevar ataques sobre éste desde suelo jordano, y de la expulsión de la OLP de dichas bases por el gobierno hachemita, a proseguir la lucha armada frente a Israel desde el sur de Líbano, donde la OLP permaneció también hasta su expulsión en 1982. Paradójicamente, en el aspecto territorial, y especialmente desde la Guerra de Yom Kippur en 1973, en que Egipto recupera Sinaí y Siria queda en tablas tras una encarnizada lucha en los Altos de Golán, que permanecen ocupados, la victoria israelí en 1967 y su proyección territorial proporcionaron a la región un periodo de estabilidad tensa en lo exterior.  Una suerte de guerra fría con Siria, mientras que con el Egipto de Anwar al-Sadat se alcanzó incluso la firma de la paz en 1978, para mover los focos de inestabilidad regional a la frontera libanesa-israelí (operación Peace for Galilee y sitio de Beirut en 1982 y ocupación de un buffer de seguridad en el sur de Líbano por Israel hasta el año 2000, y un segundo periodo de enfrentamiento en la segunda guerra de Líbano, frente a Hizbullah, en 2006).

Posteriormente, desde 1987 con el estallido de la I Intifada la lucha armada se mueve al propio interior de Israel, a ambos lados de las fronteras no reconocidas de 1967, seguida desde 2000 por una II Intifada donde el terrorismo suicida, golpeando Israel en su propio territorio, asoló el país durante un lustro. Tres guerras en Gaza (Cast Lead en 2009, Pillar of Defense en 2012 y Protective Edge en 2014) frente a Hamas y otros grupos jihadistas locales, y, finalmente, lo que mediáticamente se ha conocido como la Intifada de Al-Quds. Una escalada de violencia iniciada en el otoño de 2015 y que se ha basado nuevamente en el hostigamiento y los atentados de baja sofisticación, tales como apuñalamientos y atropellamientos, perpetrados por individuos palestinos sin vínculos organizativos de hecho con las mismas organizaciones clásicas. La inestabilidad, pues, se ha movido de la periferia al interior de Israel (Gutiérrez, 2016).

Resultados territoriales: la reconfiguración de Oriente Medio y el fin de una época.

El mismo escenario territorial, sin variaciones fronterizas, se ha prolongado hasta nuestros días. Sin embargo, un nuevo hito histórico se produce en 2011 con el estallido de las Primaveras Árabes tanto en Siria como en Egipto. En este sentido, tanto el Golán ocupado como la Península de Sinaí han vuelto a cobrar un papel geoestratégico clave en la estructura securitaria regional debido, por una parte, a la todavía enconada guerra civil siria, en la que se entremezclan actores que van del propio gobierno de Bassar al-Assad al Estado Islámico y la rama siria de al-Qaeda; en segundo lugar, al establecimiento de una de las ramas del propio Estado Islámico en Sinaí, operando principalmente contra Egipto pero en contadas ocasiones contra Israel.

Paradójicamente, los Altos de Golán ocupados están actuando como un buffer de seguridad frente al conflicto sirio tanto como una válvula de escape para víctimas del mismo que reciben asistencia ya en el propio Israel. Sinai, por su parte, sufre la paradoja de que, pese a ser área de frecuentes operaciones de grupos adscritos al Estado Islámico como Bayt al-Maqdis, la amenaza está siendo contenida tanto por el propio gobierno egipcio como, al otro lado de la frontera, por el gobierno de Hamas en Gaza, estableciéndose una suerte de cooperación no reconocida entre Israel, Hamas y Egipto en materia de seguridad y contención del riesgo jihadista en la región (Schweitzer, 2016).

La región, pues, ha mantenido una cierta calma tensa jalonada de conflictos localizados en las últimas décadas, pero no ha sido hasta la presente cuando el contexto geopolítico, especialmente marcado por el renovado auge jihadista, ha mutado en un escenario imprevisible donde filias y fobias tradicionales parecen realinearse y donde Israel, un incómodo vecino, se ha consolidado como necesario por la estabilidad regional que representa.

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Bibliografía.

  • Bregman, A. (2010). Israel’s Wars. A History since 1947. (3rd.). New York: Routledge.
  • Cleveland, W. (2009). A History of Modern Middle East (4th ed.). Boulder: Westview Press.
  • Gutiérrez, B. (2016). Evolución de concepto de insurgencia contemporánea: el caso palestino. UNED. Retrieved from http://e-spacio.uned.es/fez/view/tesisuned:IUGM-Bmgutierrez
  • Kurz, A. (2005). Fatah and the politics of violence. Brighton: Sussex University Press - JCSS.
  • Sayigh, Y. (1997). Armed Struggle and the Search for State. The Palestinian National movement, 1949-1993. (Vol. 1999 (pape). New York: Oxford University Press.
  • Schweitzer, Y. (2016). The Islamic State: how viable is it? (Y. Schweitzer, Ed.). Tel Aviv: INSS. Retrieved from http://www.inss.org.il/publication/the-islamic-state-how-viable-is-it/
  • Segev, T. (2001). One Palestine, complete. London: Picador.
  • Snow, P. (1970). Leila’s Hijack war. London: Pan Books Ltd.
  • Yaari, E. (1970). Strike Terror. The Story of Fatah. New York: Sabra Books.


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