Miércoles 23 de Mayo de 2018

La infeliz democracia sudafricana

Por: Pablo A. Valenzuela - 08-03-2018

Hace algunas semanas el presidente sudafricano Jacob Zuma debió renunciar a su cargo fruto de presiones desde su propio partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), originadas por una serie de escándalos de corrupción. A esta crisis política, se ha sumado la crisis del agua que vive Ciudad del Cabo y que amenaza con dejar a una urbe de más de 4 millones de personas sin suministro de agua potable. Ambos hechos, aunque de naturaleza diferente, reflejan una gestión insuficiente de las políticas públicas sudafricanas. Otros indicadores también muestran que la economía más grande (y la que fue considerada en algún momento la de mayor potencial) en el continente africano se encuentra en un periodo de franco estancamiento, cuando no de retroceso.

Poco queda en Sudáfrica de la algarabía del fin del Apartheid y de la presidencia de Nelson Mandela, que inició el camino democratizador del país en los 90. Las cicatrices de décadas de segregación racial siguen visibles en una sociedad que no ha logrado restañar las heridas del sector mayoritario de la sociedad. Hoy el país vive asediado por una serie de problemas sociales, económicos, políticos e incluso diplomáticos [1], que han llevado a algunos observadores de la política sudafricana a decir que la presidencia de Jacob Zuma fue un decenio perdido y que la tarea de su sucesor, Cyril Ramaphosa, es titánica para reconstruir un Estado hecho añicos (DW, 15.02.2018).

Sin embargo, el problema sudafricano tiene rasgos estructurales que trascienden la gestión de un presidente, e incluso anteceden a la gestión del ANC desde 1994. Hay una serie de situaciones heredadas desde la época de la segregación que el país no ha sido capaz de enfrentar adecuadamente, que mantienen una estructura social en la que las personas negras tienen una serie de desventajas en comparación a la población blanca. Esta persistente brecha entre sudafricanos se aprecia tanto en indicadores objetivos, como la desigualdad y la pobreza (Gradin, 2013), como subjetivos del bienestar.

Reddy (2010) indica algunos factores que muestran el debilitamiento de la cultura política sudafricana y califica al proceso político posterior al fin del apartheid como una montaña rusa, con momentos de gran optimismo, como la elección de 1994 y el proceso transicional posterior, la organización del mundial de rugby en 1995 y del mundial de fútbol en 2010. Por otra parte, el autor señala otros problemas que informan una visión pesimista del proceso sudafricano. Entre estos están:

  • La creciente expansión de la epidemia de VIH/SIDA y la lenta y poco eficiente respuesta del gobierno.
  • Escándalos persistentes de corrupción en los que se han visto involucrados miembros dirigentes del ANC.
  • Proliferación de las facciones al interior del Congreso Nacional Africano (ANC).
  • Debilidad de las instituciones del Estado, capturadas por partidos políticos como un botín, nombrando a cargo de éstas a personas sin la calificación necesaria o que no se toman en serio su rol.
  • Problemas económicos y sociales, como un creciente desempleo, altos niveles de inseguridad y crimen y decadencia de los servicios públicos.

Esta situación no sólo ha traído como resultado crisis al interior del partido gobernante desde 1994, como la que vimos a mediados de febrero que llevó a la renuncia de Zuma, sino que también un importante malestar social cuyo reflejo es la movilización y, en algunos casos, la violencia. En esa línea, Van Holdt (2013) califica la democracia sudafricana como una democracia violenta en la que existen al menos tres expresiones de violencia institucionalizada y con patrones de reproducción social: la lucha por el control de las instituciones de coerción del Estado (como la policía), el asesinato y la movilización de violencia colectiva. Este autor concluye que la violencia en Sudáfrica es parte integral del proceso de formación de clases y de las relaciones de clases emergentes en el país.

La literatura señala que el descontento con las políticas del gobierno puede afectar el apoyo específico a la democracia, el cual se mide a través de la satisfacción con el régimen, pero manteniendo el apoyo difuso alto (Clawson y Oxley, 2013: 304). Sin embargo, Fukuyama (2015: 22) muestra que, sin la habilidad de gobernar bien, las nuevas democracias defraudarán las expectativas de sus adherentes y se deslegitimarán a sí misma, afectando de ese modo el apoyo difuso al régimen democrático.

Es probable que la situación en Sudáfrica, dada su historia de segregación, no devenga en una caída del apoyo a la democracia, pero sí puede afectar considerablemente la satisfacción con el régimen y la legitimidad de las instituciones democráticas como mecanismos de intermediación política. En efecto, los datos del afrobarómetro para Sudáfrica muestran que un apoyo difuso a la democracia relativamente alto, aunque cayendo hacia la última ronda disponible del estudio correspondiente a los años 2014-2015.

Fuente: Afrobarómetro www.afrobarometer.org

A pesar que Sudáfrica tuvo una transición democrática relativamente pacífica en comparación con otros países del África Subsahariana – especialmente durante el gobierno de Nelson Mandela que llevó a cabo procesos de justicia transicional y reinstitucionalizó el país mediante una nueva constitución en 1996 – el apoyo a la democracia es menor o igual que en el resto de los países incluidos en Afrobarómetro.

Fuente: Afrobarómetro www.afrobarometer.org (2014-2015).

Como muestra el gráfico 2, el apoyo a la democracia en Sudáfrica se encuentra cuatro puntos por debajo del promedio del continente y más de 20 puntos bajo los países que registran los índices más positivos, como Burundi (85,6%) y Senegal (85,4%).

 

Fuente: Afrobarómetro www.afrobarometer.org

Tal como señala Gradin, los ciclos de optimismo y pesimismo político en Sudáfrica se asemejan a una montaña rusa, lo que queda claramente reflejado en los niveles de satisfacción con la democracia. Hay dos puntos altos, que coinciden con periodos electorales: 2005-2006, cuando se inició la segunda presidencia de Thabo Mbeki; y 2008-2009, cuando Jacob Zuma ganó las elecciones presidenciales. Los tres periodos restantes tienen fuertes caídas, con menos del 50% de los sudafricanos diciendo estar muy o bastante satisfechos con su democracia. En 2014-2015 ese porcentaje cayó a menos del 50%, pese a que el 2014 se inició la segunda presidencia de Zuma, señal que a pesar de mantenerse en el poder, su presencia ya no generaba los mismos apoyos que en 2009 ni legitimaba los medios democráticos mediante los cuales resultó electo.

En este marco, si bien Sudáfrica ha conseguido consolidar mecanismos democráticos formales, no ha logrado profundizarlos mediante mecanismos de transparencia y rendición de cuentas. Por ejemplo, en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, el puntaje de Sudáfrica entre 2012 y 2017 se ha movido entre 43 y 45 (de un máximo de 100). En el 2017, el país se ubicó en el lugar 71 entre 180 países, superado en el África Subsahariana por dos de sus vecinos más cercanos: Namibia, en el lugar 53 con 51 puntos; y Botswana, en el lugar 34 con 61. Además, Seychelles, Ruanda, Mauricio, Santo Tome y Príncipe, Cabo Verde y Senegal aparecen percibidos como menos corruptos en la región subsahariana. Esto se suma a los problemas de los cuales el gobierno se ha hecho cargo poco y mal, entre los cuales la crisis del agua en Ciudad del Cabo es sólo un caso.

Sudáfrica ha corrido una suerte inestable desde que abandonó la segregación racial y avanzó hacia una democracia más plena en la segunda mitad de los 90. Por un lado, ha jugado un papel protagónico en la promoción de ciertos valores inherentes a su proceso de transición, como la defensa de los derechos humanos y la promoción de la democracia. Al mismo tiempo, ha impulsado una serie de iniciativas de desarrollo regional en el sur de África y, junto con Nigeria, volvió a vigorizar la arquitectura institucional regional de África. Pero, por otro lado, no ha podido resolver problemas heredados desde la época del apartheid, habiendo hoy una serie de asuntos sociales y políticos que impiden consolidar una democracia sana.

Si bien el país formalmente ha establecido todos los mecanismos democráticos necesarios para ser considerado una democracia procedimental, las brechas sociales se transforman en un obstáculo para profundizar la democracia. El uso frecuente de la violencia para resolver disputas políticas, la corrupción institucionalizada en algunos niveles del Estado y la incapacidad del gobierno para hacerse cargo de los problemas del país pueden socavar profundamente una democracia que no ha terminado aún de cuajar y que ha despilfarrado gran parte de la legitimidad ganada por su transición pacífica y la gestión de Mandela en los 90.

Notas al pie

  • [1] Esta situación se ha visto especialmente en la relación de Sudáfrica con Nigeria, país con el que Sudáfrica compite por la hegemonía en el África Subsahariana. Véase al respecto el trabajo de Odubajo (2017).

Bibliografía

  • Clawson, R., & Oxley, Z. (2013). Public opinion. Democratic ideals. Democratic practice (2nd ed.). Thousand Oaks, CA: CQ Press Sage.
  • Fukuyama, F. (2015). Why Is Democracy Performing So Poorly? En L. Diamond & M. Plattner (Eds.), Democracy in decline? (pp. 11–24). Baltimore, MD: Johns Hopkins University Press and the national endowment for democracy.
  • Gradin, C. (2013). Race, Poverty and Deprivation in South Africa. Journal of African Economies, 22(2), 187–238. https://doi.org/10.1093/jae/ejs019
  • Odubajo, ‘Tola, & Akinboye, S. (2017). Nigeria and South Africa: Collaboration or competition? South African Journal of International Affairs, 24(1), 61–77. https://doi.org/10.1080/10220461.2017.1314224
  • Reddy, T. (2010). ANC Decline, Social Mobilization and Political Society: Understanding South Africa’s Evolving Political Culture. Politikon, 37(2–3), 185–206. https://doi.org/10.1080/02589346.2010.522329
  • von Holdt, K. (2013). South Africa: the transition to violent democracy. Review of African Political Economy, 40(138), 589–604. https://doi.org/10.1080/03056244.2013.854040


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