Lunes 20 de Noviembre de 2017

La libertad según los y las Zapatistas

Por: Alejandro de Coss Corzo - 17-01-2014

En diciembre de 2013 y enero de 2014 los Caracoles, los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), las comunidades y las familias adherentes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se abrieron de forma inédita al mundo. A 20 años de la aparición pública del Ejército, se celebró el primer grado de la Escuelita Zapatista. El tema a estudiar fue “la libertad según los y las zapatistas”. Miles de estudiantes de todo el mundo respondimos a la invitación. A continuación comparto con ustedes las lecciones aprendidas. Con fines prácticos, incluyo una brevísima introducción al zapatismo, que es apenas indicativa de su complejidad y estructura.

¿Qué es el zapatismo?

El 1º de enero de 2014 marca el 20 aniversario de la irrupción del EZLN en la política y sociedad mexicanas. En aquélla fecha, a la par de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el levantamiento fue un grito que demandó voltear la mirada a las desigualdades y exclusiones históricas que persisten en México. En contrasentido del discurso oficial, que pregonaba la entrada del país al primer mundo, el zapatismo daba cuenta de las estructuras de desigualdad que aún hoy caracterizan al país más sureño de América del Norte.

Al discurso oficial se contrapuso la dura realidad: la riqueza de unos requería de la miseria de otros; a la pujanza del café chiapaneco correspondía la explotación y exclusión de los pueblos indígenas. A la par, las prácticas políticas e identitarias de los pueblos originarios han sido negadas y combatidas en tanto “pre-modernas”. La persecución y exclusión de estas comunidades ha sido históricamente compleja: se les ha negado su ciudadanía en tanto no renuncien a su identidad y se les ha excluido del desarrollo al limitarlos a ser mano de obra dispensable y barata (Dunn 2000; Tetreault 2010).

El proyecto zapatista se posicionó como una alternativa real a esta situación de histórica desigualdad y exclusión. Para 1994, llevaba ya 10 años de proceso organizativo y muchos más en gestación. De acuerdo con Raúl Romero Gallardo, en El EZLN: una mirada a su historia (Subversiones, 2013), la organización tiene tres grandes componentes:

  1. El político-militar: ligado a las guerrillas estudiantiles, de corte marxista-leninista, que surgieron en la década de los 70s en México.
  2. La tradición milenaria de resistencia de los pueblos indígenas del Sureste mexicano: estrategias de resistencia cultural, y en ocasiones de abierta rebelión, son características de la historia de Chiapas y de los pueblos mayas de la zona (De Vos, 1988).
  3. La Teología de la Liberación: una corriente crítica en el seno de la Iglesia Católica que considera que la pobreza es una ausencia de Dios, y buscan eliminarla a través del trabajo con las bases eclesiales.

De tal forma, el EZLN es un movimiento complejo, que representa una síntesis histórica de estos tres componentes. No responde a las dinámicas tradicionales de los movimientos guerrilleros de América Latina. No busca tomar el poder estatal, para desde ahí transformar la sociedad. Sus demandas, “trabajo tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, democracia, justicia y paz” (EZLN, 1993) son el fundamento de una vida digna que se ha de ejercer en el día a día. El EZLN opera bajo el principio materialista histórico de la praxis: síntesis de filosofía y acción para la transformación de la sociedad (Lefebvre, 1968; Marx, 1998).

Mi camino hacia la escuelita zapatista

La importancia del zapatismo en la historia del México contemporáneo no puede ser soslayada. Es la cristalización no sólo de las exclusiones acalladas por la retórica oficial, sino un experimento práctico de los postulados teóricos que han alimentado la imaginación de la izquierda global en los últimos dos siglos. Por ello, la oportunidad de conocer la dinámica cotidiana de la organización desde dentro era una que no podía dejar pasar.

La invitación final llegó a principios de diciembre. Las redes sociales mostraban a numerosos amigos y conocidos emocionados ante la perspectiva: pasar una semana en un Caracol zapatista (unidad regional de gobierno autónomo), conociendo de forma cercana la experiencia del seguramente es el movimiento de rebelión y resistencia más emblemático de América Latina. La expectativa era enorme. No sabíamos exactamente a qué nos enfrentaríamos y cuáles serían las lecciones que buscarían hacernos aprender.

La espera no fue larga. El 24 de diciembre de 2013 nos reunimos todos y todas en San Cristóbal de las Casas. Veníamos de rincones distintos del mundo, con esperanzas de aprendizaje compartidas: de Europa, de Asia, de América Latina y del Norte llegamos miles. El agotamiento del trayecto era apenas visible. La emoción dominaba, sin jamás explotar ante el peso de la incertidumbre.

Esa misma tarde fuimos llevados al Caracol que nos fue asignado de entre los cinco que existen (La Realidad, Oventic, La Garrucha, Morelia y Roberto Barrios). Yo viajé a Oventic, a dos horas de San Cristóbal, enclavado en la zona conocida como los Altos de Chiapas. Niebla espesa y lluvia pertinaz serían una constante por los próximos días.

El recibimiento fue impresionante. Cientos de niños, mujeres y hombres encapuchados coreaban consignas a nuestra entrada al auditorio del Caracol. Ojos curiosos y penetrantes acompañaban nuestros movimientos. La incertidumbre desaparecía ante la certeza de estar ahí, en el lugar del que muchos únicamente habíamos leído. Ahí mismo nos fue asignado un votán, un guardián que nos acompañaría y guiaría por nuestras lecciones en la montaña. El mío, San Diego, sería la compañía más cercana que tendría por los próximos días, y a la larga un compañero que queda por siempre en mi memoria y corazón.

El día siguiente fuimos de nuevo asignados a distintos MAREZ, y de ahí a diversas comunidades. Yo viajé hasta el MAREZ San Pedro Polhó, en la misma zona de los Altos. La comunidad en la que tomé mis lecciones fue Acteal, la misma que en 1997 fue el escenario de una cruenta matanza (Acteal, 2013) de 43 indígenas desarmados por parte de grupos paramilitares financiados por el Estado. Supe entonces que las lecciones serían muchas, y que serían duras.

La escuelita zapatista: pedagogía desde la acción

La escuelita rompe con toda forma de educación que hasta entonces he recibido. El hábito escolarizado, de lecciones en pupitres y un profesor que desde el frente ordena o guía, no tiene lugar ahí. Si el tema era investigar qué es la libertad para el zapatismo, la forma de conocerlo era viviendo la cotidianidad, las minucias del día a día, y la forma en la cual esta realidad aparentemente dada es comprendida, y hacia dónde se busca transformarla.

La montaña se transformó en salón de clases, y las lecciones fueron desde el aprender a caminar en el lodo, hasta arar la tierra y piscar el café. Amenas charlas en tzotzil, la lengua nativa de la región, nos acompañaban. Nosotros, los alumnos, a pesar de las apresuradas clases que nos dieron nuestros guardianes, no podíamos comprender casi nada. Las risas a menudo eran un indicativo de nuestra poca pericia con las herramientas con las que se trabaja el campo. Lejos de burla se percibía compañerismo. Un empoderamiento frente a aquellos que, desde la ciudad y la modernidad, hemos oído tantas veces que el campo es el pasado, que sus prácticas supuestamente arcaicas ya no tienen lugar hoy.

En paralelo a esta práctica, leímos cuatro cuadernos de texto. En ellos se trataban tres temas: el gobierno autónomo, la participación de las mujeres y la resistencia zapatista. Las lecciones ahí contenidas son muchas y son merecedoras de otro texto. Baste decir que el esfuerzo organizativo, político y de progreso – en términos definidos de forma endógena y democrática – está plasmado en los breves libros. En la montaña fueron un acompañamiento vespertino, necesario para dar inteligibilidad al trabajo matutino. Fueron el vehículo a través del cual se dieron largos diálogos con mi guardián.

¿Qué es la libertad según los y las zapatistas?

A través de estas pláticas, de la convivencia diaria y de una mirada atenta, que busqué despojar de prejuicios y preconceptos, he podido comenzar a comprender qué es la libertad en el contexto del zapatismo. La lección no ha sido completamente aprendida, ni podría ser agotada en este ensayo. Su complejidad, sus múltiples rostros, las preguntas que suscitó, y que seguiré buscando responder, aun me exceden por mucho[MG1] . Puedo, no obstante, ofrecer una respuesta parcial que permita abrir la discusión sobre el proyecto zapatista y sus postulados prácticos e ideológicos.

La lección primera de la escuelita zapatista es que la libertad es una práctica material de afirmación de la vida. En las comunidades en resistencia consiste, en primer lugar, en la posibilidad de proveer el alimento para sostenerse: las comunidades son autosuficientes. El trabajo que se lleva a cabo para cultivar el alimento es, además, el eje conductor de la vida diaria. Los trabajos colectivos son la actividad a través de la cual la comunidad se produce y reproduce. La práctica milenaria de cultivo, aunada a las nuevas técnicas de agroecología que comienzan a emplearse, crea y recrea patrones identitarios individuales y colectivos. La noción de ser indígenas y ser zapatistas está materializada en la cotidianidad del trabajo en el campo y la vida en común.

En esta labor, la consciencia de la práctica emancipadora (Dussel,1998) se vive y habla. La palabra autonomía se traduce en acciones que la fortalecen. Así, la existencia de gobiernos a través de mecanismos de democracia participativa, orientados por la máxima del mandar obedeciendo, se explica únicamente tras considerar el sólido piso material de la autosuficiencia. Ésta permite una libertad relativa del zapatismo frente al Estado mexicano. Permite también sostener la narrativa de liberación, centro de la educación zapatista (tema que queda aquí pendiente) que resulta del análisis crítico de las condiciones estructurales de marginación y desigualdad de los pueblos indígenas en México.

El zapatismo y el Estado mexicano: una relación paradójica

Esta libertad, que se ejerce en lo cotidiano, y guía la acción de los y las zapatistas, se relaciona de formas paradójicas – y a menudo conflictivas – con el gobierno. Las comunidades, lejos de estar aisladas, viven de forma paralela con las que no se adhieren al movimiento zapatista. Casas contiguas tienen lealtades políticas distintas. La narrativa y práctica de empoderamiento del zapatismo es combatida con la continuidad del Estado asistencialista y paternalista que es característico de la conformación del México moderno.

De igual forma, la presencia militar en el territorio zapatista es notable. En 1997, bajo el amparo del entonces presidente Ernesto Zedillo, los militares fueron testigos y cómplices de las acciones de grupos paramilitares, como la de Acteal. Vías de comunicación funcionan también como dispositivos de vigilancia. La paradoja y el conflicto son condiciones latentes en los territorios zapatistas. También la pobreza continúa siendo notoria. Los pueblos indígenas que no se han adherido al zapatismo han recibido más recursos, pero no han podido poner en marcha proyectos productivos que les beneficien.

En contraste, el zapatismo, haciendo uso de recursos limitados, ha organizado diversas cooperativas – café, artesanías, lácteos, etc. –, que consiguen exportar sus productos en pequeñas cantidades. Las ganancias son administradas por los Caracoles y los MAREZ en proyectos productivos que fortalecen la libertad y autonomía de los pueblos. El paso es lento, pero se avanza, en conjunto, dialogando, y con democracia.

La escena que nos despide de la escuelita recuerda otra de las exigencias del zapatismo. Se entona el himno nacional mexicano, y detrás cuelga la bandera tricolor. El zapatismo no ha pugnado por una separación del Estado, sino por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y una transformación radical de los principios de gobierno. De entre los primeros, es esencial la autonomía política y cultural: la capacidad de elegir a sus autoridades de acuerdo con sus usos y costumbres, y de procurar educación en su lengua, que fortalezca sus prácticas culturales e identitarias.

La promesa de la autonomía quedó plasmada en los Acuerdos de San Andrés Larráinzar (Sámano et al., 2000). Esa promesa sigue siendo hasta hoy letra muerta para el Estado. Mientras, el zapatismo le construye día a día. Al mismo tiempo, la lección que reza que la libertad se construye con trabajo diario, en un delicado balance entre lo colectivo y lo individual, y acompañada de un permanente proceso de crítica y reflexión, viaja por el mundo, dando pie a nuevas discusiones y prácticas locales. Espero aquí poder comenzar un espacio para el diálogo horizontal y de liberación.

Referencias

De Vos, Jan (1988) La paz de Dios y del Rey: la conquista de la Selva Lacandona (1525-1821). México D.F.: Fondo de Cultura Económica

Dunn, Malcolm (2000) Privatization, Land Reform, and Property Rights: The Mexican Experience. Constitutional Political Economy, 11, pp. 215-230

Dussel, Enrique (1998) Ética de la liberación en la edad de la Globalización y de la Exclusión. Madrid: Trotta

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) (1993) Primera Declaración de la Selva Lacandona.

Lefebvre, Henri (1968) The sociology of Marx. Londres: Allen Lane – The Penguin Press

Marx, Karl (1998[1932]) The German Ideology: including Theses on Feuerbach and introduction to the critique of political economy. Nueva York: Prometheus Books.

Tetreault, Darcy Victor (2010) Alternative Pathways out of Rural Poverty in Mexico. European Review of Latin American and Caribbean Studies, 88

Sámano, Miguel Ángel et al. (2000) Los Acuerdos de San Andrés Larraínzar en el contexto de la declaración de los derechos de los pueblos americanos.


 [MG1]Mucha intro, esto se podría sacar



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