Domingo 22 de Octubre de 2017

Lectores y libros en Chile. Tan lejos, tan cerca

Por: Alejandro Caviedes - 06-10-2013

Cada cierto tiempo leemos (y leeremos) en la prensa alguna investigación que arroja como resultado lo mal lectores que somos los chilenos, que un alto porcentaje de compatriotas cae en la categoría de analfabeto funcional y que nuestras tazas de lectura son bastante pobres comparadas con otros países que han alcanzado o están en vías de alcanzar aquello tan verbalmente manoseado y tan poco definido llamado “desarrollo”.

También cada cierto tiempo se alega que el problema reside en el IVA del 19% por la venta de libros, que la deficiente calidad de la educación chilena es la principal causa, que las políticas del gobierno de turno son deficientes o sólo pensadas para beneficiar a distribuidores y editores privados.

Y hay razón en todo eso.

Sin embargo, los principales actores en la problemática que aquí planteamos son y serán siempre los lectores (o los potenciales lectores) y la percepción social que estos tienen del libro y del acto de leer más que de tener dinero para adquirir un libro.

Las estadísticas en el área de cultura vienen a confirmar lo anterior. A modo de ejemplo: el Reporte estadístico N° 2 titulado Libros y Lecturas  del 2011 publicado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, indica que los principales motivos para no leer son la falta de tiempo (33,4%) la falta de interés (26,3%) y la falta de costumbre (21,8%) con sólo un 5,8 aduciendo la falta de dinero como la principal razón para no adquirir libros [1]. El estudio del año 2010 publicado por la fundación La Fuente concluye que los lectores del país corresponden a un 47,2% (sumando lectores frecuentes y ocasionales) y que la población no lectora a un 52,8% (sumando a quienes nunca o casi nunca leen libros). El 37% de quienes no leen dicen no tener tiempo, un 16,7% que no le interesa, un 13,3% aduce falta de interés o motivación. Un 13% afirma que no puede comprar un libro [2]. Las estadísticas sobre el uso de bibliotecas no es alentadora: 57% de quienes se consideran lectores no asiste a las bibliotecas y un 3% dicen que nunca lo han hecho en su vida [3].

Lamentablemente sería sumamente arriesgado aventurar que esta fotografía va a ser sustantivamente distinta en el corto y mediano plazo. ¿Por qué leemos pocos libros? ¿Sólo porque el libro debe competir con medios más modernos? ¿Cuál es la percepción que nuestra sociedad tiene de la lectura? ¿Alguna vez esta situación ha sido distinta?

Al leer uno de los pocos estudios (excelente por lo demás) sobre el libro, la industria editorial y la lectura en nuestro país Historia del libro en Chile, desde la colonia hasta el Bicentenariode Bernardo Subercaseaux [4], es inevitable aventurar otra tesis que se complementa con las ya clásicas: históricamente la representación que gran parte de la sociedad chilena ha tenido del libro ha sido más bien cercana al deber que al placer. Existe, desde el origen de la república, una matriz cultural iluminista que opera en la percepción social y política del libro y que lo ha separado de los medios masivos  como la televisión, las revistas, los  diarios o la música. Esto ha generado que por un lado, gran parte de la sociedad chilena se “aparte” a sí misma del libro, relacionándolo con el estudio o con el trabajo; que la ayuda estatal a la industria editorial esté siempre condicionada a la labor pedagógica de éste y que el mercado en donde el libro opera esté integrado por pocas editoriales nacionales y muchas transnacionales (Alfaguara, Contrapunto, Planeta o Norma) que publican con un criterio comercial para disputarse el escaso público lector del país, dejando de lado los libros especializados, reediciones de literatura chilena o géneros tan fundamentales como la poesía.

¿El escenario ha sido siempre el mismo? No, pero siempre ha sido mediado por la percepción pedagógica que se tiene del libro y del acto de leer.

Hay una período que Subercaseaux identifica como la “época dorada” del libro en Chile y que ocurre durante las décadas de 1930 a 1950. La depresión de 1929 produjo el cierre de las fronteras económicas favoreciendo el mercado interno. Las guerras europeas y en particular la Guerra Civil Española restringieron la importación de libros, lo que estimuló la producción nacional liderada por Nascimiento, Ercilla y Zig-Zag. Chile contó con la presencia de intelectuales (refugiados de España y de los conflictos europeos) que aportaron capital cultural a la industria tales como Leopoldo Castedo o los hermanos Arturo y Carmelo Soria. También llegan a residir en el país escritores y políticos de América Latina como Ciro Alegría y Victor Paz Esstensoro. El Frente Popular alcanza el poder con Pedro Aguirre Cerda y hay un ambiente sensible y contrario a los fascismos además de una comunidad de lectores interesados por conocer lo que ocurre en un mundo que comienza a mostrar los primeros indicios de los que será la bipolaridad de la guerra fría.

Con el antiguo estado oligárquico en crisis, las capas medias junto a los sectores más populares se autoperciben como miembros educados de la sociedad y portadores de una cultura ilustrada con un fuerte ethos de movilidad social producto de esa educación. Autores chilenos claves del período como Mariano Latorre, Lautaro Yankas o Luis Durand no escriben desde la óptica del campesino ni desde la nostalgia aristocrática, sino desde la búsqueda de la clase media de una identidad arraigada en lo nacional. Estos factores junto a otros tienen como resultado un mercado interno tan activo que Chile llega a exportar libros. Sin embargo, la matriz cultural de inspiración iluminista y liberal  establece jerarquías  y una visión de la cultura supeditada al campo del saber y de las bellas artes. Es decir, el libro se valora como un servicio público y de movilidad social, en desmedro del libro-objeto o del libro como mera entretención.

Terminados los conflictos internacionales la situación cambia. Las industrias editoriales española, argentina y mexicana comienzan a fortalecerse por medio de subvención estatal, dejando atrás a la industria chilena que se estanca y no es capaz de adaptarse a los cambios culturales del siguiente período. Nuevamente la percepción iluminista del libro lo relega al mundo del “deber ser”. Las clases media y popular comienzan a identificarse con otros símbolos de ascenso como el automóvil o la posesión de una radio o un tocadiscos. El libro queda fuera de la matriz cultural moderna que sí integra a las revistas y a la música popular. El mayor éxito editorial después de 1950  es  Adiós al Séptimo de Línea, de Jorge Inostroza, que es la adaptación de un radioteatro (un libro desprendido de otro medio), factor que explica los 225.000 ejemplares vendidos en el primer año. No es raro entonces que en 1950 aparezca la Cámara Chilena del Libro como respuesta de los editores y distribuidores a la crisis de una industria estancada hasta el día de hoy.

Este estancamiento explica que durante el gobierno de la Unidad Popular el estado se convierta en un actor cultural activo manifestándose por medio de la editorial Quimantú. La editorial Zig-Zag es nacionalizada, permitiéndole a antiguos los dueños conservar la marca de la empresa y los nombres de las revistas de mayor tiraje. La editorial no tiene un objetivo claro en un principio hasta que comienza la publicación masiva de libros en 1972 con el objetivo de ilustrar a la población para los cambios proyectados por el gobierno. La editorial alcanza volúmenes de edición inéditos en Chile con 6.050.000 libros editados y distribuidos a precios módicos entre las colección Minilibros Quimantú (cuentos y novela corta) y  Quimantú para todos (novelas y antologías de literatura europea y latinoamericana). A estos se suman la colección infantil Cuncuna y las Cartillas de educación popular destinadas a instruir a la población en los distintos aspectos de la filosofía marxista. Quimantú se hallaba recién en una fase extensionista al momento del golpe militar de 1973 [5].

A comienzos del régimen dictatorial Quimantú se transforma en la Editora Nacional Gabriela Mistral, que termina siendo vendida a un privado en 1976, funcionando principalmente como impresora, siendo cerrada y su maquinaria rematada en 1982.  El destino de la editorial da cuenta primero, de la visión económica neoliberal que se impone en la dictadura, la cual entraba en franca contradicción con el financiamiento de una editorial estatal. Asimismo, la aplicación del IVA a la venta de libros de 1976 es un claro indicador de que su venta está en baja, no sólo por las evidentes condiciones políticas contrarias a la pluralidad de visiones, sino por un franco desinterés del mundo privado por invertir en su producción ya que el país tampoco cuenta con una cultura lectora que haga de las editoriales un negocio atractivo.

La separación entre la matriz iluminista y pedagógica del libro y la literatura comercial se hace evidente desde ése periodo hasta nuestros días: hay una enorme producción de libros de literatura clásica europea y chilena, pero son “libros-obsequios” pensados para fomentar el tiraje de revistas y con el “enganche” de ser material de lectura en los liceos y colegios (piénsese en los libros de la revista Ercilla o revista Vea, con el logo de los auspiciadores, canales de televisión o bancos, en portadas que estéticamente dejan mucho que desear). Por otro lado, los “éxitos de venta” de las editoriales más comerciales están en gran medida ligados a la televisión instalada ya como el medio de comunicación más consumido por los chilenos. Ejemplos son los libros de la editorial Oveja Negra, los cuales se basaban algunas películas y series populares de la época como Raíces y Love Story, libros basados en programas de TV como Ud. no lo diga de Mario Banderas o una crítica al medio como la Cultura Huachaca de Pablo Hunneus. Fenómenos editoriales más recientes como Harry Potter o las novelas de vampiros de la saga Crepúsculo dan cuenta de que la tendencia del libro supeditado a medios audiovisuales se mantiene el día de hoy, siendo las editoriales independientes como LOM y RIL los actores más interesantes en el actual panorama, aún cuando sus productos están dirigidos al escaso público que consume libros de corte menos comercial.

Parece difícil mejorar las tasas de lectura si sólo se reduce la problemática del consumo de los libros a su costo y a su labor pedagógica. Es necesario que las políticas de fomento a la lectura se basen en visiones que acojan pero que vayan más allá de la matriz iluminista e investigar en qué otros espacios se puede integrar el contacto de la población con el libro. Medidas como Bibliometro o los cafés literarios, junto con innovar en términos de espacios de lectura también son un indicio de que el libro sí puede tener cabida en las horas de ocio. También las políticas deben contemplar el rol de las editoriales nacionales y encontrar medios y formas de equilibrar el mercado editorial en donde la oferta sea capaz de ampliarse y beneficiar a  todas las visiones que sólo los libros son capaces de proyectar y difundir.

PUBLICADO EN SOCIEDAD Y CULTURA

Notas al pie

  • [1] Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (2011). Reporte estadístico N° Libros y Lecturas. Disponible aquí
  • [2] Fundación La Fuente, Adimark-GFK (2010) Chile y los Libros. Disponible aquí
  • [3] Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (2011). Reporte estadístico N° 6 Bibliotecas. Disponible aquí
  • [4] Subercaseaux, Bernardo (2010). Historia del libro en Chile, desde la colonia hasta el Bicentenario. LOM Editores. Santiago, Chile.
  •  [5] Ibíd; Navarro, Arturo (2006). Cultura ¿Quién paga?. RIL editores. Santiago, Chile.


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