Domingo 24 de Septiembre de 2017

México en la encrucijada

Por: Alejandro de Coss Corzo - 30-11-2014

La memoria es un arma revolucionaria. En un país en el que el olvido ha sido política de Estado, su fuerza se multiplica exponencialmente. México había reducido a sus muertos, los caídos en la Guerra contra el Narcotráfico, a mera estadística. Números sombríos que alejaban esa realidad de la vida cotidiana. Instrumento alquímico que nos permitía seguir adelante.

Algo se ha roto.

El 26 de septiembre de 2014, seis personas murieron a manos de la policía municipal y grupos paramilitares. 20 resultaron heridas y 43 jóvenes fueron desaparecidos por las fuerzas del Estado mexicano:

  1. Abel García Hernández
  2. Abelardo Vázquez Peniten
  3. Adán Abrajan de la Cruz
  4. Alexander Mora Venancio
  5. Antonio Santana Maestro
  6. Benjamín Ascencio Bautista
  7. Bernardo Flores Alcaraz
  8. Carlos Iván Ramírez Villarreal
  9. Carlos Lorenzo Hernández Muñoz
  10. César Manuel González Hernández
  11. Christian Alfonso Rodríguez Telumbre
  12. Christian Tomás Colón Garnica
  13. Cutberto Ortiz Ramos
  14. Dorian González Parral
  15. Emiliano Alen Gaspar de la Cruz.
  16. Everardo Rodríguez Bello
  17. Felipe Arnulfo Rosas
  18. Giovanni Galindes Guerrero
  19. Israel Caballero Sánchez
  20. Israel Jacinto Lugardo
  21. Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa
  22. Jonás Trujillo González
  23. Jorge Álvarez Nava
  24. Jorge Aníbal Cruz Mendoza
  25. Jorge Antonio Tizapa Legideño
  26. Jorge Luis González Parral
  27. José Ángel Campos Cantor
  28. José Ángel Navarrete González
  29. José Eduardo Bartolo Tlatempa
  30. José Luis Luna Torres
  31. Jhosivani Guerrero de la Cruz
  32. Julio César López Patolzin
  33. Leonel Castro Abarca
  34. Luis Ángel Abarca Carrillo
  35. Luis Ángel Francisco Arzola
  36. Magdaleno Rubén Lauro Villegas
  37. Marcial Pablo Baranda
  38. Marco Antonio Gómez Molina
  39. Martín Getsemany Sánchez García
  40. Mauricio Ortega Valerio
  41. Miguel Ángel Hernández Martínez
  42. Miguel Ángel Mendoza Zacarías
  43. Saúl Bruno García

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

La policía municipal de Iguala, Guerrero, con la tácita aprobación de fuerzas militares (Hernández, 2014), se los llevó. La orden habría venido de la Presidencia Municipal. Ésta, en poder del otrora izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), era también bastión de Guerreros Unidos, un sanguinario cártel de la zona.

Clase y género en la violencia en México

La violencia en México ofrece cifras perturbadoras. No las vemos en Iraq o en Afganistán. Más de 120,000 muertos. Más de 22,500 desaparecidos. Todos ocultos detrás del discurso oficial de los malos contra los buenos. Del enemigo interno. De los daños colaterales.

En México, la muerte y la violencia saben distinguir de clases sociales y de género.

Un análisis de 2013 (Merino et al., 2013) muestra que 88% de los 98.067 homicidios reportados entre 2005 y 2011 correspondieron a hombres. Seis de cada 10 asesinados tenían entre 18 y 40 años.

12% de los asesinados no habían terminado la primaria. 32% no llegó a la secundaria. Conforme el nivel educativo aumenta, los homicidios disminuyen. Si pensamos en el nivel educativo como una aproximación inexacta a la clase social y a la movilidad, el escenario es claro.

En México es potencialmente mortal ser un hombre pobre y sin educación.

Ser mujer menor a 17 años pone a las mexicanas en riesgo de desaparecer. Cuatro de cada 10 desaparecidas se encontraban en ese rango de edad (Merino y Zarkin, 2014).

Los municipios con una mayor tasa de desapariciones (300/100,000) de mujeres eran Mina, Nuevo León, con 41% de la población en pobreza; Reyes Etla, Oaxaca, con 64.1%; Benito Juárez, Quintana Roo, con 26.3%; San José de Gracia, Aguascalientes, con 66.6%, y Santa Apolonia Teacalco, Tlaxcala, con 64.5%. (Datos sobre pobreza de SEDESOL, 2010).

El caso que no replica la historia de marginación y pobreza, el de Benito Juárez, donde Cancún se localiza, se explica por la reportada función del puerto como polo de exportación de trata en México (Mentado, 2014).

Ser mujer y ser pobre es estar en riesgo de desaparecer en México.

De la Guerra contra el Narco a la administración política de la muerte

La Guerra contra el Narco que sigue siendo defendida desde el gobierno federal mexicano hace mucho que dejó de responder a la lógica de las drogas y su tráfico. Un reporte de la Procuraduría General de la República (PGR) indica que de 7 cárteles en 2006 hemos pasado a 88 actualmente (Linares, 2014). Éstos han diversificado su acción. Hoy secuestran, trafican órganos y personas, sirven como paramilitares, protegen inversiones (Martínez, 2014) y otras funciones que les son redituables.

La trata, el uso de migrantes como fuente de plusvalor – ya sea como mano de obra forzada o como mercancía que se trafica a través de la frontera (Turati 2013) – y otras tantas actividades de atrocidad casi innombrable son parte de la cotidianidad de muchos territorios en México.

A ello hay que sumarle la identificación de estructuras locales de gobierno con los carteles del narcotráfico. El caso de José Luis Abarca, alcalde de Iguala, y María de los Ángeles Pineda, su esposa, es uno de tantos en México. Se dice que fue ella quien ordenó el asesinato y la desaparición de los normalistas. Su crimen: acudir a la ciudad a reunir dinero para viajar a la protesta del dos de octubre – fecha en la que se rememora la mayor matanza de estudiantes por fuerzas del Estado – en la Ciudad de México.

Aquí cabe una precisión.

La Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, tiene una larga historia de militancia política. En sus paredes hay murales de Marx, Engels y Lenin. Al lado de ellos se encuentran los rostros de dos líderes guerrilleros mexicanos de los setenta, egresados de la Normal: Genaro Vásquez y Lucio Cabañas.

Como Óscar de Pablo menciona, ahí:

“[L]os futuros profesores rurales no se avergüenzan de su origen campesino ni ocultan su filiación política. Estudian no sólo para enseñar, sino sobre todo para comprender la realidad social que enfrentarán cuando sean maestros. Son tan pobres como sus futuros alumnos y para sobrevivir tienen que complementar las magras becas estatales con un intenso trabajo, pues la escuela es, a la vez, una granja colectiva.” (De Pablo, 2014)

Este hecho introduce una consideración más al ya de por si convulso escenario de la violencia en México. Aquí los carteles han funcionado como ejecutores de una decisión eminentemente política. Se han coludido con el grupo en el poder para suprimir con una virulenta violencia a un grupo históricamente disidente. A un colectivo de jóvenes que había optado por la educación y no por la vida en el narcotráfico. Algunos de los relatos dicen, por ejemplo, que Pineda habría ordenado su asesinato para evitar que perturbaran un evento político que sostenía.

La reacción estatal ha demostrado que la lógica de percibir al disidente como un enemigo no es exclusiva a la Presidencia Municipal de Iguala, Guerrero.

Una serie de movilizaciones han ocurrido en todo México como respuesta a la matanza de Iguala y de la lentísima reacción del gobierno: el Presidente tardó un mes en hablar del tema; el Procurador exclamó estar cansado al final de la primera conferencia de prensa que dio (BBC, 2014). Aquéllas son ya tantas que es difícil contarlas. Se convocan con días y con horas de anticipación.

Estas marchas han tenido un componente distinto. Han tomado como bandera la memoria y el nombre de los desaparecidos. En particular, de los 43 que querían construir una historia distinta para sus pueblos, históricamente marginados.

Se percibe que la construcción de una historia nueva incluye a nuestros muertos y a una reinterpretación del pasado (Benjamin, 2009). Hemos apreciado que hay un momento mesiánico, de liberación colectiva y transformación profunda de la realidad. Ahí radica la fortaleza de los movimientos.

El 20 de noviembre la mayor marcha tuvo lugar. Si bien el Gobierno del Distrito Federal (GDF) cuantificó 30,000 asistentes, algunos medios reportaron medio millón. Un cálculo más realista podría ser el de 300,000 personas.

La marcha llegó al Zócalo. Ahí, las fuerzas federales y del GDF reprimieron violentamente la protesta. Aludieron a los petardos y bombas molotov arrojadas al Palacio Nacional como reacción para imponer el orden. Esta imposición los llevó a golpear comensales en restaurantes cercanos y detener a 11 jóvenes con reportes de arbitrariedad, entre ellos un chileno: Laurence Maxwell Ilabaca. Hoy se encuentran presos en penales de máxima seguridad alejados de sus domicilios, sus familias y amigos (Sánchez y Ortuño, 2014).

México en la encrucijada: entre la violencia conservadora y la creadora

Se respira miedo y esperanza. Hartazgo y rabia. El gobierno emite discursos de explícita represión. Mientras los medios hegemónicos construyen al manifestante como terrorista (Jiménez y Guzmán 2014 http://bit.ly/1zswz9C), el Presidente habla de una voluntad obscura por desestabilizar su proyecto de Nación. Los discursos van dibujando la imagen de una amenaza, análoga a las de la Guerra Fría, y los manifestantes somos el enemigo interno. El Ejército y la Marina refrendan su lealtad al gobierno y su proyecto.

El escenario es sombrío. La violencia conservadora muestra su voluntad de mantener la máquina andando. El negocio, después de todo, marcha de maravilla. La minería, por ejemplo, reporta ganancias de 22 mil 516 millones de dólares en 2013. El 26% del país está concesionado a empresas que pagan nimios impuestos (Esquivel 2013, http://bit.ly/1tBG1cw). Los daños ecológicos y los conflictos sociales son acallados con violencia e impunidad (Martínez 2014, http://bit.ly/1uGsTja; Rodríguez 2014 http://bit.ly/1zsxmr1).

Para comprender la reiterada voluntad del gobierno mexicano de no enfrentar el problema de la violencia, la impunidad, la corrupción y la desigualdad, es necesario entenderlos como lo que son: garantes y administradores del régimen de muerte; guardianes de la desigualdad y la pobreza.

Las marchas son promesa de una violencia distinta: la creadora (Benjamin, 2009). Ésta no es necesariamente la destrucción física de los símbolos, edificios y otras instancias del Estado mexicano. Es, en todo caso, la voluntad colectiva de construir una nueva ley. Son el paro nacional, que comienza a ganar adeptos; los paros estudiantiles, ya en marcha; la entrada del acontecimiento por la rendija de la historia, mostrando un pasado distinto, cambiando así el presente y liberando el futuro de la tiranía de la teleología.

La violencia creativa es cuestionar la legitimidad de la violencia conservadora y del derecho que el Estado utiliza como garante de su represión y de la muerte diaria.

La violencia creativa irrumpe para crear una política de vida digna. Alterar la aterradora normalidad de la miseria, la exclusión, el racismo, las desapariciones, la explotación y los asesinatos siembra el pánico en quienes con ello lucran. Por eso la voluntad conservadora del gobierno. De ahí la rabia organizada que busca terminar con su reino.

Sin embargo, horas aciagas parecen acercarse. Los discursos de miedo y de división y el terrorismo de Estado pueden desarticular a los movimientos. El uso político del pánico moral busca disuadir a las clases medias de la participación política. Al mismo tiempo, la equiparación de la militancia con delincuencia busca crear una situación en donde los presos políticos vuelvan a ser normalidad para México.

En nuestro país nos toca continuar organizándonos. Ocupar nuestra creatividad en buscar formas de construir nuevos poderes, de tomar los que nos dominan y de transformar la política de muerte en una de vida.

Fuera de México es de vital importancia la solidaridad internacional y la presión sobre el gobierno mexicano. La lucha de este país es de todos. Está en juego la dignidad de la vida por el mero hecho de ser.

Bibliografía

  • Benjamin, W. (2009) Estética y Política. Buenos Aires: Editorial Las cuarenta.
  • SEDESOL (2010) Informe Anual sobre la situación de pobreza y rezago social. México.

Hemerografía

  • BBC Mundo, (11 de noviembre de 2014) #MundoEnLaRed: el hashtag y la indignación en México #YaMeCansé. Reino Unido: http://bit.ly/11X0mMD
  • De Pablo, Óscar (2014) Iguala: Crimen de estado, crimen de clase en GKillCity. Ecuador: http://bit.ly/1uzJjvQ
  • Esquivel, Eduardo (8 de mayo de 2013) La minería en México, un negocio para pocos en SDP Noticias. México: http://bit.ly/1tBG1cw
  • Hernández Navarro, Luis (18 de noviembre de 2014) La matanza de Iguala y el ejército en La Jornada. México: http://bit.ly/11X0mMD
  • Jiménez, Carlos y Susana Guzmán (24 de noviembre de 2014) Perfil de “anarquistas” es similar al de terroristas en La Razón. México: http://bit.ly/1zswz9C
  • Linares, Raúl (28 de marzo 2014) El fraccionamiento y diversificación de la delincuencia organizada en México en Revolución 3.0. México: http://bit.ly/1lsX77u
  • Martínez, Marco Antonio (8 de junio de 2014) Escritor italiano acusa a transnacionales de orquestar desapariciones en México para adueñarse de “riqueza” en Sin Embargo. México: http://bit.ly/1uGsTja
  • Mentado, Pedro. Trata de personas: la otra industria en Cancún en Un1ón Cancún. México: http://bit.ly/1zsppCa
  • Merino et al. (1 de julio de 2013) Marcado para morir en Nexos. México: http://bit.ly/1xStqBA
  • Merino, José y Jessica Zerkin 4 de junio de 2014. ¿Por qué desaparecieron miles de mexicanas y mexicanos? en Animal Político. México: http://bit.ly/15sOIvn
  • Rodríguez García, Arturo (20 de agosto de 2014) Grupo México, una historia de crímenes e impunidad en Proceso. México: http://bit.ly/1zsxmr1
  • Sánchez de Tagle, Omar y Gonzalo Ortuño (25 de noviembre de 2014) Los 11 detenidos del #20NovMx “se decían compas”: una prueba de la PGR en Animal Político. México: http://bit.ly/1uBd1M2
  • Turati, Marcela (2 de noviembre de 2013) A la luz, los secretos de las matanzas de Tamaulipas en Proceso. México: http://bit.ly/1Fq0nFV


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