Lunes 20 de Noviembre de 2017

“¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”: Sobre intelectuales y anti-intelectuales.

Por: Marcos G. Hernando - 02-03-2014

En el salón de eventos de la Universidad de Salamanca, en un acto público en la celebración del día de la raza de 1936, Miguel De Unamuno pronunció una declaración improvisada – flanqueada incómodamente por hablantes falangistas – sobre los sucesos de la guerra civil y la situación del País Vasco y Cataluña. De súbito José Millán-Astray, general franquista, lo interrumpe airado. Proclama según algunas fuentes “¡Muera la intelectualidad traidora!”, según otras “¡Muera la inteligencia!”, seguido de un sonoro “¡Viva la muerte!”, lema asociado a la legión española y en adelante célebre entre los partidarios de Franco. El escritor le responde, suponemos no sin algo de tristeza, “venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis” (Thomas, 2001). Poco después Unamuno es depuesto de su cargo de rector, desaparece de la vida pública y fallece repentinamente luego de dos meses, en vísperas de año nuevo, en su domicilio de calle Bordadores, Salamanca. En tanto Millán-Astray, acabada la guerra, es nombrado Jefe de Prensa y Propaganda.

Este es sólo un ejemplo, particularmente punzante, de los tantos que el siglo XX nos legó para tematizar la relación entre intelectualidad, anti-intelectuales y poder. Su peculiar agudeza y pertinencia radica, pretendo exponer, en el candor sanguinario de las palabras de Millán-Astray. En su conjunción de la abjura de la inteligencia y la celebración del asesinato se esconde un vínculo digno de atención entre fuerza, palabra y silencio que es aún relevante para entender el rol de los intelectuales hoy. Por todo ello, lo que sigue es una exploración de la conexión entre esas dos frases, la anti-intelectual y la necrófila, para comenzar a pensar en qué es lo que condensan y en dónde reside su potencia a la luz de la desconfianza que los intelectuales a menudo producen en el debate público contemporáneo.

Respecto de la primera proclama, llama la atención – precisamente por la discrepancia en las fuentes – la intercambiabilidad y confusión entre las palabras inteligencia e intelectualidad. De la primera, una cualidad, se derivan al menos tres significados para la segunda: una disposición cognitiva y/o estética propia de “intelectuales” – a menudo con connotaciones de impostura, de “intelectualismo” –, segundo, un tipo de debate y sus partícipes y, tercero, una clase, la elite poseedora de capital cultural si se quiere.

En términos históricos, el adjetivo de intelectual tiene una evolución sinuosa, pero se podría decir que se cristaliza – especialmente en sus implicancias políticas – en un momento bastante particular: Francia durante el caso contra el oficial de artillería Alfred Dreyfus entre 1894 y 1906. Dreyfus, nacido en Alsacia y de origen judío, fue acusado de enviar secretos militares a Alemania, por lo que fue condenado en 1894 a cumplir reclusión en la Guyana Francesa. Dos años más tarde surgió evidencia que lo absolvería e inculparía a otro oficial francés, pero fue ignorada por la justicia militar (Collini, 2006).

El juicio contra Dreyfus se extendió por años y malquistó a la sociedad francesa. Entre las clases medias de París se comenzó a propagar la idea que lo que animaba la condena era, en realidad, nada más que antisemitismo. En ese contexto el ya célebre Émile Zola (Baert y Booth, 2012) publica “J’accuse” en 1898, en el que culpa al gobierno francés y a su poder judicial de ocultar evidencia y desviar el curso de la justicia. Al día después, el mismo periódico “L’Aurore” imprime un breve texto, “Une protestation”, en que alrededor de 1.200 hombres de letras, profesionales y académicos suscriben de los alegatos de Zola. Poco después Maurice Barrès, escritor nacionalista y conservador, se mofa de ellos en su pieza “La protestation des intellectuels” (Collini, op. cit.) [1].

Como tantas otras veces, la palabra que comienza siendo usada en un sentido despectivo con el tiempo se transforma en la insignia de quienes se supone denosta. En esta ocasión, además, hace manifiesta una tensión interesante: los intellectuels que Barrès desprecia hablan desde una posición de autoridad – derivada de ser individuos “de cultura”, por así decirlo – contra otra autoridad más específica, el poder judicial en este caso. Esto es, la posición de intelectual se basa, para los Dreyfussards, en la prerrogativa de intervenir públicamente basado en un tipo de conocimiento que no es meramente técnico o específico.

Existe ahí una contradicción notoria. Para actuar políticamente, aquellos intelectuales requieron hablar de aquello que no es conocido a cabalidad, que se encuentra en los límites de nuestro mundo por referirse no a cómo ese mundo es, sino cómo debería ser. De ese imperativo se derivan tensiones entre los intelectuales y otros miembros de la sociedad, especialmente el Estado. Edward Said (1994) decía al respecto que lo que distingue a intelectuales de expertos es no se ocupan simplemente del conocimiento práctico necesario para reproducir la sociedad o de la defensa de intereses particulares, sino que revelan frente a ellos, señalan las grietas. De ahí su distancia con quienes pretenden imponer un sentido monolítico sobre el mundo. El tipo de saber que generan y al que se refieren es por tanto diferente y están siempre, por eso mismo, con un pie afuera.

Sin embargo, no pretendo hacer una apología acrítica. El siglo que siguió al juicio contra Dreyfus fue rico en intelectuales célebres e infames, en anti-intelectuales y asesinatos ligados a ideas de todos los bandos. Uno de los primeros en explorar los límites y las culpas de los intelectuales, cuando intervienen en política, fue Julien Benda ([1927]2006) en su “La traición de los clérigos”. Benda, escribiendo en la interguerra, plantea que los intelectuales siempre corren el riesgo de sucumbir a intereses parciales y renunciar a la independencia de mente que debería animar su rol, abrazando en cambio perniciosos provincialismos. Esa traición habría llevado, según el autor, a muchos a convertirse en mercenarios al servicio del poder y, asimismo, vuelve patente el riesgo de que ideas de hombres cultos se usen como justificación para la violencia [2].

Pero esta forma de “traición” no condena aún a los clérigos completamente, por ser el reflejo especular de la que denuncia Millán-Astray. Se trata de la tergiversación y el abandono de un ideal de independencia que debería ser defendido, no de la deserción de las filas falangistas, de la nación española ni nada menos [3]. En el fondo, así Benda redime a la figura del intelectual en términos abstractos. Para atacarla con más vigor otro tipo de razones fueron necesarias.

Durante el siglo XX surgen otras dos influyentes tematizaciones sobre la caída en desgracia de los intelectuales, ambas desde Estados Unidos. Por un lado, Russell Jacoby ([1987]2000), lamentándose de la falta de intelectuales en el debate público de la época, argumenta que su creciente especialización y su lenguaje impenetrable les hacen imposible intervenir y comunicarse con públicos inexpertos. Esto se debe, al menos en parte, al acostumbramiento al refugio institucional provisto por la expansión del sistema universitario. Jacoby arguye que, desde el momento que un joven intelectual entra a trabajar en la enseñanza superior, no existen los incentivos para que interpelen audiencias mucho más amplias que sus pares. Si desean progresar profesionalmente, su labor debe orientarse hacia conocimientos cada vez más esotéricos y contribuciones cada vez más humildes. Como consecuencia, una mutua incomprensión vuelve muy improbable una intervención exitosa en el debate público: para los oyentes, su forma de conocimiento sería, las más de las veces, irrelevante, inentendible o inaplicable.

Richard Hofstadter (1963), por su parte, señaló que para el caso de EEUU, una vieja tradición utilitarista e individualista – heredera del legado protestante de esa nación – hacía que muchos, particularmente en zonas rurales, sintiesen una animadversión casi instintiva contra los intelectuales. Eso es dado en parte porque en el núcleo del concepto de intelectual existe un germen de elitismo, una separación mínima de los asuntos prosaicos de los demás miembros de la sociedad. En tiempos de McCarthismo y guerra fría, Hofstadter pensaba que aquello podía derivar en un cada vez más abierto anti-intelectualismo y anti-cosmopolitanismo, reminiscentes del antisemitismo de antaño. La preocupación principal de Hofstadter es que esta tendencia podría favorecer el filisteísmo, un cierto tipo de populismo y, consecuentemente, un empobrecimiento de cualquier forma de debate público.

Podemos discrepar de la generalidad de los argumentos de Jacoby y Hofstadter, pero muchas de sus advertencias son hoy dolorosamente pertinentes en Europa y EEUU, con grupos de extrema derecha al alza y un desprecio cada vez menos velado a las humanidades y al “saber por el saber”. Pero, a pesar que nuestra herencia no es la misma, en Chile no estamos exentos de sentimientos similares. Baste pensar en nuestro pasado reciente, nuestra vida cotidiana o nuestras cifras de analfabetismo funcional.

No obstante, no corresponde exagerar el declive al que se refieren Jacoby y Hofstadter. No es el caso que los intelectuales estén completamente ausentes del debate público ni que exista un desprecio generalizado a toda forma de intervención intelectual [4]. Pero las coordenadas y las formas en las cuales se mueven los intelectuales son hoy distintas, particularmente por la masificación de la educación superior y el advenimiento de internet y las redes sociales (Baert y Booth, op. cit.). Al mismo tiempo que ha aumentado el tamaño potencial de su audiencia, la distancia que existía entre una autoridad intelectual y un público lego – como existía, por ejemplo, en tiempos de Sartre – es cada vez menos probable. Eso tiene sus ventajas: las verdades incontestables son más difíciles de sostener. Empero, también encierra un riesgo tremendo.

A veces las hipérboles son buenas para pensar, y quisiera explorar una aquí: si la autoridad intelectual se erosiona completamente, nos encontraríamos en un contexto de horizontalidad total donde no existe saber superior a otro. Pronto, con ello, los atributos que definen al rol de experto o intelectual se vacían de contenido (quizás, en buena parte, debido al tipo de traición del que hablaba Benda). Si llevamos este proceso al extremo, la única cáscara que queda después de esa corrosión es la que hace que los intelectuales ocupen una posición en la sociedad y no otra: esto es, su atributo de clase. Cuando toda inteligencia comienza a significar intelligentsia se ha despojado de la primera cualquier función más allá de sus propios intereses particulares. Así, la “inteligencia” deviene patrimonio de una forma de identidad, y con ello, el diálogo con esperanzas de convencer se hace imposible. Con el tiempo, si lo que define a ese grupo es la “vida intelectual”, puede que ésta se considere primero inútil, luego sospechosa.

Es posible que todo esto suene exagerado, pero quizás, con esto en mente, sería bueno preguntarse en qué medida ideas como esta animaban el desprecio de Millán-Astray y el de quizás cuántos como él que rondan hoy calles y foros de internet.

Quisiera, por ello, retornar aquí nuestra atención a la segunda frase del general franquista. Poco se puede mencionar de ella más elocuente que lo que dice explícitamente: para Millán-Astray y su “¡Viva la muerte!” – y en eso no poca razón tiene – la erradicación de una parte se piensa directamente ligada a la “vida”, al “¡viva!” de la otra; a la exaltación de la muerte misma, y en último término, al asesinato justificado por el frenesí del poder desnudo. En ese sentido, su asociación a la primera frase es sintomática. A fin de cuentas, se trata del elogio de la muerte, no sólo de la inteligencia o de la intelectualidad traidora, sino también de todo lo demás. El mismo Unamuno lo captó bien:

“El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

La imagen corresponde a Miguel de Unamuno siendo escoltado fuera de la Universidad de Salamanca, la más antigua de España.

Notas al pie:

  • [1] En 1906 – cuatro años después de la muerte de Zola – Dreyfus es exonerado de todos los cargos y reingresa al ejército francés.
  • [2] Esa idea – que a menudo deviene en una suerte de “anti-intelectualismo de intelectuales” – tiene una estirpe antigua, y se puede ligar a autores como Edmund Burke y Joseph de Maistre, o más recientemente, a Isaiah Berlin y Raymond Aron.
  • [3] Dicho sea de paso, esta tensión también pone de manifiesto que las palabras “intelectual” y “traición” nunca están semánticamente demasiado lejos. Aquello es casi un asunto de definición. El mismo Unamuno, viviendo en la España que le tocó, pasó de celebrar la República a condenar sus excesos, de aplaudir en un primer momento a los militares a arrepentirse velozmente. De ahí quizás se deriva su soledad en ese auditorio lleno.
  • [4] Ese proceso, como el mismo Hofstadter – historiador de profesión – señala, tiende a ser más bien cíclico: para EEUU y en su período el anti-intelectualismo propio del McCarthismo fue sacudido por la sorpresa del lanzamiento del Sputnik (y por tanto el retorno de los expertos al centro de la discusión pública).

 Referencias:

  • Baert, P. y Booth, J. (2012) Tensions within the public intellectual: Political interventions from Dreyfus to the new social media. International Journal of Politics, Culture, and Society, 25:4, pp. 111-126.
  • Benda, J. ([1927]2006) La trahison des clercs. New Brunswick: Transaction Publishers.
  • Collini, S. (2006) Absent minds: Intellectuals in Britain. Oxford: Oxford University Press.
  • Hofstadter, R. (1963) Anti-intellectualism in American life. New York: Alfred A. Knopf.
  • Jacoby, R. ([1987]2000) The last intellectuals: American culture in the age of academe. New York: Basic Books.
  • Said, E. (1994) Representations of the intellectual. New York: Vintage Books.
  • Thomas, Hugh (2001) La guerra civil española. Barcelona: Grijalbo Mondadori.


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