Domingo 24 de Septiembre de 2017

Ni excelentes ni mejores

Por: Editorial - 11-08-2012

Al final de este cuatrienio la “excelencia” pasará a transformarse en un concepto de mal gusto, una banalización más del mundillo del marketing electoral, y eventualmente en un karma para la derecha en el caso de no prosperar la reelección para la coalición. Más bien convendrá, por honor a la sustancia del concepto,  recordar la concepción de excelencia platónica donde “la excelencia no es un don, sino una habilidad que toma práctica. No actuamos ‘correctamente´ porque somos ‘excelentes’, de hecho logramos la ‘excelencia’ actuando ‘correctamente’”. Si la acción política se encuentra lejos de aquella técnica que requieren los oficios a puertas cerradas, del mundo privado o de las ciencias exactas o sociales, los grados, calificaciones académicas, o puestos empresariales no serían tan relevantes. La práctica política se adquiere justamente estando vinculado a los asuntos públicos. Aún, la vinculación “excelentes” con el “mejor gobierno” es falsa, se requiere la prueba, la acción. Por otra parte, la excelencia en política estaría más ligada a atributos morales y éticos, siendo poco relevantes las habilidades con rendimientos privados, o el perfil técnico de quienes gobiernan. Si la excelencia se logra con práctica, entonces raro tendría de excelencia un gabinete donde la gran mayoría de los ministros vienen del mundo privado, donde casi ninguno tenía experiencia en el ámbito de lo público. Por aquella razón, por más rimbombantes que sean los títulos y las credenciales, el técnico no funciona en política como se quisiese. Y ciertamente, el gabinete tuvo que aprender, a través de la práctica, lo que en realidad excelencia en política podría significar.

Al darse cuenta de aquello, que la excelencia no funcionaba –no es que no bastase, pues no existía– un tanto desesperadamente los estrategas empezaron a otorgarle el adjetivo a casi todo, desde hospitales de excelencia hasta liceos de excelencia. Nunca tuvieron claro en qué se metieron. La excelencia se transformó en el fetiche de la afirmación que eran los “mejores” –y por ende los “exclusivos”, “únicos” e incluso “irrepetibles” –  e hizo sobrecalentar el concepto, vaciándolo de todo contenido y anulando su aplicabilidad.

En la campaña, entre tanto slogan ensalzado por la derecha para diferenciarse de la centro-izquierda, el de la de “excelencia”, matizado por un ingenuo aire meritocrático, se transformó en la bandera de lucha contra los ineficientes “de siempre”. De ahí incluso la personalidad del Presidente sirvió para mantener vivos los slogans de campaña. Aunque una vez pasada la larga luna de miel del primer año –terremoto y mineros incluidos– la desenfrenada búsqueda por la unidad, la magnificencia y la excelencia cayeron a destiempo, y cayeron mal.

La excelencia se comenzó a quebrajar con la repetición burda y vacía de la alegría, la esperanza y el optimismo, mientras la realidad hizo caer el concepto en sí mismo del pedestal que supuestamente tenía para la administración. Por otra parte, Sebastián Piñera como modelo de “excelencia” al efectuar sus estudios en Harvard, terminó, con el correr de los meses de Presidente, mediante acciones inoportunas e incluso absurdas, hundiendo el concepto y corrigiéndolo, de una vez por todas, a saber el espejismo del vínculo entre “el mejor título” y la excelencia (para una actividad determinada), donde lo segundo no es consecuencia directa de lo primero. Por muy egresado de Harvard y bueno para los negocios que fuese,  eso no lo convierte en buen gobernante ni hábil en el arte del hombre de Estado. Y está a la vista. Tan así que los propios asesores de la Moneda, ante la descomunal baja en apoyo, desatinadas y desinteligencias de por medio, optaron por sacar al Presidente del ojo público, reducir sus intervenciones e incluso apurar viajes y visitas para que se fuese fuera del país. Acomodándolo al perfil gerencial, impersonal, inubicable, pero con los hilos en la mano desde las alturas de su cargo.

Así, desgastado el concepto de excelencia, y volviendo a algo más cotidiano, hemos retomado el discurso desarrollista. Al que le sigue la pertenencia a grupos selectos de países como la OCDE, y la orgullosa chapa de país de ingreso medio alto. Ante la inminencia del desarrollo (que se examina de remarcable manera en este artículo) se nos promete que estamos ad-portas del logro máximo como país –no, no hay cabeza para pensar en nada más–, pero curiosamente no hay dinero (o riquezas, para ser más preciso) para asignar a la educación, para reforzar las universidades públicas, para crear infraestructura en lugares alejados, incluso para crear nuevas ciudades fronterizas. Tampoco para proveer mejor salud, menos para proveer pensiones decentes a los trabajadores chilenos; para ellos que su vejez se juegue en el casino que es la Bolsa de Comercio, donde cuando va bien todos ganan y cuando va mal el pensionado paga. En fin, es posible seguir enumerando durante varios párrafos.

Como al galgo que se le promete un conejo al final de la carrera, el desarrollo es el conejo de turno. Jugando la carrera lineal y ciega el galgo nunca alcanzará el conejo.

En este contexto, se podría pensar que líderes o representantes más patriotas podrían tener algo más interés en la suerte de sus ciudadanos que en mantener centenarios intereses. El patriotismo, hoy, reducido a declaraciones belicosas, xenófobas e intransigentes, de un Moreira o Tarud, por ejemplo, poco tiene que ver con tener el coraje de promover el bienestar de la población ni con la defensa de corajudas reformas.Patrioteros hacia afuera, ningún patriota con su propia gente. Cada cual vela por sus intereses y los del gremio de turno. Siendo esa la razón precisa del conservadurismo político transversal ante reformas tan necesarias. Nadie quiere cambiar el statu quo. Hasta expertos de vertiente liberal, en el caso de la educación, estiman que el diagnóstico es paupérrimo (3tv.cl). Pero el gobierno entrega unas becas más y todo sigue igual.

La falta de visión es transversal a Alianza y Concertación. A la última, probablemente la comodidad del co-gobierno durante los 1990s (si actuar de omisión lo consideramos como una política al fin y al cabo) los hizo caer bajo el constructo ideológico de derecha. La Concertación se derechizó, y cayó en el confort del conservadurismo político y el liberalismo económico. Así, políticos como Mariana Aylwin y Sergio Bitar,  defienden a destajo el modelo educacional que promovieron, el cual tiene hundidos en la miseria a miles de estudiantes endeudados con malos títulos y trabajos deplorables.  Otros, como Lagos, dicen que en ese momento era lo único que se podía hacer dadas las negativas de la derecha, como si ese fuese el único y exclusivo check and balance ad hoc al ejercicio del gobierno. Para eso le preguntamos a la derecha el límite de lo posible y ya está. Coraje o convicción por ninguna parte.

Aunque si a la Concertación le tomó más de 20 años llegar a una posición casi insostenible de anquilosamiento en el Estado, y de hacer del amiguismo y de la promoción de los “leales” antes de los “capaces” para ejercer cargos, a la derecha le tomó sólo un par de años actuar de manera similar.

En cierto modo era previsible, los potenciales cuadros administrativos de derecha, orientados casi en un 100% a la actividad empresarial no tenían la ambición de trabajar en el Estado y rebajar sus sueldos, siendo aún pocos quienes contaban con la voluntad y, aún más, con el know-how para administrar servicios públicos. El gran stock necesario para llenar cargos medios y medios altos no se encontraba por ninguna parte. A pesar de larazzia política al seno del Estado, la Alianza debió conservar directivos medios con afiliaciones de centro-izquierda.

Por otra parte el “desalojo” a raja tabla de funcionarios mermó el desarrollo limitado pero consciente de la Alta Administración Pública. La Alianza no tuvo pudor en sacar directivos escogidos mediante mecanismos institucionalizados y en colocar miembros de sus partidos, muchas veces sin siquiera las competencias necesarias. El desalojo, como precisamente muestra la agresividad de la palabra, no escatimó en reglas, procedimientos ni comportamiento republicano, se redujo a un: afuera con todos. Como si fuese el último gobierno de la historia.

El siguiente paso a administrar el Estado con eficiencia parecida, o peor, a aquella de la Concertación es culpar el constructo estatal y buscar proveer respuestas desde el mundo privado.  Una mezcla entre ideologización e incompetencia, si no se sabe manejar el sector público entonces transformémoslo lo más posible en el privado. No por nada un diputado llamó a la privatización de parques hace un par de meses. Ni siquiera el gobierno tuvo el ingenio (y más de un año) para idear un sistema avanzado de defensa civil en casos de catástrofe (ni que fuésemos un país sin recursos). En todas las réplicas han habido descoordinaciones. Mientras por casi dos años el jefe de ONEMI fue el ex director de Trabajando.com. ¡Qué visión!

La sobredotación de técnicos capaces en área privada desnudó la general incapacidad de tales individuos de proveer, aunque fuese, el aura de servidores públicos. Unos lloraban porque en el mercado sus sueldos valen mucho más, e incluso alegando que dos millones mensuales no alcanzan al bolsillo familiar. Otros como el ex ministro Raineri debieron renunciar justamente al expresar ese desprecio al público tan abundante en el mundo privado y en los ejecutivos más exitosos. Por siempre recordará a Magallanes luego de afirmar que “la fiesta” del subsidio al combustible debía terminar. También como hay técnicos también los hay operadores, de esos que tanto criticaba la derecha de la Concertación pero que cumplían un rol terciario en aquella, hoy están a cargo de programas y políticas públicas. Notablemente en deportes y seguridad pública. Con razón el Presidente afirmó que “tal vez nunca vamos a ganar la batalla contra la delincuencia” ante el aumento considerable de esta durante su mandato.

Y así en este intertanto los estudiantes vuelven a repetir las protestas el año pasado, quizá más por orgullo simbólico que por real convencimiento de cambio. En un año con paros, tomas, y fuerte movilización no se logró absolutamente nada conmensurable al sacrificio. No es su culpa, obviamente.

Finalmente esperaremos diversos bonos el próximo año, y todas aquellas jugarretas que la Concertación hacía y la Alianza criticaba afanosamente. Al fin y al cabo no son ni excelentes, ni mejores, más bien, como dicen por ahí: “es lo que hay”. Es la joven generación que cooperó con la dictadura y su opositora aquella vinculada a la Alianza-Democrática. Una sin sentido republicano y otra sin coraje.

Habrá que esperar que caiga el telón sobre la actual generación política para vislumbrar, justamente, algo “mejor”.

Aclaración: Los editoriales de Ballotage representan nuestro sentir institucional frente a ciertos temas importantes. Más información aquí.



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