Martes 25 de Julio de 2017

Potencia de Pérez o encuentro casual con Jorge Guillén

Por: Miguel Villalobos Martínez - 18-01-2016

Por alguna razón que no he logrado identificar, mi pasión por la narrativa – especialmente la breve– siempre ha estado por sobre mis preferencias líricas. Sin embargo, de vez en cuando disfruto tomar un libro de poemas y lanzarme a esa seductora tarea de asumir el ritmo de cada verso y desprender de ellos alguna verdad reluciente. Fue en estas andanzas que, hace un tiempo, me topé con una antología de Jorge Guillén –dirigida y seleccionada nada menos que por Ernesto Sábato– titulada Antología del aire nuestro [1]; recordando y confirmándome a mí mismo lo que para nadie es sorpresa: cuánta diferencia existe entre la vibración que exhala Cántico y la que podemos percibir en Clamor, obras claves en el repertorio creativo del poeta español. Escritas en momentos diferentes, los ecos de la Guerra Civil resuenan naturalmente en una más que en la otra. Pero ese no es el enfoque que quiero adoptar en esta reflexión; de hecho, aunque parezca imposible, quisiera hacer a un lado, por un momento, las consideraciones histórico-discursivas específicas que generalmente se utilizan como camino de aproximación a la poesía de Guillén (me refiero a la “poesía pura”, la guerra, la Generación del 27, etc.) para simplemente exponer algunas ideas que surgieron en mí a propósito de la lectura de Potencia de Pérez, poema con que inicia Sábato la “Segunda Serie” de su Antología.

Y es que el poema recién mencionado resulta impactante por diversas razones. En primer lugar, llama la atención de inmediato su gran extensión: dura varias páginas y está dividido, como es de imaginar, en nueve partes que incluyen hasta algunos coros. No obstante, la extensión épica de este poema está lejos de ser pomposa o antojadiza: sirve, sobre todo, para organizar la complejidad ideológica y el gran caudal de situaciones concretas que el poeta intenta expresar. Básicamente, el poema ilustra de forma paulatina cómo un nuevo orden se establece luego de que una figura hegemónica, dominante, derechamente tiránica toma sus riendas y nos conduce hacia un nuevo estado de cosas. La lectura comienza así en el “Canto primero”.

El cambio de paradigma

Desde un comienzo Guillén introduce la situación, que no es otra cosa que el paso de un estado a otro, el cambio de un régimen a otro en donde la figura de un dictador comienza a totalizar su poder. Identificamos otra vez ese “antes y después” presente en todos los procesos político-históricos de esta naturaleza: un cambio de paradigma que trae consigo un nuevo orden. Así, se entiende que sólo después de la imposición de la fuerza, la “paz” puede volver a restituirse, paradoja que se disuelve bajo la lógica tiránica. «Hay tanta patria reformada en tumba/ Que puede proclamarse/ La paz/ Culminó la Cruzada. ¡Viva el Jefe!» [2].

En este escenario, no deja de ser interesante el hecho de que, además, en el discurso poético se posicione la figura de Dios en colaboración directa con la del Dictador: «¡Sí! Se columbra junto al Jefe a Dios/ Tan propicio a la causa/ Una común empresa los une» [3], iniciándose ya el desplazamiento de ciertas categorías. En otras palabras, pareciera ser que Dios valida el accionar del Tirano (impersonalizado como cualquier figura mayor de autoridad, de control, de regulación) propiciando su victoria: «Oh jefe, nunca solo: Dios te encubre» [4]. Por supuesto, Dios es aquí una gran dicotomía: por una parte, encarna ciertos mecanismos de poder; por otra, es el manto sagrado que inviste al dictador de omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia.

La totalización del paradigma

Pues bien, es en este contexto que el canto siguiente se inicia con la proclamación del “nuevo régimen”, el cual se impone como una manifestación patente del poder: «Refulge un orden nuevo/ Que se inscribe en mayúsculas: el ORDEN» [5]. Guillén muestra aquí una lucidez extraordinaria, ya que no solo se conforma con representar verbalmente el proceso de transición y dominación, sino que además utiliza algunos recursos paraverbales como la inscripción en mayúsculas para singularizar aquellos conceptos relevantes, imprimiendo una mayor cuota de eficacia en su propuesta. Prueba de lo anterior es la forma en la que se nos va mostrando cómo este nuevo orden opera.

En primer lugar, se comienzan a relativizar las certezas, es decir, se toman las ideas ya existentes y se reformulan de acuerdo a la lógica de lo que ahora se impone: «La Verdad se desposa con el Régimen/ Está infusa en el Jefe» [6]. Por esto, la Justicia y la Verdad se deforman a tal punto que actúan de un modo coherente con las nuevas pretensiones, de una forma opuesta a la concepción tradicional, es decir, al sentido que tenían antes del quiebre en el continuo: «Cuanto más resplandece la Verdad,/ Más difuntos la cantan/ Y la Verdad avanza destruyendo (…) / Y la Justicia invade» [7]. La mentira pasa a ser verdadera y la verdad, una falacia; los medios se acomodan a la nueva forma de sentir, pensar y hacer y, en consecuencia, la individualidad se desdibuja volviéndose homogénea: «¿Disidente? Ninguno/ Que no sea culpable./ Diferir es manchar la blancura/ De la Historia aclarada (…) / Preferible el disfraz/ mentid» [8].

La configuración de los dispositivos específicos

Ahora bien, en un plano más específico, la “nueva maquinaria” comienza a erigirse en los pasajes posteriores del poema: los “coros”, fiel reflejo de las instituciones encargadas de respaldar el régimen y regular al sujeto, se desarrollan en el contexto del nuevo orden. En primer lugar, nos encontramos con la Burocracia, agente que cumple la función de escindir y multiplicar la Verdad para que el individuo jamás consiga aprehenderla por sí solo, posicionando de paso la Ley como pilar sustentador del Orden: «La ley levanta/ frente al oficial cacumen/ La sacrosanta/ Letra que todos consumen» [9]. Otra vez, Guillén se muestra particularmente agudo, imprimiéndole a sus versos una gran carga irónica y, por extensión, crítica, respecto a la excesiva importancia que se le otorga al papeleo como forma de garantizar y/o relativizar los límites entre lo legal y lo ilegal: «No se interprete la letra/ Su cuerpo mismo es sagrado/ Si una mente la penetra/ Se nos desploma el estado» [10].

En segundo lugar, se levanta el coro de la Policía, agentes encargados de la praxis en materia de coerción y represión directa contra los sujetos: «Correctos, brutales (…)/ Repertorio fino:/ Engaño, tortura/ Muerte en el camino/ Más que cárcel dura» [11], esa Policía que no discrimina y que reduce a todo quien atente contra el régimen que impera. Al respecto, cabe notar su doble misión: por una parte, resguardar los intereses del poder que le sustenta, sea como sea, a cualquier precio, aunque eso signifique reducir el valor de las personas a una simple objetualidad autómata: «El hombre es bueno: cree, cree, cree/ Vocablo tan mascado es realidad/ Tangible/ Hombres buenos: creed, creed, creed (…)/ Que hasta el más honesto (…)/ Cae en nuestro cesto» [12]; por otra parte, el rol ejecutivo que inevitablemente se les encomienda, donde al hombre que no es bueno, que no cree, entonces se le margina, violenta y/o elimina: «Por encima de muertos y de presos/ Y desterrados, todos enterrados» [13]. La dinámica de la tiranía, gracias a sus agentes encargados de la praxis –léase: del trabajo sucio–, se muestra en todo su esplendor.

De la misma manera, posterior al canto quinto en donde se desarrolla esta idea, se prosigue con los otros dos grandes agentes del nuevo régimen: los Partidos y la Clerecía. Los primeros, encargados de la perpetuación y propagación del régimen en un nivel superior, asumen ser los diferentes brazos de la nueva ideología que se propaga a punta de imposiciones. Su importancia para el funcionamiento del régimen resulta evidente: «Somos los únicos amos/ Del presente y del futuro./ Sin desfallecer lanzamos/ La pelota contra el muro» [14]. Los segundos, amparados bajo el techo de la moral, contribuyen, igual que la Policía, al control del sujeto desde la figura del “guía espiritual”, cerrando de paso el circulo que vincula inalienablemente la figura del Tirano, la de Dios y la de la Verdad: «Humildes, reverentes,/ Graves de dos en dos/ Conducimos las gentes/ A Dios.» [15].

Cúspide y proyección del paradigma

Finalmente, en los últimos dos cantos, se pregona el posicionamiento total del Nuevo Orden; la mayoría de los sujetos homogeneizados, limpios de disidencia o cansados de practicarla, aceptan ya la nueva dinámica: «Es fiesta/ El día redondea un sol muy rico/ De plumajes, charoles, armas nítidas./ A tanta pompa en rigidez aplaca/ Ya resplandor, el triunfo así arrojado/ Brillantemente a todos» [16]. Por el contrario, los que jamás aceptaron someterse al nuevo paradigma, simplemente han sido marginados (exilio) o simplemente eliminados (asesinato y desaparición). Nuevamente Guillén opta por decir más allá de la palabra y en un juego de connotación absoluta coloca entre paréntesis los siguientes versos que son la continuación inmediata de los anteriores: «(Menos a los caídos/ Bajo tierra o en tierra de una ausencia/ Forzosa o escogida)» [17]. De esta manera, el escenario final se despliega de la siguiente forma: el terror-orden se apodera del sujeto, lo cosifica, lo reduce, lo limita y lo agota hasta incorporarlo sin mayores inconvenientes dentro de su lógica (instituciones, ideologías, esquemas urbanos, etc.). No obstante, es importante considerar que, al agotarse las posibilidades del sujeto, se agotan también las posibilidades de su propio ser, pues la “nueva maquinaria” se perpetúa de forma estática sin poder crear para sí misma otras posibilidades de evolución. En efecto, bajo un régimen de dominación, si todas las condiciones se mantienen equilibradas, el Sistema no se destruye y logra sostenerse indefinidamente, pero este estado niega a su vez el porvenir, el futuro, sin más tiempo que el presente mismo: «Ensangrentado Pérez bien ungido/ Tan dueño del presente/ Un presente muy largo sin futuro/ De historia que no aboque a la catástrofe/ Todos la temen, nadie la desea/ Que el tirano persista» [18], para luego concluir «Explosión en el choque/ -Y todos ya lo auguran-/ Contra el vacío mismo. No hay futuro (…)/ La escena de la farsa:/ Muertos y muertos, muertos» [19]. Como es de esperar, será en este punto muerto, de inercia irrefrenable, en que otro orden se alzará –con intensidades variables, claro está– buscando iniciar un nuevo proceso de quiebre y reestructuración del paradigma.

Reflexión final  (Guillén, 1998)

A la luz de lo expuesto, el curso de la historia humana parece ser más cíclico de lo que se intuye y, por lo tanto, además resulta predecible. En este sentido, el rol activo que podemos jugar todos nosotros dentro de nuestras respectivas sociedades, por muy pequeño que sea, puede resultar gravitante. El problema mayor de nuestra inacción, sin embargo, reside en etapas mucho más tempranas que la del despertar mismo; es decir, reside en nuestra capacidad de recordar para actuar en consecuencia. En un mundo como el actual, cuyo ritmo nos hace sentir que la memoria es inservible o nos obliga, en cierta medida, a reducir su tamaño y sus espacios, buscar relatos alternativos/ no convencionales que posibiliten su rescate es absolutamente necesario. Por ello, no resulta ilógico plantear Potencia de Pérez como un testimonio poético que evidencia la manera en que los mecanismos de un régimen –léanse aquí, por ejemplo, todos y cada uno de los que azotaron (y azotan) Latinoamérica por largos periodos– se apoderan poco a poco del ser humano y su realidad, al mismo tiempo que transgrede y niega lo acontecido anteriormente. De ahí que considerar la Literatura también en su dimensión discursiva, nos permite comprender de mejor manera cómo un poema que retrata procesos históricos acontecidos en España puede, por la vía de lo universal, ser perfectamente aplicable a una realidad como la que se vivió en Chile durante la Dictadura Militar, aunque ambos acontecimientos hayan germinado en cronologías distintas. Dichos testimonios nos ofrecen nuevas oportunidades de entender mejor nuestra situación y también de entendernos nosotros mismos: dónde estamos ubicados y qué cosas podemos hacer para mantener y fortalecer lo que nos gusta, al mismo tiempo que actuamos para cambiar lo que no nos satisface. Como vemos, la Historia no es la única fuente disponible para calmar nuestra sed.

Notas al pie

  • [1] Guillén, Jorge (1998). Antología del aire nuestro [Dirección y Selección de Ernesto Sábato]. Buenos Aires: Losada. 209 p.
  • [2] Ibíd., p. 57.
  • [3] Ibíd., p. 57-58.
  • [4] Ibíd., p. 58.
  • [5] Loc. Cit.
  • [6] Ibíd., p. 59.
  • [7] Loc. Cit.
  • [8] Ibíd., p. 60.
  • [9] Loc. Cit.
  • [10] Loc. Cit.
  • [11] Ibíd., p. 61.
  • [12] Ibíd., p. 62.
  • [13] Ibíd., p. 63.
  • [14] Loc. Cit.
  • [15] Ibíd., p. 64.
  • [16] Ibíd., p. 65.
  • [17] Loc. Cit.
  • [18] Ibíd., p. 68.
  • [19] Loc. Cit.


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