Miércoles 29 de Marzo de 2017

ProsaFest 2016: abriendo caminos

Por: Miguel Villalobos Martínez - 19-12-2016

Lo/a invito a hacer el siguiente ejercicio mental: intente enumerar cuántos eventos en torno a la poesía chilena se han desarrollado este año; luego, haga exactamente lo mismo, pero pensando ahora en los que han tenido a la narrativa chilena como centro de la discusión. Notará, con algunas ligeras variaciones, que los resultados más abultados se inclinarán siempre hacia el terreno de los versos.

Y es que, sin duda, aunque nos duela asumirlo, en nuestro país la narrativa nunca ha gozado de la misma popularidad que la poesía. Ya sea por asuntos históricos, técnicos, temáticos o culturales -todo depende de qué vereda elegimos para analizar el problema- diversas son las razones que han sostenido esta situación. Sin ir más lejos, este solo tema ya es motivo de discusión: por largas décadas, hasta el día de hoy incluso, no se ha llegado a un consenso que permita zanjar los debates que se han producido, por ejemplo, en torno a las características de la narrativa de principios de siglo XX o a la denominada “Nueva Narrativa”.

Por ello es que me sorprendió tan gratamente enterarme que se realizaría un evento dedicado de forma única y exclusiva a este tema: el “ProsaFest: Festival independiente de Literatura en Prosa”, que se llevó a cabo este jueves primero de diciembre en el Centro Cultural Sofá (Santa Isabel #0151, Providencia) con excelentes frutos.

Ya el título y el diseño del afiche -con un gustillo a festival de música o cómics-, dejaba entrever algo del espíritu de la propuesta, que por lo demás estrenaba su primera versión y, de paso, daba inicio a la víspera de la versión número diez de la “Furia del Libro”. De la mano de un grupo de escritores y académicos con ganas de ampliar espacios y renovar energías se desarrolló un muy agradable encuentro en donde la lectura, el diálogo, la música, el teatro y los libros convergieron en un mismo punto: el arte de contar historias.

Básicamente, la idea era desmarcarse de la solemnidad que con frecuencia ronda este tipo de eventos para ofrecer, en su lugar, una instancia -inédita, por cierto- en la que diversos autores pudieran compartir con el público asistente algunas de sus anécdotas literarias, combinándolas, a su vez, con la lectura íntima de pasajes narrativos escogidos por ellos mismos. Esta voluntad de cercanía nos habla de lo que verdaderamente buscaba este festival: abrir caminos que propicien el encuentro directo entre personas e historias.

Al respecto, Ricardo Elías, escritor participante y uno de los gestores del evento, detalla: “El rol principal del ProsaFest era, en primer lugar, conectar a la gente con la literatura. Aprovechar las virtudes naturales de la narrativa para acercar a las personas a cada historia sin necesidad de que el libro mediara entre ellos o que tuvieran que someterse a él. En el fondo, invitar a que la gente participara de la literatura desde otras perspectivas, desde otras formas, sin ese miedo que hoy en día puede llegar a sentir el lector ante un texto literario y dándole la oportunidad para que en un mismo momento pudiera involucrarse con varias historias a la vez”.

Se produjo, entonces, algo tan natural y espontáneo como necesario. De la velada estuvo a cargo el destacado profesor y escritor Luis Hachim, quien ofició de maestro de ceremonia; también participaron diversos autores nacionales y argentinos invitados [1], muchos de ellos ligados al mundo de la edición y las publicaciones.

La mezcla fue, en efecto, muy nutritiva. De todas las lecturas escuchadas ese día no hubo una sola que ofreciera virtudes genéricas. Por el contrario, cada una reveló una serie de características que, en interacción, lograban dar cuerpo a una sólida voz narrativa. Y aunque en esta entrega no nos preocuparemos de analizar dichos rasgos por separado, es importante considerar su tono, su esencia, su horizonte: me refiero a esa voluntad común de reestructurar el molde discursivo -que muchas veces tiende a tornarse rígido producto de los monopolios temáticos- para abolir brechas creativas y apostar por un panorama más inclusivo y diverso.

Elías defiende este punto y lo ejemplifica con los motivos más recurrentes del universo narrativo de las últimas décadas: “En Chile tenemos una tradición literaria narrativa reciente que nace en dictadura, que continúa hasta el día de hoy y que tiene que ver con esta representación de un Santiago decadente, hecho bolsa por los milicos, escenario de la vida de los torturados, de La Moneda incendiándose. En este sentido, creo que es válido admitir que existe una carencia de perspectivas que impiden hablar de la dictadura -de las atrocidades de la dictadura- de otras maneras que no sean las ya registradas. Para qué decir de otros temas que no tengan que ver necesariamente con acontecimientos políticos e históricos... Entonces, la idea es darle espacio a otros narradores que no están enfrascados en este tema; tema que a estas alturas lamentablemente no responde solo a intereses reivindicativos -cuestión absolutamente válida, por cierto- sino que muchas veces se encuentran subordinados a otros intereses más amables con el establishment actual o que son derechamente comerciales”.

Así pues, pude notar que dichas cualidades distintivas, tanto en los autores chilenos como en los extranjeros que estuvieron en el ProsaFest, tienen su origen en el mismo punto: una tendencia a indagar en la “intrahistoria”, es decir, en aquella historia que se teje no en los relatos épicos que constituyen hitos por sí mismos, sino que dentro de los hogares, en las oficinas, en la mente y el corazón de cada sujeto que, en su singularidad, es afectado por condiciones externas similares a las que determinan a otros sujetos en otras latitudes. Más allá del buen pulso narrativo, el gusto que demostraron los autores por hacerse cargo integralmente de sus personajes es una característica que, a mi juicio, no debe ser desantendida. La mayoría de los argumentos rondaban los sectores más inexplorados del sexo, la familia, el trabajo o la violencia; sin embargo, este recorrido por los rincones más ocultos o íntimos del ser humano se estructuraba desde la cotidianeidad misma, o sea, desde las anécdotas más corrientes. Son precisamente estas vivencias las que, gracias a las maravillosas posibilidades que nos otorga el arte, logran situarse sin inconvenientes en el terreno de lo universal por la vía de la tragedia, la comedia o la mixtura de ambas facetas. Por esta razón, a pesar de que los personajes y sus historias parecían no ser trascendentes, conformaban al final un crisol de experiencias que conseguían hablarnos acerca de nosotros mismos con una lucidez y autenticidad sorprendentes.

En este sentido vale la pena repensar el lugar que hoy ocupa (y la importancia que se le da) a la narrativa en nuestro país. También es importante reconocer que espacios como estos hacen falta en el panorama cultural actual. Porque no es lo mismo el lanzamiento de un libro, una exposición académica o una intervención artística cualquiera que un momento de contacto verdadero entre los escritores/as y el público. Se hace cada vez más necesario crear y habilitar nuevos espacios que nos permitan conocer otros discursos que normalmente no tienen cabida en el panorama canónico de la literatura actual. Por eso, de iniciativas como el “ProsaFest” depende que la escena artística no se estanque y permanezca saludable.  

Espero, sinceramente, que se repita.

Nota al pie

[1] Los escritores que ese día expusieron fueron: Eduardo Plaza (chileno), Paula Brecciaroli (argentina), Rodrigo Torres (chileno), Bruno Szister (argentino), Ricardo Elías (chileno), Marcos Almada (argentino), Ariel Bermani (argentino) y Luis Hachim (chileno). También hubo otros números artísticos a cargo del cantante Rafa Daney (argentino, vocalista de la banda Hacha de Papel) y de Paula Ruíz y Alejandra Silva (ambas chilenas, integrantes del Colectivo Teatral Mañana nos Vemos).



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