Domingo 24 de Septiembre de 2017

Renegociar la deuda

Por: Alejandro de Coss Corzo - 12-09-2014

Los recuerdos específicos de la plática son borrosos, pero en algún momento empezamos a hablar de la deuda. Alguien recitaba a Benedetti y su Padre Nuestro Latinoamericano:

“perdónanos si puedes nuestras deudas

pero no nos perdones la esperanza

no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana

saldremos a cobrar a los fallutos

tangibles y sonrientes forajidos

a los que tienen garras para el arpa

y un panamericano temblor con que se enjugan

la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen

así como nosotros

una vez

por error

perdonamos a nuestros deudores

todavía

nos deben como un siglo

de insomnios y garrote

como tres mil kilómetros de injurias

como veinte medallas a Somoza

como una sola Guatemala muerta” (Benedetti 60-79)

Y eso lo desató todo.

Tal vez nunca hubo una plática, sino una discusión encarnizada dentro de mi cabeza, inspirada por los versos rebeldes del uruguayo. En ella pensaba en aquel libro de David Graeber (2011), “Deuda: los primeros 5,000 años” y su argumento central: nunca ha sido el intercambio la relación básica de la economía, sino la deuda. Esta deuda es, por ejemplo, la relación material y simbólica que mantiene unidas a las comunidades de nuestro campo, de las colonias populares o a los Argonautas del Pacífico Sur. Esta deuda es más que lo que pensamos, por reflejo, cuando escuchamos la palabra. No tiene que ver con el banco cobrando intereses onerosos, con el Fondo Monetario Internacional imponiendo políticas económicas o con los gobiernos globales utilizando la deuda como elemento de control. Tiene que ver con aquello que ata a las comunidades a lo largo del tiempo. Es la historia de una tribu o una familia depositada en ese objeto que el círculo de la kula distribuye: un intercambio simbólico en el que la muerte, la vida, el pasado y el futuro de las familias y los individuos se entrelaza. Hoy ya no hay kula, pero hay tandas, cajas de ahorro, tazas de azúcar y café, viajes compartidos a la escuela y tantas otras formas de solidaridad que hablan de lo básico del mecanismo de la deuda.

Una parte de mí defendía esto con fervor. La nostalgia de los lazos perdidos desaparece cuando ampliamos la vista y consideramos los múltiples significados que viajan en las cosas cuando dejan de ser meras mercancías. Otra parte era menos romántica. No es posible descartar con tal desdén la economía política internacional de los últimos 70 años, decía. Tienes que pensar en los usos que la deuda tiene cuando está en manos del Estado, de los bancos y de las organizaciones internacionales que los unen a los dos en una santa alianza de acreedores implacables. Y, por supuesto, esa otra parte también tenía razón. No es sólo lo más saludable resolver esta dialéctica interna con una síntesis, sino tal vez también la forma correcta de hacerlo. La deuda es todo esto: es control del Estado y de la clase que en él ha cristalizado sus ideas del mundo, de la justicia, del pago, de la culpa y del castigo; es al mismo tiempo el mecanismo básico que crea comunidades y que construye a la economía a través de prácticas culturales. Como todo lo que hemos nombrado humano, es terriblemente complejo y encantadoramente simple.

La deuda, entonces, es un conjunto de prácticas que siempre están contextualizadas. Sobra repetirlo, pero lo repito igual: no es idéntico pensar en los mecanismos solidarios de una colonia popular que en los mecanismos que sustraen riqueza de los rincones pobres y deudores del mundo a los centros de riqueza y poder. La segunda es una relación colonial. Es aquello que Aníbal Quijano llamó la colonialidad del poder. En América Latina las estructuras económicas y políticas que ordenan al continente se conforman de herencias innegables de la historia colonial. Se expresan no sólo en las balanzas de pagos, sino en la silenciosa estratificación racial, entrelazada con la de clase. La subordinación, el racismo cotidiano e institucional y la pobreza sostenida de los pueblos originarios de nuestra región son claras muestras de esta colonialidad. Esta es, interpreto, la deuda de la que Benedetti habla: parte integral de esos tres mil kilómetros de injurias, millones de esos que conforman a la Guatemala muerta.

La subsunción de los mecanismos de deuda en el poder del Estado sobre la muerte y del aparato burocrático sobre la administración de la vida es lo que hace diferente a una de la otra. Graeber alega que es la amenaza de fuerza la que otorga a la deuda que los Estados detentan su función de dominación. Esta misma fuerza está detrás de los bancos (o piensen en las facultades penales que las reformas jurídicas les han dado en México en este último año) y su relación con los deudores. Desde 1970, el crédito ha sido el motor de la economía global: la clase media es su ficción más acabada. El deudor requiere del crédito para acceder a los productos que le seducen y, al mismo tiempo, se convierte en parte del engranaje de la economía global. En esta posición de engrane, la deuda es fuente de ansiedad y culpa; deja de ser vista como un mecanismo básico que construye la sociedad y se convierte en un castigo, un pecado original.

A la par, esta seducción del crecimiento infinito, ciega a las desigualdades que son necesarias al desarrollo capitalista, es el faro que guía el comportamiento de la mayoría de los Estados. Deudas gigantescas destinadas a construir carreteras que el desarrollo del capital convierte en obsoletas al paso de algunas décadas. Recursos, deuda, muerte, trabajo, arrojadas a la construcción de instituciones y bienes que el propio capital tiene que hacer obsoletos para poder continuar su voraz ciclo de acumulación. La economía global parece una máquina de Rube Goldberg, esas que tienen mecanismos complejísimos y procesos barrocos para terminar haciendo absolutamente nada. Aquí la salvedad es que esa nada es, en realidad, la continua producción de la desigualdad, el futuro como condena, la herencia capitalista y colonial que pesa como destino sobre los hombros apesadumbrados de millones.  

Cuando Benedetti habla con pasión del momento en el cual cobraremos la deuda que se nos debe no habla sólo de estas grandes estructuras y abstracciones teóricas. Habla también de lo concreto. Ya mencioné la sangre derramada en Guatemala por las necesidades de la United Fruit Company. Ahí está también la de Salvador Allende y los más de 40,000 desaparecidos, torturados, asesinados en la dictadura de Pinochet en Chile, ese fúnebre laboratorio para experimentar con la economía neoliberal en su mejor contexto: el del terror y control Estatal. Aquí está la de la fallida guerra contra las drogas, receta estadounidense, que cobra diario una cuota de terror y sangre con más de 100,000 muertos en todo México. Esta es la deuda que el poeta tiene en mente, o al menos es la que yo tengo: una deuda de muerte, de control en función del interés colonial y capitalista, tan finamente entrelazados que a veces es imposible discernirlos. Esta deuda que es con alguien y es con nadie: es con Nixon y Kissinger y es con el sistema capitalista y con la United Fruit y con el complejo militar-industrial. Es con las clases dominantes de nuestros países, las sacras guardianas del orden y las buenas costumbres, del indio en su tierra, mientras más callado mejor, y el extranjero en ésta su casa, mientras la riqueza la comparta. Es la deuda que tal vez tenemos con nosotros mismos, con la cobardía y el silencio, con el cobro que no llega.

Cuando llegue, ¿cómo se verá? Yo me lo imagino como la anulación de esa deuda que oprime y la reconstrucción de esa otra que nos conforma como colectividades y como individuos en ellas. Esa utopía tiene otras formas de gobernarnos y administrarnos que no puedo definir. Walter Benjamin dijo en los Prolegómenos a las Tesis sobre Filosofía de la Historia que Marx siempre había imaginado que la revolución era una marcha aún más veloz del tren, pero, para él, era ese momento en el que colectivamente jalábamos el freno de emergencia. Esa anulación de la deuda es parte de la revolución de todos, de la que no acepta recetas, de la que no tiene todo dicho. En la indeterminación hay libertad, incluso de esos futuros que exigen hoy deudas a cambio de promesas que no saben si jamás podrán cumplir. Las promesas pequeñas, las que están implícitas en el don, en esa deuda que edifica, son las únicas que puedo ver desde aquí, con claridad y con alegría, con la liberación que el poeta ansía en la rabia que vuelca en cada letra.



Comentarios

comments powered by Disqus
Newsletter
Redes Sociales
Sitios Amigos