Domingo 20 de Agosto de 2017

Subjetividades Contemporáneas y el inconsciente como fisura

Por: Magdalena Bonvallet - 04-10-2016

Atrás queda la estela de los tiempos modernos de Chaplin, sátira que supo plasmar los efectos contraproducentes de la industrialización y la producción en serie en los procesos de subjetivación de los individuos. Seguro la producción ni su audiencia previó la velocidad con que el espíritu de la época bajo la consigna del progreso y la fe ciega en la razón - tan bien representado en el largometraje - serían sustituidos por una trama aún más vertiginosa que deja el disfraz de la renombrada modernidad para vestirse con un nuevo traje, hecho a la medida de un sistema neoliberal que se encargará de configurar las subjetividades contemporáneas. Sin embargo, no es posible concebir un corte que divida con exactitud una época histórica de otra; más bien, siempre podremos advertir una transición entre periodos que hará difusas las líneas y en la que, paulatinamente, sucederá una yuxtaposición de valores, creencias y supuestos que se mezclarán, cambiarán y terminarán por dar forma a la etapa siguiente.

Es así como poco a poco se desmoronan los pilares de la modernidad [1] con lo cual el sujeto cartesiano [2], vale decir sujeto consciente dividido en cuerpo y alma, se desmantela, aparentemente, para ver nacer con nuevo brío a una época que desde distintas disciplinas se han empeñado por denominar postmodernidad; algunos menos optimistas como el pensador Lipovetsky hablan de la “Era del vacío” [3]  haciendo referencia a una época despojada de signos vitales y sumida en un letargo inicuo que mantiene adormecido a un sujeto que anestesiado se entrega a una existencia superflua. Otros autores, como el sociólogo Zygmunt Bauman, han apostado por el término “sociedades líquidas” [4] para hacer referencia al endeble tejido social que construimos en la actualidad, donde los lazos sociales, así como los conceptos que antes regían nuestro actuar, languidecen ante la aurora de los tiempos actuales.

Sea como sea, como dijimos en un comienzo, ninguna época se desmarca completamente de la anterior y conviene más bien pensar en un tránsito que alberga ideas de una y otra, con lo cual, entendemos que ninguna de las lecturas mencionadas parece tan ajena y bien podemos advertir que muchos valores siguen de manera vigente, implícitos en diversas instituciones y prácticas cotidianas que van fraguando las identidades postmodernas. De lo que no cabe duda es que el individuo de hoy se ubica y se mueve en coordenadas espacio temporales particulares a un ritmo acelerado que no admite un stop. El advenimiento de la era tecnológica y sus dispositivos ha traído aparejados importantes cambios.; asistimos a una época dominada por los massmedia que nos saturan de información. Convendría reconocer también la influencia que ejercen los avatares de potencias económicas hegemónicas en el resto del mapa y, por otro lado, en la esfera de lo privado (cuya línea cada vez es más fina y difusa con respecto al dominio público) es posible identificar el papel que desempeñan las redes sociales como formas de comunicación y socialización, y que hoy por hoy parecieran hacer inteligible la realidad. Somos testigos de una era que abraza, entre otros, el discurso de la Ciencia y la legitimación de la industria farmacéutica, por ejemplo, como principal acreedor.

El factor común a algunos de los elementos recién descritos que dan fe de nuestros tiempos, es la inmediatez con que éstos se desarrollan y se suceden unos a otros. En estos tiempos, en que se ha adoptado el cariz de lo inmediato, el mundo se despliega a nuestras anchas de forma atolondrada y la realidad se torna como aquello que debiese estar al alcance de la mano, o del wifi. Nos enfrentamos a una época de múltiples estímulos, escenas que titilan ante nuestros ojos aún no acostumbrados a su fugacidad. Thomas Moulian lo explica en su libro "El consumo me consume" que interpela al sujeto contemporáneo asediado por una forma particular y escabrosa de relacionarse con el entorno y los objetos, donde el valor supremo es el bien de consumo y es el carácter desechable de los objetos lo que conmina al sujeto a la sustitución material sin fin, callejón sin salida que nos sugiere la interrogante respecto a qué dimensiones propias de los habitantes del siglo XXI no se encuentran atravesadas por la máxima de aquello susceptible de ser objeto de cambio. Siguiendo esta línea, ¿qué puede esperarse del sujeto inmerso en su propio goce autoerótico, como diría Sigmund Freud, en el sentido de satisfacerse a sí mismo sin tregua? Cabe preguntarse si el homo faber volcado a la producción propuesto por Marx no subsiste hoy siendo parte de un engranaje, donde la máquina sólo pareciera estar más lubricada y el sujeto más cómodo y afanado a su tarea.

En medio de este escenario presentado ahora de manera tan desoladora, ¿qué salidas quedan? Aquí es cuando entra en juego la inquietante noción de inconsciente que no deja de hacer ruido, y que inaugura una nueva forma de entender al ser humano, rompiendo con la tradición filosófica fenomenológica imperante y que permite despertar del letargo al sujeto y remover las piezas del engranaje mediante la perturbación misma del sujeto y su psiquis. El inconsciente como categoría, acuñada por Freud, permitió un giro epistemológico crucial que tiene que ver con instalar la idea de aceptar que la consciencia no es plenamente transparente al ser, por más que el sujeto utilice su raciocinio y escarbe exhaustivamente en sus recuerdos. El sujeto freudiano se constituye de manera dialéctica entre lo consciente y lo inconsciente donde este último comanda en gran medida y contra nuestras sospechas la vida de las personas. Es necesario entender el inconsciente como aquel contenido psíquico que ha quedado fuera de la consciencia por medio del mecanismo de represión; inconsciente que es incognoscible y que retorna bajo distintas modalidades: actos fallidos, fantasías, sueños, y por excelencia el síntoma (único y exclusivo para cada quien).

Resulta relevante la aparición del inconsciente en el plano psíquico en tanto nos da nuevas pistas que permiten comprender un poco más las contrariedades del sujeto y, a mayor escala, por qué no las conductas de una sociedad. La gracia del inconsciente estriba en que al echarlo a andar, nos permite hablar de lo inefable, es decir, de aquello que no encuentra palabra, que no calza, que no es lógico y que aun así se cuela en los intersticios de nuestras vidas, convirtiéndose muchas veces en patrones de conducta, incluso transgeneracionales, que por supuesto, para nuestros esfuerzos pragmáticos, no guardan sentido alguno. El inconsciente, entonces, se torna indeterminable y enigmático, apelando a lo inescrutable del ser y albergando en su seno las fuerzas inconmensurables del ser humano, lo cual finalmente se presenta como una oportunidad frente a las adversidades de los tiempos y que dice relación con el valor de la singularidad en cada quien. Gracias a este hay fisura en el sujeto, se asume imperfecto, así como su condición finita en tanto ser humano, incapaz de dominar todo, pues hay un resto que siempre se escapa, el deseo que se moviliza. Y esto nos debiera sacar un gran peso de los hombros como humanidad, el sujeto dueño de su saber se derrumba y el ser humano por primera vez puede no darse una respuesta para todo, y tiene derecho a no saber el porqué de todo lo que hace y dice. En palabras de Freud:

“El psicoanálisis (...) se procura conceptos auxiliares y construcciones científicas, y por fin puede decir al yo: «no estás poseído por nada ajeno; es una parte de tu propia vida anímica la que se ha sustraído de tu conocimiento y del imperio de tu voluntad». (Freud , 1917)

De este modo, es interesante cómo la noción de inconsciente posibilita la reconciliación con nosotros mismos, con la especie, pues releva la complejidad de la existencia humana, implica asimilar la idea de que el ser humano se compone de fuerzas antagónicas en tensión, pulsión arrebatadora que podrá encauzarse por distintas vías, pero que no deja de pujar, haciendo caso omiso de las ideas construidas en torno al hombre como la coherencia y consistencia. Lo cierto es que la verdad del inconsciente alejada del deber ser, incomoda, es desconcertante, y puede ser verdaderamente angustiante. No obstante, es la posibilidad de desplegar ese discurso opaco, desenmarañar el nudo; diría el psicoanálisis, lo que permite es confrontar al sujeto con su propia falta, se trataría de poner en entredicho el enunciado del sujeto, para ubicar allí al sujeto de la enunciación, que es que el sujeto se interrogue respecto de un discurso nunca antes problematizado; es una invitación a suspender las certezas, una invitación a encontrar el deseo del sujeto y reconocer las limitaciones que cada uno a su manera arrastra y nos alejan de llevarlo a cabo. Ahí en medio, el inconsciente persiste, nos seguirá molestando, y será un zumbido de mosquito como recordatorio de nuestra finitud y de aquello que podemos hacer y aún no nos animamos.

Notas al pie

  • [1] Entre las características de la modernidad el autor Tomás Ibañez sitúa: la búsqueda de universales y pretensión de cientificidad a través de la fundamentación segura de la verdad, la formulación del conocimiento como representación del mundo.
  • [2] El sujeto cartesiano instala una idea clave en el pensamiento filosófico que tiene que ver con que para el sujeto su conciencia podría serle transparente por medio de un correcto y debido uso de la razón. Idea que será rebatida con la noción de inconsciente propuesta con la invención del psicoanálisis.
  • [3] Época narcisista de fuerte personalización, caracterizada entre otras cosas, por la desmovilización del espacio público y la deserción de lo político, la sobreexposición y sofisticación de dispositivos de control social, la exaltación del hedonismo como forma de existencia, el enarbolamiento del discurso de sociedades democráticas entre otros elementos que refiere el autor.
  • [4] Zygmunt Bauman utiliza el término “líquido” como etiqueta para describir el fenómeno que aqueja a las sociedades actuales que se debaten en la atomización del sujeto, y sufren una precariedad de vínculos y la fragilidad del lazo social, entre otros.

Referencias

  • Bauman, Z (2004)  "Modernidad líquida", Editorial Fondo de Cultura Económica, México DF, 2004
  • Freud, S (1917). "Una dificultad del psicoanálisis". En Obras Completas. Tomo XVII (1996) Buenos Aires, Amorrortu.
  • Ibañez,T (2001) ”Municiones par Disidentes”, Realidad, verdad, política, gedisa Barcelona
  • Lipovetsky, G (2003) "La era del vacío: Ensayos sobre el Individualismo contemporáneo". Edirorial Anagrama, Barcelona
  • Moulian, T (1998) "El consumo me consume" LOM Ediciones, Santiago de Chile


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