Domingo 25 de Junio de 2017

Subterra, un hito en la literatura chilena

Por: Francia Pérez - 14-01-2017

¿Qué pasaría si un día despertamos y nos damos cuenta de que Subterra de Baldomero Lillo nunca fue escrita? ¿Nuestra sociedad aristocrática se hubiera dado cuenta de lo que ocurría en la periferia de Chile en el siglo XX? O, por otro lado, ¿la clase trabajadora hubiese tomado conciencia de lo que les ocurría a sí mismos?

Si Baldomero Lillo nunca se hubiera enfermado, ni leído a Dostoievski, Dickens, Tolstoi, Zolá, Maupassant y Balzac; si simplemente hubiera seguido trabajando en la pulpería de Lota sin reflexionar sobre el destino de miles de mineros que veía pasar día tras día, cada vez más degastados y apagados, sin ilusiones ni esperanzas…; si tan solo hubiera callado, tal vez la historia no hubiese sido la misma. Si Baldomero Lillo, padre del naturalismo chileno, iniciador de la literatura de contenido social, hubiese sido un temerario de la elite de la época, probablemente la historia de la literatura chilena sería distinta. Pero no. Baldomero Lillo tenía inquietudes, inspiraciones, influencias lejanas pero evidentes: quería hacer crítica. Y fue “Juan Fariña”, su primer cuento, el que le otorgó en el año 1903 un lugar privilegiado; el que le abrió las puertas de El Mercurio, de Zig-Zag y de (irónicamente) la Revista Católica de Santiago. Y el que lo llevó también a pensar en la posibilidad de publicar algo más: así fue como nació, en 1904, “Subterra”. Pero eso no es todo. ¿Qué tan importante puede llegar a ser una obra de carácter social, escrita por un autor desconocido, en la sociedad elitista del siglo XX en Chile?

Subterra fue mucho más que una obra cualquiera. Marcó un hito dentro de la literatura chilena de la época. Su importancia radica en que fue la gestora de una conciencia alternativa. Propuso de manera implícita una expansión de la noción del modernismo hispanoamericano. Fue quien profundizó una indagación de la particularidad nacional realizada por el costumbrismo del siglo XX. Subterra nace desde el sufrimiento, del cómo una persona puede conmoverse hasta el punto de querer expulsar violenta, aunque sutilmente toda esa absorción de vivencias observadas desde la platea, pero vividas de manera anónima. Lillo era un espectador sin nombre, pero presente: autor de aquellas historias vivenciadas por otros, protagonista de las explosiones, las heridas, las humillaciones desde su lugar privilegiado de trabajo. Sintiéndose minero y explotador a la vez, responsable de la articulación, de la vocería; sintiendo que era parte de un cuento de Zolá o de Tolstoi como cuando era niño. He aquí la importancia de la obra dada por la cercanía del autor con la realidad que estaba describiendo. Y es por esta razón que fue tan trascendente el trabajo realizado por Lillo, por la proximidad que tenía con el contexto que describía en sus escritos. 

Baldomero Lillo desarrolla su obra en medio de múltiples cambios sociales, económicos y políticos producidos con el desarrollo de la República Parlamentaria y junto a las nuevas tendencias sociales que imperaban en esos años, produciéndose un cambio en la novela chilena. Fue el escenario perfecto para relatar la vida de miles de chilenos que, en el anonimato que implica pertenecer a la clase baja de 1904, dejaban su vida bajo la tierra, explotados y maltratados por los señores de cuello y corbata.

La entusiasta recepción de Subterra va más allá de lo artístico. Ingresa en el terreno de la reflexión valórica de la sociedad de 1900. Nace en un apocado ambiente literario poblado de seguidores fieles de los clásicos españoles y de la literatura francesa; en un ambiente de ceguera intelectual, alejado de la realidad social en un país latinoamericano que estaba próximo a cumplir cien años de independencia. Aquí decide expresarse Lillo. Aquí decide arriesgarse. Aquí decide lanzarse, determinarse, exponerse, aventurarse. Sin duda eran más fuertes las ansias de gritar, de innovar, de mostrar.

Y sigo defendiendo la idea de que Lillo es un hito, es justicia. La justicia que les faltaba a los miles de mineros que solo tenían por delante el destino de “trabajar, padecer y morir”. Tal convicción se hace presente en el cuento “Los inválidos”:

 “¡Pobre viejo, te echan porque ya no sirves! Lo mismo nos pasa a todos. Allí abajo no se hace distinción entre el hombre y las bestias. Agotadas las fuerzas, la mina nos arroja como la araña arroja fuera de su tela el cuerpo exangüe de la mosca que le sirvió de alimento. ¡Camaradas, este bruto es la imagen de nuestra vida! ¡Como él, callamos, sufriendo resignados nuestro destino! Y, sin embargo, nuestra fuerza y poder son tan inmensos que nada bajo el sol resistiría su empuje. Si todos los oprimidos, con las manos atadas a la espalda marchásemos contra nuestros opresores, cuán presto quebrantaríamos el orgullo de los que hoy beben nuestra sangre y chupan hasta la médula de nuestros huesos. Los aventaríamos, en la primera embestida, como un puñado de paja dispersa el huracán. ¡Son tan pocos, es su hueste tan mezquina ante el ejército innumerable de nuestros hermanos que pueblan los talleres, las campiñas y las entrañas de la tierra!” (Lillo, B., 1904. Pág.).

La obra de Baldomero Lillo entra como vendaval en el escenario literario que se vivía en Chile y deja una marca imborrable en escritores posteriores. Todo este revuelo es provocado por una narrativa directa, clara, sencilla, certera, sincera, honesta. Todos estos atributos permiten que la obra de Lillo sea considerada como una de las grandes de la historia literaria chilena.

Incluso la fatalidad y destino trágico que marcan la existencia de los protagonistas son parte de su encanto, que como el Flautista de Hamelin atrajo a todos quienes tenían acceso a la obra, desde los obreros a los aristocráticos. Así lo menciona Ernesto Montenegro, escritor y periodista chileno perteneciente a la Generación de 1912, en su obra “Mis contemporáneos” (1968): "por primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta las librerías del centro para volver al suburbio cargando debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor chileno con un público lector que abarca del taller y la planta industrial a los cenáculos literarios". Pero, a pesar de todas estas características de descripción lóbrega, finalmente, eso no hace más que acentuar el mundo atormentado, desmoralizado y sórdido que reproduce en sus narraciones, como una forma de manifestar lo que consideraba una muestra clara de explotación humana.

Una demostración patente de lo que significó Subterra y, sobretodo, Baldomero Lillo para la literatura chilena, es expresado por Montenegro en la siguiente afirmación: “Nos hace sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia”.

La importancia de Subterra y su carácter transformador tiene relación directa con el contexto social, económico y político que marcaba al Chile de la época. Un contexto económico capitalista consolidado, una fuerte industrialización, un desarrollo descontrolado de la urbanización, dirigentes ciegos e incapaces de solucionar los problemas que aquejaban a la clase popular y, por último, una serie de manifestaciones públicas e ideas de sindicalismo.

Referencias bibliográficas

  • Lillo, Baldomero. (1904). Subterra. Cuadros mineros. Santiago: Imprenta Moderna. Instituto de Literatura Chilena. Santiago de Chile.
  • Montenegro, E. (1968) “Mis contemporáneos” Ensayo biográfico y de crítica literaria. Santiago: Imprenta Moderna. Instituto de Literatura Chilena Santiago de Chile. 



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