Domingo 24 de Septiembre de 2017

Trump y el culto al dinero

Por: Gabriel Henríquez - 13-03-2016

“El dinero, incluso en el más improbable de los casos, logra otorgar un aura de inteligencia” J.K. Galbraith

Un elemento esencial a la discusión sobre la desigualdad y las consecuencias de la Gran Recesión (2008- ¿?) es el rol del dinero en la política. Puesto que el dinero es el principal vehículo de transmisión de las relaciones políticas y sociales, este media nuestro comportamiento y los juicios que establecemos respecto a él. Dice bastante que en Europa y Estados Unidos se han aplicado sólo algunas regulaciones adicionales al sector financiero luego de la crisis – Basel III, en particular en requerimientos de capital – y que prácticamente ningún responsable de la crisis haya sido encarcelado, considerando las pérdidas de riqueza de cerca de US$12.9 trillones sólo en Estados Unidos.

Se habla hoy de un estancamiento secular, lo que implica una generación entera sufrirá las consecuencias de la crisis. Pero la responsabilidad del empoderado sector financiero respecto a la crisis ha sido escasa y la regulación insuficiente. La política respecto al dinero ha variado poco.

Sin duda estamos viviendo una etapa singular del desarrollo capitalista. Al menos desde los años 70, la desregulación, el auge del sector financiero y la desindustrialización han cambiado la forma en cómo entendemos la producción y nuestros juicios respecto al dinero. Nada tan nuevo de todos modos, el presente tiene varias similitudes a la década del 30: depresión y auge de nacionalismos, así como con los años 80 del siglo XIX, cuando la globalización alcanzó su mayor propagación en el planeta – en términos comerciales, financieros y migratorios.

Éxito y dinero es un binomio inseparable heredado de los inicios del desarrollo industrial, que otorga legitimidad para las más diversas aventuras personales. A falta de un rol relevante para el Estado y con una masa de trabajadores sin educación y ganando apenas para subsistir, la actividad económica entonces quedó en manos de quienes acumulaban capital suficiente para invertir. De ahí que necesariamente el emprendimiento y desarrollo tecnológico fue en gran parte desarrollado por el  sector privado. La principal responsabilidad del Estado fue, por años, la coerción militar a países que cayesen en impagos, así como asegurar la provisión de materias primas desde la periferia. El nexo anterior se fue sofisticando lo suficiente como para desencadenar la etapa colonial de los 1880s.

Hoy en día, sin embargo, estamos bastante alejados de ese prototipo empresarial de elevado riesgo y perfil aventurero: aquellos que construyeron las primeras vías ferroviarias en el “nuevo mundo”, aquellos que desarrollaron la minería en territorios inhóspitos, aquellos que desarrollaron las industrias de petroquímicos, navieras, materiales sintéticos, etc.

Hoy aquellas características cuasi-épicas del empresario tienden a ser más slogan que realidad. El culto del dinero se ha vuelto mucho más fetichista, en la medida en que la sociedad de consumo desde los 80 le ha otorgado un rol central al adinerado, sin necesariamente existir alguna correlación entre la opulencia económica y un gran emprendimiento económico, invenciones revolucionarias o uso de tecnologías al servicio de alguna actividad productiva que justifique admiración. Aquel distanciamiento entre riqueza y “haber producido” esa riqueza, es parcialmente lo que está detrás de la crítica de Atkinson y Piketty al efecto distorsionador de la herencia en la riqueza, a la lotería de los padres, y sociedades donde los obstáculos de la clase media contrastan con las facilidades (en oportunidades, impuestos y capital social) de las que disfruta el rico.

Así el culto al dinero se ha vuelto vacío, desprovisto de aquella aura productiva que nos llevó a tres revoluciones industriales en poco menos de doscientos años. Aquellos que más tienden a resaltar la importancia del “emprendimiento” son frecuentemente empresarios que se han vuelto poderosos por herencia o especulación.

Consideremos los conglomerados actuales que acumulan un alto porcentaje de riqueza diversificada en varias actividades. En países en desarrollo sucede que éstos se han concentrado en construcción, finanzas, sector inmobiliario y retail. En estas áreas las ganancias suelen ser fáciles y las contribuciones en innovación o tecnología al resto de la economía son escasas. Se trata de sectores aislados de la competencia internacional, donde generalmente al dominar un mercado se expanden líneas de negocios a otros rubros donde el riesgo es escaso. (Project Syndicate, 2013)

Asistimos entonces a la idealización del “emprendedor”, el cual se sienta en la cima de la pirámide social, por sobre cualquier profesional. Luego, el gran empresario es frecuentemente alabado y legitimizado por un popular “debe ser inteligente si tiene tanto dinero”, aseveración que en la mayoría de los casos termina en comedia o tragedia.

Sin embargo, en la realidad del auténtico emprendedor contemporáneo, el primer obstáculo es luchar contra las poderosas corporaciones, aquella forma de empresa que se creó con el fin de minimizar el riesgo, posicionarse mediante un manejo eficiente de costos y en consecuencia ofrecer precios que frecuentemente otorgan una posición dominante. Paradójicamente, aquel “emprendedor” sólo puede crecer con apoyo estatal, mediante líneas de negocios especiales o financiamiento de start-ups.

“En realidad soy muy rico”

Quizá el el mejor ejemplo del culto insensato al dinero sea la candidatura del Republicano Donald Trump. La legitimidad que emana del dinero ha permitido al candidato presentarse exitosamente como candidato a la presidencia del país más poderoso del mundo, insultar gratuitamente a las minorías y vender un discurso populista basado en el exitismo y el culto a sí mismo.

En este contexto, la xenofobia, la mentira y el cambio repentino de opinión parecen no importar a ningún votante de derecha. Ni siquiera el apoyo del Ku Klux Klan (CNN, 2016) pareció incomodar a Trump o sus electores. Por apoyarse aparentemente solo y seducir a un electorado extremadamente dócil al poder del dinero – lo que en Estados Unidos se da como en ningún otro país – Trump se ha convertido en perfecta caricatura de la irreflexiva reverencia al empresariado. Si la banca no se vio castigada luego de la Gran Recesión, no resulta implausible que un candidato con la sola credencial del dinero se permita correr una exitosa campaña populista y autoritaria.

En numerosas ocasiones sus seguidores han nombrado su fortuna como parámetro de admiración, asunto que tiende a suceder con millonarios que son candidatos a algún puesto político. Palanca que no escapa como instrumento a ningún empresario con aspiraciones públicas. Trump no para de repetir burdamente: “en realidad soy muy rico”.

La verdad es que Trump es meramente un oportunista. Es un mal chiste de la extrema desigualdad, que otorga innumerables oportunidades al poseedor de riqueza. El único mérito de Trump es haber tenido los padres que tuvo, heredando un imperio inmobiliario cuyo sólo crédito proviene de su progenitor. Su fortuna, valorada en US$100 millones en 1978, sería hoy US$6 billones si se hubiese salido del negocio inmobiliario y hubiese invertido en fondos mutuos indexados en el Standard and Poor 500 y reinvertido los dividendos. Eso es casi el doble de los US$2.9 billones de la fortuna actual del empresario, estimada por Bloomberg (Washington Post, 2015). En otras palabras, los retornos de Trump son peores que los de un inversionista promedio que ahorra sólo para su jubilación.

La historia de éxito de Trump ha sido más bien una manipulación exitosa de su nombre. El caso más popular es Trump University, una entidad online con fines de lucro, que ha sido acusada de engaños y prácticas ilegales. La “Universidad” renombrada Iniciativa de Emprendimiento Trump (Trump Entrepreneur Initiative) nunca fue una universidad acreditada, ni ha entregado títulos a sus clientes. El principal mecanismo de estafa fueron tácticas para enganchar clientes y presionarlos a asistir a seminarios cada vez más costosos en mercado inmobiliario, gestión de activos, emprendimiento y creación de riqueza (Guardian, 2015). En Nueva York existe una demanda que pide la restitución de al menos US$40 milllones a los afectados.

Fuera del área inmobiliaria los negocios de Trump han ido bastante mal. En 2006, lanzó un vodka “super premium” con el logo “éxito destilado”, pero el producto dejó de venderse en 2011. En 2007, con fanfarria inauguraba “Trump Steaks” auto-alabándose por tener los “mejores steaks del mundo”, que ya no se venden. El 2006, Trump inauguraba Trump Mortgage LLC, indicando que “el mercado inmobiliario sería muy fuerte en los años venideros” – sí,  dos años antes del colapso sub-prime (France 24, 2016).

Trump es extrovertido, vulgar y simple. Su perfil demagógico es legitimado por su aparente éxito como empresario. Si bien es improbable que sea elegido presidente, el que haya logrado vender su candidatura debería sembrar preocupación sobre lo que hoy el dinero puede comprar.

Salvar al capitalismo de los capitalistas

Enfrentarse a la justicia desde la opulencia garantiza un trato preferencial, al punto de posibilitar castigos absurdos. Un ejemplo cercano es el dictamen que obligó la concurrencia a clases de ética y sanciones económicas mínimas a los ejecutivos de las farmacias Cruz Verde, Salco Brand y Ahumada, acusados de fijar los precios de más de 200 medicamentos (América Economía, 2015).

Esto es sólo un síntoma más de la desigualdad extrema, que no sólo se visibiliza en meros ingresos, sino también en influencia y oportunidades desproporcionadas. El fetiche del dinero y el frecuente abuso de la posición económica han creado una variante de capitalismo odioso, altamente desigual y peligroso. Peligroso porque la defensa férrea de los beneficiados por el status quo y la creciente antipatía ante la actual relación mercado-sociedad está destinada a generar populismos que busquen alternativas disfuncionales.

En Estados Unidos y otros países que han seguido el camino de la liberalización a ultranza y el desprecio al rol del Estado se ha potenciado “un feedback entre poder político y poder de mercado. El incremento en la riqueza en la cima [que] compra influencia política, vía contribuciones de campaña, lobby, y los beneficios de la puerta giratoria política-negocios. La influencia política se usa para reescribir las reglas – leyes anti-monopolios, desregulación, cambios en leyes contractuales, eliminación de sindicatos- de modo que refuerza la concentración del ingreso. El resultado es una suerte de espiral, un circulo vicioso de la oligarquía” (New Yorker, 2015).

La candidatura de Trump, en este sentido, es una perfecta caricatura para representar el distorsionado papel del dinero: desvergonzado y carente de estándar moral – porque de su mera posesión se deriva toda autoridad moral. En el centro del capitalismo moderno hemos llegado a apreciar que el dinero es capaz de comprar incluso la decencia política. Esto, sin duda indignaría a la generación que salvó al capitalismo de la Gran Depresión, otorgándole al dinero una connotación moral desvinculada de su valor intrínseco, entendiéndolo como instrumento de utilidad pública y progreso social. En otras palabras, vinculándolo a la prosperidad colectiva y efectivamente sometiendo el dinero a la política (y no viceversa).

Franklin D. Roosevelt señalaba que “la libertad en una democracia no está segura si el pueblo tolera el crecimiento del poder privado al punto que se vuelve más fuerte que el estado democrático. Esa es la esencia del fascismo: la apropiación de un gobierno por un individuo, un grupo o cualquier control de un poder privado” (en Rauchway, 2015). No hace falta llegar a la cima del gobierno para ver las consecuencias de entender al como dinero desvinculado de su rol público, venerándolo como cima del prestigio y autoridad.

Trump puede ser un payaso, pero las razones y causas de su ascenso están lejos de ser cómicas.

Referencias

  • Galbraith, J.K.(1975) On money: Whence it came, where it went. Boston: Houghton Mifflin
  • Rauchway, Eric. (2015) The money makers: How Roosevelt and Keynes ended the depression, defeated fascism, and secured a prosperous peace. New York: Basic Books


Comentarios

comments powered by Disqus
Newsletter
Redes Sociales
Sitios Amigos