Lunes 29 de Mayo de 2017

Un dilema cotidiano e invisibilizado

Por: Francia Pérez - 02-10-2016

¿Somos los docentes responsables de llevar a cabo un currículum acorde a las exigencias de nuestro centro educativo? ¿O debemos ser entes encargados de transmitir los conocimientos exigidos por el Ministerio, para así lograr una nivelación en cuanto a los requisitos solicitados en las pruebas estandarizadas por la Educación Chilena?

Al enfrentarnos al gran dilema, debemos ser conscientes del escenario en el cual desarrollamos nuestra labor educativa. Si bien es cierto, por un lado, la vocación nos exige adecuarnos al contexto, por otro lado, tenemos una gran carga administrativa que nos persigue día a día, sin darnos libertad de expresión ni una absoluta toma de decisiones. Y es aquí donde nos hacemos la interrogante. ¿Luchamos por lo que creemos es acertado o nos entregamos ciegamente a lo políticamente correcto, cumpliendo con metas numéricas, porcentajes exactos y resultados estandarizados?

Si analizamos el sistema educativo en el cual nos desenvolvemos, quizás llegaríamos a la conclusión de que existen una infinidad de variables que intervienen en el correcto manejo del currículum en la escuela. Tenemos un currículum apoyado por un sistema de pensamiento compuesto por teorías económicas, de aprendizaje, del capital humano, entre otras, y es precisamente esto lo que nos lleva a hablar de un campo de estudio, el cual se constituye al momento de poner límites con fronteras permeables. El currículum se ve determinado por distintos sistemas de pensamiento, y son precisamente éstos los que nos llevan a generar pensamiento en los sujetos, el desarrollo del “pensamiento crítico”.

Marta Nussbaum, en su libro “Justicia poética. Sin fines de lucro”, hace referencia a aquellos sistemas de pensamiento que permean el currículum, y es aquí donde aborda la importancia de las artes y las humanidades, ya que son las encargadas de desarrollar el pensamiento crítico antes mencionado. Su tesis alude a cómo la literatura, específicamente la novela realista, y las artes, sirven como medio para humanizar, generar empatía, conectar con las emociones, ensanchar nuestros horizontes, ampliar nuestra imaginación poética, y cómo la literatura sirve como instrumento para cultivar lo humano en la educación pública. Su posición epistemológica es sujeto-sujeto, y es aquí donde se genera un quiebre: todo el interés está enfocado en este suceso, en comprender esta relación, en la hermenéutica.

Los docentes somos los encargados de generar este pensamiento crítico en nuestros alumnos, de entregar herramientas que vayan más allá de un simple porcentaje, ya que estamos formando ciudadanos integrales, y las dificultades que enfrentamos como profesores deben ser superadas por un trabajo colaborativo entre familia y escuela, desde lo curricular y lo pedagógico.

Suena portentoso hablar del pensamiento crítico como punto importante en el desarrollo de los alumnos, pero existe una tensión que aún no ha sido solucionada por nuestro sistema, y es la de los resultados estandarizados. Las pruebas aplicadas a nuestros estudiantes no reflejan su capacidad crítica, de reflexión, innovación, originalidad o criterios personales. Y vuelvo a citar a Nussbaum, cuando afirma que “las instituciones educativas deben adjudicar un rol protagónico a las artes y a las humanidades en el programa curricular, cultivando un tipo de formación participativa que active y mejore la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de otro ser humano […] Un mundo donde vale la pena vivir” (Nussbaum, 2010). Tenemos un deber para con la humanidad, y es el de educar seres pensantes, críticos, reflexivos. Una educación basada en el fomento de la comprensión y la capacidad del otro, ser capaces de entendernos y comprendernos como humanos todos y formar para la democracia. Debemos lograr abordar el multiculturalismo creciente de nuestro país de una forma decisiva, formando para la solidaridad, no para la competencia. Pero para poder lograr esto, es necesario conectarse con los alumnos, llegar a ellos de forma empática, para conseguir aprendizajes significativos que perduren tanto como sea posible en sus vidas.

Agner Héller, en su obra “Teoría de los Sentimientos”, menciona la importancia de las emociones en el aprendizaje, y hace un alcance en la necesidad de conectarse con uno mismo. El estudiante debe ser capaz de conocerse a sí mismo para poder relacionarse e interactuar con el resto, lograr aceptarse con sus debilidades y fortalezas, aprender a mostrar sus sentimientos, y de esta manera, utilizando las emociones como una herramienta para el aprendizaje, es como se puede lograr desarrollar una convivencia plena y acorde a la multiculturalidad. Somos seres totalmente vulnerables, necesitamos constantemente del otro, vivimos en comunidad, por lo tanto los profesores debemos preparar a nuestros alumnos para eso. La autora plantea la vida cotidiana, ya que nuestra vida no se da en las ideas, sino más bien en el día a día. Debemos hacernos cargo de nuestras emociones, de nuestros miedos y nuestros sentires, hace falta un currículum más conectado con la emocionalidad, ya que el pensamiento humano no está ligado solo a la razón, sino que también a las emociones, las que nos llevan de igual modo al conocimiento. Es así como logramos entender a nuestros estudiantes y al ser humano en general, tomando en cuenta el contexto en el cual estamos insertos.

El currículum es el dispositivo que moviliza la educación. Una construcción ideológica que responde a una serie de teorías y pensamientos que lo envuelven. Podemos asegurar que la capacidad de los seres humanos sumado al desarrollo curricular, marcarán su destino. He ahí la importancia de darle el realce que merece el currículum, como dispositivo cultural, como un lugar instituido desde donde se producen demarcaciones, formas de conocimiento y pautas.

Tal como menciona Foucault en “La voluntad del saber” (cap. 5), el saber produce poder, éste relaciones de poder y estas relaciones generan construcción de sujetos. Por lo tanto, podemos considerar el poder como la capacidad de gobernar a otros. El niño o joven, necesita ser llenado por algo, y siempre habrá alguien más arriba de él para llenar ese vacío. Aplicamos poder y creamos subjetividades, formas de vida. La escuela conforma la sociedad, por lo tanto, los miembros de la escuela aprenden lo que la sociedad necesita que aprendan. Y aun cuando la escuela ha sido considerada a través del tiempo como un espacio epistémico extraordinario de la cultura y la formación, es al mismo tiempo un espacio permeable de resistencias, traspuesto y alterado por procesos políticos y culturales, que empapan y resignifican las experiencias de formación posibles. Es un escenario de lucha cultural constante.

Es preciso diseñar programas educativos que tomen en cuenta todos los factores asociados al currículum vivido, aquel que es menospreciado por los generadores de políticas educativas. Si bien es cierto, las personas que se ubican detrás de la creación de evaluaciones estandarizadas son mentes muy talentosas, no llevan a la luz la realidad de las escuelas, con todo lo que la comprende (multiculturalidad, contexto social, sistema de administración, etc.), sino que aplican un instrumento evaluativo que mide conocimientos y destrezas, pero no capacidades y habilidades.

Como mencioné anteriormente, vivimos en comunidad. Por lo tanto, es imprescindible generar un diálogo y un cruce entre la pluralidad de saberes, lenguajes, culturas, espacios y tiempos en los cuales estamos inmersos. Tal como menciona Boaventura de Souza Santos, en su conocida obra “Descolonizar el saber, reinventar el poder”, es necesario abrir procesos de cambio y re-pensar las relaciones interculturales, crear espacios plurales de encuentro y diálogo desde los que construir colectivamente el valor de la unidad en la diversidad. Porque no podemos ponernos una venda en los ojos y seguir adelante creando máquinas de reproducción automáticas, alabando a aquellas instituciones de educación que logran subir el Simce a costa de la discriminación, premiando a aquellos profesores que piden discretamente la ausencia del alumno el día de rendimiento de la evaluación. Debemos aceptar la diversidad, debemos hacer frente a las diferencias de pensamientos, a la dificultad de aprendizaje. Debemos buscar estrategias, no podemos seguir invisibilizando nuestras raíces, mirar constantemente hacia arriba sin antes aprender de nuestros antepasados, ser capaces de poner en práctica la “Ecología de saberes” de la cual hace mención Santos, un ejercicio epistemológico de carácter dialógico e intercultural, que es capaz de reconocer la pluralidad de saberes heterogéneos y que promueve las articulaciones dinámicas entre ellos.

Sigamos la idea de Santos, cuestionemos las relaciones de poder entre conocimientos, aboguemos por aceptar la diversidad epistemológica del mundo, promovamos los valores de justicia, democracia y solidaridad cognitiva, llevemos estas premisas al aula, a nuestra realidad.

Como educadores, tenemos una tremenda misión, somos en gran parte responsables del destino de nuestros alumnos, intervengamos en el currículum, atrevámonos a marcar la diferencia, de nosotros depende el futuro, lo tenemos en nuestras manos. Pongámonos en la posición de que la “experiencia es más que la razón”, como profesores conocemos perfectamente el contexto en el cual estamos insertos, pensemos en Foucault, en Nussbaum, en Héller, en Santos… llevemos a la práctica la teoría, no nos quedemos en el papel… Hagamos “un mundo donde valga la pena vivir”. (Nussbaum, 2010).



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